22. Sexo en la primera cita
Sexo en la primera cita
—Y ¿ cómo se te ocurrió la idea de esta pequeña excursión? — p regunté sin apartar la vista del ovni de cartón piedra que se cernía sobre nosotros.
—Fácil. Pensé: «¿Cuál es la cita menos sexy posible?». Y aquí estamos, en el minigolf .
El Golf de Minnie era un minigolf inspirado en las atracciones cutres de carretera y estaba perdido en una de las urbanizaciones de las afueras de Dallas.
Los hoyos tenían temáticas variadas, des de dinosaurios a invasiones alienígenas pasando por batallas entre grandes criaturas monstruosas y ataques de robots gigantes.
Solo había un problemilla.
—Nunca he jugado al golf. Ni al mini ni al otro.
—¿En serio?
—Sí, lo creas o no , mis padres no consideraron que lanzarle una pelota al monstruo de la Laguna Negra fuera vital para mi educación.
—No hablas mucho de ellos. ¿Cómo son?
Había un motivo por el que no hablaba de mis padres. O, en realidad , había una infinidad de motivos, así que le ofrecí lo mínimo. Mentí por omisión.
—Geniales. Sin ellos no estaría donde estoy.
—Me da a mí que la cosa no acaba ahí. Me pregunto qué habrá detrás de esas palabras tan amables y asépticas.
—Me pagaron la universidad y dedicaron cada segundo libre que tenían a ayudarme a estudiar para los exámenes, a llevarme a clases de repaso y a comprarme más libros —dije con las defen sas activadas.
Nunca nadie había señalado mi falta de sinceridad al hablar de mi familia —. Soy quien soy por ellos.
—Y eres maravillosa, pero nunca has jugado al minigolf.
A pesar de que lo había dicho en un tono despreocupado, la intención era clara.
Me habían proporcionado una educación, pero no necesariamente una vida.
Yo siempre lo había sabido, pero oírlo en las discretas palabras de Hudson casi me tumba de culo.
Recordando la propuesta de experimento de Leelah, archivé aquella información sentimental para examinarla más tarde. Eran más datos, nada más.
—Bueno —respondí sonriendo —, pues enséñame cómo se hace.
Me llevó a la caja , que, a juego con la temática retro del campo, estaba inspirada en la taquilla de un viejo autocine.
La señora de detrás del mostrador, con sus largas trenzas plateadas, la colec ción de anillos de los que cambian de color según el estado de ánimo en cada uno de los dedos y la identificación en el pecho que decía «Minnie», era justo como cualquiera esperaría que fuera la dueña excéntrica de un minigolf. Eso sí, no sonreía en absoluto.
Sin embargo , cuando Hudson le pidió la partida, hablando de todo y de nada, vi cómo Minnie se iba abriendo. Para cuando desapareció por una puerta para traernos los palos y las pelotas, no tenía una sonrisa tímida en la cara, sino una radiante.
Me di cuenta de que Hudson era el hombre que susurraba a las personas. Para él no existían los desconocidos, siempre que lo veía tratar con gente lo hacía con una amabilidad extrema. Su forma de hacer que la gente se sintiera cómoda era inquietante.
—Me estás mirando mucho —dijo mientras esperábamos.
—Eres muy sexy —respondí.
—Vaya, muchas gracias, pero no me miras por eso.
Tenía razón. Lo miraba porque nunca había conocido a nadie como él y pensaba que nunca volvería a conocer a nadie así.
Y , de pronto, saber que se marcharía cuando se le terminase el contrato no me parecía una forma de protección, sino una amenaza.
Me decanté por otra línea de investigación y me dejé llevar por la curiosidad que sentía por él hacia terrenos menos escabrosos. ¿Cómo se convertía alguien en Hudson Bailey?
No tenía ni idea, pero, por primera vez, quería de él algo más que sexo. Quería… conocerlo. Y no era como antes, cuando quería desmontarlo pieza a pieza, diseccionarlo para entenderlo mejor como sujeto de mi fascinación científica. Era algo personal. Íntimo.
—Es que no te conozco. No sé nada de ti.
—Sabes muchas cosas.
—En realidad no. Se te da muy bien hacerme sentir que puedo hablar sobre mí misma, pero tú nunca hablas de ti.
Apartó la mirada.
—¿Qué quieres saber?
—Todo.
Se encogió de hombros.
— Eso parece muy personal, Scout. Pensaba que no te iba ese rollo.
—Ya te lo he dicho: estoy experimentando.
No fue una discusión ni nada, pero su reticencia a contarme más era evidente.
Sin embargo, se le iluminó el rostro cuando Minnie volvió a la taquilla con nuestros palos de golf verdes y rosa y sus correspondientes pelotas a conjunto.
— Tengo buenas y malas noticias, chicos —dijo—. La buena noticia es que estos palos son nuevecitos. La mala es que están un poco desviados y tengo que devolverlos. Lo que pasa es que ya he tirado los viejos, así que estos son los únicos que tenemos. Me sabe mal.
Los dos le quitamos importancia. Total, solo era un juego. Yo cogí los verdes. Hudson los rosa.
Fue instintivo, como si los dos supiéramos que el otro elegiría la opción menos evidente.
Después de coger nuestras herramientas de trabajo temporales, nos acercamos al hoyo de práctica para que yo me orientase un poco.
Era sencillo, con menos decoración que sus compañeros oficiales.
Al final había una cabeza de payaso con los dientes afilados, muy de Los payasos asesinos del espacio exterior .
Hudson lanzaría primero para que yo pudiera observar su técnica.
—¿ A qué viene este cambio tan repentino? —me preguntó preparando el primer lanzamiento—. Parecías bastante convencida de mantenerme a cierta distancia.
—Estoy intentando verme como un proyecto y darme permiso para crecer y aprender más de mí misma.
—Una chica lista.
Se agachó para colocar la pelota en el green y luego se posicionó él con el palo. Yo no me esforcé en absoluto por esconder que le estaba mirando el culo todo el rato.
Pero… tampoco podía permitir que aquel culo esculpido por Miguel Ángel me distrajese de mis objetivos.
Plop. La pelota aterrizó justo en el hoyo. ¿Eso era un birdie ? ¿Un eagle ? ¿Y a qué venían esos nombres tan raros?
Entonces me tocó a mí. Me preparé para lanzar, pero Hudson se puso detrás de mí y me acarició los brazos de arriba abajo.
Se quedó tan cerca que, si aquello hubiera sido una academia de golf de verdad y él un profesor, seguro que habría recibido quejas de los maridos de sus clientas a lo Mujeres desesperadas .
Involuntariamente, arqueé la espalda para que mi culo lo rozase con más firmeza. Se me quedó la mente temporalmente en blanco.
Eso era lo que en investigación se llamaba un contratiempo inesperado. Su contacto bastaba para distraerme de casi cualquier cosa.
Tampoco se me podía reprochar mucho. Nuestros cuerpos encajaban a la perfección.
Cogiendo prestado otro planteamiento científico, que dos personas que casaban tan bien se encontrasen en un planeta de casi ocho mil millones de habitantes era una anomalía, y una anomalía así requería un estudio exhaustivo.
Flexionando el cuerpo, golpeamos la pelota con mi palo de golf de color verde fosforito y la mandamos volando… directa a un estanque que formaba parte de la decoración del siguiente hoyo.
Vale, puede que el minigolf no fuera algo para hacer en pareja. Nos separamos y de repente me vino la claridad poscontacto.
—Tú escondes tantas cosas como yo —insistí—, puede que incluso más. Ser amable y agradable no te redime de ser tú mismo. Deja que te vea. Yo he tratado de hacerlo, contigo y con Leelah. Tal vez tú también deberías intentarlo.
—¿Por qué? Si quieres dejarlo cuando se me acabe el contrato.
De vez en cuando, cierto aire melancólico atravesaba su personalidad por lo demás alegre.
—Eso no significa que no podamos divertirnos ahora.
—¿Y si no te gusto cuando sepas más sobre mí? —preguntó en voz baja.
Yo me había prometido a mí misma que no dejaría que mi corazón complicase aquel rollo con Hudson. Y seguía queriendo lo mismo.
Pero tampoco había fracasado.
Fracasar habría sido dejar que pensara que no me gustaba. Si Hudson salía de aquella relación —porque lo era— creyendo que no podía gustarle a alguien que lo conocía de verdad, no solo el vínculo habría fracasado; el fracaso sería yo.
—Ya está, voy a instaurar unas nuevas normas para el minigolf — dije—. El ganador de cada hoyo se lleva un premio.
— Te escucho. ¿Qué nos jugamos? ¿Favores sexuales?
—Información. Si consigo hacer menos puntos que tú en un hoyo, tendrás que contarme algo sobre ti. Algo que yo elija.
Levantó una ceja.
—¿Y qué gano yo?
Eran casi las seis, lo cual significaba que el campo de minigolf pasaba de ser apto para familias a ser solo para adultos. Una bandada de niños en pleno berrinche pasó por nuestro lado en dirección a la salida, por lo que le susurré a Hudson una propuesta indecente. Se le iluminó la cara.
—Vale, te toca.