44. Un público vibrante
Un público vibrante
H abíamos repasado el plan de acción muchísimas veces durante los ensayos.
Saldría yo. Saludaría. El público rugiría .
Yo daría paso al vídeo. El vídeo se reproduciría.
Y entonces yo daría el discurso de mi vida y le vendería a la sala entera (desde el señor Ose, que estaría en primera fila, hasta Lloyd Exeter, que me miraría mal desde algún rincón, pasando por los «influensex» sentados al final) que la Fantasía era el futuro de nuestro sector .
El futuro del placer. El futuro de la autonomía sexual .
Todo fue según lo previsto. El recibimiento del público hizo que me pitaran los oídos. Mi equipo me aplaudió y me animó más que nadie, haciéndome señas con el pulgar hacia arriba desde el centro de la sala de convenciones , todos con camisetas a juego negras y rosa de VibraCorp .
Entonces las luces auxiliares se apagaron y empezó a reproducirse el vídeo.
Pero ese no era el vídeo final que Addie me había mostrado la noche anterior.
No era el vídeo sobre el que había dado montones de comentarios aquellos últimos días.
Era parecido, eso sí . El tema recurrente del vídeo era «quiero».
Quiero libertad. Quiero sentirme bien. Quiero buscar la excitación.
Quiero explorar. Quiero, quiero, quiero…
Era una mezcla entre un anuncio de Apple y la autenticidad manufacturada de las probadoras y superfans de VibraCorp hablando abiertamente de su vida sexual y de cómo nuestros productos las habían ayudado .
Había un grupo de mujeres mayores casadas que tenían su propio «club de lectura posmenopausia», pero, en lugar de leer todas el mismo libro durante dos semanas, probaban el mismo juguete e intercambiaban opiniones y anécdotas mientras bebían chardonnay y comían brownies de marihuana.
También aparecía una mujer con una reciente discapacidad que había redescubierto su potencial sexual después de sufrir un acci dente.
Una pareja queer que había recuperado la chispa después de un tiempo de sequía en la cama .
Una apóstata religiosa que había tomado las riendas de su sexualidad.
Un hombre trans que exploraba su verdadero cuerpo.
Divorciadas , estudiantes de universidad, pensionistas…
Y Hudson.
Sí. El puto Hudson Bailey mirando directamente al objetivo de la cámara.
Me sobresalté al verlo. Sin embargo, conforme iba hablando, se me fueron relajando los músculos tensos del cuerpo hasta que me quedé completamente absorta, hipnotizada por los gigantescos movimientos de sus labios y la imagen de sus grandes manos gesticulando en la pantalla.
«Hola, me llamo Hudson Bailey y he trabajado en VibraCorp.
Cuando llegué, pensaba que sería un trabajo más.
Que lo que estaba creando era lo mismo que un sistema meteorológico o un procesador de pagos en línea.
No sabía nada sobre juguetes sexuales. Por mil motivos, pero creo que sobre todo porque me daba miedo esa intimidad».
Madre mía . Lo estaba haciendo. Estaba dejando aquel numerito absurdo de intentar gustar a todo el mundo de la forma más pública posible.
«Hace falta tener agallas para… Para mostrarte lo bastante vulnerable con alguien y darle placer a esa persona y dejar que esa persona te dé placer a ti.
¿Y si no dices lo que toca o le sugieres usar el juguete equivocado?
¿Y si eres tan inexperto y raro que tu pareja, la persona que más te importa del mundo, deja de querer estar contigo? ».
Esas palabras flotaron en el aire. Sentí un pinchazo en el estómago. Quería levantar las manos, coger al Hudson del vídeo y abrazarlo hasta que se enterara de que no había nada que pudiera hacer que no tuviera ganas de estar con él.
«Al final, cuando me familiaricé con los juguetes sexuales, me di cuenta de que no había estado reprimiéndome por miedo solo en la cama, sino también en muchos otros sentidos.
Y , al ganar confianza en este ámbito, también fui ganándola en general.
Me… Me enamoré. Y supongo que hacer esta pequeña entrevista es mi forma de expresar ese amor.
De negarme , por fin, a callar. El tiempo que pasé en VibraCorp me enseñó que nunca debemos tener miedo de quiénes somos ni de lo que queremos. Ni de a quién queremos ».
Después de eso, volvió a mirar al centro de la pantalla, como si supiera que me estaba hablando directamente a mí, a pesar de que aquello era una grabación de hacía una o dos noches (suponía yo). Su sonrisa era franca y sincera. Era mi sonrisa de Hudson, no la que solía dedicarle a los demás.
La banda sonora del vídeo ganó intensidad. Ahí estaba. El gran final.
«Me llamo Hudson Bailey. Me encanta el Penetrador. Y quiero ser dueño de mi voz para que la mujer de la que estoy enamorado sepa que soy suyo para siempre».
Me quería .
Me quería. Y yo lo había dejado escapar.
Mientras el vídeo se iba acabando, me di cuenta de que Hudson no era el único hombre del vídeo. En esta versión había varios y cada uno hablaba de VibraCorp y de nuestros productos con más entusiasmo que el anterior.
Madre mía .
Hudson les había insuflado el valor para dar un paso al frente.
Que él se hubiera presentado voluntario para aparecer en el vídeo había hecho que muchos otros del grupo de discusión comprendieran que ellos también podían.
Hudson había resuelto nuestro problema de marketing.
Busqué entre el público esperando encontrarlo a él y no a su imagen proyectada.
Creo que estuvo bien que no sucediera porque habría hecho alguna tontería como bajar corriendo del escenario, saltarle encima y besarlo como en una de las comedias románticas de Leelah .
En lugar de eso, con la confianza de una mujer querida (q uerida no solo por un hombre, sino por sus amigas, que la animaban desde el público, y, tal vez lo más importante, por ella misma), pronuncié el resto del discurso de lanzamiento.
Y no me gusta presumir.
Pero en este caso haré una excepción.
Me salió bordado.
Al final , tenía a toda la sala comiendo de la palma de mi mano y, al terminar, una multitud de inversores liderados por el señor Ose nos acorralaron para darnos apretones de manos y felicitarnos.
Yo era la Cenicienta que se había transformado, en cuestión de minutos y por arte de magia , de ingeniera apestada en reina del baile.
Una situación que se deterioró como el hidrógeno 5 cuando vino Lloyd Exeter a darme la enhorabuena.
—Qué exitazo, Scout. Deberías estar orgullosa .
—Gracias.
—No me des las gracias a mí, dáselas a Dios por hacerte mejor fabricante de pollas de plástico que de cohetes.
Los experimentos eran lo último que se me pasaba por la cabeza. En aquel momento no me interesaban la investigación ni el ensayo-error. Quería datos irrefutables. Lo que ocurrió a continuación fue la consecuencia de una constante universal recientemente descubierta: ya no era solo un experimento.
Y esa constante universal era: «Que le den a Lloyd Exeter ».
—¿Sabes qué, Lloyd? Voy a decirte esto porque creo que nadie más te lo dirá nunca.
Nunca oyes la verdad , así que escucha. Eres mala persona.
Eres un vago. Crees que estás por encima de los demás.
Te crees mucho mejor de lo que en realidad eres y, al final , morirás solo rodeado de gente que solo te soporta por el sueldo.
Puede que ahora no me creas, pero cuando estés en tu lecho de muerte, te acordarás de este momento y dirás: «Madre mía, Scout tenía razón».
Le centelleaban los ojos de rabia. Apretó la mandíbula. El señorito rico se había aislado de las críticas en persona rodeándose de amigotes, lacayos, secuaces y Jareds y acababa de recibir un rapapolvo a la cara de una mujer que había usado y desechado como un pedazo de basura espacial inservible.
«Scout tenía razón» debieron haber sido mis últimas palabras, pero no pude evitarlo. Antes de marcharme, disparé una última bala de despedida:
—Y, por cierto, tienes la polla rara.
No fue mi trabajo más fino. A pesar de todo lo que le había dicho, seguramente aquello sería lo único que se le quedaría.
Me bastaba.
Me alejé buscando entre el gentío por si veía cualquier rastro de Hudson. En lugar de eso, encontré a Addie y a Leelah. Esquivando posibles inversores e ingenieros que querían hablar de negocios, me acerqué a ellas.
Leelah se despidió de unos tipos con ganas de charlar con cualquiera que llevase una camiseta de VibraCorp y me habló primero:
—¡Qué rollito de jefaza te traías en el escenario!
—Ay, Leelah, no digas «rollito» ni «jefaza». Qué millennial eres —le dijo Addie.
—Cállate…
No era momento de piques.
—¡Chicas! ¿Sabéis dónde está Hudson?
Intercambiaron una mirada de culpabilidad. Me cayó el alma a los pies.
—Creo que se ha ido.
—¡Tenía que coger un vuelo! —dijo Leelah saliendo en su defensa. Como si Hudson lo necesitase.
Todo el OhFest quería algo de mí. Sin duda, Clara estaría ocupada durante unas cuantas semanas con encargos y negociaciones para expandir la línea de productos. Yo debería estar a su lado.
Pero no podía.
—Voy a ir tras él.
—Pues claro —dijo Addie poniendo cara de exasperación—.
Después de que hayamos pasado la noche insertando cortes nuevos en el vídeo con dos personas del equipo de Marketing, ¡ya puedes salir corriendo tras él!
Grabó su parte y luego se la mostró a los probadores del grupo de discusión para que se animasen a salir. Fue increíble. Deberías haberlo visto.
—¿Por qué no me lo contasteis? —pregunté enfadada—. Y, si estaba enamorado de mí, ¿por qué no me lo dijo él ?
—¿Aparte de porque saliste corriendo ante el mínimo indicio de problemas?
Le lancé a Addie una mirada asesina.
—Digo antes de eso.
—Es posible que nos tomásemos unas copas con él después de que cortarais. —Al ver mi expresión, Leelah añadió—: ¿Qué? ¡Estábamos preocupadas por ti!
Addie tomó la palabra :
—Nos habló de la entropía…
—Sí. Nos dijo que quería decirte que te quería.
Y que quería pedirte que siguieras con él después de la presentación de la Fantasía y de que se le acabase el contrato, pero que iba a esperar a después del OhFest porque tú le habías dicho que no podías gestionar nada importante antes del lanzamiento .
—Y que, cuando le dijiste todas esas mierdas sobre que era un cobarde en el momento de la ruptura, decidió que intentaría recuperarte… con el vídeo de hoy. Quería ser sincero por fin. Y vaya si lo ha sido.
Aquella noticia me dejó tocada. ¿No había dicho nada por mí ? ¿Por un comentario estúpido sobre la entropía?
¿Porque era tan bueno que estaba dispuesto a seguir con aquel papel de amigo con derechos hasta después de la feria solo porque era lo que yo quería?
Me retorcí las manos.
—¿Queréis decir…? ¿Queréis decir que me ha querido todo este tiempo ?
Addie le cortó el paso a un hombre extraño que se acercaba a hablar.
—Venga, Scout. Eres una de las personas más listas que conocemos. Puedes llegar a esa conclusión tú solita.
—Típico malentendido de mierda de comedia romántica. ¿Por qué no os habéis comunicado y punto?
—¡Eso no ayuda , Leelah! Tengo que irme.
—Sí —coincidió—, pero primero…
Me rodeó con los brazos y me abrazó como nunca me habían abrazado.
Era un abrazo de adolescente, uno de esos que solo se ven en películas en las que la protagonista descubre quién es en un campamento de animadoras o algo así.
Y, cuando Addie se sumó, aunque con reticencia, no pude evitar saborear el momento.
Tenía amigas. Por fin me había abierto y había encontrado a mi gente. Y por fin (¡por fin!) mi vida empezaba a cobrar sentido.
Y , joder, qué gusto daba.
—Os quiero, chicas —dije apretándolas un poco más.
Addie fue la primera en separarse.
—Y nosotras a ti. Anda, corre. Nosotras contendremos a este enjambre.
A su espalda, parecía que todo el OhFest estaba esperando su momento para abalanzarse sobre mí y monopolizar mi tiempo.
—Pero …
—No te preocupes, ¡lo tenemos controlado!
No tuvo que decírmelo dos veces, porque, mientras me alejaba, me di cuenta de que confiaba en ellas. Y era una sensación increíble.
Metieron la mano en el bolso y sacaron material promocional de la Fantasía: fundas térmicas para bebidas, camisetas y coleteros de tela. La multitud enseguida las rodeó y eso me dio la oportunidad de escabullirme.
Por el camino, me crucé con Clara, que me dedicó su habitual mirada de complicidad y comprensión.
—Clara… —empecé a decir, pero se me apagó la voz cuando me di cuenta de que no sabía cómo seguir. ¿Cómo le das las gracias a alguien por salvarte , por estar ahí cuando no había nadie más, por caminar a tu lado sin juzgarte mientras averiguabas cómo desjoder todo lo jodido?
¿Cómo le das las gracias a alguien por ser la primera persona que te ha querido y te ha conocido de verdad?
Nunca habría palabras lo bastante buenas .
Pero resultó que no las necesitaba. Clara ya las tenía . Como siempre.
—Lo sé, querida, lo sé. Y tienes mi bendición respecto al nuevo trabajo, sea donde sea y sin importar lo que quieras hacer después. Aunque tampoco la necesitas , nunca la has necesitado.
Me dio un beso en la mejilla y me dio su más sentido namasté. Aquella vez , se lo devolví. No creía en su rama de la espiritualidad, pero sabía cuánto significaría para ella.
Cuando me fui , esquivando personas entre el gentío mientras Leelah y Addie me despejaban el camino, mi mentora tenía lágrimas en los ojos . Yo parpadeé para contener las mías. Aquello no era un adiós, sino un «hasta pronto, vieja amiga».
Y, hablando de ver pronto a viejos amigos…, tenía una cita con Hudson Bailey.
Aunque primero tenía que encontrarlo.