30. No sabía que eras de (arn)esos
No sabía que eras de (arn)esos
—A lguna vez te has despertado sabiendo que todo se iría a la mierda?
Es como si, antes de abrir los ojos, se activara un sexto sentido que alertase a todas las neuronas durmientes de tu cerebro reptiliano del peligro inminente.
Había leído en artículos académicos que la intuición humana podía ser muy poderosa, una maniobra involuntaria del procesamiento sensorial que nos quedaba de cuando los hombres de las cavernas tenían que advertir la presencia de los tigres de dientes de sable que los acechaban.
Supongo que mis antepasados consiguieron sobrevivir a los tigres de dientes de sable por pura suerte, porque a mí no me pa saba nada de eso. Cuando tenía un mal día, era como toparme con una tormenta de clips o que me arrollase un coche lleno de peces borrachos: algo inesperado e inexplicable.
De todos los desastres que había pronosticado cuando empecé a acostarme con Hudson, el único en el que no había pensado era el que más probabilidades tenía de ocurrir.
Que me bajase la regla.
De modo que la mañana después de nuestro experimento con los anillos para el pene (a Hudson no le entusiasmaron, no notó una gran diferencia), me desperté hecha un trapo.
Con dolor de barriga, de cadera, de cabeza.
Con ganas de vomitar hasta las primeras papillas.
Los pinchazos intermitentes en la cérvix eran tan insoportables que me hacían encogerme de dolor.
Ya sabes, cosas de chicas.
A pesar de llevar el DIU , seguía teniendo fluctuaciones hormonales asociadas al ciclo menstrual. Maldije mi suerte, me tomé un analgésico y me puse en marcha. Tampoco podía hacer mucho más.
Por desgracia, las fluctuaciones hormonales eran el menor de mis problemas.
Aunque Clara, Leelah y Addie se solidarizaron con mi situación (Clara me enterró en chocolate negro ecológico con un 99 % de cacao — qué asco—, Leelah me trajo una mantita eléctrica de su escritorio —mejor—, y Addie mantuvo a todo el mundo alejado de mi despacho como si fuese un perro guardián), no podía decir lo mismo de mi madre, que eligió el momento perfecto para hacer otra de sus apariciones sorpresa.
Por suerte, aquella vez fue telefónica.
—Uno de los dos podría estar muerto —me dijo a modo de saludo cuando por fin le cogí la llamada en su undécimo intento—, ¿ y tú no contestas al teléfono?
—Lo siento, mamá —respondí sin sentirlo ni lo más mínimo, pero sabiendo que era lo que ella quería oír—. Estaba reunida.
—Uy, sí, qué importante. El destino de la humanidad depende de que puedas sacar otro masajeador personal. Disculpa la interrupción.
—Tenemos un plazo que cumplir…
Casi pude oír la cara de exasperación que ponía al otro lado de la línea.
—O igual lo que pasa es que estás pasando el rato con ese chico. ¿Es eso? ¿No puedes cogerle el teléfono a tu madre por él?
—No.
No es que no pudiera, es que no quería cogerle el teléfono a mi madre por él. Cada interacción con ella ahora rozaba dolo rosamente contra la declaración indeleble de Hudson: «No te lo merecías».
—Por favor, ¿ a quién quieres engañar? Volverás a echarlo todo a perder por un chico a pesar de nuestros esfuerzos por evitar que repitas la misma historia.
El aire de mi alrededor se volvió precario e irrespirable. Estaba claro que iba a soltar todo aquello cuando se enfadara, tendría que haberlo visto venir.
Pero no lo vi venir y oírla evidenciar en voz alta el miedo del que llevaba huyendo durante semanas me dolió más de lo que podría haberme imaginado.
¿Por qué siempre pasaba lo mismo? ¿Tenía un sexto sentido que la advertía de cuándo estaba feliz? Cada vez que me pare cía que estaba consiguiendo asentarme, aparecía ella para destrozarme la autoestima.
—No es eso. —Se me acumuló el calor detrás de los ojos. Se me formaron lágrimas e intenté parpadear para contenerlas, pero solo conseguí que me rodasen por las mejillas—. Te lo juro.
—Espero que no vuelvas a nosotros arrastrándote cuando hayas dejado que te arruine la vida como hizo Lloyd. Ya sabes cuánto nos gusta decir «Te lo dije».
Me subieron un millón de réplicas a los labios.
Me las tragué todas. ¿Para qué iba a contestar?
Mi historial intentando defenderme era lamentable.
Mi madre colgó, pero no antes de hacerme prometer que cenaría con ellos cuando fuese al OhFest de Man hattan.
Una parte de mí quería saltar, preguntarle para qué quería ver a la enorme decepción que era su hija.
Pero no lo hice. Accedí.
Cuando llegué a casa, estaba sensible por las hormonas, se me estaba pasando el efecto del analgésico, la llamada de mi madre me había dejado tocada y lo único que quería era meterme en la cama y fingir que el mundo no existía.
Pero ahí estaba Hudson, bañado por la luz de las farolas con varias bolsas de tela de VibraCorp.
—Oh, no —me quejé antes de poder contenerme.
Él se puso alerta.
—Mierda, ¿qué he hecho?
Frotándome la cara con las manos, me recompuse. Mis problemas no eran culpa de Hudson. No era justo pagarlo con él.
— Perdona, es que he tenido un día de mierda, no tengo ganas de sexo. Puedes irte a casa.
—¿Quieres compañía?
La irritación me clavó las garras entre los omóplatos. Pulsé los números para abrir la puerta del edificio.
—Te acabo de decir que no tengo ganas de sexo. No quiero que me folles. No quiero que me lo comas. No quiero que me toques…
La puerta se abrió con un clic. Hudson cogió el tirador y mantuvo la puerta entreabierta, para que no se cerrara ni yo pudiera pasar . Me buscó los ojos con la mirada.
— No tenemos por qué acostarnos, Scout. Lo sabes, ¿no?
Con aquellas palabras, me deshinché.
Era cierto. No teníamos por qué. Podíamos simplemente pasar tiempo juntos. A la mierda mi madre. A la mierda que, en teoría, fuéramos solo follamigos sin ningún compromiso.
Estaba cansada y molesta y lo único que quería era apoyarme en alguien. Apoyarme en él.
Así que lo invité a pasar.
Ya en mi piso, me ofreció un brownie de THC .
Cuando queríamos relajarnos, normalmente nuestro ritual consistía en tomarnos un cóctel o una copa de vino para empezar la noche.
Sin embargo, me contó que Addie iba regalándolos por la oficina (a mí me pareció una conducta poco profesional, pero, bueno, yo no estaba a cargo de Recursos Humanos) y quería compartirlos, de modo que me lo tragué sin darle más vueltas, dejando que el chocolate empalagoso y con un sabor algo terroso me calmase los nervios alterados.
Cuando me dejé caer en el sofá para que los químicos me fueran recorriendo el cuerpo, Hudson me contó cómo le había ido el día. Yo no tenía ganas de hablar, con escucharlo me bastaba.
Qué raro era pasar tiempo con él sin las expectativas del sexo, pensar que quería pasar tiempo conmigo sin quitarme las bragas.
Y era todavía más raro estar disfrutando de sus anécdotas sobre eliminar los bugs del código de Python y sobre sus experiencias de trabajo previas a (y mucho peores que) VibraCorp.
Al cabo de media hora, el dolor de la regla era prácticamente inexistente, habíamos arrasado con una bolsa de patatas de tamaño familiar y, de cara a Hudson en el sofá de dos plazas, no podía dejar de rozar las piernas contra las suyas.
Me tocaba hablar a mí y, siguiendo la tónica habitual, no pude esconderle la verdad sobre Addie.
Por muy doloroso y vergonzoso que fuera, se merecía saber que aquel secreto entre nosotros había escalado y que, en lugar de ser algo entre tres personas (contando a Leelah), había pasado a ser algo que sabían cinco personas (mis padres) y luego seis (Addie).
—Podríamos simplemente hacerlo público.
Yo le di la vuelta a la bolsa de patatas y me metí una esquina en la boca para hacerme con las últimas migas. Qué atractiva.
—¿El qué?
—Esto nuestro, sea lo que sea. Si no tenemos nada que esconder…, no deberíamos escondernos.
Me había hecho su amiga (una regla infringida), me había masturbado pensando en él ( otra), me había acostado con él en primer lugar (otra), había empezado a medio salir con él (otra más).
Tenía que haber algún límite. Y hacer pública aquella información era el límite, a pesar de que me hiciera sentir un poco culpable.
Lloyd había querido que lo nuestro fuera un secreto.
¿Le estaba yo haciendo lo mismo a Hudson?
—Pero te vas pronto. ¿Para qué vamos a decirlo? Divirtámonos y punto. No hace falta complicar las cosas.
—Sí. Tienes razón. Claro —dijo.
Y, cuando hizo una mueca en lugar de sonreír, lo achaqué a mi imaginación de colocada deseando ver cosas que no eran reales.
De aquella conversación no saldría nada bueno. Busqué por la habitación algo con lo que distraernos.
«Ah, perfecto».
—¿Qué es todo eso? —le pregunté desenredando nuestras extremidades para poder inspeccionar el montón de bolsas que había traído.
Él se lanzó de un salto para interceptarme.
— Nada. Podemos hablar de ello otro día.
—Te has puesto rojo —dije divertidísima. Estaba muy guapo cuando se sonrojaba—. ¿Por qué te pones rojo?
—Has dicho que no querías sexo y esto son… cosas sexuales.
—¿Qué cosas sexuales?
Tímido. Se había puesto tímido. Lo había visto evasivo y vergonzoso antes. En la oficina era comedido y callado, amistoso y afable. Pero aquella timidez era nueva.
—Hoy, cuando me ha ofrecido los brownies, Addie y yo nos hemos puesto a hablar sobre su trabajo con el equipo de Marketing. Y eso me ha recordado nuestra conversación de ayer sobre las personas que son capaces de… decir lo que quieren. Sin pasar vergüenza. Sin miedo de lo que piensen los demás.
—¿ Sí?
—Yo sería incapaz de plantarme delante de un montón de gente y declarar mis preferencias. No me apuntaría al grupo que dará su testimonio para el vídeo, pero…
El vientre se me tensó y no tenía nada que ver con el dolor de regla. Fuera lo que fuese lo que escondían esas bolsas, tenía que ser bueno.
Y, en cuanto me las tendió, se confirmaron mis sospechas.
No quiero presumir, pero los informes de polvos de nuestros probadores de productos apuntaban a que VibraCorp tenía la mejor línea de arneses del mercado.
Estaba claro que Hudson se había servido de nuestro armario de muestras y había elegido un arnés, plugs anales, lubricantes extrafuertes y unos cuantos dildos de distintos tamaños, turgencias y niveles de realismo.
—Cuando hablamos de tus fetiches — dijo él, y las palabras le salieron de entre los labios sin que estos apenas se movieran—, de las cosas que te podían interesar, mencionamos lo de usar el arnés conmigo y pareció que mostrabas entusiasmo.
—Ah.
—Me has animado a pedir lo que quiero y me has dicho que las personas importantes no me juzgarán. Y esto es lo que quiero. Espero que no salgas corriendo. Espero gustarte como soy. Incluidos mis deseos.
Debió de tomarse la oleada de lujuria que me invadió como repugnancia, porque implosionó con la intensidad de una estrella que colapsa.
—¿Te gusta la idea? Si no te gusta, no pasa nada e, incluso si te gusta, no tenemos por qué hacerlo esta noche, sobre todo porque no te encuentras bien, pero…
—Sí.
Se quedó pasmado ante mi abrupta respuesta.
—¿Sí?
Me dolía la cara de tanto sonreír.
—Sí. Mil veces sí.
Lo más fuerte de todo era que no me había puesto cachonda solo la idea de usar el arnés, sino que me lo hubiera contado.
La última vez que había compartido sus fantasías con alguien, con su exnovia, ella se había reído en su cara y lo había insultado.
Eso bastó para hacerlo rehuir sus propios deseos, para que siempre defiriese a la voluntad de su pareja.
Ahora se me estaba ofreciendo con sus deseos incluidos.
—Entonces… No tiene por qué ser esta noche, no quiero presionarte, y menos cuando te encuentras mal, pero… en algún momento, en el futuro, ¿querrías hacerlo?
Era una novata, por descontado. Solo lo había visto en el porno, lo había leído en novelas y había recopilado los detalles más guarros de los informes de polvos que nos proporcionaban los probadores de productos. Sin embargo, la emoción desbancó cualquier nerviosismo que pudiera haber sentido.
Deseaba a Hudson. De todas las formas posibles.
—Tú me quitaste la virginidad y yo te la quitaré a ti. Me parece un acuerdo justo. —Con una risita, rocé mi nariz contra la suya. Se estremeció. Me aparté de él y cogí las bolsas—. Vale, vamos.
Abrió mucho los ojos.
—¿Esta noche? ¿Ahora?
Debía de estar deseándolo, porque entró prácticamente corriendo al dormitorio.