33. Los datos al desnudo
Los datos al desnudo
A ver, seguro que, quien dijera que el dinero no da la felicidad, sabía de qué hablaba, pero con el dinero de Clara entramos en el club de striptease más exclusivo y lujoso de la ciudad con una sola llamada, así que…
no daba la felicidad, pero daba unas vistas excelentes a las mejores carnes del estado de Texas, todas con sello de calidad.
—No me puedo creer que hayáis accedido a esto —musité hundiéndome todavía más en mi asiento.
Addie frunció el ceño.
—Es Clara Mason. ¿Cómo vas a decirle que no?
—Además, cree que esto lo hacemos por la ciencia —señaló Leelah—. Si le hubiésemos dicho que no, habría querido que le explicásemos por qué y ninguna de las dos quería que te descubriera.
El ambiente del club no se parecía en nada al de las películas.
Los acabados refinados y las luces encastradas lo hacían parecer más bien el club de striptease de una nave espacial para amantes adinerados del sexo, y la lista de reproducción sensual que sonaba, a base de canciones susurradas, seguramente en unos años acabaría pareciendo tan vieja y ridícula como entonces « Careless Whisper» de George Michael.
Los bailarines se movían por una pasarela central en forma de «W» con las mesas VIP colocadas en cada una de las cinco puntas. Al parecer, Clara había llamado antes de que llegásemos y, por supuesto, estábamos en el ápice central de la pasarela. La mesa más VIP del VIP .
Los bailarines nos prestaban una atención especial. Cada uno nos mostraba los mejores ángulos, nos dedicaba las provocaciones más obscenas y los striptease más descarados. Pero, cada vez que uno se acercaba, el hielo de mi old fashioned me parecía de pronto de lo más interesante.
—Scout, se supone que deberías mirar a los bailarines — dijo Addie cuando una mujer rubia especialmente flexible se alejó desfilando al terminar su número.
—Tiene razón. Es bueno haber venido. No para lo que quiera que Clara crea que estamos haciendo, sino, bueno, para nuestro experimento.
Ahora ya tenemos la lectura basal de tu encefalograma.
—Leelah se inclinó hacia mí por encima de la mesa para enseñarme la pantalla del móvil.
La aplicación mostraba una lectura de mi cerebro y, con un simple botón de desplazamiento, Leelah podía controlar si veíamos los datos pasados o los actuales.
Primero me mostró una electroencefalografía de hacía media hora, cuando estábamos en el coche de camino allí y yo no tenía ni idea de cuál era nuestro destino—.
Aquí, en el club, experimentarás deseo. Luego podremos comparar los datos con los de cuando veas a Hudson.
Si se te iluminan las mismas partes del cerebro al verlo, sabrás que lo que sientes solo es pasión.
En cambio, si se ilumina esta parte de aquí, quedará claro que no solo quieres meterte en su cama.
—También en su corazón.
—Sí, Addie, ya lo pillo, gracias.
—Tú disfrútalo —dijo Leelah guardando el teléfono—. Relájate. Tómate otra copa. Paga Clara. Yo pienso pasármelo bien esta noche.
Y se lo pasaron muy pero que muy bien.
—¿ Te puedes creer lo bueno que está todo el mundo? — dijo Addie riendo—. Mucho más que los bailarines del Funky Bananas. Aquí tienen todos los dientes.
Corrió el alcohol. Mucho, muchísimo alcohol. Hubo muchos gritos y vítores. Y, conforme pasaba la noche, mis compañeras se volvían más ruidosas y hacían más tonterías.
Yo, por mi parte, tenía problemas con el entorno.
Entre número y número, varios proyectores reproducían sobre las cortinas de gasa escenas semipornográficas encadenadas de forma errática y con música de fondo. Me recordaban a Hudson.
Joder, todo me recordaba a Hudson. Me planteé pedirle a Leelah que me dejase echarle un vistazo al escáner de mi cerebro para ver qué áreas se iluminaban en el electroencefalograma solo pensando en él, pero me esforcé por mantener los pensamientos bajo control.
Tenía que pensar en personas buenorras cualesquiera, no en Hudson. ¡Por la ciencia! ¿Cómo iba a saber si lo quería o no sin una imagen cerebral limpia?
Era una batalla perdida. Necesitaba un descanso. Me levanté del amplio sillón plateado .
—Voy un momento al baño.
—A ver si encuentras un poquito de alegría de vivir ahí dentro —dijo Leelah burlona.
Entonces, con la mirada fija en el paquete especialmente voluminoso del bailarín que subía al escenario, Addie añadió riendo:
—¡O igual puedes pedirle a él que te preste parte de la suya!
Ignorándolas, opté por una retirada rápida.
En la privacidad del baño negro y dorado con una iluminación tenue, recuperé el aliento.
No me sentía bien estando allí sin Hudson.
Cuando me había mandado un mensaje preguntándome si quedábamos esa noche, yo le había contestado que tenía «cosas de trabajo» y nada más.
Pero ahora que estaba pasando la noche rodeada de personas desnudas con la intención expresa de comprobar cuál era la respuesta sexual de mi cerebro, no podía evitar sentirme sucia.
Sabía que no era racional. Mirar a otras personas no era ponerle los cuernos y, aunque lo fuera, Hudson y yo no estábamos saliendo. En ningún momento nos habíamos prometido exclusividad.
Pero ese es el problema de abrirle tu corazón a alguien. Empiezas a cavar para hacer un hueco cada vez más grande para que esa persona quepa. Y, cuando no está, aunque solo sea durante unas horas, su ausencia te deja un vacío.
Lo peor era que ni siquiera podía contárselo. Si lo llamaba y lo intentaba, tendría que hablarle de mi experimento, de mi búsqueda científica de la verdad respecto al amor.
No. Era demasiado vergonzoso. Tendría que llevar la carga de aquella búsqueda académica yo sola. Me lancé una mirada desafiante en el espejo, me volví a poner pintalabios y me armé de valor.
Me pondría cachonda en aquel club de striptease. Y luego buscaría a Hudson, comprobaría mi actividad cerebral, descubriría si los datos sugerían que lo quería y después me lo follaría y/o le declararía mis sentimientos.
Nada, cosillas normales de una relación.
Lo que no fue normal fue volver a la mesa y encontrarme a Leelah y a Addie prácticamente dando saltos en las sillas.
Habían alcanzado el estado de locura colectiva retroalimentándose con su energía inagotable.
Los vasos de chupito vacíos (pedidos, consumidos y abandonados en el tiempo en el que yo había estado en el baño) no hacían más que confirmar el diagnóstico.
—¿A que no sabes qué? —farfulló Addie.
—¿Qué?
—¡Te hemos pagado un baile privado!
Resultó que Leelah era una borracha de las que no pueden parar de soltar risitas. Cualquier reparo que pudiera tener respecto a aquel experimento estaba disuelto en las burbujas del champán que se había bebido y que había intensificado su personalidad, que ya era bastante intensa de por sí.
—No, Clara te ha pagado un baile privado —corrigió Addie entre hipidos provocados por el ron—.
A nosotras solo se nos ha ocurrido la idea.
Por desgracia, este club no te ha activado la parte cachonda del cerebro.
El escáner no nos está diciendo nada. Necesitamos un enfoque más dirigido si queremos que el electroencefalógrafo registre tu excitación sexual.
La ciencia respalda con bastante firmeza la posibilidad de que haya realidades paralelas infinitas, cada una ligeramente distinta de la nuestra.
En cualquier otra versión de mí misma y de aquel instante, yo habría salido corriendo (y es probable que gritan do y llorando) ante la amenaza de que un stripper me zarandea se el paquete en la cara.
Sin embargo, como vivía en este universo, me senté en la silla y esperé el baile.
Necesitaba conocer la verdad sobre lo que ocurría en mi cerebro, la verdad irrefutable y respaldada por los datos. Y aquella era la mejor forma que tenía de descubrirla.
—¿Qué pasa, Scout? —preguntó Leelah tras mi pausa—. ¿Vas a decirnos que no?
—No he dicho que no. Solo me estoy preparando.
—Siempre podemos cancelarlo —dijo Addie— si te da miedo lo que el escáner cerebral pueda mostrar.
—¿Es eso? —Leelah se volvió hacia mí—. ¿Me has pedido que te lea el cerebro y ahora tienes miedo de lo que puedas ver?
Y una mierda.
—No, no tengo miedo.
Pero sí que lo tenía. Lo tuve, como mínimo, cuando reparé en dos de las personas más bellas que había visto en mi vida salir de la Sala Platino, el espacio acordonado que se reservaba para los bailes privados.
La primera era una rubia bajita con las tetas naturales, grandes y turgentes y el cuerpo de una gimnasta olím pica.
El segundo era un rey celta con rebeldes rizos pelirrojos y un paquete prometedor escondido debajo de la ropa negra y apretada.
Al que no quiere caldo, dos tazas. No quería ni imaginarme el extracto de la tarjeta de crédito de Clara después de aquello.
—¿Son esos? —pregunté .
—Ajá —dijo Leelah—. Clara nos ha dicho que, para ti , lo mejor.
Se me crisparon los nervios. Y terminaron convertidos en líneas de alta tensión cuando levanté la vista y vi a otra persona entrar por la puerta del club .
El puto Hudson Bailey.
Todo lo que había a su alrededor desapareció y solo podía verlo a él.
De todos los clubes de striptease del mundo, tenía que entrar en este.
Lo primero que pensé fue: «Esta es la peor coincidencia de la historia».
Lo segundo fue: «¿Estamos saliendo y ha ido a un club de striptease sin mí?
». Lo tercero fue: «No estamos saliendo.
No tengo derecho a ponerme celosa». Y lo cuarto fue: «No existen las coincidencias.
Y menos cuando vas con amigas entrometidas».
Me volví hacia ellas y siseé:
—¿Qué habéis hecho?
Leelah dibujó una mueca.
—Es posible que lo haya llamado.
—¡Qué dices! —Addie casi escupió la bebida—. ¿Tú también lo has llamado?
—¡¿Qué?!
Leelah arrastró un poco las palabras mientras intentaba defenderse:
—He pensado que sería instructivo. Que podrías comparar tus dos opciones, unos desconocidos sexys y Hudson, y ver los resultados más deprisa que si hicieras las dos pruebas por separado, pero… ahora, por tu expresión, me temo que no ha sido tan buena idea.
—¿Tú crees?
Addie se mostró mucho menos arrepentida:
—A mí me ha parecido que sería gracioso.
—¿Qué le habéis dicho exactamente?
—Me ha mandado un mensaje preguntándome dónde estabas . Ha intentado hablar contigo y no ha podido. Estaba preocupado , así que se lo he dicho.
Leelah asintió.
—Yo igual .
«Con amigas como estas…».
—Estáis las dos en mi lista negra.
Encogiéndose de hombros, Addie dio otro sorbo de su copa.
—Sobreviviremos.
Sentí como una réplica me quemaba en la punta de la lengua. A ella le dio igual y se puso a saludar con las manos y a gritar por encima de la música.
—¡Hudson! ¡Hudson, estamos aquí! ¡Tráete una silla! Vamos a pedir una botella.
El contenido de mi copa casi vacía volvió a resultarme de lo más interesante. No tengo muy claro que me sintiera culpable porque Hudson me hubiera encontrado allí. Y tampoco estaba avergonzada exactamente …
Pero ¿qué digo? Pues claro que estaba avergonzada.
Llevaba una diadema de electrodos y me estaba tentando a mí misma con otros cuerpos para poder zambullirme en los impulsos eléctricos de mi subconsciente y determinar si de verdad me había enamorado de él.
Una persona normal lo habría sabido. En cambio, yo confiaba más en los datos que en mí misma.
¿Cómo iba a explicárselo?
—Perdón por interrumpir la fiesta —lo oí decir desde algún punto a mi espalda.
—Qué va —respondió Leelah—, si acabamos de empezar.
—No sabía que era una noche de chicas. No podía localizarte, Scout, y … Bueno, mirad, me marcho.
Me pareció un plan muy razonable .
—Ni de coña, chaval —le dijo Addie—. ¡Tráete una silla ! Esta noche paga Clara… y te has ganado un descanso . ¿No crees, Scout?
«Se merece todos los descansos del mundo , pero no se merece estar atrapado aquí, obligado por sus compañeras de trabajo a ver cómo recibo un baile privado de dos desconocidos».
Estaba a punto de decirlo en voz alta, pero parecía ser que mi voto no contaba, porque Addie le hizo un gesto a una camarera con poca ropa para que trajera una silla y, al momento, aparecieron mis dos strippers.
No quería ni pensar qué aspecto tendría mi encefalograma en aquel momento.