Buenas vibras 31. Nos (des)montamos
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31. Nos (des)montamos

Nos (des)montamos

U na cosa que no te enseñan en el porno sobre la penetración anal con arnés es todo el trabajo que requiere.

Los bonitos trucos de edición esconden la parte en la que tienes que ir destapando todo el material, poner una toalla sobre la cama (¡ por si acaso!), limpiar los juguetes nuevos, forcejear con las correas del arnés (que no dejan de enrollarse) y colocarle el dildo.

Otra cosa que no te cuentan es lo divertida que puede ser esa preparación.

Las bromas que puedes hacer delante del lavabo comparando el tamaño de su pene con el del dildo nuevo, como hacen los tíos en los urinarios.

La anticipación que enciende tu cuerpo con cada roce accidental.

El nuevo significado de «Voy a follarte» que adquiere cada mirada intrascendente.

Finalmente, Hudson y yo terminamos de pie cada uno a un lado de la cama, mirándonos fijamente como dos vírgenes en su noche de bodas.

Él, cómo no, tuvo la dignidad de estar desnudo, empalmado e increíblemente guapo.

Yo tuve el honor de llevar un arnés con su dildo, un sujetador de encaje rojo y nada más.

Bueno, en la mano llevaba un pequeño control remoto.

Hudson, un hombre brillante, había optado por un arnés que llevaba integrado un juguete con efecto cunnilingus para mí.

El juguete se ajustaba firmemente a mi clítoris turgente, listo para la acción en cuanto yo apretase el botón.

De momento me contuve, porque sabía que, con lo cachonda que estaba ya, no tardaría en llegar al orgasmo.

El aire restallaba con la tensión sexual. Aun así, ninguno de los dos se movió. La cama se alzaba imponente entre nosotros, llamándonos.

—Lo siento. No he hecho esto nunca.

—Yo tampoco.

Soltó una risita y agachó la cabeza.

—Pues claro. Eh…

Dado que los dos teníamos la misma experiencia, no había nada que indicara quién debía tomar las riendas, pero el rubor y la vacilación de Hudson, tan impropios de él, me dieron a entender lo que realmente quería, tanto si era consciente de ello como si no.

Subí a gatas a la cama y di unas palmaditas en el hueco vacío a mi lado.

—¿Por qué no tomo yo la iniciativa?

—Sí, eso es lo que quiero. Gracias.

Carne de gallina. Siempre me ocurría cuando Hudson usaba el verbo «querer» o mencionaba la palabra «amor». Pasé los dedos distraídamente por su cuerpo, despertando sus pezones endurecidos y erizándole también la piel.

—¿Por qué quieres hacer esto, Hudson? —le pregunté.

Otra risita.

—Creo que me hará sentir placer.

—Sí, pero ¿en qué sentido? ¿Quieres sentirte usado, sentir que te follan, que te hacen el amor…?

—Quiero sentirme cuidado.

Dejando de lado el sexo, esa frase se me metió en el corazón y se negó a marcharse.

Hudson cuidaba de muchas personas, incluida yo.

Se merecía recibir el mismo trato. Se merecía a alguien que se preocupase por él, por su placer y por sus deseos por encima de todo lo demás, aunque fuera solo durante una o dos horas.

Perfecto. Ese pequeño dato lo aclaró todo.

Puede que no supiera cómo expresarlo, pero quería lo que yo había visto que, por internet y en los informes de polvos de VibraCorp, a veces llamaban «dominación suave».

A diferencia de alguien que practica la dominación más tradicional, caracterizada por la disciplina y las consecuencias, quien te domina de forma suave usa los halagos y el cuidado.

No te impone el placer porque has sido desobediente y necesitas que te den una lección, sino que te anima a experimentarlo porque te has portado muy bien y necesitas que quien te domina te lleve al cielo.

Ni en mis fantasías más locas me había imaginado tomando las riendas —o los látigos y las cadenas— en una relación de BDSM . En cambio, ¿susurrarle cosas bonitas al oído a Hudson mientras él disfrutaba de que se la metiera?

Sentí un espasmo entre las piernas solo de pensarlo.

—Yo puedo darte lo que quieres, solo tienes que relajarte.

—Relajarme —repitió él cerrando los ojos.

Tenía mucha tensión acumulada. Yo no sabía si por la anticipación o por los nervios, pero era imposible que aquello funcionara si no se tranquilizaba.

—No puedo ayudarte si no te relajas —susurré—. ¿ No quieres sentirte bien?

Le rocé los pezones con los dedos. Se estremeció. La erección le palpitó.

—Sí…

—Si haces lo que yo te diga, te haré sentir muy muy bien.

—Haré lo que me digas.

Me gustaba cómo sonaba eso. El juguete que tenía pegado al clítoris prácticamente me rogaba que lo pusiese en marcha, pero me contuve. Por ahora , Hudson me necesitaba más a mí de lo que yo necesitaba correrme.

—Sé que las primeras veces asustan , créeme, pero abrirnos a nuevas experiencias puede ser muy gratificante .

Una breve mueca le pasó por los labios. Tenía los ojos cerrados todavía.

—Podría decirte lo mismo a ti.

—A mí no me va el sexo anal, pero lo tendré en cuenta.

Los dos nos reímos sabiendo que ninguno de los dos estaba hablando ya de sexo. Le levanté la barbilla y le di la primera orden.

—Ven, bésame.

Lentamente , juntamos los cuerpos y nuestros labios se tocaron.

Por primera vez me besó como si fuera una pregunta, vacilante, indeciso .

Le llevé una mano a la mejilla y profundicé el beso explorando cada centímetro de su boca.

Apreté el pecho contra el suyo y mis pezones se endurecieron al contacto con la suavidad de su piel.

Sentía el coño vacío sin él y eso solo hacía que mi deseo aumentara.

—Besas muy bien, ¿sabes? —suspiré.

—Gracias.

Le pasé las manos por el pecho bajando hacia su erección, brillante por el líquido preseminal.

—Vamos a ir despacito, ¿vale? Tú disfruta de las sensaciones.

Primero las yemas de los dedos recorriéndole el miembro de arriba abajo, ligeras como una pluma, apenas tocándolo.

Se revolvió bajo mis manos, empujando las caderas, desesperado por aumentar el contacto.

Cuando sentí que igual explotaba por la falta de presión, bajé y le lamí el glande mojado, que me supo salado .

Él me tocó la cabeza, no para empujarme, sino para suplicarme que se la comiese.

¿Cómo iba a negarme?

Me la metí entre los labios, mojándola poco a poco, hasta que me llegó a la garganta. Entonces me aparté, con su líquido preseminal en los labios.

—Buen chico.

El gemido que se le escapó de la boca fue tan excitante como lastimero. Puede que a mí no me fuera lo de que me dijesen «buena chica», pero, desde luego, a él le gustaba mucho que le dijeran «buen chico».

—No sufras, enseguida sigo. Un momento.

No apartó la mirada ni un momento mientras yo me lubricaba los dedos. Intenté transmitir la misma energía de «Voy a hacer que te corras muy fuerte» que él me había transmitido tantas veces. Sabía muy bien cuánto hacía crecer la anticipación.

Cuando estuve satisfecha con el lubricante, volví a su polla y llevé la mano al espacio entre sus piernas . Mientras volvía a metérmela en la boca, apreté los dedos contra su abertura esperando a que mi mamada surtiese efecto y le relajase los músculos.

Pronto, se abrió a mí y pude meterle los dedos. Primero hasta los nudillos y luego hasta el final.

Gimoteó. Noté más líquido preseminal en la garganta. Mi clítoris rogaba atención.

Me quedé dentro de él un poco más, disfrutando de lo apretado que estaba mientras subía y bajaba los labios alrededor de él. Agitó las caderas, primero metiéndose más hondo en mi boca y luego buscando mis dedos.

Soltó un grito cuando levanté la cabeza el tiempo suficiente para decirle:

—Lo estás haciendo muy bien.

—Gracias, pero…

—¿«Pero» qué? —pregunté en un tono inocente —. Dime lo que necesitas. Si no, no te puedo ayudar .

Si no hubiera estado todo jadeante, sudoroso y con tantas ganas de correrse, habría reparado en la ironía de que él me había dicho lo mismo a mí hacía unas semanas.

Por debajo de mis párpados caídos, lo observé tragar con dificultad. La timidez seguía ahí, pero mezclada con el deseo, una combinación embriagadora que me bajó directa al coño .

—Quiero que me hagas el amor.

«Amor». Incluso con la mente nublada por la bruma preorgásmica, esa palabra me llegó muy adentro, rebotó y lo puso todo patas arriba.

Hacer el amor… ¿Qué significaba eso realmente? ¿Era una intención? ¿ Un nivel de cuidado? ¿Podías darle duro a alguien y, a la vez, hacerle el amor? ¿O era todo luces tenues y suavidad como en un anuncio de Viagra?

No lo sabía, pero iba a descubrirlo.

—Será un placer. Y  te lo has ganado.

Me retiré (para disgusto suyo, que se quejó como solía hacer yo cuando él salía de dentro de mí) y me limpié las manos en una toalla. Entonces, lo puse de lado para quedarnos haciendo la cucharita.

El dildo del arnés encajaba a la perfección entre sus nalgas. Consciente de ello o no, Hudson arqueó la espalda para rozarse con él.

—Voy a tomarme mi tiempo contigo —le susurré al oído mientras lubricaba el dildo—. No hay prisa. Voy a disfrutar abriéndote con la polla. Tú relájate.

Llevarle la polla justo a la entrada era toda una inversión de papeles. Y agarrarlo por la cadera y rozarme contra él. Oír todos sus jadeos y gemidos, verlo deshacerse en un charco de deseo y lascivia entre mis manos.

¿Era eso lo que sintió cuando me quitó la virginidad? El poder, la confianza, el subidón de satisfacción de que reaccionase al contacto con tanto anhelo y deseo?

No lo sabía. Lo único que sabía cuando lo penetré por primera vez y puse el juguete clitoriano a la potencia más baja era que no quería parar nunca.

—¿Estás bien? —le pregunté cuando ya se la había metido hasta el fondo.

—Mmm… —musitó él a modo de asentimiento.

Le pasé los dedos por el pelo en un gesto reconfortante y le di más instrucciones. Todo un logro teniendo en cuenta que apenas fui capaz de soltar las palabras.

—Puedes tocarte si quieres, pero no te corras. La única que te hará correrte esta noche soy yo, ¿a que sí?

Él asintió y se la agarró con fuerza. La elocuencia no era un don del que Hudson pudiera presumir en ese instante . El placer era demasiado grande.

Y yo entendía bien esa sensación. Con cada choque de nuestras caderas, el juguete lamía con más fuerza mi clítoris y me hacía temblar con una nueva oleada de gusto. Yo estaba cada vez más excitada, abrumada por la combinación de mi propio orgasmo inminente y el placer con el que Hudson se derretía.

Todavía haciéndole la cucharita, me esforcé por encontrar el ritmo. Él arqueó la espalda para recibirme en cada una de mis embestidas.

Pronto, noté que tenía el clímax a solo unas respiraciones de distancia. Mi cuerpo se tensó.

—¿Te gusta? — le pregunté.

Asintió con la cabeza.

—Contéstame.

—Sí. Sí, me gusta. Me gusta mucho cómo me follas.

Y eso fue lo único que necesité. El juguete siguió rozándome con fuerza el clítoris.

Yo me apreté contra Hudson hasta el fondo, aumentando nuestro contacto y la presión del juguete contra mí.

Y le hundí los dedos en la carne intentando aferrarme a la realidad incluso en el momento en el que el orgasmo me zarandeó con oleadas de éxtasis encendido.

Grité su nombre. Era lo único que tenía en la cabeza. Hudson, Hudson, Hudson…

Y, cuando pasó, ralenticé mis embestidas erráticas y apagué el juguete para volver a centrarme en él.

— Joder, no sabes lo a gusto que me he corrido dentro de ti. Has sido tú el que has hecho que me corra. Verte así, lo bien que te portas, cómo te entra…, no puedes ni imaginarte cuánto me pone, Hudson.

Estaba hecho un desastre, tocándose y temblando, al borde de lo que podría ser el mayor orgasmo de su vida.

—Yo nunca…

—Ya lo sé, cariño. Lo sé. Tú siénteme. Siente mis manos en tus caderas, mi polla entrando hasta el fondo, llevándote más y más cerca…

—Ah, jo -der, Scout. Joder, me… Me…

—Córrete para mí.

Como era un buen chico, obedeció. Un rugido surgió de sus adentros y él se meció contra mi polla, decidido a hacer que durase todo lo posible. Ríos de semen emanaron de él y corrieron por la cama, una prueba de la fuerza del orgasmo.

Y, entonces, se acabó. Caímos, rendidos y sudorosos, en una pila de carne y juguetes y lubricante y semen. No era la imagen más estética, pero me daba igual. Para mí, aquello lo era todo.

El ambiente se calmó. El mundo dejó de temblar.

Nuestros cuerpos se relajaron. También era una inversión extraña de pa peles la de ser yo la que lo cuidaba a él después del sexo.

La que le r espiraba en la nuca y le acariciaba la piel sensible.

La que lo rodeaba y lo acunaba para que volviese a la tierra después de haberlo mandado más allá de la estratosfera.

Lo abracé como nunca había abrazado a nadie, como si fuera muy valioso para mí.

Y lo era.