23. Calentamiento
Calentamiento
A llegar al último agujero ( no pienses mal), yo había hecho siete lanzamientos perfectos y había completado los otros nueve con solo dos golpes.
A Hudson, en cambio, no le iba tan bien, a pesar de lo mucho que se estaba divirtiendo. En el green con temática marciana, con su rover espacial moviéndose para proteger el hoyo, tuvo que dar doce golpes hasta conseguir, por fin, meterla.
Resultó que conseguir el hoyo en uno se le daba de maravilla cuando ese hoyo era el mío, pero no tanto en los demás.
Eso había conllevado que yo obtuviera dieciocho respuestas consecutivas a mis preguntas más acuciantes mientras él se pasaba el rato mirándome desde atrás cuando me agachaba a preparar los golpes.
Se había criado en Kentucky, en una zona rural.
Sus padres se divorciaron cuando tenía cinco años.
Como no tenían a nadie de confianza con quien dejarlo, ambos se lo llevaban a citas con posibles nuevas parejas.
Él no estaba resentido por eso, pero sí que se preguntaba qué efecto había tenido en su desarrollo.
Después del conflicto por la empresa de ciberseguridad que tenía con su novia, vendió su parte y se puso a trabajar por cuenta propia y con contratos por obra para no volver a atarse a un solo puesto nunca más.
(Sobre ese tema, me pregunté brevemente si aquello influía de alguna forma en su rollo de «No quiero que nadie me mire muy de cerca».
¿De verdad no quería un trabajo fijo? ¿O solo lo hacía para poder sobrevivir a un breve periodo en una empresa siendo majo, pero sin profundizar, y marcharse antes de que nadie pudiera conocer al hombre que había detrás de aquella fachada tan simpática?).
Quería un perro, pero con sus horarios como consultor no podía tenerlo. Su centro de operaciones era un diminuto piso en una zona rural de Colorado, pero normalmente, si tenía tiempo entre un trabajo y otro, se iba de viaje en lugar de volver allí.
Le encantaba conducir, las montañas, los barecitos con reseñas cuestionables sobre la limpieza, pero con platos maravillosos, y las galletas con trocitos de patata frita.
Como cambiaba demasiado de ciudad para poder apuntarse a un voluntariado, se pasaba un sábado al mes mirando crowdfundings y hacía donaciones anónimas a proyectos y recaudaciones de fondos aleatorias. Así había mandado a dieciséis bandas de música de instituto a Disney World.
Cuando le pregunté cuál creía que era su mayor fracaso o defecto, supuse que me diría alguna chorrada como «Todo me importa demasiado» o «Lo doy todo por los demás y ellos casi no me devuelven nada»…
Vamos, uno de esos defectos que en realidad son una virtud cubierta de falsa modestia.
En lugar de eso, reconoció por fin mi acusación.
—Nunca lo había tenido por un defecto, pero puede que hayas acertado. Tal vez tengo demasiado miedo y por eso no dejo que nadie se me acerque. Me gusta gustar, pero no sentirme examinado. Queriendo o sin querer, la gente siempre juzga. Me da miedo no estar a la altura.
Su lenguaje corporal me indicó que no se permitían más preguntas sobre el tema en un campo de minigolf. Sin embargo, seguía pareciéndome desconcertante que un hombre que susurraba a las personas, que podía derretir el corazón helado de una ingeniera, tuviera miedo de no gustarle a la gente.
Por respeto a sus límites, no lo presioné más.
No me parecía justo seguir hurgando en una herida que era evidente que toda vía no había cicatrizado.
Pasé a temas más livianos. Averigüé cuál era su comida favorita ( pizza con piña, beicon y salsa picante de miel), su trabajo ideal (ser el perro guardián de un viñedo o el gato que vive en una librería), su lenguaje del amor («Eso es una pseudociencia absurda que venden unos raritos religiosos, pero, dicho eso…
, los halagos»), su mayor logro (haber rehecho su vida después de dejar su empresa), la última lista de reproducción que se había puesto (un recopilatorio marchoso de artistas que solo habían tenido un gran éxito, porque no le gustaba que se olvidara a nadie, ni siquiera a los grupos horteras de los ochenta) y el momento más vergonzoso de su vida («Una vez me cagué encima en un autobús después de que me dieran el alta en el hospital.
Me dieron una medicina que me destrozó la barriga y por aquel entonces era demasiado pobre para pedir un taxi, así que cogí el autobús, pero el trayecto duró demasiado…
¡Oye, no te rías! ¡Tú has sido la que me ha preguntado! »).
También me di cuenta de algo que hacía mucho que sospechaba.
Me encantaba hacerlo reír.
Como en el último hoyo, cuando, riendo, me señaló y exclamó:
—¡Eres una crac del minigolf!
El último hoyo era una nave espacial de un tamaño, una escala y una temática impresionantes, sacado directamente de una película de serie B de los cincuenta.
La puerta de embarque central estaba abierta para que pudiéramos ver el punto al que apun tábamos.
El interior estaba pintado de negro y tenía miles de pegati nas de estrellas que brillaban en la oscuridad.
—Soy matemática —repuse yo.
Resultó que el minigolf era facilísimo, literalmente un juego de niños.
Y todavía más cuando una tenía un máster y dos doctorados en ciencias y matemáticas.
No era más que ángulos, fuerzas, momentos y repasos de arriba abajo a tu cita cuando se agachaba con esos pantalones apretados.
Cuatro cosas que se me daban de maravilla.
—La próxima vez te llevaré a los recreativos y te daré una paliza al Dragon’s Lair .
—Vale, pantallitas, me aseguraré de perder con tanta elegancia como estás perdiendo tú.
Dimos una vuelta alrededor del gran decorado de aquel último green , tomándonos nuestro tiempo antes de dar los golpes finales. Tal vez por lo increíble que era aquella escena de la era espacial escondida en una urbanización o tal vez porque ninguno de los dos quería que la cita terminara.
—No está tan mal lo de hablarme de ti, ¿eh? —pregunté—. Mira, todavía no he salido corriendo. Me sigues gustando. Puede que más, ahora que he oído la anécdota del autobús.
Se le sonrojaron las puntas de las orejas.
—Solo digo que creo que puedes confiar en mí —proseguí—. Y creo que deberías hacerlo. Por lo menos lo suficiente para dejarme verte y conocerte mejor.
—Sí, bueno… Lo mismo digo.
Ahí me había pillado. Incliné la cabeza como diciendo: « Touchée ».
—Venga, pues te regalo una pregunta. ¿Qué quieres saber de mí?
—¿Cuál sería tu cita ideal si no hubiera límites, si pudieras tener cualquier cosa que desearas?
Nunca superaría lo raro que era que yo pudiera llevar tan bien el sexo, pero que, en cuanto se mostraba un poco amable conmigo, me dejara mareada y aturdida.
—Nunca lo he pensado. Supongo que es un poco como la virginidad.
Nunca pensé en cómo la perdería, porque sentía que a mí no podía pasarme nada especial — respondí con sinceridad.
Luego, mientras levantábamos la vista hacia la puesta de sol, noté cómo la cabeza se me inclinaba hasta posarse en su hombro—.
Pero esto… se parece bastante a lo que habría imaginado.
—¿Jugar al minigolf? —preguntó. Noté el escepticismo en su voz.
—Pues sí. Un escenario raro de ciencia ficción, un juego nuevo en el que soy una experta y un chico guapo mirándome el culo toda la tarde… Si por la mañana hay sexo y bagels , creo que habremos dado justo en el clavo.
— Bagels .
—Ajá. De semillas y ajo en polvo con ensaladilla de queso de untar.
O de arándanos con mantequilla, si estoy golosa.
— Me di la vuelta y me alejé por el green para inspeccionar la nave espacial más de cerca y fui encontrándome con varios obstáculos que imitaban rocas lunares por el camino—.
Yo no pude ir a fiestas de cumpleaños ni a jugar a casa de amigos.
Durante mucho tiempo, la comida fue mi única diversión.
Y a veces todavía lo es. Tengo el listón muy alto.
—Lo tendré en cuenta. Y ahora que hablas de sexo…
Como atraído por un canto de sirena, lo tuve encima en cuestión de segundos.
Tiró el palo a un lado y se plantó detrás de mí acariciándome los muslos hasta las caderas.
El gesto podía parecer inocente y coqueto a ojos de quien pasara por allí, pero la actitud de Hudson —y también su polla, apretada con firmeza contra mi culo— irradiaba deseo.
—No podemos hacerlo aquí —dije con una risita.
—Eso es lo que me has ofrecido si ganaba. Entiendo que es algo que te interesa.
Las risitas continuaron. En serio. Imagínatelo. Nosotros. Follando. Allí. ¡Era broma…! ¿No?
Hudson hizo que me diera la vuelta.
—¿No te has dado cuenta de lo tranquilo que está todo desde que he ido a por más pelotas después del green de la Laguna Negra? Es posible que le haya pagado a la dueña para que nos deje todo el campo para nosotros.
Sí que me había dado cuenta de lo tranquilo que estaba todo, pero pensaba que era por un rollito de esos de comedia romántica tipo «Me sentía como si fuéramos las dos únicas personas del planeta», no un fenómeno real.
—¡No! —dije ahogando un grito.
—Tu respuesta fisiológica indicó que te excitaba practicar sexo en público —dijo recordándome nuestro reciente experimento sobre fetiches—. Esto me parece una buena forma de tantear el terreno con guardarraíles.
Una oleada de deseo salvaje me revolvió por dentro. Tenía razón. A la guarra que llevaba dentro le daba morbo la idea de hacerlo en un lugar público, pero la mojigata, que gritaba más fuerte, decía que era una muy mala idea. Había demasiados factores incontrolables, demasiados riesgos.
Pero si él ya había tenido en cuenta los factores y el riesgo…
—Ven —dijo dándome la mano y llevándome hacia la nave espacial.
Dentro, la construcción chapucera de aquella estructura quedaba al descubierto.
Las paredes eran finas como el papel, la pintura del cielo estrellado de las paredes y el techo estaba desconchándose por varios sitios y el diseño cónico hacía que cada respiración retumbara. Aquello no era Disney World.
Pero la forma de las paredes también conseguía que, si estabas en la parte más profunda de la curvatura, no se te viera desde fuera. Era un lugar público y privado a la vez.
Hudson había descubierto algo que me excitaba, se había acordado, había notado el deseo real detrás de la oferta que le había hecho antes en broma y había encontrado el lugar perfecto para que yo lo explorase de forma segura.
Carraspeé para mantener a raya las emociones.
—No me puedo creer que hayas hecho esto.
—Creo que gente mucho más rara ha practicado sexo mucho más raro en este mismo sitio. Minnie ni se ha inmutado con la oferta.
Me reí y jugueteé con los puños del jersey. Iba a hacerlo. Iba a hacerlo con Hudson en una nave espacial de un campo de minigolf.
Desvié la mirada a su generosa mano, con la que agarraba el palo de golf. Se me ocurrió algo. Una premisa absurda, la verdad.
Era una guarrada. Una guarrada muy inesperada.
Y, aun así, me apetecía. Enseguida estuve mojada. Mojada no, empapada.
—¿Puedo serte sincera? —pregunté.
—Por favor.
—Minnie ha dicho que tenía que devolver los palos nuevos, ¿no?
—Ajá.
—¿Cuánto crees que nos costará comprarle este? —quise saber mientras me acercaba y pasaba los dedos por encima de los suyos con una caricia—. No creo que nadie más quiera usarlos cuando hayamos hecho lo que tengo en mente.
A Hudson se le formó una arruga entre las cejas y las gafas se le resbalaron un poco por la nariz. Cuando entendió lo que quería decir, se relajó.
No quería que me follase. O, al menos, no con la polla.
—Tómatelo como parte de tu formación en juguetes sexuales —le expliqué—.
Lo más probable es que cualquier cosa que pueda cumplir sus funciones termine haciendo las veces de dildo en algún momento.
Puede ser instructivo experimentar con juguetes poco convencionales.
Nunca sabes lo que puedes aprender. ¿Qué te parece?
¿Quieres probar? Y piensa qué quieres de verdad antes de contestar. No digas que sí solo porque yo quiera.
Su sonrisa era contagiosa. Supe que lo que fuera que estuviera a punto de salir por su boca era cierto.
—Scout, ¿cómo podría decirte que no? Sabes lo que dicen de hacerlo en una nave espacial, ¿no?
Cerré los ojos mientras la broma se dirigía hacia mí a tanta velocidad que no pude esquivarla.
—El sexo no es de este mundo.
Puse los ojos en blanco con tanta fuerza que casi dan la vuelta.
—Cállate.
—Cállame tú.
Y así fue.