Buenas vibras 25. Los padres de ella (la chica a la que te estás tirando)
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25. Los padres de ella (la chica a la que te estás tirando)

Los padres de ella

(la chica a la que te estás tirando)

U na parte rabiosa e irracional de mí quería ponerse a gritarle a Hudson.

Por eso no quería hablar de mis padres, como él había intentado hacer el día anterior en el campo de minigolf, porque eran como Bitelchús, pero más poderosos.

No necesitaban que los llamase tres veces.

Solo con pensar en ellos, aparecían de la nada.

Carol Love Porter, «Carrie» para los amigos, era una mujer bajita, delgada y siempre vestida con traje de talla pequeña de las tiendas de ropa para señora.

Llevaba un corte de pelo recto, corto y sencillo, siempre recogido con un gancho de carey a cada lado.

Mi padre, Bill Porter, era el típico hombre blanco alto, de cejas pobladas y el carácter de un gerente de banco disgustado.

Hasta que conseguí el trabajo en GalacticSolutions, mi madre era la recepcionista de la junta escolar local y mi padre era gerente en una pequeña caja de ahorros y préstamos.

Cuando empecé a trabajar para Lloyd, ambos se prejubilaron y empezaron a vivir de mi sueldo (me habían conseguido un trabajo de medio millón de dólares al año a los veinticuatro, se lo debía) y a disfrutar de una vida tranquila y cómoda en la urbanización de un campo de golf de Connecticut.

Cuando me despidieron, am­ bos volvieron a trabajar, pero aceptaron amablemente una parte de mi indemnización para que el trabajo fuera solo a tiempo parcial.

Los quería muchísimo, eran mis padres, pero cada vez que los veía me sentía un fracaso. Y toparme con ellos así, en tales circunstancias, me mandó directa a la casilla de salida. ¿Por qué me estaba esforzando tanto por ampliar mis horizontes otra vez? Mis padres no lo aprobarían.

Plantados en el umbral de la puerta, ninguno de los dos miraba a Hudson. Al parecer, no merecía su atención.

—Scout, ¿no vas a invitarnos a entrar?

—¡Claro! Perdón. Eh… Por favor…

Les hice un gesto para que pasaran y me apreté más la bata. Hudson aprovechó la distracción momentánea para escabullirse a mi habitación. Yo sabía que era solo para vestirse, pero aun así quise susurrarle «traidor» cuando lo vi marcharse.

—Me alegra ver que tienes el piso bien cuidado —dijo mi padre cogiendo la chaqueta que Hudson se había dejado en el sofá la noche anterior de camino al dormitorio.

—No sabía que veníais — respondí. «¿Qué pasa, una no puede dejarse unas cuantas prendas por ahí sin que la traten como a una universitaria desastrada?»—. Habría ordenado un poco.

—Por nosotros no te disculpes — dijo mi madre—, es solo que no me puedo creer que vivas así. ¿Con todo ese dinero de la indemnización no puedes contratar a alguien para que venga a limpiar?

— Buscaré, seguro que encuentro a alguien.

Hudson volvió a salir del dormitorio con un modelito de novio perfecto que consistía en unos vaqueros, una camisa y un jersey. Se puso a mi lado y me rodeó la cintura dándome un ligero apretón. Su contacto me devolvió a la tierra.

— Deberías —continuó mi madre—. Esto es malísimo para la salud mental. Y la suciedad y las migas pueden empezar a acumularse, lo cual hundiría el valor de venta del piso. No es que vayas a venderlo, claro. Estoy segura de que querrás seguir en ese trabajito tuyo todo el tiempo posible…

—Carol —musitó mi padre—, todavía no has dicho ni « hola».

Ella me abrazó. Como siempre, el abrazo fue huesudo y anguloso, como si, de algún modo, mi madre se hubiera perdido todas las clases de cómo establecer contacto humano.

— Hola, cariño.

—Hola, mamá. Hola, papá.

También lo abracé a él, a quien se le daba ligeramente mejor abrazar, pero no demasiado.

De pronto fui consciente del poco contacto físico que había tenido en mi vida. Mis padres eran categóricamente de esos a los que no les gustan los abrazos. Nunca tuve novios ni parejas, ni siquiera rollos de una noche.

Hudson era la única persona que me había abrazado de verdad.

Mi padre debió de reparar en lo rápido que volví al lado de Hudson, porque señaló mi estado de desnudez general.

—Veo que estás ocupada. ¿Investigación para el trabajo?

—Eh, sí… —dije intentando ignorar el desdén que desprendía el tono de mi padre cuando describió los juguetes sexuales como «el trabajo»—. Más o menos, pero no es nada importante. Solo es… Eh…

—Hudson Bailey. Su novio.

Hudson les dedicó una sonrisa radiante que iba a juego con su modelito perfecto para conocer a los suegros, dio un paso adelante con seguridad y les tendió la mano como si fuera lo más natural del mundo.

—«Su novio» —repitió mi madre. Parecía tan escéptica como me sentía yo.

Él no dejó que su disposición flaquease ni por un segundo.

—Es algo nuevo.

«Y que lo digas».

Ninguno de los dos se acercó para aceptar el apretón de manos y yo quise que me tragase la tierra. Él se retiró un poco, alejándose del muro de indiferencia que ambos proyectaban.

—Pero sí, encantado de conocerlos. Scout habla mucho de ustedes.

Mi madre se volvió hacia mí y el muro de indiferencia se derrumbó y los escombros cayeron alrededor de mi cabeza.

— No nos habías contado nada de esto, Scout.

—Y vosotros no me habíais dicho que vendríais de visita. Si me hubieseis avisado, os habría puesto al día —respondí con lo que pensaba que era un tono tranquilo, pero tendría que haberlo pensado mejor.

Mi padre saltó:

—¿Así es como le hablas a tu madre?

—Lo siento, todavía estoy un poco grogui de…

—¿Te acabas de despertar? —graznó mi madre—. Son casi la ocho.

—Ya. —«Tienes que controlar la situación.

Lo haces con los experimentos y las pruebas constantemente.

Controla las variables». Emulando a Hudson, forcé una sonrisa fingiendo que me alegraba de verlos—.

¿Pero qué hacéis en Dallas? Pensaba que no os vería hasta el OhFest de Nueva York dentro de unos meses.

Mi madre y mi padre se miraron.

— Bueno.

—Bueno.

Y entonces lo supe: todo aquello era por Lloyd Exeter. El asqueroso solo me traía desgracias.

—Tu padre y yo leímos algunos rumores por internet sobre quien tú sabes y nos preocupamos.

—Es muy amable por vuestra parte… —dije apretando la mandíbula. No iban a colármela. Necesitaba sacarlos de allí—. Pero la verdad es que estoy bien. No teníais que venir hasta aquí solo…

—Siempre has sido nuestra prioridad. Tu madre y yo sabemos que es un gran cambio. Nos necesitas.

—No te avisamos porque nos habrías dicho que nos quedásemos en casa —me explicó mi madre.

«¡ Ajá!».

—Siempre menosprecias nuestra ayuda, pero, si todo es un desastre —continuó ella, insinuando claramente que yo había provocado otra catástrofe que mis padres me consideraban incapaz de solucionar por mi cuenta—, nos necesitas.

Y la verdad es que yo siempre había pensado de mí misma que era un error hecho de más errores, por eso me esforzaba tantísimo en VibraCorp y me costaba tanto fluir. No quería fallar. No quería sentir que era incapaz de hacer algo que no fueran cálculos y experimentos científicos.

Pero… tal vez eso estaba cambiando. Tal vez me estaba demostrando a mí misma que no estaba tan rota como siempre había creído.

—Vaya…, qué atentos. Muchas gracias por querer cuidarme, pero estoy bien.

Lo estoy procesando. Hudson me ha ayudado mucho.

—Levanté la vista para mirarlo, sorprendida de lo ciertas que eran esas palabras.

Pero, luego, para que no pensasen que, de pronto, una polla mágica me había curado, añadí—: Y mis amigas del trabajo también. Todo el mundo me ha apoyado mucho.

Mi madre le lanzó una mirada fugaz a Hudson.

—Hum. Cenas con nosotros esta noche, ¿no? ¿En el Mazziano’s? ¿A la hora de siempre?

—Sí.

Siempre que venían a Dallas cenábamos en el Mazziano’s. A mí aquel lugar no me gustaba nada, pero siempre estaba en minoría. O lo habría estado si me hubieran dejado opinar.

Sin embargo, esa vez lo diferente fue la lista de invitados.

—Os esperamos a los dos allí —añadió con firmeza.

«No. No, no, no». Lo último que quería era obligar a Hudson a soportar una cena con mis padres.

—Yo puedo ir seguro, pero no sé si Hudson…

—Me encantaría ir —intervino él. Y entonces, con la facilidad y la velocidad que solo había visto en los mejores gerentes de un hotel, llevó a cabo una proeza que yo nunca había logrado: los sacó de mi casa sin que se enfadasen—.

No me lo perdería por nada del mundo. Bueno, cuídense mucho.

No se diviertan demasiado visitando la ciudad.

Seguro que tienen pensadas mil cosas que hacer por aquí.

No queremos retrasarles ni un segundo. Sí, me he alegrado mucho de verlos.

Qué ganas de la hora de la cena. Ajá, ¡nos vemos luego!

Mis padres desaparecieron al otro lado de la puerta principal cuando la cerró.

El silencio que vino a continuación fue un milagro.

Nadie levantó la voz ni usó un tono condescendiente ni me dijo «¿Así es como les hablas a tus padres?

». Solo estaba Hudson mirándome anonadado desde la otra punta de la sala con el aspecto de estar más cansado de lo que lo había visto nunca.

—Son… — Los ojos se le volvieron calculadoras que procesaban supuestos para ver cuál sería menos hiriente—. Intensos, ¿no?

El eufemismo del siglo. Pero a mí me interesaba más él. Me había quitado a mis padres de encima.

—Pues como tú, «novio».

— Perdona, he pensado que sonaba mejor que amigos con derecho a roce.

Recorrió el salón con tres zancadas. Agachó la cabeza para que nuestras frentes se tocaran. Yo lo abracé con fuerza.

—No tenías por qué hacerlo. No tenías por qué acceder a cenar con ellos solo porque ella lo haya exigido —le dije—. O porque pensaras que me haría sentir mejor.

—Sé que crees que soy un tío sin voluntad que haría cualquier cosa que le dijera una chica guapa —bromeó él evitando contestar a mi argumento general de que le ponía buena cara a todo el mundo y no solo a mí—, pero no es cierto. A veces lo que quiero es hacer las cosas específicamente por ti.

— Es solo que me parece mucho esfuerzo —musité—, para un follamigo.

Se le tensaron los hombros y me apretó un poco más con los brazos.

—Follamigo o no, quiero que te quede claro: preocuparme por ti no es ninguna carga.

Enterré la cara en su hombro.

—Eres la primera persona del mundo que piensa eso.