24. Palo de golfa
Palo de golfa
D ado lo relativamente expuestos que estábamos, desnudarnos no era una opción.
De modo que nos atacamos a besos y nuestras manos fueron directas a la fuente del placer del otro.
Yo forcejeé con su cinturón desesperada por liberar su polla, ya durísima.
Él hizo lo mismo conmigo, levantándome el vestido y dejando al descubierto unas bragas de algodón muy del montón.
Solo podía pensar en que me tocara, y por la velocidad con la que me bajó las bragas, supe que él estaba igual.
Me dio la vuelta con brusquedad. Me dejó con las manos contra la pared llena de estrellas, la espalda arqueada y las tetas suplicando ser acariciadas . Y, con un toque en el tobillo, también me hizo abrir las piernas.
Tenía el sexo expuesto y abierto. El flujo me mojaba los muslos. Y, si alguien pasaba por allí, me vería así, total y desesperadamente a su merced.
Entonces se sacó un preservativo de la cartera y oí el crujido del envoltorio detrás de mí.
Le colocó el condón lubricado al mango de mi palo de golf y me lo llevó a la entrada de la vagina.
El dildo improvisado esperó paciente ante mi coño mojado.
Con la goma suave del mango cubierta por el preservativo, era inofensivo… pero excitante.
—¿Estás lista? —preguntó él—. Dime lo que quieres. Deja que te dé lo que quieres, Scout.
Asentí mordiéndome con fuerza el labio inferior.
—Quiero sentirme sucia.
Me agarró de una teta y aprovechó para meterme el palo con fuerza de una vez.
Grité, pero no de dolor, sino de sorpresa.
Debió de notar la diferencia, porque siguió penetrándome con el palo con tanta intensidad que el ruido de mi humedad resonó sobre nosotros, reforzando cada brusca intrusión a mi estrecho interior.
—Te gusta, ¿eh? ¿Te gusta que te ponga contra la pared y te use? — me preguntó respirando sobre mi espalda y sin bajar el ritmo en ningún momento.
—Sí.
—Cualquiera podría entrar aquí y ver cómo te follan. Qué guarra eres, ¿no? ¿Quieres que te vean? ¿Quieres que la gente vea que tienes tantas ganas de polla que te metes cualquier cosa?
Me mordí el labio para sofocar los gemidos. Dios, qué gusto. Decidí entrar en el juego de chica buena que se porta mal.
—No…
Él empezó a tocarse. El líquido preseminal me mojó la espalda.
—Yo creo que sí. Creo que quieres que alguien vea lo que te hago, que te vea gimiendo para mí.
Suplicándome. Igual hasta se saca la polla y se toca mirándote.
O se mete la mano por debajo de la falda y se acaricia mientras ve cómo te follo.
¿Eso te gusta? ¿Te gustaría que alguien se corriera viendo cómo tu coño deja empapado este juguetito nuestro?
Sentía que las embestidas perdían el ritmo. Iba a correrse pronto mientras me follaba con un palo de golf. Me tensé en torno a él, deseosa de disfrutarlo todo lo que pudiese.
—No puedo…
Todo mi ser me decía que me tocase. Incluso llevaba dos minivibradores en el bolso que pedían a gritos ser usados.
El problema era que resultaba imposible hacerlo sin perder el apoyo en la pared, de modo que lo único que podía hacer era devolverle las embestidas al cuerpo extraño que me penetraba.
Disfrutar de su turgencia dentro de mí acariciándome el punto G con cada movimiento de Hudson.
Era una tortura. Era una delicia. Lo era todo.
—Pruebas un poco de polla y te vuelves una guarra, ¿no? No puedes parar aunque eso suponga tener que usar esto para correrte.
—Sí. Sí. Soy una guarra…
Su orgasmo llegó deprisa, intenso. Su grito de placer sonó con tanta fuerza contra las paredes curvadas y cavernosas que me pitaron los oídos con la fuerza del eco.
Gimió mi nombre mientras su corrida me azotaba la piel desnuda. Mi clítoris henchido palpitó con el deseo frustrado de correrme yo.
Sin embargo, de algún modo, el hecho de no haberme corrido hacía que la experiencia fuera aún más sexy. Más sucia. Me había marcado y me había dejado el coño expectante y suplicante de recuerdo.
A medida que el orgasmo se fue apagando, la mano de Hudson y el palo de golf se detuvieron.
Ni de coña. Empecé a mover el culo, follándome el palo yo sola mientras él lo sujetaba con firmeza.
Una y otra vez, me golpeó el punto G y, cuando Hudson dedicó los esfuerzos de la mano que tenía libre a mi clítoris, supe que estaba acabada.
Mis gritos llenaron la nave espacial. El sexo se me contrajo en torno al palo de golf que tenía metido hasta el fondo. Y vi las estrellas cuando el orgasmo me arrolló con la fuerza de mil erupciones solares.
Una vez que volví a la tierra, Hudson me sacó nuestro juguete improvisado y me abrazó con fuerza contra su pecho, pero, cuando me separé de él al cabo de un rato, seguía sensible. Cada roce de mis muslos mandaba otra debilitante réplica de aquel terremoto por mi cuerpo.
Acalorada, me subí las bragas desde donde descansaban a la altura de mis tobillos.
—¿Quieres limpiarte? —me preguntó Hudson señalando el semen que tenía en el culo. Él se guardó la polla mojada sin más ceremonia.
—Da un poco de morbo, ¿no? Salir de aquí pegajosa de ti…
Con las bragas mojadas aferrándoseme a la piel, me recoloqué la ropa. Que la dueña supiera que habíamos estado follando no significaba que tuviera que parecérselo.
—¿Te ha gustado? —me preguntó.
—Has sido muy sexy. Y, para ser la primera vez que usabas un dildo con alguien, has estado increíble.
—La suerte del principiante. Esperemos que me des muchas más oportunidades de practicar.
Levanté un lado de la boca en una sonrisa poco entusiasta.
—No te preocupes, sigo dispuesta a entrenarte para tus futuras novias.
Él me cogió la barbilla con la mano tan deprisa que me mareé.
—Scout.
—¿Mmm?
—No quiero pensar en otras mujeres cuando estoy contigo, ¿vale?
Eso no debería haber hecho que me derritiese, pero así fue .
—Trato hecho.
¿Qué fue lo primero que vi a la mañana siguiente cuando abrí los ojos?
Una taza de chocolate caliente todavía humeante, el último número de Popular Science y un bagel de semillas y ajo en polvo del Bernie’s con ensaladilla de queso de untar.
Se había acordado. Se había acordado de mi cita perfecta. Y, después de lo de la tarde anterior, cuando le dije que sentía que nunca tendría esa cita, que no era la chica a quien le pasan ese tipo de cosas, me la había servido en bandeja.
La puerta del baño se abrió de golpe y Hudson salió radiante, con el pelo mojado y tapado solo con una toalla.
—Perdona —me dijo agachando la cabeza—. Suelo levantarme pronto. No te he despertado, ¿no?
—Yo normalmente también. Durante veintiséis años me he despertado a las cinco y media como un reloj. Y, de repente, pruebo un poco el sexo y ni me reconozco. Durmiendo hasta tarde, haciendo amigas, teniendo citas, pidiéndoles a los chicos que suban a mi casa a tomarse una copa…
—Ya sabes lo que dicen: el follar te cambia.
—Pensaba que era « el amor te cambia».
—Lo mismo es.
Me reí y tiré de las sábanas, tímida al estar hablando de pronto de amor. Menuda metedura de pata. No volvería a pasar.
— Gracias por el desayuno —le dije más tardé, cuando consiguió hacerme salir de debajo del edredón—. Te has acordado.
—No es nada.
Al incorporarme, las sábanas cayeron y me dejaron el pecho al descubierto. La mirada de Hudson se paseó por él.
Seguro que fue todo un show, dado que al cabo de diez segundos le di un bocado al bagel y me llené el cuerpo de partículas de ajo en polvo.
—Tienes buena memoria —le dije mientras masticaba.
Cruzó la habitación sin prisa y rebuscó dentro de la bolsa de viaje que había traído discretamente por la noche, cuando habíamos subido a mi piso a tomar algo.
—La verdad es que tengo una memoria malísima.
Me resulta imposible recordar las fechas de entrega, las reuniones por videollamada, el número del carnet de la biblioteca…
Pero es algo sobre mí mismo que aprendí hace años, así que ahora me lo apunto todo en la app de notas.
Mi agenda está pautada al minuto. Y, cuando conozco a alguien que me gusta, me anoto las cosas para poder recordarlas.
—«Le gustan los bagels de semillas y ajo en polvo con ensaladilla de queso de untar» —dije.
Puede que también hubiera anotado el comentario que le hice de pasada durante nuestro pequeño experimento sobre fetiches y por eso me había follado bien guarro contra la pared de una nave espacial en un campo de minigolf.
—Y que no se te olvide el postre: bagel de arándanos con mantequilla.
Señaló una bolsa de papel marrón que había en la mesita de noche en la que yo no había reparado antes. Me palpitó el corazón.
—Pero también apunto otras cosas. Si alguien me dice cuándo es su cumpleaños o me habla de una película que tengo que ver o me dice de qué equipo de béisbol es, lo anoto.
Así estoy pendiente de las amistades. —Fue bajando por la app de notas y la luz de la pantalla iluminó su preciosa cara—.
Por ejemplo, Terrence es un mago de nivel 82 en World of Warcraft .
Parece ser que la madre de Addie prepara los mejores momos con chili del mundo.
El equipo de fútbol de Clara en Inglaterra es el Tottenham.
Esta vida es muy puta y es fácil sentirse solo o desesperanzado, como si el resto del mundo se hubiera olvidado de ti.
Y yo no quiero que nadie se sienta así, si puedo evitarlo.
Siempre quiero que la gente se sienta cómoda. Comprendida. Cuidada.
Se le fue apagando la voz. El peso de sus palabras cargó el ambiente como si fuera una nube de tormenta. No había pensado que Hudson fuera una persona frívola ni por asomo, pero todo aquello le añadía una profundidad inesperada a su carácter.
Me gustaba esa profundidad. No era solo un chico despreocupado con personalidad de cachorrito. Su amabilidad era muy deliberada. Sabía que no era perfecto, quería mejorar y había encontrado la manera de tratar bien a las personas.
Eso hacía que todavía me gustara más, lo cual se estaba convirtiendo en un fenómeno recurrente… y en un problema enorme. «Él se va cuando se le termine el contrato y tú no tienes el tiempo, la capacidad ni la experiencia necesarios para mantener una relación».
Y me preocupaba también otra cosa.
Se había negado a elegir la cena la primera vez que queda mos.
Se había negado incluso a darme su opinión.
Se había negado a decirme si creía que le gustaría usar el arnés o si no.
Nunca tomaba la iniciativa en nada. Siempre quería hacer lo que yo quisiera.
Había apoquinado una cantidad de dinero importante para alquilar un campo de minigolf entero para que pudiéramos follar allí y había comprado el palito torcido que habíamos usado de dildo.
Todo para hacerme feliz.
¿Había alguien que hiciera lo mismo por él?
Y, teniendo en cuenta lo que me había dicho acerca de no querer que la gente se le acercase demasiado, ¿lo aceptaría en el caso de que alguien lo hiciera?
—Me dijiste que tenías miedo de no gustarle a la gente si llegaban a conocerte, Hudson, pero ha pasado justo lo contrario.
No pudo seguir sosteniéndome la mirada. Yo deshinché aquel momento íntimo del único modo que sabía: con un humor malísimo.
—Quieres que la gente se sienta cómoda, comprendida y cuidada. Las tres ces . Cuatro si añadimos «con tu polla dentro».
Un expresión hambrienta pero divertida se apoderó de su rostro. Por instinto, tiré el bagel a un lado. Hudson se acercó despacio a la cama y fue subiendo por mi cuerpo hasta que no tuve más remedio que tumbarme debajo de él. Me rozó la nariz con la suya.
—Solo hay una persona que quiero con mi polla dentro ahora mismo, y eres tú.
—Bueno —dije empujándole la cabeza hacia abajo en dirección a mi coño anhelante—, ¿por qué no empiezas por comprenderme y cuidarme primero?
—Será un placer.
No. El placer sería mío. Me separó las piernas y me besó el muslo izquierdo. Luego el derecho. Se tomó su tiempo. Pasó la nariz por mis pliegues. Inhalándome profundamente.
Me aferré a las sábanas. No quería jueguecitos. Quería su boca en mi clítoris y un dildo metido hasta dentro. Quería correr me. Quería que él me hiciera correrme…
Y entonces alguien llamó a la puerta.
No, no llamó, la aporreó.
Los dos nos quedamos quietos.
—¿El casero? —dijo Hudson respirando sobre mis labios.
— Seguro que no, el piso es mío.
Me restregué contra él buscando fricción; quería que su lengua me separase los labios y le dedicase a mi clítoris la atención que se merecía.
En lugar de eso, volvieron los golpes.
Hudson levantó la cabeza. Yo le cogí la mano y la puse sobre mi coño expectante, tratando de tentarlo. No hubo suerte.
—Tal vez deberías ir a ver quién es. Podrían ser las Girl Scouts.
—La temporada de venta de galletas de las Girl Scouts no empieza hasta dentro de tres meses —solté—. No digas tonterías.
—Me encanta que sepas eso.
— Para mí es muchísimo más importante que la Navidad. Uf, no me apetece abrir la puerta ahora mismo. Olvídalo.
Fui bajando la mano hacia el nudo de la toalla que evitaba que estuviera completamente desnudo. Se quejó y se movió para quedar fuera de mi alcance.
—Vale, iré yo a abrir —dijo.
Me plantó un beso en la frente.
—Gracias — refunfuñé, sin sentirme especialmente agradecida.
Hudson salió por las puertas francesas entreabiertas con cris tales semiesmerilados de mi dormitorio y desapareció.
Yo recosté la cabeza en la almohada y dejé que se me cerrasen los ojos.
Gra cias al tictac del reloj y al ruido de sus pisadas sobre el suelo de hormigón, podía calcular la longitud de sus pasos, cuántos había dado y cuánto rato tardaría y cuántos tendría que dar para llegar a la puerta principal.
Los cálculos se reprodujeron en mi cabeza como la música que llegaba del balcón de algún vecino, y se dibujaron ante mí en forma de suaves pendientes y cambios de dirección de intimidad silenciosa.
Tenerlo allí me parecía lo más normal del mundo. Que usase mis toallas. Que anduviera por mis suelos.
Que abriera la puerta de mi casa.
—Oh, hola…
—¿Se puede saber quién eres?
La calidez silenciosa de las matemáticas universales quedó hecha añicos ante el sonido de aquella segunda voz.
Nunca en mi vida me había movido tan deprisa. Antes de que Hudson tuviera siquiera un segundo para formular una frase completa y coherente, yo estaba de pie, en bata y saliendo de mi habitación como si huyera del infierno.
Lo cual era absurdo, claro. El infierno no estaba detrás de mí, sino en el umbral de la puerta de mi casa, mirando alternativamente, con una decepción profunda, a aquel hombre medio desnudo y a su hija medio desnuda.
—¡Mamá! ¡Papá! ¿ Qué hacéis aquí?