Buenas vibras 42. ¿Cuál dirías que es tu mayor defecto, so estúpida?
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42. ¿Cuál dirías que es tu mayor defecto, so estúpida?

¿Cuál dirías que es tu mayor defecto,

so estúpida?

D esde fuera, en un modesto edificio de ladrillo de una calle secundaria, SkyTech no se parecía en nada a mi idea de una compañía aeroespacial.

Transmitía una sensación delicada. Cálida.

Y, cuando me acerqué a las puertas de cristal, el interior iba a juego.

Había pantallas LED montadas en las paredes de ladrillo caravista en las que se mostraban los últimos proyectos de la empresa, pero también había muebles cómodos y mesas que no parecían sacadas de una Apple Store.

Era muy distinta a lo que vi en GalacticSolutions.

Llamar al timbre para que me abriesen me exigió más valor del que querría admitir.

La noche anterior, después de dejar a mis padres en el restaurante, le mandé un mensaje al número que Hudson me había dado y Malcolm McEwan me respondió a la velocidad del rayo y adaptó su horario al mío, que era frenético, lleno de actividades de VibraCorp, para poder reunirse conmigo durante mi pausa para comer.

No había ido allí a conseguir un trabajo, sino a demostrarme a mí misma que podía intentarlo.

Que era más que mis errores y mis defectos.

Que todas aquellas mentiras que me había estado contando (que no era lo bastante competente, que era un fraca so constante, que era demasiado sentimental para dirigir un proyecto, que solo valía para hacer juguetes sexuales, que tenía que hacerme pequeña para mantenerme a salvo, que no mere cía amor y no era importante) eran solo gilipolleces que me impedían avanzar.

Que ser yo era lo único que me hacía falta para vivir la vida que quería.

Poco después estaba en un gran despacho de la última planta, sentada ante Malcolm McEwan, un caballero alto y fornido de Alabama.

Su historia era legendaria. Su bisabuelo, un piloto negro del norte de África, se había casado con una exiliada francesa durante la Segunda Guerra Mundial, se había mudado a Estados Unidos, había probado aviones para la Marina durante veinte años y lo habían seguido tres generaciones de jóvenes que habían trabajado en el sector aeroespacial de un modo u otro.

Su abue lo era un experto en propulsión, su padre era un piloto de demos tración de vuelo del Ejército, y Malcolm era un gigante del sector.

SkyTech era el líder mundial en exploración espacial sostenible con un futuro a lo Star Trek como objetivo; un lugar de ensueño en el que trabajar, dado que nunca me había encantado la política de «el hipercapitalismo llega al hiperespacio» de GalacticSolutions.

— Doctora Porter —dijo Malcolm dándome un apretón de manos—. Encantado de conocerte. Me han hablado mucho de ti.

—Me da miedo saber qué habrás oído —bromeé incómoda.

Pues sí que me había durado la confianza…

—No te preocupes, cuando Hudson me habló de ti, me mandó algunos detalles, pero yo también investigué por mi cuenta. Hice algunas llamadas. Y, bueno , espero que no te importe que te lo diga, pero tengo una muy buena recomendación tuya por parte de mi mujer.

Con eso rompió el hielo. Me reí.

—Pues gracias . En VibraCorp siempre queremos complacer.

Tenía un aire afable que me calmó los nervios. Normal que Hudson le cayera bien . Y que él le cayera bien a Hudson. Las buenas personas terminaban encontrándose.

—¿Te gusta trabajar allí? —me preguntó.

—Me encanta, pero no estoy segura de que el sector de los juguetes sexuales sea mi hogar para toda la vida .

—¿Y el aeroespacial sí?

—Lo echo de menos —contesté esquivando la pregunta.

—Mmm. Tengo mis fuentes en GalacticSolutions. Desde la dirección no te trataron muy bien, ¿verdad? Tu trabajo era impecable.

—Hasta que explotó.

Era una broma que podía haberle sacado una risa fácil, pero él la dejó flotando en el aire, reacio a entrar en mi juego.

—Sé que no fue tan simple. Es más que evidente que los sistemas de propulsión no fueron el problema. Me parece curioso que Hudson y tú os llevéis tan bien. Lo que te pasó me recuerda a lo que le ocurrió a él. Qué pena.

No era de mi incumbencia, pero planté las orejas de todos modos.

—¿A qué te refieres ?

—¿No sabes lo que pasó en su empresa?

—No, no me lo ha contado nunca.

«Estábamos demasiado ocupados montándonoslo».

—¿No lo buscaste por internet?

«Me pareció raro buscar por internet a un tío que me conocía en el sentido bíblico ».

—No lo contraté yo.

—Bueno, pues Hudson fundó una empresa de seguridad tecnológica con Mike, su colega de la universidad , y Daisy, su novia.

Ah, sí. Daisy. Cuando le pregunté a Hudson sobre su última relación larga, me dijo que , simplemente, Daisy no era la perso na adecuada. Supongo que yo había pasado a ser otra Daisy. Otra que no era la persona adecuada. Eso me dolía más de lo que era capaz de admitir.

—La empresa iba genial. Tenían un servicio de alta calidad.

Ganaron una pasta. Daisy y Mark decidieron que querían venderla, pero les daba igual a quién y lo que pasara tras la venta con los sistemas que habían desarrollado.

Querían venderlos al mejor postor, quien les daría un uso distinto de aquel para el que habían sido creados.

Básicamente, convertirían un producto de seguridad en una app de extracción de datos con la que darían a los usuarios una falsa sensación de protección mientras se dedicaban a vender su información a quien más pagase, ya fueran anunciantes o gobiernos que querían vigilar a sus ciudadanos.

Me estremecí. Esa es la peor parte de ser creador: la preocupación de que tus inventos terminen en malas manos .

—Hudson era la única persona ética de aquel pequeño triunvirato —continuó Malcolm—.

Pensaba que se trataba de una invasión flagrante de la privacidad, de una forma vil de manipular los sistemas que habían creado juntos.

Se negó a vender, así que lo apartaron. Rompieron la amistad.

Daisy se juntó con Mike. Creo que están prometidos. Y ahora… Hudson trabaja por su cuenta.

El impacto del relato de Malcolm permaneció en el aire durante el silencio que lo siguió. Me hizo ver a Hudson desde una perspectiva totalmente nueva.

Las dos personas a las que más quería lo habían dejado tirado en cuanto no se había mostrado de acuerdo con ellos . No quería que lo volvieran a herir así nunca más .

La culpa que sentía yo por nuestra discusión volvió con fuer za. Con el doble de fuerza. No, el triple. Con la fuerza de un hu racán.

—No lo sabía —musité.

—Claro que no, ¿tú vas por ahí hablando de lo peor que te ha pasado en la vida?

Me encogí de hombros.

—No, la mayoría de veces lo hacen otros por mí. Estoy segura de que los rumores de mi ruina me preceden.

—Y yo de que son una gran exageración .

A lo largo de los años había oído variaciones de ese mismo comentario por parte de otras personas del sector, pero aquella era la primera vez que me lo creía de verdad .

—No lo tengo claro, pero… gracias por reunirte conmigo de todos modos. Hudson ha sido muy amable al ponernos en contacto.

—¿Amable? Es amable, pero no es solo amable, es bueno.

Tiene una bondad que hoy en día cuesta encontrar.

El pobre siempre ha querido hacer lo correcto.

Siempre ha querido asegurarse de que ayudaba.

De que importaba. Y  creo que, después de todo lo que pasó con Daisy y Mike, fue a peor.

Le ofrecí trabajar aquí, pero le gusta ese rollo de llanero solitario.

Va por ahí haciendo de Mary Poppins con quien más lo necesita.

Espero que algún día encuentre a alguien que lo cuide.

Todos necesitamos a nuestra gente, ¿sabes?

Como yo lo había necesitado a él. Como todavía lo necesitaba.

Carraspeé intentando hablar a pesar de la bola de emociones que tenía en la garganta.

—Disculpa, nos hemos desviado del tema. ¿Tenías unas preguntas de trabajo que hacerme?

Inmediatamente, Malcolm corrigió su expresión.

—Ah , sí. Estamos teniendo algún problemilla con los sistemas de propulsión , ¿te importaría echarles un vistazo?

Tenía muchas ganas de ser útil, pero me obligué a mantener las manos en el regazo.

—No trabajo gratis.

—Ya lo hemos aclarado. Creo. Solo quiero ver cómo afrontas tú el problema.

Cuando no me negué por segunda vez me tendió una tablet en la que ya había abiertas unas especificaciones.

Estuve unos minutos leyendo el documento y haciendo números mentalmente.

Cuando la cabeza no me dio para más, cogí un boli y una libreta del escritorio y garabateé unos cuantos cálculos y le devolví la tablet.

—Tenéis que cambiar la fuente de combustible.

Créeme , nadie sabe de explosiones horribles y devastadoras tanto como yo y, si no hacéis el cambio, eso es lo que os espera.

Toma. —Le pasé mis cálculos. Llevaba haciendo mi propia investigación sobre fuentes de combustible alternativas desde antes de empezar a trabajar en GalacticSolutions.

Sabía que incluso aquellos números a vuelapluma serían correctos—. Mira esto.

Supongo que debería haber estado nerviosa observando cómo evaluaba mi trabajo en unas circunstancias tan formales, pero sabía que era inteligente. Sabía que era capaz de hacerlo. Sabía más sobre ingeniería que sobre mí misma.

Mi cerebro nunca había sido el problema. Era mi corazón el que me metía en líos.

Además, saber que tienes razón te da cierto subidón emocional. Y en VibraCorp echaba de menos esa sensación.

Finalmente, Malcolm soltó un grave silbido de asombro.

—Está bien. Está muy bien. Mejor que lo que tenemos ahora.

—Y más barato, ¿verdad?

Dibujó una sonrisita.

—No hace falta que me lo restriegues.

—Disculpa, hace tiempo que no tengo la oportunidad de hacer algo así . Se me ha subido a la cabeza.

—Es un trabajo impresionante. ¿Dónde te habías escondido?

—En el cajón de la mesita de noche de tu mujer, supongo. —Los dos nos reímos—. ¿Tienes alguna pregunta más?

Charlamos unos minutos. Sin embargo , al final se me acabó la hora de comer, de modo que nos levantamos y nos dimos un apretón de manos.

—Nos pondremos en contacto contigo. Ha sido un placer conocerte, Scout. No me extraña que Hudson tenga tan buena opinión de ti.

Fueron las palabras más bonitas con las que alguien me había asestado nunca un golpe, pero me lo tomé con filosofía.

Tal vez nunca recuperara a Hudson , seguramente ya había perdido ese tren, pero quizá podía convertirme en el tipo de mujer que no necesita que un hombre le diga cuánto vale .

Tal vez podía tener valor por mí misma.

Otro experimento completado con éxito.