Buenas vibras 39. Me toca a mí jugar con la Sex Box #3
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39. Me toca a mí jugar con la Sex Box #3

Otras dos palabras me bailaron en la lengua. Me las tragué. Tampoco importó demasiado, porque Hudson tenía una sonrisa felina en la cara, satisfecho con mi declaración.

—¿Y si te doy una pequeña recompensa?

« Sí, sí, sí». El cuerpo me temblaba, expectante. Tocó unas cuantas teclas y, de pronto, la Fantasía se puso en marcha con un rugido.

Me arrolló un muro de sensaciones. Estaba muy cerca. Iba a correrme, iba a correrme…

De la nada, como si un apagón hubiera afectado solo a la ca milla en la que me encontraba yo y a nada más en la sala, el traje entero quedó inerte y me dejó tambaleándome al borde del precipicio de un orgasmo sísmico.

Solté un grito ante aquella injusticia. Me volví y fulminé con la mirada al científico de pacotilla que estaba a la cabeza de aquel supuesto experimento.

—Serás hijo de…

De repente, volvía a ser el Hudson tímido, con los ojos muy abiertos y mirando la pantalla del teléfono, que no respondía a ninguna de sus órdenes frenéticas.

—No, no he sido yo.

La adrenalina abandonó mi cuerpo. Oh, aquello no era parte de nuestro jueguecito.

Maravilloso. Yo siempre tan afortunada. Me había sometido a una tortura sexual y ni siquiera había logrado el orgasmo que se me había asegurado que tendría.

—Mierda, debe de haber un cortocircuito en el cableado — d ije—. Suéltame y le echaré un vistazo.

Qué va. En ese momento sonó la alarma del temporizador.

Se habían terminado los quince minutos.

Hudson dejó de lado el teléfono y la sacó del molde, se quitó el condón protector que lo separaba de la solución, se limpió con una de las toallitas íntimas que había en la sala y se acercó.

—Me parece que eso no será necesario —dijo—. Sin ánimo de desacreditar tus geniales habilidades mecánicas, voy a follarte mejor de lo que esta máquina podrá follarte nunca.

Sin preocuparse por los amarres, Hudson se colocó entre mis piernas.

Puesto que el módulo insertable ya no era de utilidad, lo sacó de mi interior y lo desconectó del resto del sistema para poder colocarlo a un lado.

En cambio, dejó en su sitio los estimuladores de clítoris y pezones a pesar de que se habían quedado sin corriente.

Pero dudó.

—Dime una cosa —me pidió.

—¿Qué cosa?

—Dime que no nos estamos acostando solo porque quieres quitarte a Lloyd de la cabeza. Dime que nada de esto ha sido por él. Que no nos estamos calentando aquí para darle celos o algo así.

Yo casi me reí ante aquellas palabras. Ver a Lloyd me había recordado lo feliz que era con Hudson. Lo decidida que estaba a no ser la chica asustada que fui durante la época en la que trabajé para GalacticSolutions.

Aquello no había sido por él, sino por nosotros.

—Hudson, cuando estoy contigo, no pienso en nada ni en nadie más. Soy tuya.

«Todo el tiempo que tú quieras… Para siempre, por favor».

Atada de pies y manos, no podía hacer nada, pero Hudson se esforzó porque cada caricia hiciese que la pérdida de control valiera la pena.

Se colocó ante mi abertura y empujó. Estableció un ritmo constante mientras me sujetaba de las ataduras de las muñecas, penetrándome fuerte, rápido y hondo, muy hondo.

Entonces, los cables de la Fantasía debieron de dejar de hacer contacto.

—¡ HUDSON !

Tiré de los amarres mientras la corriente volvía a la Fantasía. La polla de Hudson entraba y salía, acariciándome, cuando los estimuladores de clítoris y pezones volvían a ponerse en marcha.

No tardaría mucho. Lo sentía. Y sentía que él también estaba cada vez más cerca. Iba a…

El orgasmo me catapultó a otra dimensión. Un estremecimiento me recorrió todo el cuerpo. Lo vi todo blanco. Ni siquiera oí mis propios gritos.

Pero sentía el semen de Hudson llenándome desde el fondo, chorreándole por la polla y saliendo de mí. Eso me devolvió a la tierra con el mayor de los placeres.

Caímos uno encima del otro, enredados, agotados, sobre la camilla. Todavía atada a ella, no podía hacer mucho más que recobrar el aliento y disfrutar del peso de Hudson sobre mí.

—Tengo que ir a ver a Addie y Leelah —le dije cuando recuperamos la respiración—. Están con unos preparativos de última hora. Puede que necesiten ayuda. Y tenemos que prepararnos para la cena de esta noche con Clara.

—O… Tengo una propuesta: podrías delegar esas tareas, sal tarte la cena de Clara y tener una cita de verdad conmigo en Nue­ va York.

«Cita».

Aquella palabra ya había sonado algunas veces y normalmente yo la había espantado como una mosca molesta, pero en aquel momento volvió a encender mis terminaciones nerviosas, que ya estaban fritas. Me moría por decirle que sí.

—Estamos en la recta final, Hudson. Creo que no debería.

—Lo entiendo, pero… es Nueva York. Estamos en otoño. La ciudad está preciosa.

—Entonces deberías salir y disfrutarla tú.

Me colocó la mano en la cadera. Podría haber estado sosteniendo perfectamente mi corazón.

—Scout, ¿cómo voy a poder disfrutarla sin ti?

El corazón, muy cómodo en su posesión, me latió con un fuego reavivado. ¿Era el momento? ¿ Estábamos entrando oficialmente en la era en la que Hudson me confesaba su amor?

La sensatez y la razón me decían que me mantuviese firme. Que me centrase en el trabajo. Que hablase del amor fuera del horario laboral.

A la mierda la sensatez. A la mierda la razón. ¿Qué me habían traído de bueno hasta ahora? ¿E ir sobre seguro? ¿Qué cosas buenas me había dado?

Ninguna. Soledad y aislamiento y un montón de partículas fantasma donde debería haber estado mi corazón. Un encuentro patético con Lloyd. Cenas vergonzosas con mis padres. Años alejada del mundo.

Era hora de cambiar. Aquella noche dejaría que la Scout de flúor saliese de su caparazón.

Me lo había ganado, ¿no? Me había demostrado a mí misma que no era los errores del pasado, que había crecido.

E iba a explorar Nueva York con el hombre al que amaba, lista para que llegase el momento en el que por fin me dijese las palabras que tantas ganas tenía de oír.