Buenas vibras 27. Curvas peligrosas
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27. Curvas peligrosas

Curvas peligrosas

N inguno de los dos estaba en sus cabales y yo lo sabía.

Lo correcto habría sido subirnos a los asientos delanteros, abrocharnos el cinturón, poner la radio tan alta que no pudiéramos pensar y procesar las emociones a salvo y por separado antes de volver a juntarnos para hablar de qué coño acababa de pasar.

Pero el ruido dentro de mi cabeza era insoportable. Las voces de mi ineptitud me resonaban en los oídos. Todos los miedos que tenía sobre mí misma sacaban las zarpas desde la caja donde los encerraba siempre que estaba con Hudson.

«No sabes hacer nada bien. El lanzamiento de la Fantasía será un fracaso, y todo por tu culpa.

¿Qué te ha hecho creer que podrías tener una existencia normal (con amigos y sexo) sin echarlo todo a perder?

¿De verdad crees que Hudson está haciendo esto por ti?

Pues claro que no. Lo hace por el morbo de quitarle la virginidad a alguien y para pasar el rato mientras vive aquí.

¿ Por qué le estás dejando ver lo que sientes como a Lloyd?

¿Cómo puedes ser tan estúpida otra vez?».

Sin embargo, a diferencia de la mayoría de las veces que mis padres volvían a aparecer en mi vida como si nada, su inesperada presencia no era lo único que me desorientaba.

Hudson también estaba allí. Mientras que el instinto y la historia y la severa mirada de mi madre me decían una y otra vez que era un fracaso, que no tenía nada bueno excepto mis habilidades con el álgebra y la ingeniería mecánica, había otras partes de mí que empezaban a salir a la luz bajo las atenciones de Hudson.

Ahora, otra vocecita me susurraba que mis padres se equivocaban.

Que yo estaba demostrando que era capaz de tener éxito a mi manera.

Que podía tener a Hudson y a Leelah y una vida fuera del trabajo sin que eso terminase en catástrofe.

Quería hacerle caso a esa voz. O, por lo menos, quería callar a la primera.

Así que abrí la puerta del coche.

Problema: demasiados pensamientos. Demasiadas emociones. Demasiada complicación.

Propuesta de solución: que Hudson me folle hasta que no pueda pensar.

—Oye…

—No hables —le ordené cogiéndolo del brazo.

Él se dejó arrastrar al asiento de atrás riendo como si todo aquello fuera una broma.

Pero no lo era.

La puerta se cerró tras él con un golpe seco.

Las luces interio res del coche se apagaron y nos sumieron en la oscuridad.

Atraje a Hudson hacia mí y arremetí contra él con un beso.

Aquello no era ninguna de las tonterías blandas y seguras con las que habíamos estado tonteando hasta entonces, era un ataque con todas las de la ley, con uñas y dientes.

Por un segundo, Hudson se tensó, pero volvió a relajarse igual de rápido, gimiendo y respondiendo a cada uno de mis gestos con un beso o un arañazo.

Me tumbé a lo largo de los asientos traseros y disfruté de sus besos ardientes y de su mano subiéndome por el muslo. Sí, eso era lo que quería.

Metí la mano en el bolso y cogí el Vórtice.

En lugar de usar la succión como el Satisfyer o las vibraciones como un vibrador de conejito, este era un simple mango terminado en lo que parecía la parte superior de un peón de ajedrez.

Rotaba a diferentes velocidades, controlado por unos botones sencillos y discretos a un lado del juguete.

El sexo y el corazón me palpitaban por lo que estaba por venir.

No quería preliminares. No quería miradas largas ni tonteo.

Quería que me usara. Que me redujera a sexo y a nada más para no tener que pensar en la chirriante maquinaria de gestión de conflictos que amenazaba con alcanzar un estado crítico en lo más hondo de mis entrañas.

—Quiero que uses esto conmigo . Y que me folles —le ordené—. Fuerte y rápido, como si no te importase una mierda. Fóllame hasta que sea incapaz de formar un pensamiento coherente. Venga, sácatela.

Se quedó inmóvil sobre mí y se apartó un poco. Después de ponerle el juguete en la mano, aproveché la ocasión para quitarme el vestido por la cabeza de un tirón.

—Pero sí que me importas —dijo.

Entonces fui yo quien se quedó inmóvil. Es cierto que ya me lo había dicho otras veces, pero aquella era la primera vez que lo creía. La primera que significaba algo. Todas las otras veces lo ha­ bía podido achacar a su naturaleza atenta. Le caía bien, vale, como le caía bien todo el mundo.

Sin embargo, ahora me había mostrado sus cartas. Le gustaba de verdad. Más que otra gente. Lo suficiente para arriesgarse a caer mal si eso significaba defenderme.

Me aterrorizaba.

—Bueno , pues haz como si no.

Me observó con una expresión suspicaz, pero se llevó las manos a la bragueta de todos modos. Estaba empalmadísimo ya, el bulto le tensaba la tela del pantalón.

—¿Por qué?

—Da igual.

—A mí no .

¿En serio? ¿Qué clase de hombre hacía preguntas cuando una tía buena en sujetador y zapatillas de lona le pedía que le diera hasta dejarla tonta?

—¿Ahora quieres hablar de tus sentimientos? —le pregunté.

—Solo si tú quieres hablar de los tuyos.

Otra evasiva. En cualquier otra situación lo habría presionado. Le habría dicho que tenía que decirme la verdad y no lo que pensaba que yo quería oír.

Pero me había dado lo que deseaba: permiso para dejar de hablar, pensar y sentir. De modo que fui egoísta y lo aproveché.

—A la mierda. Lo que quiero es tenerte dentro, así que calla y fóllame.

Volvimos a abalanzarnos el uno sobre el otro, nuestros cuerpos colisionaron con una energía bruta, salvaje .

Él fue brusco conmigo y yo lo fui con él , tirando de la ropa y mordiéndole la piel.

Me restregué con fuerza contra su erección, desesperada.

Él respondió apartándome las bragas a un lado para poder explorar mis pliegues con los dedos, que enseguida quedaron empapados.

—Joder, Scout —suspiró—. Qué m…

Se acercaba peligrosamente a hacerme un cumplido. No quería oírlo.

—¿Vas a follarme o no?

Hudson, que no quiso perder ni un momento sin notar lo estrecha y mojada que estaba, se colocó en mi abertura y me llevó el Vórtice al clítoris.

Me la metió de un empujón . Yo grité. Vale, sí que podía follarme fuerte. Y lo hacía de maravilla.

Pero no era suficiente. Los pensamientos intrusivos golpeaban las puertas de mi mente pidiendo que los dejase entrar y estropearlo todo.

Y, por muy salvaje que se volviera mi cuerpo, Hudson no lo correspondía, sino que me lo hacía con brusquedad, pero con mesura, y usaba el Vórtice en mi clítoris de un modo igualmente exasperante.

—Más —dije con voz ahogada.

Él hizo justo lo contrario y bajó un poco el ritmo.

—Te haré daño.

—Quiero que me hagas daño.

¿Dónde estaba el capullo engreído que me había dado un cachetazo en el culo el otro día ? Aquello había sido una travesura, pero yo quería más. Lo quería más hondo, más duro, quería ver las estrellas en lugar de mis fracasos.

—Nunca has querido eso —dijo con precaución—. Al menos no así.

—Pensaba que no íbamos a hablar, sino a follar.

—Pero, Scout…

Hice un movimiento brusco de caderas esperando encender una chispa de rabia o de frustración sexual que lo metiese en la misma espiral en la que había caído yo.

—Más fuerte.

Frenó en seco . Yo respondí moviéndome con furia, metiéndome su polla mientras el Vórtice hacía milagros en mi clítoris. Cerca. Estaba muy cerca .

Pero aquello no era lo que quería. No quería sentir sus manos suaves y generosas sobre mí mientras yo llegaba al orgasmo. Quería que él me dominara. Que me llenara la cabeza de tanto sexo y deseo que no hubiera espacio para nada más.

—Creo que no quiero seguir, Scout —susurró colocándome las manos en las caderas para detener el movimiento—. Con el sexo, digo. Con este sexo. Y creo que tú tampoco quieres.

Le lancé una mirada salvaje y desesperada. Mi interior estaba de acuerdo con él, no quería aquel tipo de sexo. Yo siempre tenía ganas de Hudson , pero ahora no buscaba el placer ni intentaba conectar con él. Estaba intentando hacer justo lo contrario: interponer el sexo entre nosotros.

Al cabo de un momento, musitó :

—Cosmos.

Nuestra palabra de seguridad me arrolló como una explosión sónica. Me quedé rígida. Inmóvil. Avergonzada. Con un enorme conflicto interno.

Con un clic, el Vórtice desfalleció sobre mi clítoris . Él salió de mí y ese vacío repentino, junto con su mirada alzándose imponente ante mis ojos, liberó todo lo que había estado intentando esconder aquellos últimos minutos.

El sistema límbico de mi cerebro se disparó y eso irritó mis glándulas lagrimales.

En pocas palabras, las lágrimas se acumularon sobre mis párpados inferiores. Estaba al borde del llanto cuando Hudson se quitó de encima y se colocó al otro lado de los asientos traseros. Yo encogí las piernas imitando su postura para darle espacio.

—Me has dicho que sea sincero sobre lo que quiero y lo que no, así que ahí va: no quiero acostarme contigo si es así .

—¿Así cómo? —pregunté sin dejar de hacerme la tonta.

—No quiero que me uses, Scout. Y no quiero usarte.

Tragué con dificultad. Parpadeé para contener las lágrimas. Inhalé temblorosa. Él se dio prisa por seguir hablando:

—Lo siento si no es lo que debería haber dicho. Entenderé que no quieras …

—No —dije yo, interrumpiendo su intento de dar explicaciones porque se sentía inseguro—. Es justo lo que tenías que decir . Es la verdad. Siempre deberías sentirte seguro diciéndome la verdad , siendo quien eres.

Y lo más loco de todo era que estaba siendo sincera. Pensaba todas y cada una de esas palabras. Quería ser la persona a quien él le confiase su verdadero yo. En un mundo lleno de gente que lo único que quería era gustar, quería ser la persona a la que él nunca le preocupase decepcionar.

—No voy a salir corriendo si tú tampoco te quieres ir —le dije intentando tranquilizarlo.

—Estaré aquí mientras tú me quieras a tu lado, Scout.

Mi risa cortó la tensión entre nosotros.

—No te preocupes, no me cobraré esa promesa más adelan te. Te librarás de mí en cuanto se te termine el contrato. No ten drás que volver a ver nunca a las joyitas que me han tocado por padres.

—¿Por qué dejas que te traten así?

—No todos podemos encantarle a todo el mundo, señor Bailey.

Negó con la cabeza .

—Esta noche no es que haya sido precisamente encantador. Me han dejado roto con esa forma de hablarte. ¿Cómo lo aguantas?

Cualquier otra noche, en cualquier otra circunstancia, con cualquier otra persona, habría dado alguna excusa de mierda como que eran mis padres, que honrarás a tu padre y a tu madre y esas cosas.

Pero Hudson, el que siempre quería gustar a los demás, se había protegido a sí mismo y había puesto fin a un sexo malísimo a pesar de cuánto decía que lo deseaba yo. Y para mí era muy valioso que confiara lo suficiente en mí para hacerme saber qué necesitaba, algo que no hacía con nadie más.

Su actitud me daba a entender que le importaba. Y que le importaba aquella relación, fuera lo que fuese.

Y eso me asustaba.

—No lo sé —respondí—. Supongo que estoy acostumbrada.

—Espero que conmigo nunca te sientas así , Scout. Quiero tratarte mejor. Quiero demostrarte que las personas pueden tratarte mejor. ¿Tú también quieres eso?

Parecía una proposición que iba más allá del sexo.

Eso todavía me asustaba más .

Joder, tendría que dejarlo antes de que fuésemos demasiado en serio.

No pasaba nada. Tenía un método infalible para asegurarme de que Hudson no quisiera saber nada de mí nunca más .

—¿Me llevas a casa? —le pedí.

—Ah. Eh… Sí.

El modo en el que jugueteó con los puños del jersey me dijo todo lo que necesitaba saber. Pensaba que lo estaba dejando tirado. Rectifiqué.

—Perdona, quiero decir si vienes conmigo a mi casa.

Incluso en la penumbra del coche, vi cómo se le reflejaba el alivio en la cara. Me impactó. Tenía miedo de decir algo que no debía, de hacer algo que no debía, y perderme.

—Claro, sí.

Se me rompió un poco el corazón por él, porque quería seguir conmigo y en unos minutos comprendería por qué no debía.

Por qué no podía.