Buenas vibras 40. I love New York, pero me está embajonando
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40. I love New York, pero me está embajonando

I New York,

pero me está embajonando

—T engo que confesarte algo: a mí me encanta el sexo…

Vale, esas no eran las palabras que esperaba oír.

—… pero nunca me plantaría delante de una cámara a proclamarle al mundo cuánto me gusta y por qué.

Era el día siguiente y estábamos en la grabación de un grupo de discusión.

La grabación estaba dirigida por el equipo de Marketing, que iba a entrevistar a algunos de los clientes más fieles de VibraCorp para usar las entrevistas en nuestro vídeo introductorio de la presentación de la Fantasía que yo daría aquella misma semana.

Por lo visto, los hombres que probaban nuestros productos pensaban lo mismo que Hudson, porque, uno a uno, fueron negándose categóricamente a aparecer en pantalla.

Hudson era incapaz de apartar la mirada del espejo unidireccional que nos separaba del grupo de usuarios. Estaba fascinado por su franqueza y facilidad para hablar. Totalmente absorto.

En cambio, yo no podía dejar de pensar en la noche anterior.

Habíamos salido a dar un paseo al atardecer, nos habíamos comprado una porción de pizza y habíamos ido a mirar a la gen te pasar desde el parque elevado de High Line.

Sin duda, la mejor cita de la historia. Tal vez el mejor suceso de la historia.

Y sé que no es una observación muy sagaz ni original ni aguda, pero el otoño en Nueva York tiene una magia especial.

Sobre todo cuando una está enamorada.

Y yo lo estaba. No había lugar a dudas.

Pero ¿y Hudson?

Había dejado de lado todas mis obligaciones personales y profesionales con la esperanza de que él por fin diera el paso.

De que por fin cediera bajo la presión de su inminente marcha de VibraCorp y me cogiese en brazos gritando que sabía que yo quería mantener la profesionalidad, que la relación siempre había tenido una fecha de caducidad, que comprendía mi miedo a la intimidad, pero que le daba igual.

Su corazón estaba en juego y podía ser mío. Solo tenía que decir que sí.

Pero… no pasó nada de eso. Por la mañana yo estaba más que satisfecha después de una larga noche de sexo en el hotel, llena de bagels que me había traído mi guapísimo compañero de cama para desayunar y lista para enfrentarme a un día de trabajo en VibraCorp…

Pero no estaba más cerca de que Hudson me dijese que me quería.

Me inundó la ansiedad de tener que marcharnos de allí.

Había estado en Nueva York unas cuantas veces en conferencias como esa y, cuando iba al instituto y a la universidad, había visitado (y ganado) más pruebas y concursos académicos de l os que era capaz de contar.

En aquella época, la ciudad no me ha­ bía impresionado mucho.

La cacofonía constante e ineludible de los coches a punto de chocar y el cacareo de los peatones y el traqueteo de las obras llevaba al borde de la distracción incluso a una persona tan meticulosamente disciplinada como yo.

Una sensación inquietante para alguien que, en cualquier otro lugar, era capaz de esconderse tras un libro y desconectar.

En pocas palabras, en el pasado siempre había ido a Nueva York con un temporizador interno que contaba cuánto faltaba para el maravilloso segundo en el que, por fin, pudiera marcharme.

Sin embargo, ahora quería que el tiempo fuera más despacio , que desafiara todas las leyes de la física y se ralentizara para darnos un poquito más de tiempo. Seguro que, si teníamos un poco más de margen, Hudson se abriría.

¿No?

—Scout, ¿tú qué crees?

—¿Eh?

Me distraje de mi rumia y volví al momento presente.

Hudson señalaba el cristal que teníamos delante, a través del cual podíamos ver el diverso grupo de unos veinte probadores de productos que respondían a las preguntas de Addie y varios miembros del equipo de Marketing con franqueza.

La conversación era animada, llena de bromas y risas.

No me sorprendió ver envidia en los ojos de Hudson y me supo mal por él.

De ver­ dad. Lo aterrorizaba ese tipo de sinceridad, el rechazo que podía conllevar.

—Es que son muy valientes. Sé que no quieren hablar en el vídeo y eso es un problema para el equipo de Marketing, pero, aun así, son muy valientes por atreverse —se explicó—. ¿Tú qué crees?

—Creo que no deberíamos tener miedo de lo que queremos. Nunca — respondí, esperando que captase el tono incisivo—. Porque… ¿Qué dirías tú si no tuvieras miedo de la reacción de la gente?

Ambos apartamos la vista del grupo de discusión y nuestras miradas se encontraron. La suya rebosaba esperanza. ¿Había llegado el momento? ¿Por fin iba a…?

Pum. La puerta de la sala se abrió con un golpe. Clara estaba en el umbral, enmarcada por el metal azul, y con el pelo revuelto por primera vez… ¿en la vida?

—¿Se puede saber qué hacéis aquí? —preguntó moviendo mucho los brazos.

Fruncí el ceño.

—Observando el grupo de discusión.

Se me hizo un nudo en el estómago. Clara nunca perdía los papeles. Nunca se permitía estar agitada. Si estaba así era porque estábamos en alerta roja.

—¿No has mirado el móvil?

—No, anoche me quedé sin batería y…

No terminé la frase porque no quería decir que «estaba en la habitación de Hudson y, como tiene un puto Android, no tenía con qué cargar el mío».

—Te he buscado por todas partes. Jared asegura que tiene una patente del acople de cables con efecto de adhesión-deslizamiento que usamos en los principales sistemas de control de la Fantasía.

No sé cómo, ayer consiguió colarse en nuestro almacén y pudo ver los prototipos finales.

No tengo ni idea de qué hizo para entrar, pero está dispuesto a lanzarnos encima a todo el equipo legal de Lloyd.

Yo sí que sabía cómo lo había hecho.

Cuando Hudson y yo devolvimos el prototipo que habíamos tomado prestado por la noche no debimos de cerrar la puerta al salir.

Yo había estado tan distraída con el tonteo y mis emociones y mi estúpido sueño de vivir una escena de comedia romántica neoyorquina que se me había olvidado lo más básico del lanzamiento de un producto de alto secreto: comprueba dos veces cada cerradura.

—Pero no lo diseñó él —dijo Hudson—, ¿no?

—No, claro que no. Esa no es la cuestión.

Lo están diciendo solo para envenenar el lanzamiento.

Y eso significa que, si queremos que todo este lío desaparezca antes de la presentación, vamos a tener que encontrar un nuevo acople, lo cual conlleva actualizar los prototipos, ajustar los costes y revisar las especificaciones que les dimos a los inversores.

Serán solo unos centavos por unidad, pero debemos ser transparentes con ellos.

El mundo se encogió a mi alrededor. Apenas me quedó aliento para contestar:

—Vale.

Unas manos se posaron en mis hombros. Clara me devolvió a la realidad.

—Cuatro días. Será duro, pero puedes hacerlo. Sé que puedes. Creo en ti.

«Pues no deberías —pensé—. Ni tú ni nadie».

—Diles a Addie, Terrence y Leelah que se reúnan conmigo en nuestro centro de operaciones. Estaré allí en diez minutos.

Clara se despidió con la cabeza y salió de la sala mientras yo caía en espiral.

Mi existencia obedecía la ley «universal» de la gravedad de Newton. (Los frikis de la ciencia, que callen. Conozco las teorías de Einstein sobre la relatividad, pero intento ponérselo fácil a los normalitos).

«Todo lo que sube debe bajar». Ese es el principio básico y detectable.

Un péndulo, por ejemplo, obedece ese principio.

Pero lo hace formando un arco con una acción de subida y una similar de bajada.

Es un movimiento con un ritmo pausado. Una curva de bajada que nos da tiempo para prepararnos para el punto más bajo.

Yo, en cambio, era como un ladrillo lanzado desde la ventana de una vigésima planta. Con una caída demoledora sobre el implacable pavimento de la acera.

La había cagado.

Otra vez.

Y del mismo modo exacto que la última vez .

Había confiado en mí misma.

Un error de novata. Todo el mundo sabía que no se podía confiar en la Scout de flúor. Ni en cuestión de hombres ni en cuestión de trabajo, y parecía ser que tampoco con las llaves. Y, sin duda, tampoco con su propio corazón o su futuro.

Poniéndome en marcha con visión de túnel, metí mis cosas en la mochila y no dije nada hasta que Hudson apareció a mi lado tendiéndome con manos inseguras la tablet en la que hacía mis bocetos.

—¿Qué puedo hacer para ayudar?

—Ya has hecho suficiente, gracias —dije con sequedad.

Retrocedió un paso.

—¿Qué quiere decir eso?

La culpa que me inundó fue casi tan incisiva como el rencor.

—Nada, lo siento. Tienes razón. Esto no es culpa tuya, sino mía. Mía y de nadie más. Tendría que haberlo sabido.

—Scout, ¿qué pasa?

—Lo que pasa es que lo he vuelto a hacer. He hecho lo que me apetecía, he ido detrás de un tío y lo he puesto todo en peligro. Y ¿para qué? ¿Por unos polvos? ¿ Por pasármelo bien un rato? ¿Por la esperanza de que tú…?

—¿De que yo qué?

—Nada, me tengo que ir.

Me colgué la mochila al hombro con brusquedad y me dirigí a la puerta. Él me siguió.

—Te ayudaré.

—Que no, joder, que esto es lo que se me da bien.

El trabajo. Es lo único que se me ha dado bien en la vida.

Y estas cosas son las que ocurren cuando dejo que algo se entrometa.

No estoy hecha para las relaciones, la amistad ni nada de eso, y ya es hora de que me vaya acordando.

Lo siento, Hudson, pero no puedo seguir con esto. No puedo seguir contigo.

Fue lo más duro que me había obligado a decir nunca, pero era inevitable, ¿no?

Había estado viviendo en un mundo de fantasía, creyéndome las tonterías de Hudson de que yo era capaz de dirigir mi vida y de que no era un fracaso absoluto en todo, sin contar las ciencias y la tecnología. Era hora de volver a la realidad.

Hudson resopló.

—No me lo puedo creer.

—¿ El qué?

Me rodeó con dos zancadas y se colocó entre la puerta y yo, bloqueándome el paso.

Tenía la cara retorcida por las emociones como nunca se la había visto antes.

El Hudson de la máscara de felicidad había desaparecido.

Era otra persona. El Hudson de flúor, tal vez.

Me recordaba sobre todo al Hudson de la bronca con mis padres.

—Que vayas a rendirte. Que salgas corriendo al menor indicio de un leve problema.

Siempre haces lo mismo, Scout. Lo hiciste tras el desastre de GalacticSolutions.

No te enfrentas a tus padres, ni a Lloyd.

Ni siquiera a Jared. Por Dios, no perdiste la virginidad hasta los veintiséis años.

Entropía, entropía, entropía… Es todo mentira.

Lo que te gustaría decir en realidad es que tienes miedo y vas a permitir que ese miedo te condicione.

Estás huyendo de todo lo que es real, de nosotros.

—No hay un nosotros —solté pensando en cada oportunidad que él había perdido de decirme que sí que había uno—. Lo has dejado más que claro.

—No, la que lo ha dejado más que claro eres tú.

Eres tú la que no deja de recordarme que me voy cuando se me acabe el contrato.

Eres tú la que se ha negado a que nuestra relación vaya más allá.

Eras tú la que no sabía decidir siquiera si yo te gustaba lo suficiente para seguir viéndome hasta que te conectaste a un electroencefalógrafo.

Y ahora eres tú la que sale corriendo. Todo porque te odias tanto a ti misma que no te permites vivir un poco.

Hasta el momento, mi temperatura y el volumen de mi voz habían ido en aumento junto con mi rabia, pero esas palabras fueron un cubo de nitrógeno líquido.

«Te odias a ti misma».

—No, yo… No, no es verdad.

Era imposible disuadirlo.

—Sí, sí que lo es. Te odias tanto que saboteas todas las oportunidades que tienes de ser feliz.

Las relaciones, el trabajo, las amistades…

Se te ha plantado delante el hombre que casi te destruye y tú ni siquiera has tenido fuerza para levantar la cabeza mientras te hablaba, y mucho menos para decirle lo que pensabas.

Y, cuando yo intento cuidarte, cuando intento hacerte entender que no eres esa donnadie que no vale nada que crees que eres, sales corriendo.

He dejado muy claro que quiero que haya un nosotros, pero tú no sabes dejar que te quieran porque eres incapaz de creer que eso pueda pasar.

Te menosprecias profundamente, hasta la médula, y das por hecho que el resto del mundo también lo hace.

Y no me había dado cuenta hasta ese momento.

Me odiaba a mí misma.

Tal vez por cómo me habían tratado de pequeña, tal vez por todos esos años de soledad cuando era niña o por Lloyd y lo que pasó en GalacticSolutions.

No lo sabía, pero…, sí, me odiaba. Profundamente.

Insistentemente. Y era probable que fuera lo único con lo que había podido contar siempre.

Llevaba ese autoodio como un abrigo de invierno.

Me aferraba a él con fuerza cuando cortaba el viento y sudaba dentro de él con el buen tiempo.

Era un odio constante. Inamovible. Y, a pesar de eso, nunca había sido capaz de enfrentarme a esa realidad.

Ya no tenía ningún otro lugar al que mirar. Y la verdad me devolvió la mirada con los ojos grandes, abiertos, comprensivos y llenos de amor de Hudson.

Y lo odié por eso.

—No te plantes ahí y me digas que quieres protegerme cuando no eres lo bastante hombre para decirme que me quieres.

—¿Qué?

—Anoche salí contigo y abandoné por completo mis responsabilidades laborales porque pensaba que por fin me lo dirías.

Que no te importaban ni el contrato ni nuestro acuerdo.

Que querías estar conmigo por algo más que por el sexo.

Estaba segura de que lo harías…, pero no.

Y ahora todo está en la mierda por culpa mía y por mi puta insensatez de ir detrás de un tío que ni siquiera me quiere.

Escupí todas las palabras como si fueran veneno. El dolor de aquella última semana y media esperando una confesión que tal vez nunca llegaría salió a la superficie.

Hudson se echó atrás unos cuantos pasos más.

—¿Eso es lo que crees? —preguntó.

—Sí.

Le tocaba a él escupir las palabras.

— No tienes ni puta idea.

Como supongo que habrás notado, eso no era una negativa. No era una declaración de amor. Y no era lo que yo quería oír.

—De lo que sí que tengo algo de idea es de cómo sustituir acoples complejos —dije—. Así que, si no te importa, voy a ello.

Un suspiro. Largo y penoso. Se pellizcó el puente de la nariz masajeándolo en círculos para calmarse.

—Si eso es lo que quieres…

No, no era lo que quería.

Quería que me abrazase y me obligase a entender que no valía la pena tirar por la borda lo que teníamos. Que había sido un pequeño error. Que se podía solucionar. Que yo no era un fracaso. Que se me podía querer. Que no solo valía por mi trabajo.

Quería que luchase por mí.

Quería que me quisiera.

Sin embargo, como yo nunca conseguía lo que quería, me escabullí de la sala intentando no pensar en cómo el color había salido de mi mundo casi al mismo tiempo que él.