43. ¿Se puede saber en qué coño estabas pensando?
¿ Se puede saber en qué coño
estabas pensando?
L o conseguimos.
No sé cómo, pero lo conseguimos.
Encontramos nuevos acoples, actualizamos los prototipos y los modelos de exposición, ajustamos los presupuesto y volvimos a dibujar todos los planos de fabricación.
Todo hecho.
Lo único que nos quedaba era el dichoso lanzamiento.
Aquellos últimos días había estado demasiado saturada de trab ajo para pensar en otras cosas.
No había tenido tiempo de hablar con Hudson, e incluso si lo hubiera tenido, él siembre iba de arriba abajo haciendo recados.
No habría podido hacerme con él. Sin embargo, cuando llegó el último día de la feria, el último día de su contrato, no pude seguir ignorando el miedo que se acumulaba en mi interior.
Y no me daba miedo la presentación, eso podía gestionarlo.
En cambio, despedirme de él… ¿Cómo iba a sobrevivir a eso?
Mientras la última media hora antes de mi discurso de lanzamiento iba trascurriendo segundo a segundo, yo daba vueltas en nuestro centro de operaciones en las entrañas del Javits Center, repasando la presentación.
El resto del equipo estaba arriba, ultimando los detalles del lanzamiento.
Sin duda, Clara estaba saludando a posibles clientes como el señor Ose mientras el resto daba bolsas con merchandising y comprobaba que los elementos audiovisuales de la charla estaban listos.
Yo estaba sola. Hasta que dejé de estarlo.
La imagen de Hudson en el umbral de la puerta me dejó sin respiración.
No lo esperaba. Pero ahí lo tenía. Tan guapo como siempre… y muy triste. Las ojeras que traía me hicieron saber que yo no era la única con una racha de insomnio posruptura.
—Hola —me dijo, con voz cansada pero cálida.
—Ah, hola —respondí compensando la incomodidad con falsa cordialidad —. ¿Cómo está la gente arriba?
—Con muchas ganas. El equipo de Marketing tiene al público comiendo de su mano.
—¿Te quedas? —pregunté sin poder contenerme.
—No me lo perdería por nada del mundo. Aunque técnicamente mi contrato terminó ayer al final de la jornada y tengo que coger un avión justo después, así que… creo que esta es la despedida .
«Despedida». Nunca antes había odiado una palabra. Para mí, las palabras eran herramientas neutrales, pero aquella que Hudson había empuñado contra mí… me habían permitido descubrir la capacidad de detestar ciertas sílabas.
«Dile que lo quieres, imbécil», me ordenó el cerebro.
«Se va. Quiere pasar página —respondí yo—. Tengo que dejarlo marchar».
—Ah. Sí. Pues gracias por quedarte. Me gustará levantar la vista y verte entre el público.
—No me necesitas. Los dejarás muertos.
—Eso espero.
Su respuesta rebosaba confianza . Como si fuera algo inevitable. Como si fuera una tontería pensar que podía pasar otra cosa.
—Les encantarás. Es imposible no quererte.
«Tú no me has querido», fue lo primero que pensé.
«Tú no me has querido lo suficiente para decírmelo», fue lo segundo que me vino a la cabeza .
«Bueno, puede que me quisieras lo suficiente para decírmelo, pero luego te asustaste», fue lo tercero.
Y luego: «Me da igual quien me quiera, solo me importa que me quieras tú».
—Me reuní con Malcolm, por cierto —añadí intentando desviar la conversación de cualquier tema relacionado con el amo r—. Tenías razón, nos caímos bien. Creo que… No quiero ser gafe , pero creo que me ofrecerá un trabajo.
—Estaría loco si no lo hiciera.
Nos quedamos mudos. Hudson fue a recoger el suéter que se había olvidado el día anterior en una silla. Ah, por eso había bajado. No era por mí, sino por la dichosa sudadera, la misma que me había dejado en el vuelo de vuelta de Cleveland , después de nuestro primer beso.
El recuerdo me dolió. Una antigua magulladura que había vuelto a aparecer al presionarla de nuevo.
—Me contó lo que pasó con tu empresa —le dije.
Hudson tensó las mejillas. No terminaba de ser una sonrisa. Me pregunté si alguna vez volvería a verlo sonreír .
—Malcolm siempre ha sido un poco bocazas.
—Siento que te ocurriera eso. No te lo merecías. Y… siento que siga carcomiéndote años más tarde. Que tengas miedo de ser tú mismo por lo que unos capullos te hicieron. —«Le dijo la sartén al cazo…»—. Supongo que al final no somos tan distintos. Los dos dejamos que el pasado nos siga controlando.
Hudson negó con la cabeza y el aire acondicionado me mandó una oleada de su característico olor.
—No, ya no.
—¿Qué quieres decir?
—He decidido seguir tu consejo. Igual que tú seguiste el mío. Supongo que ya veremos cómo sale, ¿no? —Su hoyuelo hizo una aparición. Me asaltaron las ganas de besarlo—. Nos vemos, Scout.
Y así, sin más , se marchó. Vacilé un momento, totalmente bloqueada. Quería salir corriendo tras él, intentar arreglarlo, pero era demasiado tarde.
Llegaba tarde .
Prácticamente me había dicho que quería empezar de cero sin mí. Sin el lastre del pasado. Supongo que me tocaba a mí hacer lo mismo.
Por mucho que me doliera .
Me hundí en una de las sillas. Era imposible saber cuánto tiempo llevaba allí revolcándome en mi pena cuando apareció Clara y se me acercó, siempre con tanta clase, completamente ajena a mi agitado estado emocional.
—¡Bueno! ¿Estás lista para salir ahí y bordarlo?
—Me estoy acostando con Hudson Bailey .
La confesión me salió como un sollozo, de la nada e impa rable. No era la forma en que tenía pensado decírselo, pero era incapaz de contenerme.
—¿Que qué?
—Me estoy acostando con Hudson. Bueno, en realidad ya no, pero me he estado acostando con él.
Cuando me dijiste que viviera un poco, hice eso mismo con Hudson y llevamos acostándonos básicamente desde lo del pódcast de Lloyd.
Pero ahora lo hemos dejado y mi mundo está patas arriba y creo que no puedo estar ni un minuto más sin contártelo , porque llevo mucho tiempo escondiéndolo y lo quiero más que a nada y necesito que lo sepas.
Lentamente, Clara se llevó una mano a la sien y la masajeó en pequeños círculos.
—Eso es mucha información que lanzarme en treinta segundos. Y a las ocho de la mañana.
—Lo siento . Me pesaba no habértelo contado.
—¿Por qué?
Me quedé mirándola estupefacta. Unas cuantas lágrimas me resbalaban por las mejillas y me impedían distinguirla bien . ¿No era evidente?
—Porque estoy a punto de salir a hacer la mayor presentación de mi vida y, si todo va mal, quiero que sepas que es culpa mía. Me he distraído. Lo he estropeado todo. Siempre lo estropeo todo.
Abrió mucho los ojos , transmitiéndome toda la fuerza de sus emociones. Para mi sorpresa , no estaba enfadada. Estaba dolida.
—No es cierto. Y, cuando cometes un error, lo arreglas. Como esta semana con los acoples. Me refiero a por qué no me lo habías contado.
—No quería que pensaras que no estaba centrada en el trabajo.
—No, claro —dijo riendo por la nariz—. Has estado muy centrada en trabajar. En trabajarte a Hudson.
Qué vergüenza.
—Me lo merezco.
—Ya sabes que no me habría importado que te distrajeses. Incluso creo recordar que te dije que distraerte un poco podía ser sano para ti. ¿Qué está pasando aquí?
—No quería que me vieses fracasar otra vez. No podía dejar que me vieses fracasar. Si te lo contaba y luego no salía bien o si el estar juntos arruinaba el lanzamiento de la Fantasía, sería otro desastre delante de la única mujer a la que siempre quiero impresionar.
El reloj iba acortando los segundos hasta mi presentación. Me esforcé por recuperar el control de las emociones , por acordonar la zona catastrófica que era mi corazón con el único propósito de seguir trabajando.
Pero al respirar temblaba y sacudía los hombros. Y, cuando Clara me dio un abrazo fuerte que le salió del alma, fui incapaz de contener las lágrimas.
Mientras me tenía entre los brazos, susurró:
—Nunca pude tener hijos. Y no fue por falta de intentarlo , es que no podía.
Y sé que nunca podré sustituir a tus padres, pero espero que sepas que siempre te he considerado mi hija.
Te he querido y te he cuidado y nada de lo que hagas hará que te abandone.
Nada de lo que hagas hará que deje de quererte.
Ni que cometas un error en el trabajo, ni que te salga mal el lanzamiento de un producto, ni que una relación no termine bien.
Nada. Te quiero porque eres Scout Porter. Y Scout Porter es la putísima ama .
Las lágrimas caían deprisa, calientes, inevitables.
—Me dijo que me odio a mí misma.
—Tiene razón —dijo Clara con ternura —. Es verdad.
—Intentó ayudarme con mis padres —le expliqué—. E intentó que le plantase cara a Lloyd. E intentó ayudarme a encontrar un trabajo en el sector aeroespacial. E hizo que me enamorase de él, el muy imbécil.
—¿Un trabajo ?
«Mierda». Soltándome de su abrazo, intenté justificarme.
—Sí, sobre eso , te pido disculpas…
Ella me secó una lágrima.
—No me las pidas. Siempre he sabido que te perdería cuando fueras capaz de ver tu propio potencial. Me alegro de que fuera él quien te lo dijese y no yo. Si yo te hubiera dicho algo, nunca habrías buscado otro trabajo .
—Tampoco busqué mucho cuando me lo dijo él.
La sombra de una sonrisa le cruzó los labios.
—«Un camino de mil pasos comienza en uno solo» y esas cosas.
Tras decir eso, me dio la mano y me ayudó a levantarme.
Juntas fuimos a la sala donde se preparaban los conferenciantes.
Cuando entramos, el personal de la organización se me echó encima para colocarme un sistema de microfonía inalámbrico para la presentación.
Una maquilladora me ayudó a arreglarme la cara lacrimosa.
Alguien me cambió la chaqueta por una prestada porque la mía estaba toda arrugada.
Sin embargo, una vez que se fueron y no había más que hacer que esperar , me recosté en la pared más cercana y retomé el tema con tristeza.
—Ha intentado ayudarme con muchas cosas, Clara . Y, cada vez que lo intentaba, yo lo ahuyentaba. Ha bajado a verme hace un momento y yo no he tratado de arreglar las cosas. He dejado que se marche . No he luchado por él.
—Porque crees que no te mereces que te quieran. Crees que no te mereces nada .
Ya estábamos otra vez con esa idea dicha así, como si nada.
—¿Lo sabe todo el mundo o qué pasa ? Me parece como si fuera la última persona en enterarse .
—Seguramente. Hay muchas cosas que puedes decirle a alguien y se las cree.
«Parece que va a llover», «tienes espinacas entre los dientes», «al llegar al semáforo, gira a la izquierda», «este año gana el Tottenham»…
Pero ¿cómo le dices a alguien que no será feliz hasta que deje de odiarse?
No lo haces. Quieres a esa persona hasta que se da cuenta de que se merece ese amor.
—Los ojos se le inundaron de lágrimas plateadas.
Ni mi propia madre había parecido nunca tan orgullosa de mí.
Y yo nunca me había sentido tan querida como en ese momento —.
Te ha costado mucho, pero creo que has llegado a ese punto.
Bienvenida al resto de tu vida, Scout. Será preciosa.
—¿Cómo?
—Es lo que siempre te he dicho. Puedes tener lo que tú quieras. Solo tienes que creer que te lo mereces.
La pregunta que Clara no había pronunciado en voz alta flotaba en el aire. Resonaba en mi cabeza con la voz de Hudson.
«¿Qué quieres, Scout?».
Sabía la respuesta mejor que mi propio nombre.
Quería dejar de tener miedo siempre. Quería dejar de cuestionarme. Quería dejar de odiarme. Quería tener amigos. Quería una carrera profesional que me llenase. Quería una vida que fuera del todo mía, caótica y sin complejos.
Pero sobre todo…
—Lo quiero a él , Clara. Y quiero estar con él. Pero creo que él no me quiere a mí.
Le brillaron los ojos.
—Qué hipótesis tan fascinante. Y lo más emocionante de todo es que podrás ponerla a prueba muy pronto.
—¿Qué quieres decir …?
En ese preciso instante, unas cortinas se movieron y entre ellas apareció una tramoyista con un uniforme negro y unos auriculares de diadema.
Había llegado la hora del lanzamiento. El momento que todos habíamos estado esperando.
En cuanto saliera al escenario, estaría ante un público de miles de personas para venderles el futuro del sexo.
Y todo eso mientras intentaba descifrar no una sino dos inquietantes advertencias sobre mis perspectivas en el amor.
Sin presión.