Epílogo. Houston, tenemos un orgasmo
Epílogo
Houston, tenemos un orgasmo
D os años más tarde, estaba en un despacho de Huntsville, Alabama, sentada en el borde de mi escritorio con la vista fija en una pantalla de televisión de circuito cerrado como si fuera a entrar en combustión espontánea si apartaba la mirada.
Malcolm me ofreció un puesto en SkyTech unas semanas después del OhFest, y yo lo acepté. Me ascendieron a los seis meses. Y aquel día era nuestro primer gran lanzamiento de prueba.
Hudson se me acercó por detrás y me dio un beso en la curva del cuello.
—Saldrá bien —susurró contra mi piel.
—Eso no lo sabes.
—Sí que lo sé. Porque lo has diseñado tú.
En la época en la que conocí a Hudson, me habría aterrado fracasar a ese nivel, pero ahora el fracaso no me asustaba tanto.
Si aquel cohete estallaba , sabía que no volverían a vetarme.
Malcolm me daría el espacio, los recursos y el tiempo para identificar el problema , solucionario y hacer que el despegue fuera un éxito a la próxima.
Igual que ocurría con mi relación con Hudson , por fin tenía un lugar seguro. Un lugar en el que cometer errores, volver a intentarlo y crecer para convertirme en alguien mejor.
El alivio era casi indescriptible. Tras una vida de encogerme de miedo y huir a la primera señal de peligro, por fin tenía un hogar. No le tenía miedo a mi propia sombra. Por fin era libre de ser la persona que siempre había sido en lo más hondo.
En la pantalla de televisión, el cohete pasaba las comprobaciones previas al lanzamiento.
Llegados a ese punto, no había nada que yo pudiera hacer.
Habíamos repasado los cálculos, comprobado cada tornillo, pesado y vuelto a pesar cada pieza para facilitar el despegue.
De modo que estaba ahí sentada, mano sobre mano, intentando mantener a raya las mariposas que hacían estragos en mi estómago .
—Podemos ir al centro de control con el resto del equipo, si quieres —me dijo Hudson—. No es demasiado tarde .
—Lo sé, pero… creo que quiero privacidad. Si explota, quiero procesarlo antes de hablar con ellos. Y, si es un éxito…, no quiero llorar delante de todo el mundo.
—Esto es muy importante. Es normal que te emociones cuando todo acabe. Seguro que entenderían cualquier reacción por tu parte.
—¿Intentas deshacerte de mí?
—No, intento distraerte antes de que le hagas un agujero a la moqueta.
Bajé la vista hacia la pierna con la que había estado tocando un solo de batería en el suelo.
—Uy, perdón.
Dejando su puesto de centinela encima de mi hombro, Hudson se paseó hasta la pantalla y me tapó la vista por primera vez desde hacía horas.
Ahora estaba desarrollando una app para una empresa de parques temáticos (sí, esa) de forma remota y se había cogido el día libre para apoyarme en el despegue.
Y la verdad es que había hecho de todo : darme la mano, beberse mi chocolate caliente cuando yo estaba demasiado nerviosa para terminármelo y hasta pasarse una hora y media escuchándome divagar sobre los cálculos del cohete.
Se apoyó en la pared y me dio un repaso de arriba abajo. Yo me sonrojé bajo su atenta mirada. Después de dos años saliendo, de irnos a vivir juntos y de adoptar un perrito llamado Moogie, seguía siendo experto en hacerme sentir la mujer más bonita de la galaxia.
—¿Sabes qué ? Creo que tengo una forma mejor de distraerte.
—¿Ah, sí ?
—Ajá. Ven aquí.
Sin más, lo tenía de rodillas a mis pies, separándome los muslos con delicadeza.
Joder.
Solté una risita e intenté apartarlo sin éxito.
—Es que no puedo…
Me besó el interior de la pierna y levantó una ceja desafiante .
—¿Que no puedes qué?
El sexo se me contrajo ante su contacto íntimo. Un firme «Este no es el momento ni el lugar» me rozó los labios, pero entonces su mano fue subiendo y llevándome la falda hacia la cintura .
Jugueteó con la costura de mis bragas con la yema de los dedos.
—Bueno, vale —dijo cuando yo no fui capaz de darle una respuesta—. Si quieres saber la verdad , creo que el que necesita una distracción soy yo. Me estoy volviendo loco. Estoy tan contento por ti que casi no puedo ni pensar.
—A ver, si es por ti…, ¿cómo voy a decir que no?
Una risa y su barba de unos días me rozaron la piel sensible.
— Tú puedes seguir mirando la pantalla. Como si yo no estuviera.
Imposible. No podía pensar en otra cosa con la boca de Hudson en mi clítoris.
Aun así, le seguí el juego.
Me había calado perfectamente. La verdad es que sí que necesitaba una distracción. Y, aunque el lanzamiento no saliera según lo previsto, por lo menos me llevaría un orgasmo de órdago.
Habíamos hecho el amor varias veces por la mañana y, por cómo Hudson me agarró de las caderas y me llevó al borde de la mesa de un tirón, supe que no iba a ser nada delicado conmigo. No le dejaría espacio a mi mente para volver al estrés del despegue.
Me arrancó las bragas. En el reflejo de la pantalla vi cómo se las guardaba a buen recaudo en el bolsillo. Luego se llevó mis muslos encima de los hombros y ya me tenía abierta y lista para él, todo un manjar a su disposición.
Ese día no hubo preliminares, estaba hambriento.
Atrapó el clítoris entre los labios y me besó profundamente, formando círculos con la lengua y succionando justo como a mí me gustaba.
El ritmo era lento, pero la presión despiadada.
El orgasmo no se haría de rogar. Podía incluso sentirlo ya plantando sus semillas en las profundidades de mi vientre.
Con la mirada puesta en la pantalla de televisión, intenté dividir la atención entre mis ganas de él y mis obligaciones profesionales.
Pero entonces, mientras me lamía el clítoris endurecido, me llevó un dedo a la abertura, listo para hundirse en mí. Se me cerraron los ojos de golpe.
Tenía el coño empapado. El dedo entró con facilidad.
Con eso no bastaba. No era suficiente.
Empujé con las caderas, exigiendo más. Él sonrió con los labios sobre mi clítoris. Un segundo dedo se unió al primero.
Eso tampoco me bastó. Quería correrme muy fuerte. Quería que me hiciese pedazos y luego me volviese a juntar.
Él captó la indirecta. Me metió un tercer dedo.
Yo exhalé con fuerza. Era una de esas situaciones de «cuidado con lo que deseas». Estaba llena hasta los topes.
Cuando estuve del todo estirada y relajada en torno a sus dedos, los dobló dentro de mí estimulándome el punto G con caricias lentas, tranquilas.
Puse los ojos en blanco. Joder, qué bueno era. Sentí un hormigueo por todo el cuerpo y la calidez del placer despertó cada centímetro mi ser.
Y, aun así, «suficiente» era algo que seguía sin aparecer en mi lenguaje corporal. Aunque cada vez estaba más cerca, necesitaba más.
Descansa en paz, blusa de manga larga.
Me la quité de un tirón, me desabroché el cierre delantero del sujetador y expuse las tetas al ambiente frío de la sala, que tenía el aire acondicionado a máxima potencia. Los pezones se me erizaron, duros y erguidos, y gemí en cuanto yo misma me puse a jugar con ellos.
En ese momento, empezó la cuenta atrás con la voz del enlace crepitando por encima de las imágenes en directo del lanzamiento.
« Diez».
Hudson me rozó el clítoris con los dientes. Me estremecí.
«Nueve».
Aumentó el ritmo de las acometidas de sus dedos. No pude evitarlo, quería más y empecé a empujar contra él con las caderas.
«Ocho».
Me lamió el clítoris en círculos, centrando en él sus atenciones. «Sí, eso es. Justo ahí».
«Siete».
Joder, estaba cerca. Los músculos se me tensaron con la abrasadora anticipación del clímax inminente.
«Seis».
Abandonando un pezón, entrelacé los dedos en su pelo, sujetándolo para que no se apartara. No pensaba dejar que me dejase a medias. El contacto de mi mano hizo que me devorara más fuerte y deprisa. Me tensé alrededor de sus dedos.
«Cinco».
Era demasiado. Mi coño mojado, chorreando. Su perfecta boca venerándolo. Mis pezones firmes entre los dedos. Sus dedos llenándome con perfectas embestidas, penetrándome una y otra vez.
«Cuatro ».
«Más, más, más. Justo ahí. No pares, joder, no pares …».
«Tres».
Estaba directamente follándole la cara, follándole aquellos dedos perfectos , dominando su boca con el coño.
Estaba usándolo y dejando que él jugase conmigo, todo a la vez.
Tenía el orgasmo muy cerca. Los propulsores del cohete en pantalla no dejaban de echar humo y las llamas brotaban en oleadas furiosas y violentas.
Yo conocía bien esa sensación.
«Dos».
Ignición total. Dentro de mí y en la pantalla de televisión .
Los motores de primera etapa se encendieron y, de repente , el artefacto de cuatrocientas cincuenta toneladas que había construido para surcar el cielo echó a volar.
Hudson me presionó el punto G una vez más. Sus dientes me rozaron el clítoris justo como necesitaba. Me pellizqué los pezones en el momento perfecto.
—¡Hudson!
Me contraje en torno a sus dedos y le apreté el cuello con los muslos, impidiendo que se moviese.
Una voz del centro de control crepitó por los altavoces.
«Hemos despegado».
Caímos uno encima del otro. Él apoyó la cabeza en mi muslo y yo me acurruqué para poder descansar sobre sus hombros. La mirada se nos fue a la retransmisión. El cohete planeaba por el despejado cielo azul del verano y yo seguía sintiendo las réplicas del terremoto que Hudson había provocado.
Un lanzamiento perfecto. Un orgasmo perfecto.
Un perfecto final feliz.