Buenas vibras 28. Con todo flujo de detalles
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28. Con todo flujo de detalles

Con todo flujo de detalles

V ale, tienes que prometerme que no te reirás. Esto me da bastante vergüenza.

En mi habitación había dos vestidores. Uno lo usaba para la ropa.

Pensé en usar el otro como almacén de juguetes sexuales, pero, cuando aún era virgen, me pareció un poco triste.

Así que , en l ugar de eso, lo convertí en un taller secreto .

Estaba insonorizado, era tranquilo y tenía el espacio suficiente para un escritorio, una silla y un poco de hueco libre para andar de arriba abajo.

Quité los estantes del vestidor para pintar una pared entera con pintura de pizarra.

Siempre que tenía un día duro en VibraCorp o necesitaba dejar el placer a un lado y volver a mis raíces , entraba allí y trabajaba en mis pequeños proyectos imaginarios.

Cuando volvimos a mi casa, llevé allí a Hudson.

Era demasiado grande para aquel espacio tan reducido y se quedó plantado en el centro, observando todos los cálculos escritos en la pizarra y los esbozos de cohetes, propulsores y motores que había colgados en las paredes.

Suspendido del techo había un modelo a escala del Hathor, el cohete de ensueño que había estado diseñando en secreto desde que me habían despedido de GalacticSolutions.

—¿Qué es todo esto? —preguntó.

«Nada. Solo una vida entera de sueños abandonados».

Pero, como no era un personaje de un melodrama, me limité a encogerme de hombros .

—Yo tampoco hablo mucho de mí misma. Sé el miedo que pue de dar dejar que la gente vea lo que hay bajo la superficie. —Rocé con el dedo el esbozo en portaminas de un inyector de combustible—. Esto es lo que yo escondo.

Se adentró más en el armario y pasó los dedos por los planos técnicos de diseño dibujados a mano.

—Es increíble. Pero ¿por qué me lo enseñas ?

—Me has preguntado por qué dejo que mis padres me hablen así. Por qué creo lo que me dicen. Por qué no puedo hacer las cosas que hace la gente normal.

—Eso último nunca te lo he preguntado. A mí siempre me has parecido normal —contestó.

—Lo que pasa es que mis padres tienen razón.

—Ni hablar…

Se dirigió hacia mí, pero yo tendí las manos como diciéndole que no se acercase más.

—Tú escúchame y luego juzgas, ¿vale? Necesito que entiendas por qué no puedes querer estar conmigo, por qué no podemos ser… nada más de lo que somos . Por qué no vale la pena preocuparse por mí. Yo nunca… Nunca le he contado esto a nadie. Necesito que me escuches.

Era evidente que se avecinaba una respuesta, de modo que lo corté antes de que pudiera decir nada :

—Bueno… —dije sentándome en el suelo. Ya que íbamos a quedarnos allí, me pondría cómoda—. Ya sabes cómo fue mi infancia.

—Niña prodigio —dijo él vacilante—. Sí.

—Sí. Y mis padres siempre estuvieron ahí.

En cuanto se dieron cuenta de lo lista que era, se entregaron en cuerpo y alma a asegurarse de que tuviera siempre lo mejor.

Me organizaban la agenda, me llevaban en coche a todos los sitios , me compraban material escolar, elegían la ropa que me ponía … Todo.

—No te dieron ni un poco de independencia.

— No —coincidí—, pero era porque yo no era capaz de lidiar con ella.

Por ejemplo, una vez, cuando tenía más o menos diez años, le supliqué a mi madre poder elegir las libretas y archivadores para Cálculo.

Había visto un archivador de la serie Shake It Up en el supermercado y le rogué que me lo comprara.

Ella me dijo que no y yo monté un numerito porque nunca me dejaba elegir mis cosas.

Mi madre me dijo que los otros niños se reirían de mí, que si era así de controladora era para protegerme, pero yo insistí.

Yo nunca me reiría de nadie por un archivador, ¿por qué iba a reírse otra persona de mí?

Pues no te lo creerás, pero los chicos de mi clase que jugaban al fútbol me vieron en primera fila con el archivador de Shake It Up y jugaron al tonto del medio con él hasta que me lo rompieron y echaron a perder semanas de trabajo en una demostración matemática.

Hudson se sentó en el suelo delante de mí.

—Y entonces volviste a dejar que ellos lo decidieran todo.

—Era más inteligente que ellos, pero no en lo importante.

No era lo bastante inteligente para valerme por mí misma.

Había quedado claro. Entonces terminé la carrera, el máster y todo lo demás.

Me volví todavía más rara y solitaria y no entendía nada de las personas.

Y menos de los hombres. Estaba terminando el cur so en el MIT cuando me contrataron en GalacticSolutions para trabajar en su Departamento de Propulsión.

El día que recibí la llamada de GalacticSolutions y me dijeron que ganaría medio millón de dólares al año por encabezar su recién creado Departamento de Propulsión fue el más feliz de mi vida.

Pero supongo que no se me permitía ser feliz durante demasiado tiempo, porque pronto ese día se agrió y se convirtió en la peor época de mi vida.

—Lo que pasa con GalacticSolutions es que no son una empresa tecnológica, pero se comportan como si lo fueran. Me dijeron que eso agilizaba los procesos…

—Espera, que lo adivino —dijo él pensativo—: Te dijeron que eso agilizaba los procesos, pero en realidad lo que pasaba era que le daban a una chica prodigio con edad de estar en la universidad un montón de responsabilidades porque no sabía negarse a trabajar horas extra y porque era prescindible si la cagaba.

—Y no te olvides de que, si al final tenía éxito, como todo parecía indicar, tendrían la increíble historia de una Zuckerberg 2.0 que venderles a los medios. «Mirad esta joven ingeniera, acaba de salir de la universidad y va a hacernos entrar en una nueva era de exploración espacial».

Levantó las manos y me enmarcó en ellas como si fuera un fotógrafo.

—Saldrías increíble en la Forbes .

Solté una risita casi inaudible por encima del zumbido de la lámpara de techo mal colgada.

—Total, que llegué allí y el trabajo se me daba de puta madre.

Cada minuto de mi vida lo había pasado intentando llegar a ese punto.

Era mi lugar. Me maté a trabajar. Tenía éxito en todos los sentidos.

Pero entonces… Le encargaron a Lloyd que supervisara mi división.

Y yo era una niña tonta a la que nadie le había prestado atención nunca.

A los chicos no les gustan las empollonas de pelo grasiento sin ningún conocimiento de la realidad más allá de su demostración científica.

Sin embargo…, a Lloyd le gustaba. Tonteó conmigo, me dio su número, se me insinuó…

Me arrolló una oleada de náuseas que me resultaba familiar. Yo intentaba mantener a Lloyd en una caja fuerte de mi memoria porque cada vez que examinaba los recuerdos con demasiado detenimiento, me entraban ganas literales de vomitar de lo estúpida que había sido.

—Que te sintieras halagada es lo más normal del mundo, Scout. Hablas como si hubieras cometido el peor error de la historia de la humanidad. Todo el mundo se enamora de quien no debe por lo menos una vez en la vida.

Esa era una forma dulce de ver lo que había ocurrido, pero también errónea. Lo ignoré.

—Tras años de que mis padres me lo dictasen todo, pensé que por fin sería capaz de valerme por mí misma.

Que era una mujer adulta con un trabajo de persona adulta y que podía tomar mis propias decisiones.

Así pues, Lloyd y yo empezamos a… Bueno, en aquel momento yo pensaba que estábamos saliendo, pero no estábamos saliendo.

No salimos juntos ni una vez. Nos estábamos liando.

No nos acostamos —aclaré—. Le dije que no estaba lista y, no sé, tal vez a él le gustaba la idea de ir detrás de mí, pero no hubo ningún problema, porque le encantaban las mamadas.

Y las pajas, pero solo rapiditas en el ascensor. Creo que era un juego de poder.

—Creo que puedo tachar «Enterarme de las preferencias sexuales de un millonario» de mi lista de tareas pendientes.

—Todavía no es millonario. Primero tiene que morirse papá. Y, hablando de papá, Lloyd no quiso contarle lo nuestro. A mí me parecía guay tener un secreto, pero luego… el cohete estalló.

—Y no es un eufemismo —dijo él negando con la cabeza.

—Ojalá lo fuera. Sabes más o menos lo que pasó con el Ilium, ¿no?

Con mi primer proyecto. —Él asintió. La explosión fue uno de los bombazos más grandes del sector tecnológico en esa época y ya lo habíamos comentado en el aeropuerto de Cleveland—.

Les dije que no estábamos listos para la fase de pruebas, todo el mundo se lo dijo, pero Lloyd le contó a su padre que había supervisado personalmente mi trabajo y que solo estaba siendo modesta.

Esta gente… No hay nadie en el mundo como ellos.

Piensan: « Claro que funcionará, aunque los expertos me digan que no. ¡ A mí nunca me sale nada mal!».

—Pero salió mal.

A veces, cuando me acuesto por la noche, todavía veo las explosiones en el cielo.

Era una nave guiada por control remoto, no estaba hecha ni para transportar ni para ser operada por personas, así que, por suerte, no hubo heridos.

Pero que mi trabajo estallase ante mis ojos…

nunca se me olvidaría. Nunca podría escapar de esa imagen.

—Fue un desastre. Hubo muchísimos problemas.

No les habían dado a los departamentos el tiempo necesario para coordinarse antes de la prueba.

La secuencia interna falló, el cableado interfería con el timón…

Todo fueron problemas que se podrían haber evitado si nos hubieran dado el tiempo y el dinero que necesitábamos, pero no fue así.

Y Lloyd y su padre iban muy confiados, así que invitaron a casi dos mil personas a ver el lanzamiento del cohete.

Dos mil personas vieron cómo mi proyecto quedaba reducido a cenizas.

—Las pruebas a veces fallan —dijo Hudson—. Deberían haberlo sabido.