Buenas vibras 26. Buena comida
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26. Buena comida

Buena comida

—E ntonces, ¿viste los despidos masivos en el sector tecnológico después de la pandemia y decidiste vender tu empresa?

No me mires así. Había intentado que Hudson se desdijera de venir a la cena. Le había dicho que se arrepentiría de la decis ión de perder una noche entera con mis padres.

No me había hecho caso.

Lo cual era tan enternecedor como estúpido. Y, aunque intentaba creerlo cuando me aseguraba que quería apoyarme, eso también me preocupaba, dada su propensión a dejar de lado sus propias emociones y necesidades por los demás.

—A decir verdad, señora Porter, la venta de mi empresa me dejó en una situación en la que trabajar no es una necesidad. Por eso trabajo de consultor. Me da más control sobre lo que hago y los proyectos que asumo.

El Mazziano’s era un restaurante italiano a la vieja usanza en las profundidades de un sótano del centro de Dallas.

La decoración estaba entre un decorado de Uno de los nuestros y un Pizza Hut antiguo, con candelabros de cristal rojo, sillones de polipiel y copas de vino que siempre estaban algo manchadas por el pintalabios de la última persona que lo había usado.

En un rincón había una máquina de discos en la que sonaban las seis peores canciones de Frank Sinatra en un bucle infinito, cosa que hacía que el restaurante tuviera la repetitiva banda sonora de una atracción de feria.

Además, yo solo iba allí con mis padres, toda arreglada para pasar su inspección y su juicio, por lo que, aunque hubiera sido el mejor restaurante del mundo con una comida italiana que le encantase hasta al papa de Roma, para mí siempre estaría maldito.

Y aquel día lo estaba todavía más, porque no era solo el escenario de mi humillación, sino también de la de Hudson.

—Si no lo necesitas, ¿para qué trabajas, entonces? —hurgó mi madre.

Hudson se limitó a seguir cortando su pollo parmesano.

—Me gusta. Me gusta estar ocupado. Me gusta ayudar.

Mi madre puso los ojos en blanco.

—Qué pérdida de tiempo. Scout, deja de comer pan, ya sabes que en esta familia el pan va directo a los michelines.

Yo era como el perro de Pavlov. Dejé el pan de inmediato.

—Es que me parece curioso —dijo mi padre después de terminarse la copa de vino tinto de la botella de doscientos dólares que había pedido y que tendría que pagar yo—. Si puedes hacer cualquier cosa y trabajar de lo que sea, ¿por qué eliges los juguetes sexuales?

Un camarero que pasaba cerca se trastabilló al oírlo, pero consiguió reponerse. Hudson ni se inmutó. En lugar de eso, cogió un trozo de pan del cesto con sutileza y me lo dejó en el plato.

—Es un sector interesante. No sabía nada sobre el tema cuan do empecé. No soy parcial a ningún sector, de modo que, cuando empiezo un trabajo nuevo, quiero ir al lugar donde más pueda aprender y ampliar mis habilidades.

—Pero es un trabajo ridículo, ¿ no? Nosotros le decimos a la gente que Scout trabaja con chips para ordenadores.

No debería haberme sorprendido. Pues claro que no le contaban a la gente que su hija superdotada increíble trabajaba en la industria del placer personal. Aun así, señalé:

—No soy de esa clase de ingenieros, mamá.

— Lo sabemos, pero ellos no. Así no tenemos que responder preguntas humillantes sobre tu trabajo.

Humillantes. Yo era humillante. De pronto, no se me antojaba ni el pan.

—Ya, lo entiendo.

—Yo no —dijo Hudson, dejándome muerta. Él nunca le llevaba la contraria a nadie.

Al menos no de forma tan directa—. Y no me parece que haya nada ridículo en este trabajo.

¿Saben el bien que le hace a la gente el trabajo de Scout?

¿Alguna vez se han molestado en preguntarle?

Ayuda a las personas a crear relaciones sanas con su sexualidad y con su pareja.

Ha hecho feliz a más gente que el resto de las personas de esta mesa juntos. Seguramente mil veces más.

Mi padre se rio con desprecio.

—Hijo, no hace falta que le dores la píldora a nuestra hija. Somos muy realistas acerca de su futuro y su profesión. Tú piensa en tu propia trayectoria profesional. ¿Pondrás esta pequeña incursión en la industria del placer personal en tu currículum?

—¿Que he trabajado con la doctora Scout Porter, una de las ingenieras con más talento del país? —Me dio un toquecito con el codo—. Les aseguro que eso irá directo al currículum.

—Cariño, déjalo —reprendió mi madre a mi padre—. Es evidente que solo se está acostando con ella para su beneficio profesional. Déjalo hacerle la pelota si cree que eso lo ayudará.

—¡ Mamá!

No fue una gran protesta, pero fue todo lo que fui capaz de decir. No solo porque no me podía creer que pensara eso de Hudson, sino porque no me podía creer que me subestimase de esa manera.

—Es mejor que te enteres ahora y no más tarde, Scout — dijo ella con frivolidad—, y sé que nunca le ibas a preguntar por ello porque no quieres saber la respuesta.

— No soy su jefa —señalé con docilidad, como si decirlo en voz baja fuera a frenar su enfado por que yo la cuestionase—. No tengo ningún poder para contratarlo, despedirlo ni ascenderlo. Acostarse conmigo no le reportaría ningún beneficio.

—Pero Clara y tú sois amigas. Seguro que él lo sabe.

— Clara ni siquiera sabe que estamos juntos —dije. No le expliqué el motivo, que me daba miedo fracasar ante ella—. Estamos siendo muy discretos.

—Ah, sí —rugió mi madre mientras se le formaban arrugas en el rabillo de los ojos—, eso que tan bien te fue la última vez.

«Respira… Respira…».

—Esto es diferente.

—¿Cómo puedes estar tan segura? ¿De verdad crees que alguien como tú puede hacerse cargo de esas decisiones, Scout?

—¿Por qué la menosprecian tanto? —saltó Hudson con el tono más duro que había usado en toda la noche.

No era Hudson, el amable hombre de mundo. No era el yerno perfecto. Mi padre se quedó perplejo.

—¿ Disculpa?

—Piensan que la única razón por la que me acostaría con su hija es para conseguir algo a cambio, que ese es el único motivo por el que alguien se acostaría con ella.

—No hemos dicho eso —dijo mi madre para protegerse.

—No, pero es lo que han insinuado, y a mí me parece tremendamente ofensivo.

—¿Vas a dejar que les hable así a tus padres?

Todos se volvieron hacia mí. Noté el peso de su atención, pero, en lugar de contestar, comí un poco de mi piccatta de ternera. Al fin y al cabo, la respuesta de mi padre no había sido negarlo, sino esquivar la acusación.

Sí que pensaban que era lo bastante estúpida e ilusa como para dejarme usar así.

Para ellos, mi cerebro y mi corazón estaban pro fundamente estropeados.

Era inteligente en un sentido académi co, pero incapaz de encargarme de mis propios asuntos.

Lo había sido desde niña, se había confirmado con la terrible debacle de Lloyd Exeter y reafirmado cada vez que hablaban conmigo.

Y tenían razón. Era incapaz de gestionar nada excepto los proyectos de ingeniería. Por eso llevaba tanto tiempo encerrada en mí misma. Incluso en aquel momento era incapaz de defendernos a mí y a Hudson.

Era como si llevara la palabra «fracaso» tatuada en la frente.

Tras un momento de silencio por mi parte, Hudson suspiró.

—Lo siento, no pretendía ofenderles, pero, para serles totalmente sincero, me importa una mierda lo que piensen y lo que tengan que decir. Yo me debo a Scout y, ahora mismo, la están tratando muy mal. No pienso aguantarlo.

Mi madre soltó una risita.

— Si no te gusta cómo le hablamos a nuestra hija, puedes marcharte.

—Lo que ocurre, señora, es que no puedo. Porque, por algún motivo que desconozco, Scout les hace caso y ella me importa demasiado para dejarla en compañía de dos personas que van a destrozarla.

La mirada de mis padres atravesó la cortina de pelo que tenía ante la cara e hizo que las mejillas se me pusieran rojas como tomates, pero no levanté la vista.

Al final, mi madre lanzó la servilleta encima de la mesa y se puso de pie.

—Muy bien; en ese caso, nos iremos nosotros.

Recogieron sus cosas en silencio, pero, antes de que se marcharan, Hudson los detuvo.

—Siento pena por ustedes.

Mis padres se quedaron quietos. Él levantó la copa hacia ellos, celebrando su partida.

—Han tenido a Scout veintiséis años. Y  en esos veintiséis años no han sido capaces de darse cuenta de lo especial que es. No por su inteligencia o las cosas que hace, sino simplemente por quien es. No saben lo que se han perdido.

Mi alma, que se me había caído a los pies y se había ido hundiendo cada vez más con cada segundo que pasaba en presencia de mis padres, de pronto se alzó más ligera. No solo por gustarle a Hudson, eso ya lo sabía. Y tampoco porque me hubiera defendido ante mis padres, aunque eso ayudaba.

Fue porque había reconocido lo que yo nunca había tenido fuerza para expresar.

Era una persona. No era las notas que sacaba, ni mis títulos, ni el trabajo que llevaba a cabo. Era una persona y mis padres nunca me habían conocido.

Reuní el valor para levantar la mirada y vi a mi madre fruncir los labios. Se tiró de las solapas de la chaqueta. Llevó la mirada llena de repugnancia de la cara de Hudson a la mía.

— Ya hablaremos de esto, Scout.

Y ambos desaparecieron y nos dejaron con Frank Sinatra, media botella de vino y la cuenta.

Hudson y yo terminamos de cenar en una calma relativa. El ambiente estaba muy tenso, no por mi parte, sino por la suya. Prácticamente irradiaba rabia después de la interacción con mis padres, y yo no sabía cómo atravesarla.

Una vez que estuvimos fuera, fuimos andando hasta su coche, que estaba aparcado al final de un aparcamiento casi vacío, debajo de un árbol alto que nos daba cierta privacidad.

Ese lugar me había parecido casi romántico en el momento de la puesta de sol.

Ahora, sus brazos fractales dibujaban sombras venosas sobre el hermoso rostro de Hudson.

En lugar de subir al coche, se quedó fuera vacilante, debatiendo consigo mismo. Al final, me preguntó:

—¿Quieres que hablemos de lo que acaba de pasar?

—Te pido perdón por lo de mis padres…

Para mi sorpresa, hizo una mueca.

—¿«Perdón»? ¿Por qué deberías disculparte? A la que han tratado fatal es a ti.

Desde que lo conocía, había aprendido que a veces la ternura era incluso más dolorosa que la crueldad. Nadie había cuestionado nunca cómo me trataban mis padres, y mucho menos se había indignado por ello.

Pero no podía centrarme demasiado en eso. Desvié la conversación hacia un terreno más seguro:

— No tendría que haber dejado que te hablaran así.

—No hablamos de mí, Scout. Hablamos de ti. ¿Cómo puedes dejar que te traten así a ti?

—Son mis padres —dije, como si eso explicara algo.

No explicaba nada. Yo lo sabía. Él también. Y lo peor de todo es que ambos sabíamos qué era lo que no estaba diciendo.

Que estaba de acuerdo con ellos. Que no confiaba en mí misma. Y que no debía confiar. No podía.

Jugueteó con sus gafas.

—Mira, te pido disculpas por haber hecho que la situación te resultara incómoda. De verdad. No me gusta nada… Bueno, ya lo sabes, no me gusta nada hacer sentir mal a la gente.

—No pasa nada. Solo me sabe mal que hayas tenido que romper tu racha perfecta de caerle bien a todo el mundo.

—Scout. Necesito que lo entiendas. —Me miró con una expresión feroz, con los labios apretadísimos. Dio un paso adelante, dejándome atrapada entre su cuerpo y el coche. Era lo más sexy que había visto nunca—. No pienso disculparme con ellos. Y me la suda si les caigo bien o no.

Hubo un movimiento sísmico entre nosotros.

Aquel hombre era intrínsecamente incapaz de no caer bien. Se desvivía por ganarse el afecto de la gente. Incluso en su propio detrimento.

Y lo había tirado todo por la borda solo porque mis padres me estaban haciendo daño.

Yo no sabía qué hacer ante semejante revelación.

De modo que le aparté un rizo de la frente.

— No quiero hablar de ellos. Quiero hablar de lo duro que vas a follarme en este coche ahora mismo.