34. Se mira y no se toca
Se mira y no se toca
L a mirada de Hudson era ineludible. Como una fuerza evolutiva. La selección natural se había asegurado de que los humanos fueran capaces de correr, copular, comer, etc . Y mi naturaleza estaba preparadísima para saber cuándo Hudson quería hacer lo segundo.
En ese instante su mirada no era de enfado. Me daba miedo que los celos lo consumieran como un incendio en un labora torio, pero no. Era una mirada ardiente, anhelante.
Posesiva.
Sin embargo, tenía la entrepierna de los strippers a la altura de los ojos, de modo que no me quedaba demasiado espacio mental para diseccionar la atención de Hudson.
Ella llevaba un escueto modelito con lentejuelas plateadas que parecía salido de un cabaret de Las Vegas .
Él iba vestido como un vampiro de una serie mala de televisión, con unos pantalones de cuero de los que se pueden quitar de un tirón y una camisa oscura arremangada hasta los codos.
Tendrían que haberme hecho reír, pero me pusieron cachonda.
Puede que fuera por sus cuerpos perfectos . O tal vez por cómo me quemó la mirada fija de Hudson cuando me tocaron (la mano del bailarín en mi hombro, la de su compañera apartándome un mechón de la cara).
—Hola, guapa. Me llamo Stephanie.
Tragué con dificultad . ¿Se puede saber qué se dice en una situación como esa? ¿Es normal tener la carne de gallina?
—Eh… hola .
—Yo me llamo Rich —ronroneó el hombre—. Nos gustaría darte un espectáculo privado en la Sala Platino. ¿Te parece bien ?
Sentí una presión en el pecho. Toda la historia con Hudson había sido un intento de ampliar mis horizontes sexuales y aquel era un lugar seguro en el que podía hacerlo. Además…, una parte de mí quería que Hudson me viese así, como objeto de la energía sexual de otras personas.
—Mmm —dije a modo de asentimiento.
Rich me dio la mano invitándome a levantarme de la silla. Stephanie me pasó la mano por la cintura apretando su cuerpo fibrado al mío, más voluptuoso. Se me erizó la piel con su contacto. Acababa de empezar a quedar con un hombre ; nunca me había tocado una mujer.
«Madre mía, mi cerebro parecerá un árbol de Navidad en las imágenes, con tantas luces».
Mis compañeras me jalearon para demostrar su aprobación durante lo que duró el trayecto hasta la Sala Platino. Me fijé por si oía también a Hudson, pero no se les unió.
—¿Conoces las normas, preciosa? —me preguntó Rich mientras andábamos.
—Prohibido tocar.
—A no ser que te toquemos nosotros primero —canturreó Stephanie apretándome la cintura—. Y estás de lo más tentadora, ¿no crees?
Yo casi me reí en voz alta. Nos habíamos cambiado todas después de trabajar, pero mi conjunto blanco y negro de falda y blusa no era muy provocador que digamos. Ni siquiera tenía escote. De entre las personas que había en el club yo era , posiblemente, la menos tentadora.
El cumplido fue sorprendentemente falso. Tampoco era de extrañar, teniendo en cuenta que les pagaban, pero no hacía más que resaltar lo sincero que había sido siempre Hudson.
No lo había oído mentir nunca. Ni una vez.
Y, desde luego, nunca sobre mí. «Guapa. Inteligente.
Amable . Buena. Valiosa. Merecedora». Había dicho todas esas cosas sobre mí , y lo más importante era que las pensaba de verdad .
Incluso ahora, siguiéndome por el club con la vista, su mirada era sincera.
«Quiero follarte y me gustaría que las manos que te toquen fueran las mías».
Mierda, ahora me estaba poniendo sentimental en medio de un striptease privado.
«Vale, Scout, céntrate. Tienes dos cuerpos semidesnudos listos para quitárselo todo, pagados por tu jefa para el avance de nuestra comprensión científica del sexo y la actividad neuronal.
Tal vez esto no sea lo que tenías pensado para este experimento sobre la dicotomía entre el cerebro romántico y el cerebro sexual, pero es lo que te ha tocado, así que lo menos que puedes hacer es centrarte en ellos».
Había que admitir que la Sala Platino era muy sexy: los muebles mullidos, las lámparas de araña con cristales oscuros, la pequeña plataforma central elevada…
Hasta los ventanales de cristal tintado que la separaban de la sala principal eran sugerentes.
Creaban una ilusión de privacidad, mientras que, en realidad, cualquier cliente de las mesas podía ver fácilmente lo que ocurría dentro.
Y cuando digo «cualquier cliente», me refiero a Hudson, que se había pedido un old fashioned y me lanzaba su mirada ardiente por encima del borde del vaso.
Apreté los muslos.
Stephanie me guio hasta el sofá . Empezó a sonar una música todavía más suave y susurrante que la de fuera por unos altavoces invisibles.
Dio comienzo el espectáculo. Aquellos no eran strippers cutres de película, eran de verdad.
Trabajando juntos, empezaron besándose con suavidad y recorriendo con las manos las llanuras del cuerpo del otro.
Al cabo de poco, Rich le dio la vuelta a ella y la apretó contra él para ir quitándole despacio la ropa y revelar su cuerpo ante mis ojos.
Y era un cuerpo precioso. El porno no me había preparado para lo espectacular que podía ser el cuerpo desnudo de una mujer .
Tragué con dificultad cuando él le cubrió los pechos con las manos e hizo que se le endurecieran los pezones bajo sus dedos.
Luego fue bajándole la ropa por el cuerpo hasta que se amontonó a sus pies y la dejó desnuda, excepto por un tanga y unos tacones plateados a juego.
Entonces fue el turno de él. Stephanie se dio la vuelta. Primero le arrancó la camisa y volvió la cabeza para comprobar que yo seguía disfrutando del espectáculo .
Seguía disfrutando. De hecho, lo estaba disfrutando demasiado. Mis pezones pedían a gritos una caricia. Mi clítoris necesitaba fricción , cualquier cosa que me aliviara un poco. Los bailarines estaban increíblemente sexys juntos, y mirarlos mientras Hudson me observaba a mí era casi insoportable.
Stephanie fue bajando despacio por el cuerpo de Rich y dobló las rodillas para enseñarme mejor ese culo perfecto. En cuclillas a sus pies, empezó a bajarle la cremallera de la bragueta y…
Joder, no llevaba nada debajo. La erección, de un largo que intimidaba, le saltó de la bragueta.
Y entonces me vi sola con dos desconocidos desnudos, relamiéndome de forma involuntaria.
Para mi sorpresa , no se quedaron en la tarima.
Bajaron con cuidado y se colocaron en sus puestos.
Ella a mi lado, arrodillada en el sofá y vuelta hacia mí.
Él en el suelo, preparado para separarme las piernas.
Me rondaron con actitud sugerente y con el cuerpo brillante de aceite.
Los pezones duros de Stephanie estaban a escasos centímetros de rozarme el brazo.
Él también la tenía dura, lista para tentarme.
¿Podían notar lo cachonda que estaba?
¿Y Hudson? ¿Lo veía desde la otra punta del club?
Las lecturas del electroencefalógrafo debían de ser caóticas.
Rich me acercó las manos a las rodillas.
—¿Podemos tocarte?
—Vale —jadeé.
Rich me abrió las piernas de golpe y expuso mis escuetas bragas al aire frío . Me quedé sin respiración, pero pronto me vi distraída por Stephanie, que me pasó el dorso de la mano por la mejilla.
Se lamió los labios. Tenía la boca muy cerca de la mía. La sobreestimulación de tener a dos personas centradas solo en mí era… abrumadora.
—¿Podemos besarte?
«Joder , Clara habrá pagado una fortuna por este baile».
Eché un vistazo al ventanal desde donde Hudson me miraba fijamente con los labios entreabiertos. Puede que fuera mi imaginación, pero los celos emanaban de él a oleadas. Su deseo se posó sobre mi piel como el rocío de sudor durante el sexo.
Las palabras perdieron todo el significado. Lo único que conseguí decir fue:
—Mmm.
—Si en algún momento quieres parar, di «platino», ¿vale?
—Vale.
Con miedo de que mis manos errantes me metieran en un lío, me senté sobre ellas.
Era una tortura saber que no podía tocarme.
Aun así, me centré en el aliento cálido de Stephanie sobre la curvatura de mi cuello.
Rich me fue subiendo el bajo de la falda con los nudillos mientras me recorría los muslos con las manos, directo hacia el lugar en el que más deseaba contacto.
Entonces empezó a besarme. Subió por un muslo y me respiró sobre el sexo y luego bajó por el otro muslo y volvió a subir .
Sin embargo, antes de que yo pudiera elevar las caderas hacia su cara, Stephanie enredó los dedos de una mano en mi pelo y llevó mis labios a los suyos .
Nunca había besado a una mujer. Era toda dulzura y suavidad mullida. Me pasó la lengua por los labios pidiéndome entrar y yo la recibí con un suspiro.
No queriendo quedarse atrás, Rich abandonó mis piernas y se colocó entre ellas para poder robarme también un beso. Mientras él saqueaba mi boca, intenso e intrusivo, Stephanie fue bajando las manos por mi pecho hasta encontrar su lugar agarrándome las tetas .
Yo gemí en la boca de Rich. Joder, qué gusto .
Fueron turnándose así, besándome y manoseándome. Sus cuerpos desnudos se rozaron con el mío, volviéndome loca. Quería más contacto, más carne…
Y otro cuerpo más. Quería el cuerpo de Hudson . Ni siquiera sumida en las profundidades de la sensación de estar con otras dos personas podía dejar de pensar en él.
En una de las pocas treguas de sus asaltos de placer, le robé una mirada a Hudson a través de la pared de cristal que nos separaba. Estaba hambriento . Tenía la mano cerrada en un puño sobre el regazo y noté que estaba haciendo un gran esfuerzo por no sacarse la polla y correrse allí mismo.
Me sobrevino una oleada de orgullo. La actitud de Rich y Stephanie hacia mí era parte de su trabajo, pero saber que estaba haciendo que Hudson se muriese de excitación y de celos era como que me tocase la lotería. Poco probable y de una suerte inmensa.
Mis pensamientos debieron de ser evidentes , porque Stephanie llevó la mano hacia mi sexo, que anhelaba hacer realidad mis fantasías más salvajes y correrse delante de Hudson mientras otra persona me tocaba. Y…
La música cambió . La ilusión de sexo y deseo se hizo añicos. De repente, Rich y Stephanie se pusieron de pie y recogieron su ropa con un aire clínico pero amable.
Ah, parecía que se nos había acabado el tiempo.
El cuerpo me zumbaba por la energía sexual acumulada.
En ese momento, cuando subieron las luces y bajó la música, me di cuenta de que ya no sentía el hormigueo de la mirada de Hudson en el cuello. ¿Se había marchado? ¿Había ido a pedir su propio baile privado? No lo sabía, pero sentí una mezcla de decep ción y alivio.
Stephanie debió de darse cuenta. Muy perspicaz. Toda una profesional.
—Se acabó el espectáculo, cielo, pero no te preocupes, creo que a tu novio le han gustado mucho las vistas.
—No es mi novio. No tenemos ese tipo de relación —dije yo, más por costumbre que por otra cosa.
Rich soltó una risita .
—Pues será tu novio cuando acabe de hacerte lo que va a hacerte esta noche. Salta a la vista que quiere arrancarte las bragas de un bocado.
—Sí, los hombres solo pueden aguantar hasta cierto punto antes de estallar. Disfruta .
Con un gesto amable (muy diferente de la expresión sensual que tenía hacía un momento), Stephanie me dio la mano para ayudarme a ponerme de pie.
Salí de la Sala Platino con la cabeza gacha para esconderles el rubor a las mujeres eufóricas que había sentadas a mi mesa y encendí el teléfono.
«Es hora de pedir un Uber. Tengo que salir de aquí». Estaba mojadísima, no por el baile y los besos (bueno, vale, no solo por el baile y los besos), sino por el calor de la mirada celosa de Hudson mientras los recibía.
Sin embargo, cuando se iluminó la pantalla, me encontré con un solo mensaje.
Era de Hudson.
Baño de hombres. Primera planta a la izquierda. En cinco minutos. Trae el bolso. Ven sola