39. Me toca a mí jugar con la Sex Box
Me toca a mí jugar con la Sex Box
C omo era una de las conferenciantes de aquella edición del OhFest, podía elegir lo que quisiera del expositor de las Sex Box. Era una selección de productos de alta gama , gran calidad y última tecnología donada por los vendedores de la feria.
En lugar de eso, elegí lo más gracioso que encontré.
Un kit clonador de penes.
Leímos las instrucciones mientras nos poníamos cómodos en la cabina. Era una sala muy minimalista de unos veinticinco metros cuadrados con un estilo de diseño que se podría bautizar como «yate espacial para ricos pervertidos».
—¿Para qué quieres una copia de mi pene cuando puedes tener el de verdad siempre que quieras? —preguntó Hudson.
«Porque, a no ser que me digas que me quieres y que quieres una relación, te vas dentro de unos días y me gustaría guardarlo como recuerdo ».
Sin embargo, me decidí por:
—Porque es muy gracioso. Además , ¿no te daría morbo que me follara una copia de tu polla y tú solo pudieras mirar?
Me agarró el culo y me restregó la erección que ya le presionaba los vaqueros.
—Qué mala eres.
—Pues sí, soy un genio malvado de los juguetes sexuales.
Como estaba familiarizada con las instalaciones, abrí uno de los paneles de la pared dejando al descubierto un pequeño lavabo. Me puse a preparar la mezcla.
—Pero, a ver, ¿cómo funciona? —preguntó él señalando la caja.
—Te empalmas, la metes en esta solución y, al cabo de un cuarto de hora…
—¿Un cuarto de hora ? ¿Tengo que mantener una erección durante quince minutos enteros?
Me reí y lo empujé para que se sentase en un sillón mullido, con el respaldo curvado para maximizar el arqueo de la espalda. Muy sexy.
—Sí. Y luego llenas el molde de látex líquido, esperas unas horas y ¡pum! Te la has clonado. Y, por cierto, no entiendo de qué te quejas, si una vez me dijiste que habías estado todo el día empalmado en la oficina pensando en mí .
—Empalmado en el sentido emocional. Empalmado en el sentido de tensión sexual. No literalmente empalmado. Se me da muy pero que muy bien hacer que baje cuando haces que se me levante en situaciones comprometidas.
—Bueno, entonces necesitarás algún incentivo para que no se te baje.
—Mmm. Tengo una idea .
La habitación estaba llena de muebles y equipamiento para el sexo, así que supuse que Hudson elegiría algún artilugio de los que había colgados en la pared. En lugar de eso, salió de la Sex Box y volvió al cabo de unos minutos con uno de los quince prototipos que habíamos creado juntos.
La Fantasía.
—¿Qué haces?
Entró con el prototipo a la pequeña sala. Estaba colocado con cuidado en su caja de tapa transparente, listo para su primer uso .
—Me ha venido a la cabeza que nunca he visto la Fantasía en acción.
Me puse pálida cuando entendí lo que quería. Quería usar la Fantasía conmigo. Quería ejecutar protocolos de prueba mientras me miraba.
Eso me daba tanto morbo como miedo. Joder.
—No, ni pensarlo. ¿Y si el prototipo se rompe?
—Este es el de repuesto, solo para emergencias . Además, ¿alguna vez has probado la Fantasía? ¿Cómo se puede esperar que la pongas por las nubes en la presentación si ni siquiera la has probado?
Era un argumento absurdo , aunque, a decir verdad, no era un argumento, sino un pretexto.
—Hudson, hemos traído un montón de prototipos por algo . Si un ejemplar expuesto se rompe, tenemos que poder sacar otro para sustituirlo. Y no quiero sacar una unidad usada al stand.
—¿Qué probabilidades hay de que los otros catorce ejemplares se rompan?
Además, todos los elementos que entran en contacto con el cuerpo son reemplazables.
Todos los mecanismos centrales quedan cubiertos por almohadillas y accesorios.
Nada que te toque a ti entrará en contacto en ningún momento con otro asistente. Es seguro…
—Eso es cierto.
Aunque ningún asistente a la feria tenía que usar nuestros prototipos, yo me había asegurado de que todos los falos, accesorios insertables y superficies que entraban en contacto con la piel fueran reemplazables.
Era como un espéculo en la consulta de un médico.
El mecanismo central era reutilizable, mientras que los otros elementos no .
El modelo que pondríamos a la venta no incluiría esa característica, porque estaba diseñado para que lo usase una sola persona, pero el de exposición, sí. Por seguridad.
Y ahora , al parecer, para que yo pudiera disfrutar sin culpa ni repercusiones.
—Y… —continuó— … he estado trabajando en una sorpresa para ti. Si no usas la Fantasía, nunca sabrás qué es .
¿Una sorpresa? Qué cabrón.
—Ya sabes que no puedo resistirme a una incógnita.
—Ni a un experimento. Quiero hacer algunas pruebas de software más. Repetirlas antes del lanzamiento, ya sabes —dijo mientras sacaba el móvil.
Y ahora viene un ejemplo de libro de cuando alguien se convence a sí mismo de tomar una mala decisión:
—Vale —dije—, pero solo porque quiero tener un dildo modelo Hudson.
—Se me había olvidado por completo.
—Quítate la ropa.
—Tú primero. Esta noche vamos a escribir tu primer informe de polvos.
Tiempo atrás, cuando le conté que nunca había hecho un informe de polvos porque prefería probar nuestros juguetes para mi satisfacción personal y no para contribuir a la base de datos de la empresa, no pensé que usaría esa información en mi contra , pero, en cuanto adoptó un aire impasible y profesional, no pude evitar obedecer.
Dejé caer el abrigo al suelo. Me quité la camisa y me desabroché el sujetador.
Y el muy cabrón ni siquiera levantó la vista de la app que había diseñado para la Fantasía mientras le introducía ciertos protocolos.
Una vez que estuve completamente desnuda, me señaló una de las opciones para tumbarse, un asiento elevado que estaba a medio camino entre una silla médica y un sillón tantra .
Me senté sobre la suave tela (en la Sex Box no se andaban con las camillas estándar de la consulta del ginecólogo, estaba todo diseñado a medida para el mayor confort y comodidad de los usuarios) y coloqué los pies en los elevadores en forma de estribo.
Ahí estaba yo . Tumbada de espaldas. De piernas abiertas. Con la mirada en el techo. Y el cuerpo ardiendo de anticipación.
Cuando subí los brazos por encima de la cabeza para estirarme, un trozo de tela aterciopelada me rodeó las muñecas y las ató juntas.
—¿Qué haces?
—Vas a probar el juguete por primera vez, no puede ser que te retuerzas —dijo atándome de manos y pies para que no pudiera moverlos—. Podría tener un efecto negativo sobre los resultados.
—¿Tú también vas a atarte las manos? —pregunté—. No querrás que le pase nada malo al kit de clonación cuando empieces a usarlo .
—Me temo que las necesitaré. Al fin y al cabo , seré yo el que controle la Fantasía.
Se me hizo la boca agua. Estaba totalmente indefensa. Podía experimentar conmigo tanto como quisiera.
Yo siempre había sido la que trasteaba con objetos y juguetes. Nunca el juguete que se podía moldear y probar y llevar al límite. Nunca el objeto con el que se trabajaba.
Notaba la calidez de las ataduras en los tobillos y las muñecas. No me resistí.
—Y ahora —dijo Hudson acercándose a la caja con tapa de cristal en la que estaba la Fantasía—, ve diciéndome cómo tengo que ponerte esto.
Aquellas últimas semanas había descubierto que me gustaba hablar durante el sexo.
La sensación hacía que todo me pareciera más sexy y más intenso.
Y me hacía sentir más cerca de Hudson. Sin embargo, tener que narrar la manipulación sexual de mi propio cuerpo hizo que las palabras me salieran ahogadas.
—Tienes… Tienes que empezar asegurándote de que los pezones están del todo erectos y la vagina lo suficientemente lubricada.
Dejó a un lado la Fantasía y vino hacia mí. Ambos sabíamos que, a esas alturas , ya estaría mojadísima.
Pero esa no era la cuestión. La cuestión era que Hudson quería llevarme al límite.
Atrapó el primer pezón con la boca y lo lamió hasta que quedó dolorosamente erguido. Luego fue a por el segundo y repitió el proceso volviéndome loca con la falta de roce entre mis piernas.
Nunca antes me había sentido tan vulnerable sexualmente, sin ningún tipo de control sobre la situación. Los amarres no solo hacían que no pudiera rodearle la cadera con las piernas ni tocarme, sino que me impedían arquearme y moverme como solía hacer cuando quería más.
Una vez que me había colmado los pezones de atención, se echó atrás para quedarse a una distancia más profesional.
Erguido, me exploró el sexo, introduciéndome los dedos de golpe, sin previo aviso.
Era una intrusión fría que me hacía querer arrancarle la ropa y dejar que examinara hasta el más recóndito rincón de mi cuerpo.
—¿Te parece lubricación suficiente? —me preguntó mientras el chapoteo de sus dedos en mi coño llenaba la habitación —. A fin de probar la máquina, claro.
—Mmm… —conseguí decir —. Ahora tienes que fijar los estimuladores de pezones.
La Fantasía era bastante simple: dos estimuladores de pezones por control remoto , un falo que podía vibrar, penetrar y cambiar de temperatura y un estimulador de clítoris con todas las pijadas que una pudiera pedir (succión, vibración, cunnilingus, roce y hasta pellizcos y ligeros pinchazos); todo conectado por un diseño pegado al cuerpo que parecía una versión minimalista del modelito blanco de El quinto elemento y que lo hacía sencillo, sexy y poderoso.
Si funcionaba, un día la Fantasía sería la cima del diseño de juguetes sexuales.
Estaba hecho para ser fácil de utilizar. Hudson, que llevaba trabajando conmigo en aquel proyecto desde hacía semanas, sabía muy bien cómo tenía que usarlo .
Pero a ambos nos gustaba aquello, aquel tira y afloja de instrucciones y contacto.
Colocó las pezoneras sobre los botones duros de mis pechos. No se pusieron en marcha, pero el mero roce me excitó aún más.