38. Que te den
Que te den
C uando aterrizamos, el resto del personal decidió irse al hotel, explorar la ciudad y descansar antes de la cena de empresa que Clara nos había organizado en «uno de los restaurantes más de moda del Soho».
En cambio, yo me había presentado voluntaria para registrarnos, confirmar que Terrence había transportado el resto del equipo a nuestra sala de exposiciones y dejado el camión alquilado en el aparcamiento del Javits Center, y empezar el proceso de organizar el material e ir preparándolo para la feria.
Los horarios eran, en pocas palabras, un revoltijo confuso de networking , comunicación, contactos y presentaciones, pero saldríamos adelante. Por primera vez, confiaba plenamente en mi equipo.
Aun así, que Hudson viniera detrás de mí mirando con la boca abierta los stands y las demostraciones que iban abriendo no era precisamente lo que tenía en mente cuando había planeado aquel espectacular día de preparativos.
A Hudson ya lo había abrumado aquella feria cutre a la que fuimos en Cleveland, así que me sorprendió que no se desmayase en cuanto entramos por la puerta del Javits Center.
No era difícil distraerme observando cómo se le ponían los ojos como platos al ver columpios y máquinas sexuales y carteles anunciando lo que quiera que fuese «Sé tu propia estrella del porno».
Y, hablando de distracciones, más o menos cuando habíamos recorrido medio pabellón…, apareció Lloyd Exeter de la nada hablando con algunos hombres trajeados cerca de un expositor de masajeadores perineales mediante estimulación eléctrica.
—Ay, Dios —musité—, allá vamos.
Sabía que él estaría allí ese fin de semana, claro, pero esperaba poder evitarlo entre los miles de asistentes. Incluso una pequeña parte de mí esperaba que le quedara un poco de vergüenza y se esforzase por evitarme él a mí.
¡ Qué va!
No solo me vio, sino que vino directo hacia mí.
Salir corriendo no serviría de nada, solo intensificaría la humillación. Me mantuve firme y esperé mientras se acercaba. Todos los hombres trajeados se fueron quedando rezagados hasta que solo quedó… el putísimo Jared Blotcher.
Intenté esconder mi sorpresa.
— Mira a quién tenemos aquí —canturreó Jared a modo de saludo —. A la competencia.
—Hola, Jared —dije. «Sé amable»—. No sabía que tenías un trabajo nuevo, enhorabuena.
—Algunas personas en este sector aprecian mis ideas —contestó pavoneándose—. Y mi sentido del humor. Seguro que no os esperabais que dejase VibraCorp, pero tenía que irme a un sitio en el que me valorasen.
—Claro.
Un fugaz gesto de hartazgo cruzó el rostro de Lloyd, que echó a Jared de allí.
—Déjanos.
Como si lo hubieran reñido, mi excompañero frunció el ceño, pero a mí no me sorprendió.
Lloyd solo sabía ser el único centro de atención.
Me mordí los carrillos para no sonreír por la justicia cómica de aquella situación.
Jared había conseguido un puesto en la empresa de Lloyd para meterle un gol a VibraCorp…
y ahora estaba recogiendo los frutos de esa decisión.
La tercera ley de Newton haciendo otra vez de las suyas.
Sin embargo, una vez que Jared se hubo ido, mi autocomplacencia se desvaneció. A pesar de tener a Hudson al lado, me sentí completamente sola bajo la mirada de Lloyd.
—Scout Porter —dijo con la voz suave y fría y con la belleza artificial de una escultura de mantequilla—. ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?
—Hola, Lloyd.
—Qué raro se me hace encontrarme con una vieja amiga. Una muuuy buena amiga.
Mierda.
Me había puesto muy chula delante de Leelah y Addie, muy segura de que lo de Lloyd no me afectaría.
Pero la realidad era otra. Verlo había sido como sentirme catapultada a toda velocidad a través del espacio- tiempo.
Volvía a ser la chica triste y asustada a la que habían convocado al despacho del presidente de la empresa para leer en voz alta sus mensajes delante de la junta (compuesta exclusivamente por hombres) que decidiría su destino.
— Sí —dije, siguiendo con la mirada los patrones del suelo enmoquetado—, me alegro de verte.
Cuando no le pregunté nada, volvió su atención hacia Hudson.
—Lloyd Exeter.
—Hudson Bailey.
Ninguno de los dos parecía entusiasmado de conocer al otro, pero se dieron un apretón de manos de todos modos.
— Me suena tu nombre —dijo Lloyd—. ¿Te conozco de algún sitio?
—Sinceramente, espero que no.
Quedó claro que no era la respuesta que Lloyd andaba buscando.
—He oído que te va bien, Scout. Me alegro. Me quedé muy preocupado por ti cuando te fuiste de GalacticSolutions. No estabas lista para jugar con los mayores, pero tenías potencial.
Madre mía, se habían currado mucho los patrones de la moqueta del Javits Center. Cuando terminase la conversación tendría todo el diseño memorizado.
— Gracias.
—Siempre tan locuaz, ¿eh? Hudson, te aseguro que antes se le daba mucho mejor usar la boca.
La bilis me quemó en la garganta. No pensaba dejar que se asomase. «No seas desagradable. Soporta la interacción y sal de aquí sana y salva. No dejes que la Scout de flúor salga de su celda de contención. Debes controlarte. Te juegas la trayectoria profesional».
Chasqueó la lengua al ver que yo no respondía.
—Bueno, quería que supieras que no te guardo rencor —dijo.
—¿Rencor? ¿Por qué?
—Por todo lo que pasó. Bueno, seguro que lo sabías, teniendo en cuenta cuánto te allanamos el camino cuando te fuiste de GalacticSolutions.
Finalmente, la rabia se liberó. No lo suficiente para decir nada, pero sí para que se me revolviese el estómago con la adrenalina contenida.
En cambio, Hudson no supo tener la boca cerrada.
—¿Cuánto le allanasteis el camino? En mi vida había oído una gilipollez tan grande.
—Menudo amiguito traes, Scout. Perdona, chaval, no estábamos hablando contigo.
—Tú no hiciste nada por ella, le destrozaste…
Lloyd ignoró la ira de Hudson como si no fuera más que una mosca molesta que podía apartar de un manotazo.
—A cambio, espero que no te tomes como algo personal este proyecto mío. Son solo negocios.
Finalmente, la moqueta dejó de interesarme. La alegría vacía de sus ojos me dolió en el alma. No quería saber cómo estaba, quería presumir delante de mí. Aquello era su paseo triunfal.
—Solo negocios. ¿Como cuando la despediste y la culpaste por daños que no habían sido culpa suya ? Menudo eres.
Lloyd terminó saltando. Su fachada calculada al milímetro se resquebrajó.
—Mira, amigo, creo que no deberías preocuparte por lo que yo haga o deje de hacer.
La mirada de Hudson era dura como el acero. Los labios se le curvaron con la sombra de la burla.
—Tienes razón , no me preocupas ni lo más mínimo.
Las palabras destilaban un significado que no dijo en voz alta. Era lo más cerca de decir «No me importas una mierda porque estás por debajo de mí, cretino insufrible» que había visto nunca a Hudson.
Lloyd lo entendió. Respondió dando un amenazador paso adelante.
Yo me puse de pronto en modo supervivencia y forcé una actitud alegre y dinámica.
—¡Bueno! Pues tenemos que irnos. Hay mucho que preparar, mucho que hacer… Me alegro de verte, Lloyd. Dale recuerdos a Jared.
—¿A quién ?
—A Jared, el chico que estaba aquí contigo.
—Ah, ese . Lo cierto es que no sé cuánto tiempo durará. Necesitaba … sus conocimientos sobre… el panorama actual de la industria de los juguetes sexuales. Ahora que ya los tengo, me temo que no me es muy útil. Si lo queréis, os lo devuelvo.
«Será capullo». Jared no me caía bien, pero no le desearía trabajar para Lloyd Exeter ni ser despedido por él ni a mi peor enemigo. Para Lloyd, las personas eran de usar y tirar.
Sobre todo después de haber conseguido todo lo que quería de ellas. Y , ahora que tenía los «conocimientos» de Jared sobre VibraCorp, iba a tirarlo a la basura como un pañuelo usado.
Yo sabía lo que era eso.
—Me muero de ganas de ver tu presentación. Estoy seguro de que será muy… —Me miró de arriba abajo desvistiéndome con los ojos sin mover ni un dedo —. Estimulante.
Sin decir una palabra más, giró en redondo y volvió con el re baño de aduladores de turno, pero, antes de salir del todo del alcance de nuestro oído, les dijo a sus lacayos:
—Sí, todavía está loca por mí.
Si no me hubiera forzado a mí misma a no sentir nada, me habría echado a llorar allí mismo.
Eso era todo lo que yo podía ser para Lloyd Exeter, un cuerpo del que burlarse.
Hudson se volvió hacia mí. El fuego palidecería en comparación con el calor de su ira .
Me distraje a mí misma poniendo rumbo a la sala de reuniones número 58, que sería nuestra casa du ran te la feria.
Había mucho que hacer. No tenía tiempo para nada de aquello, ni para la suficiencia altanera de Lloyd ni para la rabia justiciera de Hudson.
—¿Qué coño ha sido eso?
—¿El qué?
—No he querido meterme como hice con tus padres, pero, Scout…, estás temblando. ¿Por qué no le has plantado cara al imbécil ese?
¿Estaba temblando? Me miré las manos.
Joder, sí. Estaba temblando. Había centrado tanto mi atención en el autocontrol físico que ni me había dado cuenta .
—Estamos trabajando —le recordé—. No puedo meterme en peleas en el trabajo, y menos con la competencia.
Soy una representante de VibraCorp. Cualquier cosa que haga dañará la imagen de la empresa.
Ahora se me da mejor ser yo misma , pero no puedo ser yo misma a costa del lanzamiento .
¿Recuerdas lo de la entropía? No quiero caos. Al menos no esta semana.
—Sí. Entropía. Nada de caos. Lo tendré en cuenta.
Se le ensombreció la expresión y apartó la mirada. Algo de lo que acababa de decir lo había hecho sentir mal, pero no sabía qué.
Busqué alguna actividad que pudiera ponernos a ambos de mejor humor.
La encontré a la otra punta del pabellón, donde un equipo montaba una serie de grandes cabinas cerradas en la pared que daba al norte.
Las reconocí por unas fotos que Clara me había enseñado hacía unos meses de un retiro para ejecutivos que había hecho en Bali.
Se llamaban Sex Box.
Nada de dobles sentidos ni de nombres cuquis que escondiesen para qué servían.
Aquellas cabinas estaban inspiradas en un programa de televisión del Reino Unido en el que la gente lo hacía dentro de una caja enorme y luego salía y hablaba de la experiencia delante de miles de espectadores en sus casas.
Era común encontrarlas en «sexpos» de alto nivel como aquella.
Permitían que los clientes pudieran probar sus recientes adquisiciones sin tener que volver a la privacidad de su habitación de hotel.
Perfecto.
—¿Sabes qué? Olvidémonos de Lloyd. Quiero divertirme un poco.
—Me gusta la idea.