Buenas vibras 37. Éxtasis poscoital
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37. Éxtasis poscoital

Éxtasis poscoital

L a semana y media previa al OhFest fue la más feliz de mi vida.

Lo digo siendo consciente de que el listón tampoco estaba muy alto. Yo no era precisamente una persona feliz y los puntos álgidos de mi vida profesional y personal nunca habían durado demasiado.

A pesar de eso, para una chica triste y solitaria, aquellos días fueron maravillosos.

Hudson y yo nos pasábamos el día juntos.

Yo quedaba con Addie y Leelah e incluso alguna vez invité a Clara a unírsenos para tomar un café.

Dejando de lado las dificultades con el marketing, el desarrollo de la Fantasía no podía haber ido mejor.

Desde que yo había dejado de controlar al milímetro el proyecto, los equipos se sentían más seguros que nunca para avanzar en su trabajo.

Arreglamos los errores de programación, el diseño había quedado precioso, nos llegaban informes de polvos de probadores eufóricos y Hudson dejó a todo el mundo impresionado con sus nuevos y extensos conocimientos sobre juguetes sexuales.

En pocas palabras, estábamos listos para que la presentación en el OhFest saliera genial, yo disfrutaba de un sexo increíble a diario, empezaba a sentirme como una adulta de verdad en lugar de un engranaje dentro de una máquina, tenía amigas y, respecto al amor…

Estaba tan cerca que podía saborearlo en cada uno de los besos de Hudson.

Y, cómo no, eso hizo que me pusiera en guardia y esperara que llegase una desgracia.

—Siento que algo va a salir mal —musité mientras ponía mi equipaje en la máquina de rayos X en el aeropuerto internacional de Dallas.

Nos íbamos todos a la feria nacional del OhFest. Nada de esa feria regional de mala muerte a la que habíamos asistido Hudson y yo hacía semanas.

Los materiales y prototipos se habían mandado con antelación, pero todo el equipo humano volaba al aero­puer­to JFK para el gran acontecimiento.

Normalmente, viajaba yo sola, pero, dado todo lo que se jugaba la empresa, Clara ha­bía decidido que, esa vez , todo el personal era indispensable.

Además, para mi discurso de apertura y la presentación del producto, necesitaríamos gente para atender en el stand del pabellón, asegurarse de que el material de marketing estaba bien organizado, comprobar el buen funcionamiento de los prototipos, reunirse con posibles compradores, encargarse de los grupos de discusión y las pruebas, terminar el vídeo para la presentación… Era una operación enorme.

Antes de Hudson, antes de Addie y Leelah, antes de los acontecimientos de las últimas semanas, la presencia de todos mis compañeros me habría molestado . Habría querido tener el control total y absoluto. En cambio , ahora tenía ganas de dejar que el equipo sacase músculo ante la competencia.

En pocas palabras, los nervios que sentía en el estómago no tenían que ver con el OhFest , sino con otra cosa.

Con otra persona.

Addie gruñó a mi lado, todavía grogui por haber tenido que levantarse a las cuatro de la mañana para coger el avión.

—Vale , pito-nisa. No me seas gafe.

—No sé —dije yo dando saltitos sobre las puntas de los pies con nerviosismo contenido—, es que estoy demasiado feliz. El universo tiene que estar esperando para darme una lección de humildad.

Leelah, que estaba perfecta con su ropa cómoda conjuntada de los pies a la cabeza, se peleó con su maleta de mano para meterla en la máquina.

—Solo estás preocupada porque vas a volver a ver a Lloyd Exeter. No te preocupes . Bordarás la presentación, les demostrarás a todos tus detractores que se equivocan y luego te harás millonaria con las acciones de VibraCorp. A ver quién se ríe entonces.

—No lo sé. No me parece una de esas veces que me preocupo por Lloyd Exeter.

—Entonces ¿qué? —preguntó Addie.

Habiéndose desecho por fin de su maleta, Leelah se puso en la fila del detector de metales detrás de nosotras.

—Es por Hudson, ¿a que sí? Porque sabes que se va pronto .

—¡Joder, Scout! ¿Todavía no le has dicho lo que sientes ?

—No puedo —solté.

—¿Por qué no?

—Porque él tiene que dar el primer paso.

Addie tiró de los cordones de la capucha de su sudadera del Eras Tour.

—No estamos en el siglo xvii . Ahora existe el feminismo y las apps para ligar. No tienes que esperar a que el hombre tome la iniciativa.

Eso lo tenía muy claro. No pensaba en otra cosa desde el experimento del electroencefalógrafo. Cuando no aprovechó enseguida la oportunidad de decirme lo que sentía aquella noche comiendo ramen, supuse que tendría que haberle confesado mis sentimientos primero.

Pero no era tan sencillo. Con Hudson, no.

—Es la persona más complaciente que conozco —dije—.

Una vez pedí comida tailandesa a domicilio y él terminó con dolor de barriga porque no quería decepcionarme diciéndome que era demasiado picante para él.

Me contó que se apuntó a una estafa piramidal sabiendo perfectamente que lo era porque no quería herir a la señora de los aceites esenciales.

Sigue siendo una Reina del Aroma Júnior en esa empresa y paga dinero todos los meses porque tiene demasiado miedo de las consecuencias a largo plazo que cancelar la suscripción pueda tener para esa mujer.

—¿Y?

—Pues que, si le digo que lo quiero, seguramente me mentirá y me dirá que él también para no generar conflicto, para no hacerme daño. Él es así.

—Parece un sketch —se quejó Addie mientras la fila avanzaba despacio.

—¿Has hablado de amor con él? —quiso saber Leelah.

—Una vez se lo insinué. —« No entiendo las otras cosas que siento. Las cosas que siento por ti»—. No picó.

—Puede que tenga miedo.

Una guarda de seguridad me hizo una señal para que pasara. Yo avancé hasta el detector de metales y me sentí menos transparente ahí que hablando con mis amigas.

Cuando nos reagrupamos al otro lado para recoger las maletas, continué:

—Quiero estar con él, más que nada en el mundo, y estoy lista para dar el salto, sea lo que sea eso, pero, hasta que no me diga lo que él quiere, no puedo arriesgarme. Necesito saber que lo dice de verdad y que no está fingiendo para que haya paz hasta que pase el OhFest.

—Ojalá alguien tuviera un electroencefalógrafo y pudiéramos comprobar empíricamente si dice la verdad… — bromeó Leelah.

—No vamos a conectar a Hudson a tu diadema de ciencia ficción. —Yo ya lo había valorado y había descartado la opción. Él nunca aceptaría—. ¿Cuenta como declaración de amor si me lo dice una máquina y no él?

Nuestro equipaje salió por la cinta transportadora: la maleta grande de color morado llamativo de Leelah, la mochila de tama ño razonable que había traído yo y la bandolera con apenas espacio para un libro de Addie. Mientras se la colgaba al hombro, preguntó:

—¿Y si no confiesa su adoración eterna por ti en los próximos días?

—Lo hará —dije con voz temblorosa.

—¿Tú crees?

—Bueno, esa es mi hipótesis. Venga, chicas. ¡Es Nueva York! Estamos en otoño. Y se nos acaba el tiempo. Yo creo que sí que me quiere, lo que pasa es que tiene que encontrar el valor para decirlo.

Ninguna de las dos parecía muy convencida. De hecho, parecían tan seguras como yo me sentía, pero asintieron respetuosamente y cada una se fue por su lado, ellas a buscar café y yo a buscar la puerta de embarque.

—Disculpe, señora. Me temo que debo llevarla a un lado para un segundo registro.

Solté una risita cuando el aliento de Hudson me hizo cosquillas en la nuca y me alejé colocándome la mochila por el camino.

—¡Para! Podría vernos Clara.

—¿Qué pasa? —dijo él con voz inocente—. Solo somos dos compañeros de trabajo haciendo el tonto en el aeropuerto.

Nos unimos a la multitud que cruzaba las tiendas duty free y pasaba al lado de los asadores baratos.

—La última vez que hicimos el tonto en un aeropuerto terminamos follando como locos al cabo de unos días.

— Esta vez no pienso esperar unos días —ronroneó—. Mi intención es poseerte en cada rincón de la ciudad de Nueva York, lo más pronto posible. ¿Cuánto crees que tendremos que pagarle a un taxista para que nos deje hacerlo en la parte de atrás del coche?

Se me tensó el vientre con esa imagen mental, pero…

—Ojalá pudiera, pero hoy tengo la agenda llenísima. Primero tengo que visitar el centro de convenciones. Adelantar algo de trabajo.

—¿Puedo ir contigo? Es un lugar perfectamente aceptable para que estemos juntos. Trabajando, ya sabes.

Me guiñó el ojo y casi pude leerle el pensamiento. Quería ir al centro de convenciones para conseguir productos o ideas para jugar luego. Qué golfo.

Aunque tampoco era de extrañar. Yo quería hacer lo mismo.

Pronto volvimos a unirnos al grupo. Después de pedir el desayuno en el Panda Express y comernos unos pretzels del Auntie Anne’s ( es un aeropuerto, puedes pedir lo que te dé la gana a cualquier hora del día), embarcamos.

Yo iba sentada una fila por detrás de Hudson, en el lado contrario del avión. Desde mi posición, lo observé tomar asiento. Una vez que estuvo en su sitio…

Polvo en las alturas?

Lo hicimos en el club de striptease hace como dos semanas. Tal vez deberíamos tomarnos con calma lo del sexo en público

Escribí mi respuesta mientras hacía un puchero.

Aguafiestas

No te preocupes. Me aseguraré de darte toda mi atención en Nueva York

No esperaba menos

Despegamos al cabo de poco. Y, mientras el zumbido de los motores del avión me arrullaba, un fuerte sabor dulzón me cubrió la lengua, más potente que la Coca-Cola Light que me sirvió la profesionalísima azafata de Delta Airlines.

Ahí estaba: la esperanza. Por fin sentía esperanza en lugar de forzarla.

Me iba a Nueva York con mis amigos. El futuro era prometedor. El sector me vería como alguien a quien tomarse muy en serio. Y Hudson por fin me diría lo que sentía.

Nada podía salir mal.

No lo permitiría.