36. ¿(Te) Cómo?
¿(Te) Cómo?
C uando salimos del club, Hudson me dejó ver una parte de él que nunca me había mostrado.
Su casa.
Al llegar a su piso de alquiler de corta estancia para profesionales, me acordé de las preguntas durante la partida de minigolf.
Me había dicho que no le gustaba dejar que la gente se le acercase demasiado.
Sin embargo, allí estaba yo, invitada a entrar en una nueva dimensión de su existencia.
Si algo representaba acercarse a Hudson era entrar en su piso.
Cada vez que me enseñaba una nueva dimensión de su ser, cada vez que me revelaba algún elemento escondido de Hudson Bailey, me parecía un honor. Era un club muy exclusivo. Una edición muy limitada. Un elemento químico muy poco común.
Aquella visita a su casa no fue diferente (dejando de lado todos los motivos por los que lo fue, claro).
Porque ahora ya sabía que lo quería. Con datos empíricos o sin ellos, lo sabía. Y aquello me parecía un indicio de que, tal vez, él también me quería a mí. Quizá, si daba el salto, la caída libre hacia el amor no sería en solitario.
El piso estaba decorado como se esperaría de una casa que se alquila por meses.
Limpio, cómodo e inocuo. Pero, mirara donde mirase, había nuevas piezas de la historia de Hudson esperando a ser descubiertas.
Pilas de novelas de bolsillo del Oeste en la mesita de noche, camisetas estampadas que asomaban de un cesto de la ropa sucia, cereales con mascotas dibujadas en la caja sobre la encimera.
Me sentía como una total desconocida y, al mismo tiempo, como en casa. Toda aquella experiencia era como un microcosmos de mi relación con Hudson, familiar y ajena a la vez. Quería repasarlo todo, descubrir todos aquellos fragmentos de él.
Me hizo un gesto para que tomara asiento en uno de los taburetes de la barra de la cocina mientras él rebuscaba por los armarios.
—¿ Tienes hambre?
—Muchísima —confesé.
Habíamos ido con tanta prisa para llegar al club de striptea se que no habíamos comido nada. Les eché el ojo a los cereales infantiles . Cuando era pequeña, en mi casa no había de esos cereales divertidos con sabor a frutas. Me apetecieron mucho, sobre todo con el estómago lleno de alcohol.
— Prepararé algo de cenar —dijo él como si respondiera a mi petición silenciosa.
—¿Sabes cocinar?
—Lo básico.
—Te sorprendería saber cuántas personas no saben ni lo básico —musité, plenamente consciente de que yo era una de esas personas. Lo único que sabía hacer eran palomitas y pedir a domicilio. Y a veces, dependiendo del microondas, ni siquiera las palomitas me salían del todo bien.
—¿Ramen?
Hombres. No tenía demasiada experiencia con ellos, pero decir que sabían cocinar refiriéndose a echar unos fideos precocinados en un cazo me parecía típico.
Mi gesto debió de ser transparente, porque lo que me enseñó no fue un paquete de fideos instantáneos, sino una caja que solo había visto en tiendas especializadas.
— Este es del bueno. Te va a encantar. ¿Sabes que en japonés hay una palabra que significa ‘los sorbos que das cuando comes ramen’? Es «zuzuto». —Hizo como si sorbiera.
Yo sonreí burlona.
—Parece el ruido que haces cuando me lo comes.
—Mmm —dijo él ladeando la cabeza divertido—, no lo veo. Luego voy a tener que poner a prueba tu hipótesis.
Sentada a la barra, observé cómo se enrollaba las mangas de la camisa hasta el codo, se colocaba un delantal y se ponía manos a la obra.
No quiero ponerme romántica ni nada, pero el movimiento me cautivó: sus manos bajo el grifo cuando se las lavaba, la precisión del cuchillo al cortar la cebolleta, los vaivenes del wok cuando salteaba el cerdo, la destreza a la hora de pelar los huevos pasados por agua…
Estaba tan absorta mirándolo que no me di cuenta del silencio hasta que dejó el bol humeante delante de mí.
Después de todo lo que había ocurrido aquella noche, la domesticidad serena era algo disonante, pero no desagradable.
Nos pasamos un rato sorbiendo («zuzuteando») los fideos. Sin embargo, yo me sentía como si tuviera una bola de electrones en la mano. Ahora que por fin había admitido que quería a Hudson, buscaba el momento oportuno para soltárselo.
—Estás muy callado para ser alguien que acaba de follar en el baño de un club de striptease —dije para romper el hielo.
—Sigo esperando a que me expliques qué hacías allí —dijo él con una sonrisa.
«Eso no hace falta que lo sepa».
—Ya te lo he dicho: noche de chicas.
—¿Con la diadema de electroencefalografías de Leelah en la cabeza? —Se me tensó todo el cuerpo. Al ver mi expresión, se encogió de hombros—. Me la enseñó la primera semana que trabajó en VibraCorp. Está muy orgullosa de ella.
Mierda, me había pillado.
— Estábamos llevando a cabo un experimento —terminé por confesar.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de experimento requiere imágenes cerebrales profundas dentro de un club de striptease?
Vale, no solo me había pillado, sino que me tenía atrapada. No iba a dejarlo correr hasta que le diese una explicación.
—No soy alguien que entienda las emociones —le dije al cabo de un momento—. Las siento. Muchas. Pero no necesariamente las entiendo. Cuando me topo con algo que no entiendo, intento analizarlo.
—¿Y qué emoción estabas analizando en el club?
Elegí la respuesta más segura, una evasiva:
—El deseo.
Soltó una risita.
—Tú entiendes el deseo.
Lo único que quería era mirarme fijamente las manos, pero me obligué a catalogar cada expresión que le pasaba por la cara mientras se lo explicaba.
—Sí, pero no entiendo… las otras cosas que siento. Las cosas que siento por ti. Y hemos pensado que comparando el deseo puro con lo que sea que siento cuando estoy contigo con una electroencefalografía podría comprender mejor qué me pasa.
Mi atención no tuvo ninguna recompensa. Su rostro permaneció del todo impasible.
—Entiendo. Y ¿qué has descubierto con ese pequeño experimento?
— No he revisado los datos.
«No me ha hecho falta».
Por fin, un gesto fugaz. Las comisuras de los labios se le doblaron hacia abajo.
—Es un poco preocupante que necesites revisar los datos sobre nosotros.
—Te vas. El tiempo casi se nos ha acabado —dije a la defensiva—. Esto nuestro era solo temporal. Quería disponer de datos objetivos antes de cometer una temeridad. Ya sabes cómo soy.
La expresión triste de su rostro no cambió. Entré en pánico.
—¿Te suena el concepto de entropía?
—Soy un técnico informático con ínfulas —dijo él encogiéndose de hombros, quitándose importancia—. Diría que la entropía me viene grande.
—Bueno, la entropía es, básicamente, cuánto caos hay en un sistema concreto.
Desde el punto de vista evolutivo, la entropía es un enemigo.
Es peligrosa. Por eso el cerebro ha aprendido a compensarla desarrollando capacidades predictivas.
Reunimos toda la información que recibimos del entorno, nuestro cerebro hace una estimación instantánea de lo que puede ocurrir a continuación y tomamos decisiones que nos mantendrán vivos, sanos y funcionales.
Una existencia predecible es más segura.
Jugueteé con los palillos de madera.
—Yo siempre he intentado reducir la entropía al mínimo, sobre todo después de lo que ocurrió con Lloyd en GalacticSolutions.
Pensaba que, tal vez, la electroencefalografía, los datos, me ayudarían a reducir la entropía en nuestra relación.
Ahora, con la presentación de la Fantasía a la vuelta de la esquina, todo me da mucho miedo.
He mejorado a la hora de delegar en la oficina, pero en otras áreas, como contigo, no sé cuánta incertidumbre puedo gestionar en este momento. El experimento me parecía una solución.
— Entiendo.
—¿Sí?
El corazón se me llenó de esperanza. Claro que lo entendía. Hudson siempre lo entendía. Me daría las manos y me diría que él tampoco necesitaba una electroencefalografía, que sabía que me quería y que debíamos estar juntos y zarpar con valor y certeza hacia el futuro…
Pero… no fue así. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa y buscó algo dentro.
El tema cambió en un abrir y cerrar de ojos. Dejamos de hablar de amor. De hecho, cuanto más nos alejábamos del tema, más se animaba él.
—Hablando de futuros inciertos, quería darte esto. He estado pensando en tu problema con los cohetes…
—Yo no tengo un problema con los cohetes. ¿Eso de pensar lo has hecho antes o después de irte a casa a comer para poder tocarte pensando en mí? —lo provoqué.
— Ja, ja. Mira, el mundo sí que tiene un problema con los cohetes, y ese problema es que tú no estás creándolos. Así que toma.
—¿Qué es?
Me tendió una pequeña tarjeta que había encontrado por fin en las profundidades del bolsillo. Estaba desgastada tras haberse pasado años en un archivador, lo cual quería decir que la había tenido durante mucho tiempo y la había rescatado solo para mí.
—Es el contacto de mi amigo Malcolm McEwan, el director de SkyTech.
Es un científico brillante y siempre busca ampliar su equipo.
Me parece que os llevaríais muy bien. Por si…
Por si en algún momento quieres volver a la aeronáutica.
Sin presión. No quiero adueñarme de tus decisiones como hace el resto de la gente.
Y, sí, ya lo sé: la entropía. No quieres agitar las aguas ahora, pero, si te apetece tomarte un café con él en Nueva York, tal vez después del lanzamiento de la Fantasía, creo que a él le gustará que lo llames.
Tienes un don para el diseño y la mecánica, Scout.
Quiero que trabajes en lo que te haga feliz.
Serías valiosísima dondequiera que fueras.
No era una declaración. No era su corazón servido en bandeja, pero era un gesto considerado que me dejó esperanzada.
—Gracias —le dije con sinceridad—. ¿Hay…
? ¿Hay algo más que quieras decirme? ¿Algo más que tengamos que dejar claro ahora que me he puesto en evidencia con la historia del electroencefalógrafo?
Porque, después del OhFest, cada uno se irá por su lado.
Si hay algún momento en el que debamos ser sinceros, es este.
Me observó la cara. No tengo ni idea de qué concluyó.
—Ya casi estamos. Eso es lo único que importa. ¿A quién le interesan los detalles?
A mí. A mí me interesaban los detalles. Los detalles lo son todo para una científica.
Y, como mujer que se estaba enamorando, los detalles eran más que todo. Eran lo único que me importaba.
Sin embargo, si lo presionaba, se alejaría de mí. O, peor todavía, me mentiría para evitar hacerme daño o agitar las aguas. No lo podía permitir.
Podía esperar el momento adecuado. Solo tenía que confiarme su corazón como me confiaba su pene.
Decidí que tendría paciencia. Al fin y al cabo, había tiempo hasta el OhFest.
Era el momento de cambiar de tema. Disfrutaría de él mientras pudiera.
Me erguí sobre el taburete y me subí hasta la cintura a la barra de la cocina gateando por ella hasta quedar delante de él, poniéndole las tetas justo a la altura de los ojos.
—¿Puedo hacerte una pregunta? Siempre he querido saber…
Recorriendo con el dedo el borde del sujetador, él soltó una risita grave y entrecortada.
—Ahora mismo puedes preguntarme, decirme o hacerme lo que quieras. Nunca he sido más sugestionable.
—¿Cómo lo supiste? Quiero decir, cuando me tocaste la pierna en mi despacho aquel día, ¿cómo supiste que me gustaría? Por aquel entonces te daba miedo expresar cualquier cosa que quisieras, pero, aun así, me hiciste saber que me deseabas. Debías de tener algún indicio de que yo a ti también.
—Eso es mucho suponer, podría haber ido a ciegas.
—Venga ya. Ibas superconfiado, ¿ tan evidente era que me gustabas?
—Estábamos en habitaciones contiguas, Scout.
Sus palabras tenían cierta carga, como si yo tuviera que comprender un significado oculto, pero, sin contexto, me quedé igual.
—Cuando fuimos a la feria justo antes de que saliera a la luz aquello de Lloyd —me explicó—. Estábamos en habitaciones contiguas. No lo sabías, ¿verdad? En fin, las paredes no eran muy gruesas. La noche antes de marcharnos…, te oí.
Oh.
La humillación me infectó cada célula. Retirándome hacia el otro lado de la encimera, puse tanta distancia entre nosotros como pude. Aquella información nueva era como una espora tóxica de la que yo intentaba escapar en vano.
—¡¿ Me oíste masturbarme aquella noche?!
Se le curvaron ligeramente los labios.
—Sí, y gritando mi nombre al correrte.
Cerré los ojos con fuerza, como si eso pudiera evitar que entrase la verdad. Hudson me había oído masturbarme pensando en él. Éramos prácticamente desconocidos y me había pillado follándome a mí misma con él en mente.
Vergüenza. No sentía nada más, solo vergüenza.
Se colocó a mi lado y me pasó un mechón de pelo rebelde por detrás de la oreja.
— La verdad es que fue muy halagador, sobre todo porque yo llevaba fantaseando contigo desde el día en que nos conocimos. Lo que no me puedo creer es que no me oyeras a mí gritar tu nombre unos diez minutos más tarde.
De pronto, a través de la neblina de la humillación, supe que tenía que quererme. Estábamos hechos el uno para el otro.