41. Los títulos cuquis eran algo que hacía antes de la ruptura
Los títulos cuquis eran algo
que hacía antes de la ruptura
L o creas o no , esa noche no dormí muy bien.
El bombazo del siglo , ¿eh?
Estuve trasteando con los prototipos de la Fantasía en el Javits Center hasta más o menos las dos de la madrugada, momento en el que un conserje me avisó de que llamaría a seguridad si no abandonaba el recinto .
Entonces volví a mi habitación del hotel, en la que todavía no había dormido porque había pasado la noche en la de Hudson.
Estuve horas mirando el techo, repasando la lista de tareas para el día siguiente e intentando no pensar en el aspecto que tenía él cuando yo me había alejado por la tarde.
Mi insomnio era tan profundo que ni siquiera busqué mis vibradores de viaje, que solían dejarme sopa a los cinco minutos de usarlos.
Me planteé brevemente usar el dildo modelo Hudson, pero ¿para qué?
No sería como la noche en el hotel de Cleveland, masturbándome alegremente pensando en él hasta caer agotada y extática.
No habría podido llegar al orgasmo ni tampoco habría podido dormirme y esas dos realidades me habrían frustrado y su combinación habría bastado para empeorar todavía más aquellos sollozos que me sacudían el pecho.
Cuando sonó la alarma a las seis de la mañana, yo ya estaba mirando el móvil, contando los segundos para poder salir de la cama arrastrándome sin odiarme todavía más.
Intenté recordarme que había hecho lo correcto. Sin Hudson en mi vida, estaba a salvo. Había sido una tontería intentar cambiar las cosas aquellas últimas semanas y ya no tendría que estar llorando por un hombre que no quería decirme que me quería.
Volver a mi antiguo yo era la mejor solución.
Y, si seguía repitiéndomelo, tal vez algún día lograría creerlo.
En cuanto supe que las puertas estarían abiertas, volví al Javits Center, donde me negué a hablar con nadie, me mantuve alejada de Hudson e intenté que mis padres cancelasen la cena familiar de aquella noche.
Sin éxito.
Qué más daba. Tampoco podía sentirme peor.
Nos encontramos en un bistró francés con luces tenues de Greenwich Village . Ellos ya llevaban dos cócteles encima cuando llegué. Y no llegaba tarde. Seguramente solo querían beber a mi costa y habían acudido antes para aprovechar al máximo que me tocaría a mí pagar la cuenta.
Intenté fingir que no me pasaba nada mientras notaba que estaba a punto de rompérseme el corazón .
—Hola, mamá, papá.
—Scout, ¿cómo estás?
—Muy bien , gracias —mentí como nunca—. Me alegro de que hayáis podido bajar a la ciudad.
Me senté. El muro de la conversación fue creciendo a mi alrededor hasta que estuve aislada de todo lo demás.
—El viaje ha sido una pesadilla —dijo mi madre—. Cuéntale lo del tren…
—¡El tren! Tendríamos que haber bajado en coche y punto.
Las facciones de mi madre se tensaron.
—Entonces habríamos tenido que buscar aparcamiento . Ya lo hemos hablado.
—Ya lo sé, pero el retraso en Williams Bridge…
Su discusión se convirtió en sonidos de fondo. No era difícil. Había aguantado mil millones como aquella . Sin embargo, el ruido blanco hizo que mis pensamientos se centraran en Hudson. ¿Qué estaría haciendo? ¿Me echaría de menos ?
¿Y el tema del amor? ¿De verdad no había tenido agallas para decirme nada? ¿O es que… no me quería ? ¿Había malinterpretado yo las señales y ahora le parecía ridícula ? ¿Qué había querido decir con «No tienes ni puta idea »?
Aquellas preguntas me dejaron vacía por dentro. Finalmente, el camarero me sacó de mi espiral. Pedí lo primero que vi en el menú sin entender ni una palabra. Mis padres pidieron cuatro entrantes, una cesta de pan extra y dos platos de fuera de carta.
—Bueno —dijo mi padre sorbiendo su cóctel en cuanto el camarero desapareció—, me alegra ver que te has desecho del lastre.
Genial. Una charla sobre relaciones. Qué buen momento.
—No era un lastre, pero es verdad, ya no estamos juntos.
Mi madre chasqueó la lengua . Su tono compasivo me arañó los oídos.
—Ah, entonces teníamos razón. Lo vuestro fue un error desde el principio. Ay , cuánto me disgusta estar en lo cierto.
—Es mejor así . Ahora no tendrás distracciones. Por fin podrás ponerte de verdad a buscar un trabajo nuevo. Fuera del sector de los juguetes sexuales. Una carrera profesional que merezca tu tiempo. Una de la que por fin pueda hablar con los del golf.
—Eso ya lo hemos hablado, cariño —repuso mi madre —, que no puede conseguir ningún otro trabajo.
—Ah, sí. Es verdad. Pido disculpas.
Llegó el extra de pan. Los dos se pusieron a tragar como si no acabasen de ningunearme sin ninguna consideración.
La voz de Hudson me resonó en la cabeza por encima del ruido de mis padres masticando, por encima del escándalo del res taurante, por encima de la música que salía de los altavoces escon didos con elegancia.
« Quiero que trabajes en lo que te haga feliz. Serías valiosísima dondequiera que fueras».
Me lo había dicho la noche que había intentado que llamase a su antiguo compañero de trabajo, el que dirigía a uno de los competidores de GalacticSolutions. La tarjeta con su contacto seguía dentro de mi bolso, metida entre la del seguro y la de fidelización de mi tienda de bagels favorita.
«No sabes dejar que te quieran porque eres incapaz de creer que eso pueda pasar. Te menosprecias profundamente, hasta la médula, y das por hecho que el resto del mundo también lo hace».
Ay, Dios.
La revelación me tragó como si fuera un agujero negro.
Lo único que habían hecho siempre mis padres era menospreciar mi trabajo.
Querían que lo dejara porque se avergonzaban de mí.
Querían que mi mundo fuera siempre pequeño para que no cometiera más errores que les salían caros a ellos.
Querían meterse siempre en mis asuntos para que nunca me extralimitase.
Ese era el trato que me había acostumbrado a aceptar por parte de la gente que se suponía que debía quererme.
Pero el amor no era eso, ¿no?
No, no podía serlo. Porque Hudson nunca se había avergonzado de mí.
Me tomaba en serio. Me animaba. Me escuchaba.
Confiaba en mí. Reforzaba mis impulsos. No me había propues to que me fuese de VibraCorp porque le disgustara mi trabajo allí, sino porque creía en mi potencial y en mis sueños de llegar al espacio.
Me había demostrado, una y otra vez, que no era un fracaso.
Y que, incluso si la cagaba en algo, siempre podía arreglarlo.
Tal vez no fuera capaz de decirme que me quería. Tal vez no me quisiera. Tal vez no volviésemos a estar juntos.
Pero me había enseñado lo que era sentirme querida.
Había cambiado mucho desde la última vez que cené con ellos.
Cuando pensé en todo lo que había avanzado desde aquella noche en la que empequeñecía con cada palabra de mis padres y en la que Hudson había tenido que defenderme, supe que no podía volver atrás.
Esconderme en mi caparazón, protegerme del mundo y de todas las personas que pudieran quererme ya no era una opción.
No podía seguir siendo una rata de laboratorio, contenida, presa del trabajo.
No podía ser la Scout de hacía seis semanas.
Era una criatura nueva, cambiada por mi breve experimento con el amor.
—Podría conseguir otro trabajo — dije discrepando con delicadeza del discurso de mis padres—. Si quisiera.
—Te pusieron en la lista negra, cariño. Escucha a tu padre. No sirve de nada ponerte un objetivo que no puedes cumplir.
—Exacto. Por más que me disguste admitirlo, creo que lo mejor es quedarte donde estás.
Aquello había sido hacía dos años. Alguien necesitaría una ingeniera con experiencia, ideas nuevas y un historial de (casi todo) triunfos.
Hudson tenía razón. Mi talento hablaba por sí mismo.
Mis padres hacían como si no fuera cierto. Como si el hecho de estar en la lista negra fuese solo un añadido. Como si yo, de todos modos, no valiera suficiente para que me contratase nadie.
—Pero soy… —Estrujé la servilleta, perdiéndome en los extraños dibujos, distrayéndome de las consecuencias que tendría plantarles cara por primera vez en la vida—.
Soy muy inteligente. Y se me da bien mi trabajo.
He creado productos superventas. He hecho felices a los clientes.
Soy una líder competente. En VibraCorp tienen suerte de tenerme.
Y creo que, bueno, tal vez la tendrían en cualquier empresa.
Había estado saboteándome, escondiéndome. Y todo porque me daba miedo intentarlo. Me aterraba que pudiera pasar algo bueno.
Me salió un hilo de voz:
—Lo que pasa es que no lo he intentado.
—Scout, venga, no seas dramática. Sabes perfectamente que no puedes dejar VibraCorp. Es absurdo incluso hablar de ello. Me arrepiento de haber sacado el tema.
Aquel discurso a dos bocas continuó, pisoteando cualquier intento de intervención por mi parte.
—Además, no haces más que regañarnos por no apreciar el trabajo que haces con tus juguetitos, que seguro que es trascendental para la humanidad. ¿Ahora somos el enemigo público número uno por no creer que puedas conseguir algo mejor?
No me extrañaba aquella última pullita. Era normal que mi madre estuviera desconcertada.
Yo siempre los había dejado pisotearme, meterme en una caja muy pequeña y tirar la llave.
Siempre rebajándome y pidiendo perdón por cosas que no eran culpa mía, haciendo lo que me mandaban (fuera lo que fuese) , pagando la cuenta y dejando mi ego de lado.
¿ Cómo no iban a sorprenderse cuando sacaba un mínimo de carácter?
—¿De verdad no pensáis que pueda conseguir otra cosa? — p regunté.
Hice ese pequeño cambio. «Otra cosa», no «algo mejor».
VibraCorp era un lugar maravilloso, pero empezaba a preguntarme si ya no era para mí.
Además, si tenía éxito en la venta de la Fantasía a las masas, en establecer la innovación en el sector de los juguetes sexuales, ¿no habría logrado ya mis objetivos allí? ¿Qué otras cosas podía conseguir?
Todavía soñaba con el espacio. En ese campo todavía había muchas cosas que quería hacer. Puede que fuera el momento de intentar volver.
Mi madre se cansó de aquel tira y afloja.
—Cariño. Te dimos todo lo que una niña podía pedir.
Te metimos en los mejores programas, en las mejores universidades, te llevamos por el mundo para que siguieras progresando.
No hay duda de que eres inteligente, pero las empresas…
El sector que dejaste atrás necesita al mando personas fuertes, honestas y centradas.
No niñas tontas que piensan con la entrepierna.
Ahora que lo pienso, sí que tienes la profesión adecuada. Es la única que te pega.
—Eso no es justo.
Puso cara de exasperación.
—Llevas toda la cena lloriqueando como un gatito medio ahogado porque ese hombre ha tenido el buen juicio de dejarte. A mí me parece más que justo, me parece acertado.
—No creéis en mí en absoluto —musité.
—Somos realistas con qué y quién eres —concedió mi padre con frialdad—. Esa es la única forma de querer de verdad a un hijo.
Si alguien me hubiera preguntado dos meses atrás si había tenido una infancia mala, le habría respondido con un no rotundo.
Mis padres me dieron un techo, me empujaron a la excelencia, siempre estuvieron ahí, no se divorciaron, teníamos una situación estable…
Todos y cada uno de ellos eran factores y elementos que yo asociaba con una buena infancia.
Sin embargo, ahora me daba cuenta de que había más de una forma de tener una infancia mala.
Por ejemplo, si los padres te retiran todo el afecto excepto cuando sacas un diez en un examen o te saltas un curso o consigues un posgrado, llevándote a pensar que solo tienes valor para los demás si eres perfecta.
Y, como sabes que nunca podrás serlo, te aíslas hasta quedarte completamente sola en el mundo.
Sí. Había más de una manera en la que tus padres podían dejarte tocada de por vida.
Y los míos me habían dejado muy tocada.
Analicé la situación.
Problema: estar cerca de mis padres me hace muy infeliz, refuerza mis peores miedos sobre mí misma y hace que sienta que nadie me quiere ni podrá quererme nunca.
Propuesta de solución: la desconexión de las unidades parentales.
Iniciando experimento.
—Necesito que me escuchéis con atención —dije—. Y que no me interrumpáis. ¿Podréis hacerlo?
—No somos estúpidos, Scout. —Esa vez era mi padre el de la cara de exasperación—. No nos hables como si…
Respiré hondo. «Allá voy».
—Sí, me disteis estudios. Y os esforzasteis para que pudiera alcanzar mi potencial académico.
Pero también me impedisteis tener una vida.
¿ Cuándo iba a poder hacer amigos entre las clases y el estudio?
No sé cocinar. Apenas puedo entablar una amistad.
¿ Y gestionar una relación? Ni pensarlo.
Después de lo de Lloyd Exeter, me hicisteis sentir como un artefacto defectuoso que nunca se podría arreglar.
Pero fuisteis vosotros los que me educasteis así.
Me hicisteis una ignorante de cómo funciona el mundo.
Hicisteis que no entendiera nada. Me pusisteis en una situación en la que se podían aprovechar de mí… porque no supisteis hacerlo mejor.
Ambos balbucearon intentando romper el acuerdo de no interrumpirme. Yo levanté la voz y seguí adelante hasta que pararon.
—Me odio a mí misma. Vosotros hicisteis que me odiara.
Y no sé ni por dónde empezar a describiros lo agotador que es sabotearme y esconderme en todo momento porque no creo que merezca nada mejor.
Lo que pasa es que puedo cambiarlo. Tengo el poder de cambiarlo.
Y voy a empezar ahora mismo. Porque no me odio tanto como para quedarme aquí sentada escuchándoos.
Fui a coger la chaqueta. Mis padres entraron en pánico. Sus amenazas rebotaban y se desintegraban como piedrecitas bajo el propulsor de un cohete.
—Scout. Scout, no te atrevas a levantarte de esta mesa. Después de todo lo que hemos hecho por ti…
—No lo has pensado bien. Si te vas ahora, puede que no vo lvamos.
Me fui sin vacilar. Una vez que estuve en el taxi de camino a Manhattan, me bajó la adrenalina y me dejó el suficiente espacio en el cerebro para evaluar aquel pequeño experimento.
Experimento completado.
Resultado: alivio inmediato
Notas complementarias: ojalá pudiera contárselo a Hudson.