Buenas vibras 35. Perrita faldera
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35. Perrita faldera

Perrita faldera

S eguramente no tendría que haber ido. Tendría que haberme ido directa a casa, haberme dado una ducha fría y haber vuelto a ponerme en contacto con Hudson cuando estuviera lista para volver a empezar con el experimento de la electroencefalografía, cuando estuviera segura de que lo que sentía por él no podía achacarse al deseo que sentía.

Pero… ¿cómo iba a negarme? La promesa del sexo latía en cada una de las palabras y los puntos del mensaje y yo me moría de ganas.

En aquel club no había baños comunitarios. En lugar de eso, en la parte trasera del edificio había un pasillo apartado, lleno de puertas con un signo que indicaba si el aseo era de hombres o de mujeres, y cada puerta daba a un baño privado.

Me acerqué al primero de hombres, me aseguré de que no me viera nadie, respiré hondo y entré.

Las paredes pintadas de negro estaban iluminadas por un solo cartel de neón sobre el espejo oxidado en el que ponía joder, qué sexy eres . Mis ojos tardaron un momento en acostumbrarse.

—¿Te has divertido?

Di un respingo al oír el murmullo grave de la voz de Hudson, que salió de entre las sombras y se apoyó en una de las paredes oscuras para observarme.

Me repasó entera, desde los tacones bajos hasta los labios hinchados. Estudió mi cuerpo como si fuera un enemigo al que quisiera saquear.

Cuando nuestras miradas se encontraron, ladeó la cabeza. Era todo calma. Control. Casi frívolo, de tan intenso. Yo, en cambio, me sentía como una presa, temblando en su posesión.

—Te he preguntado si te has divertido —repitió.

—Venir a un club de striptease no es lo que habría elegido yo para una noche de chicas —dije—, pero no me lo he pasa do mal.

—Ya veo. Seguro que te ha encantado saber que estaba ahí viendo cómo jugaban contigo ese par de buenorros.

El tono era duro e impertinente, sobre todo viniendo de su boca, normalmente tan aduladora, pero eso solo consiguió calentarme más. Caminó hacia mí salvando el espacio entre nosotros hasta que estuve contra la pared.

—Hudson…

Me miró dominante.

—Te ha gustado, ¿no? Te ha gustado que me haya puesto celoso.

—¿Es eso lo que te pasa? ¿Estás celoso?

Me cogió las dos manos con una sola y las sujetó contra la pared por encima de mi cabeza.

— No he dejado de pensar en ti en todo el día.

Estás por todas partes, Scout. En el trabajo, en mi cabeza, en el vacío entre mis dedos.

Y luego vengo aquí porque tus amigas me llaman y tengo que ver cómo dos strippers te tocan y te besan y te excitan como llevo queriendo hacer yo desde que te has desvanecido de la cama esta mañana. Pues sí, joder, estoy celoso.

Hundió la cabeza en mi cuello y fue dándome mordiscos en la carne blanda. Mis rodillas amenazaron con ceder, sobre todo cuando me rozó un pezón con el pulgar; una sensación frustrante a través del sujetador. Quería más.

— Esta tarde he tenido que trabajar desde casa para poder correrme pensando en ti. Y tú estabas aquí, dejando que te manoseasen unos desconocidos. Seguro que te ha encantado que te adoraran mientras yo estaba en la otra sala obligado a ver cómo otras personas te daban tanto placer. ¿Me equivoco?

Seguir de pie y respirando requería demasiada concentración. Ya no tenía la capacidad de pensar nada con coherencia, solo «Fóllame, fóllame, fóllame».

Hudson arqueó una ceja. Su mano abandonó mi pecho y fue bajando y bajando hasta juguetear con la cintura de la falda.

Siguió su descenso, por debajo de la ropa interior, y reposó la palma sobre mi monte de Venus.

—¿Por qué no comprobamos si me equivoco? —Vaciló un segundo—. ¿O no quieres?

En lugar de responderle con palabras (porque no era capaz de encontrarlas), me limité a bascular las caderas hacia delante. Mi coño encajó a la perfección en su mano. Hundió un dedo entre mis pliegues y se estremeció.

Yo también.

—Joder, qué mojada estás —musitó. Poderoso. Triunfal.

Asentí con la cabeza y, cuando lo intenté con la voz, salió algo más parecido a un gimoteo.

Él retiró los dedos. Y luego, sin dejar de mirarme a los ojos, se los lamió hasta dejarlos limpios.

—Cuando no estabas en la cama esta mañana, después de lo que pasó anoche, me he preocupado por si te había asustado —s u surró.

Una nota de vulnerabilidad hizo sonar un acorde menor tras la melodía de sus palabras, pero luego la vindicación la devolvió al tono mayor—. Pero todavía me deseas, ¿verdad?

—Te has respondido tú solo.

Se rio, pero no fue la típica risita de Hudson.

Fue más oscura, más embriagadora. Ni se me había pasado por la cabeza que mi huida matutina por pánico al amor pudiese haberlo asustado, pero me parecía lógico.

Y haría lo que fuera por volver a tranquilizarlo, incluso dejar que me hiciese suya en el baño.

Volvió a llevarme la mano a la entrepierna, tonteando con la idea de partirme en dos con los dedos.

—Sí, supongo que sí, pero necesito que me lo digas tú.

—Todavía te deseo —le aseguré.

Me metió uno de los dedos hasta el nudillo. Mi clítoris rogaba atención.

—Eso no me basta. Me has dejado tirado en la cama esta mañana después de follarme toda la noche. Tienes que poner más de tu parte.

— Por favor —le dije.

Su pulgar titubeó sobre mi clítoris.

— Suplícamelo.

No tardaría mucho en correrme. Cuatro palabras bien dichas y toda su atención puesta en mi coño y llegaría al orgasmo allí mismo, en aquella vergonzosa situación, en el baño de un club de striptease. Así lo deseaba. Así lo había echado de menos.

—Joder, Hudson, no sabes cuánto te necesito. Lo siento… Por favor. Por favor, fóllame. Por favor, haz que me corra.

Sin mediar palabra, me quitó la mano del sexo, se la limpió distraídamente en mi falda, marcándome con la prueba de mi propio gozo, y empezó a dar órdenes.

—Saca el juguete del bolso.

Me sonrojé.

—¿Qué?

—No te hagas la inocente conmigo —contestó. Se quitó el cinturón con un solo movimiento—. Te conozco demasiado, guarrilla. Saca el juguete del bolso. Me vale cualquiera de los que llevas.

Últimamente se habla mucho del horror de que alguien te conozca demasiado bien, pero es todavía más horroroso que te conozcan cuando eres una puta cerda que lleva varios juguetes sexuales en el bolso y cuyo coño casi le duele de las ganas de que un hombre se lo llene en un baño.

No tenía vergüenza, ¿verdad? No, el sexo era demasiado bueno y los orgasmos estaban demasiado cerca.

Además, me gustaba el nuevo Hudson. No tenía miedo de exigirme lo que quería.

Me puse a buscar en el bolso como una loca y el primer juguete con el que di fue un tubo de rímel que, cuando lo abrías, revelaba una varita capaz de proporcionar vibraciones pequeñas pero intensas.

Cuando lo tuve en la mano, Hudson no pudo seguir conteniendo su deseo latente.

Me agarró la cara con las manos y empezó a besarme y a arrancarme la ropa como un poseso.

Mandó a la mierda los botones de la blusa. Me sacó las tetas del sujetador.

Lo tenía encima, dominándome con sus manos brutas y con su boca aún más brusca. Parecía estar en todos los sitios a la vez. En mi cadera, en mis pezones endurecidos, en mi cuello sensible y a la altura de mis muslos.

Y, cuando tuvo problemas para acceder a mí, hizo con la falda lo mismo que había hecho con la blusa.

Me la arrancó y luego la tiró al suelo sin miramientos.

Por fin, me rodeó el culo con las manos y me levantó del suelo hasta que no tuve más remedio que enrollar las piernas manchadas de flujo en torno a él, dejando mi coño expuesto y a su total disposición.

Siempre me había preocupado pesar demasiado para hacer esas cosas, pero, al parecer, el deseo le daba a Hudson una su perfuerza, porque me llevó en brazos sin ningún problema y me sentó en el borde del lavabo.

Respirando con dificultad, apoyó la frente en la mía.

— Ahora voy a follarte. Y tú vas a correrte conmigo dentro gritando mi nombre.

—¿Y si nos oye alguien?

Se sacó la polla, que resbaló entre mis labios empapados mezclando nuestros fluidos.

—Pues sabrá que eres mía, que yo soy tuyo y que eres una puta cerda a la que le hacía falta que la castigase metiéndosela bien fuerte.

Y, después de eso, lo tuve dentro de mí. Rápido, duro y (c um pliendo con su palabra) punitivo. Haciendo equilibrios en el borde del lavabo, me llevé el vibrador al clítoris y dejé que se ocupase de mí a la máxima potencia, más alta de lo que nunca lo había usado.

Hudson me folló sucio. Yo me sentía sucia. Y pronto sentí cómo emergía mi orgasmo mientras él me llenaba y me dilataba.

Me aferré a sus hombros, hundiéndole las uñas. No podía respirar. No podía tenerlo lo bastante adentro. No podía dejar de ver las estrellas.

—¡Hudson! ¡Hudson, soy tuya!

Me corrí, palpitando a su alrededor, apretando más y más, cabalgando sus embestidas hasta que él también se corrió con un orgasmo ensordecedor.

Me llenó toda mientras seguía empujando durante las réplicas de nuestro orgasmo conjunto.

Cuando salió de mí, me ayudó a bajar del lavabo y a poner los pies en tierra. Al momento, sentí que el semen manaba entre mis labios y me resbalaba por las piernas. Fui a por un pañuelo…

—Ni se te ocurra tocarlo —dijo Hudson con la voz grave y peligrosa.

Solté una risita.

—Pero tengo que salir de aquí.

Él no se unió a mi risa.

—Lo sé.

—¿Y si alguien lo ve?

—Ya hemos hablado sobre esto. Si alguien lo ve, sabrá lo que eres. Mía.

No pude responder. Era suya. Y quería serlo. Quería oler a él, estar embadurnada de él… Me había dejado su marca y me gustaba.

Volví a meterme las tetas dentro del sujetador y conseguí rescatar la blusa ( por lo menos la mayoría de los botones). En cambio la falda no sobreviviría sin algunos arreglos importantes. Igual llevaba un imperdible en el bolso…

—Me has dejado la ropa bonita, ¿eh?

Se encogió de hombros.

—Se interponía en mi camino. Te compraré ropa nueva. Puedes ponerte mi abrigo. —Ahí estaba, esa sonrisa que tanto me ponía y tanto me reconfortaba al mismo tiempo—. No he terminado contigo.

Cuando vacilé, añadió:

—A no ser que tú sí que hayas terminado.

Todo un caballero. Siempre pidiéndome el consentimiento sin dejar de ser sexy y en un lenguaje que ambos entendíamos.

Me requisó la falda y la tiró a la papelera. Decidiera lo que decidiese, me marcharía a casa llena de corrida y llevando solo unas bragas sucias y una camisa hecha jirones.

—No me voy a ninguna parte, Hudson —dije—. Te lo prometí y lo decía de verdad.

Me puse su abrigo como si fuera un abrazo y me escabullí del club con él al lado.

Más tarde aquella misma noche, Leelah me mandó el conjunto de datos completo del experimento.

No sé qué habrá pasado después

de tu experiencia en la Sala Platino,

pero el electroencefalógrafo se ha vuelto loco.

¿Quieres verlo?

No lo abrí. No me hacía falta. Sabía la verdad.