Buenas vibras 32. Palabra de seguridad
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32. Palabra de seguridad

Palabra de seguridad

N o fue la marihuana lo que me hizo dormir tan bien aquella noche. Fue Hudson. No era la primera vez que nos quedábamos dormidos así enredados, pero fue distinta.

No, yo era distinta.

En el momento en el que me desperté a la mañana siguiente, mi cuerpo rodó hacia él por instinto.

Seguía dormido (debí de dejarlo agotado, porque siempre se levantaba antes que yo) y el pelo le caía encima de la frente lisa en mechones gruesos.

La luz entraba por las ventanas y lo iluminaba en tecnicolor ultravioleta hasta hacerlo resplandecer.

Acompasé la respiración con la suya. Memoricé su cara. Oí la reverberación de las palabras de la otra noche. Latían al ritmo de mi pulso tranquilo. «No te lo merecías. No te lo merecías. No te lo merecías ». No dejaban de volverme a la cabeza. Pero ahora mi corazón respondió.

«Te merezco. Te merezco. Te merezco».

Hudson se movió un poco mientras dormía. Nuestros nudillos se rozaron . El mantra cambió de forma.

«Te quiero».

El pensamiento me dejó atónita. Todos mis instintos me decían que saliera corriendo .

Que huyese de aquella habitación, me buscase una nueva identidad y me marchase lejos para empezar de cero.

Texarkana parecía un buen lugar. Podía dárseme bien ser camarera de un bar de carretera y el pelirrojo de bote me quedaría bien, ¿no?

Pero no, la cama era demasiado acogedora. La idea de quedarme en ella con Hudson era magnética .

Estaba enamorada de él. De su amabilidad.

De su sinceridad . De su facilidad para reír y para relacionarse.

De su ingenio rápido como un rayo y su franqueza al tratar con todo el mundo.

De su polla perfecta. De la arruga entre sus cejas cuando hacía demasiado rato que miraba el ordenador.

Del roce de sus dedos bajando por mi espalda.

De su consideración. De cómo se había abierto a mí.

Me había defendido. Me había celebrado. Me había cuidado y se había preocupado por mí.

Me encantaba lo Hudson que era Hudson. No podía imaginarme que existiera en todo el universo otro hombre como él.

Y no podía imaginarme a mí misma con otro hombre, fuera como él o no.

Un pensamiento aterrador.

Pero, bueno, también existía la posibilidad de que fueran imaginaciones mías. Al fin y al cabo , ¿qué pruebas científicas había de la existencia del amor? Podía estar confundiendo una mez cla de deseo y soledad con las emociones a las que todo el mundo llamaba amor. Qué humillante sería eso.

Problema: estoy enamorada. O eso creo.

Propuesta de solución: investigar si el amor es real… y luego encontrar una forma de medir si realmente estoy enamorada de Hudson o si es solo mi mente hiperactiva haciendo de las suyas.

Todo lo despacio que pude, para no despertarlo , cogí el teléfono de la mesita de noche y abrí la app del DOAJ , el directorio de revistas científicas de acceso abierto.

Le bajé el brillo a la pantalla (me daría más vergüenza que Hudson viera aquello que mi historial de búsqueda de porno) y paseé los dedos por el teclado digital.

Pruebas científicas del amor

Armándome de valor, le di a «Buscar». La página se cargó, y aparecieron montones de artículos de investigación sobre el tema revisados por expertos.

Por lo visto, como la búsqueda de pruebas que demuestren la existencia de Dios y los fantasmas, las preguntas sobre las almas gemelas y el amor verdadero eran objeto de muchos estudios.

E, igual que ocurría con esos temas, los resultados no eran concluyentes.

En mi propia investigación, disfrutaba de la presencia de preguntas sin respuesta.

Suponía que, tal vez, algún día yo podría ser la persona que descubriese un nuevo secreto sobre nuestro complejo universo.

Significaba que, en un mundo lleno de respuestas, seguía habiendo misterios y cosas nuevas que aprender.

Hacía que este planeta fuera un lugar más grande y emocionante en el que vivir.

Sin embargo, leyendo un artículo tras otro mientras Hudson dormía, de pronto detesté la existencia misma de los signos de interrogación.

La ciencia debería ser capaz de decirme exactamente lo que quería saber en aquel preciso momento.

¿Para qué servían todos esos artículos e investigaciones si ni siquiera podían decirme si el amor era real y cómo se podía determinar si lo era?

Al final, me centré en una revisión que agregaba y analizaba los datos de todos los estudios sobre la materia publicados en lengua inglesa de los últimos cincuenta años. En resumen, la investigación arrojaba tres resultados.

Uno: no hay datos concluyentes que demuestren la existencia del amor.

Dos: sin embargo, si existiese, las pruebas más prometedoras vendrían de análisis de electroencefalogramas y estudios hormonales.

Tres: al parecer, la única diferencia que encontramos en el cerebro entre el amor y el deseo es la liberación de oxitocina.

Gracias, ciencia. Pues qué bien. Muy útil todo.

Problema nuevo: necesito descubrir si estoy realmente enamorada de Hudson antes de tomar grandes decisiones. Antes de correr ningún riesgo.

Propuesta de solución: replicar los estudios sobre el amor que he leído para ver cómo mi cerebro reacciona a Hudson. No obtendré pruebas definitivas de que estemos enamorados, pero seguramente será lo más fiable.

Por suerte, conocía a alguien que tenía un electroencefalógrafo.

—Estás mal de la cabeza —me dijo Leelah aquel mismo día cuando le conté mi plan.

Addie no estaba de acuerdo.

—Eres un genio.

—Estoy desesperada —respondí.

En su trabajo anterior, Leelah se había especializado en desarrollar versiones portátiles de los aparatos médicos más importantes.

Quería facilitar las labores de rescate tras grandes desastres y estaba decidida a ayudar a los refugiados en zonas de guerra.

Uno de sus proyectos más prometedores había sido un dispositivo con aspecto de diadema en zigzag en el que cada diente estaba equipado con un pequeño sensor.

Un protoelectroencefalógrafo que, aunque no tenía ni de lejos las complejas capacidades de una máquina completa, en teoría podía proporcionar al personal médico una comprensión básica del estado mental del paciente y de sus respuestas neurológicas.

En pocas palabras, si Leelah me lo dejaba solo una horita , yo podría terminar con todo aquel dilema de si estaba enamorada de Hudson o si solo estaba cachonda y sola .

Pero ella, en una actitud muy impropia de su personalidad carcomida por las comedias románticas, no lo tenía claro. Mientras preparábamos los bagels para el desayuno en la cocina de la oficina, ella untó el suyo con una fuerza y una agresividad excesivas.

—¿No puedes…? Yo qué sé. ¿Buscar en tu corazón y descubrirlo?

Me erguí.

—¿Hay una forma de observar el corazón para eso? No he visto ninguna investigación que lo mencionara.

—Increíble —contestó resoplando—. Pensaba que estaba trabajando con algunas de las personas más inteligentes del mundo, pero tú no dejas de decir tonterías.

Addie, siempre a tope con todo, la espoleó:

—Venga, Leelah, es por la ciencia . ¿No tienes ni un poco de curiosidad?

—¡Eso! —coincidí—. Al fin y al cabo, las citas con Hudson son mi forma de recabar datos.

¿Cuál era la forma más rápida de llegarle al corazón a una chica en aquella oficina ? Tentarla con la ciencia.

Y así fue como, más o menos una hora después de que VibraCorp cerrase, estábamos las tres dentro de la llorería, colocándome lo que solo puedo describir como la diadema tecnológicamente más avanzada del mundo entre los rizos salvajes.

Habría sido un complemento muy chic para ir a la discoteca en el universo de Blade Runner , lo bastante discreto para que no pareciera que llevaba puesto un dispositivo médico, pero sí un accesorio llamativo.

—¿Qué le has contado a Hudson de todo esto? —preguntó Leelah ajustando los nodos para que no sobresaliesen de mi cuero cabelludo .

—He querido mantener la integridad del experimento —d ije—, así que llevo evitándolo todo el día.

—Mentirosa —intervino Addie—. Lo que pasa es que te da miedo tenerlo delante ahora que sientes todas esas cosas.

Vale, algo bueno que tenía la antigua Scout, la que no tenía amigas, era que, por lo menos, estas no la ponían a parir cada dos por tres.

Leelah hizo unos cuantos ajustes de última hora .

—Ya está. Y ahora, antes de enchufarlo, debemos tener una conversación sobre el consentimiento informado.

—Ya he leído los estudios . Sé lo que puede hacer este trasto.

—No hablo de seguridad médica. A ver… Si recopilamos los datos sobre qué hace tu cerebro cada vez que ves a Hudson, no podrás esconderte de ello. Será una prueba irrefutable de que te importa. ¿Estás preparada para lo que eso puede conllevar ?

La atmósfera de aquel cuartito cambió. Vaya, por eso Leelah se mostraba tan reticente. No creía que estuviera lista para la verdad.

—Me parece que la ciencia todavía no ha concebido una unidad de medida del amor verdadero —dijo, siempre tan romántica—.

La misma esencia del amor es desconocida.

Nos lanzamos a lo que no entendemos sin importar las consecuencias .

Pero si tú estás convencida de que esto te ayudará a tomar esa decisión, lo apoyo completamente.

Siempre que tengas claro en qué te estás metiendo.

Por lo visto, eso captó la atención de Addie.

—Sí. Por ejemplo, pon que te das cuenta de que lo quieres. O de que tu cerebro lo quiere. ¿Qué harás luego?

Esa pregunta hizo que se me iluminaran mil millones de neuronas en el cerebro, cada una con su pensamiento insurgente o ansioso.

Nunca pude ocuparme de ninguno de ellos, y menos todavía de las preguntas de Addie, puesto que la puerta de la llorería se abrió de par en par y vimos a Clara, con toda su belleza sutil de mujer rica, dando sorbos a un zumo verde.

—¡Ah! ¿Qué hacen aquí estas tres muchachas?

Nos quedamos todas paradas como si nos hubiera pillado buscando los regalos de Navidad.

—Estábamos… —chilló Leelah.

—Nos hemos hecho con algunos de los antiguos dispositivos de Leelah —dije yo señalando la diadema—. Vamos a comprobar qué estímulos inducen cierta actividad cerebral en situaciones íntimas no sexuales para poder imitar esos mismos estímulos con nuestros juguetes.

—Eso —dijo Addie subiéndose deprisa al carro—.

Por ejemplo, qué partes de nuestra psique profunda se activan al ver a un hombre con una camisa arremangada.

O en una discoteca cuando bailas con alguien muy mono.

Si entendemos la reacción del cerebro en esas situaciones, tal vez podamos importar los datos e intentar lograr esas mismas respuestas con el uso de nuestros juguetes.

A Clara se le iluminó el rostro. Eso era lo bonito de ser la cartera y el cerebro de una startup de hardware en lugar de ser el brazo científico.

Podían distraerte las novedades llamativas sin importar lo absurda que fuera la explicación.

¡Daba lo mismo si no lo entendías! Seguramente te faltaban conocimientos técnicos.

Lo mejor era seguir sonriendo y dejar trabajar a los genios.

—¡Fantástico! Qué enfoque tan novedoso. Deberíamos usarlos con los probadores de productos de la casa.

Leelah se tensó. Por los problemas legales en los que estaba envuelta ahora la empresa que había disuelto después de que su novio desfalcase todos sus fondos, aquellos dispositivos no debían siquiera ver la luz del día.

—Todavía no están listos para las pruebas a gran escala.

Clara ladeó la cabeza.

—¿Es la primera vez que lo usas, Scout?

—Sí —respondí.

—En ese caso, eres el sujeto perfecto para la prueba. ¿Quién mejor que una virgen para investigar los efectos de la estimulación sexual en el cerebro? Y, si queréis, puedo sufragaros una pequeña misión en busca de datos.