Buenas vibras 21. Comida de trabajo #3
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21. Comida de trabajo #3

—Y, dejando eso de lado —dijo metiéndose un chicle en la boca—, he leído muchos estudios revisados por expertos que apuntan a que el rendimiento en el trabajo aumenta cuando respiramos aire fresco y hacemos ejercicio.

Y ¿ qué es el minigolf si no aire fresco y ejercicio, todo en uno?

Puede que incluso estés poniendo en peligro tus proyectos laborales si no te das permiso para hacer esta pequeña salida.

Hizo estallar una pompa de chicle. Yo no dije nada.

Y entonces ella me hizo el gran favor de cambiar de tema: compartió varios cotilleos de la oficina con total despreocupación, me hizo algunas propuestas para la nueva máquina sexual para la que estábamos haciendo una lluvia de ideas y rajó un poco de su exnovio (eso nunca está de más).

Fue una comida poco convencional para mí.

Por lo menos estuve veinte minutos largos sin trabajar.

Esa agradable satisfacción terminó cuando —¡horror!— Hudson apareció para interrumpir la conversación.

—Hola, Scout, quería… —Se acercó saludándome con la mano y se detuvo cuando vio que no estaba sola.

Por primera vez, pude ver las sutiles diferencias entre cómo me trataba a mí y cómo trataba a los demás.

Él siempre era amabilísimo, pero, en cuanto vio a Leelah, su fachada cambió.

No es que fuera falso, pero noté un cambio.

Era la diferencia entre la calidez acogedora de una chimenea y el zumbido artificial de una estufa eléctrica.

— Ah, hola, Leelah, me alegro de verte. ¿Cómo estás?

Leelah subió y bajó las cejas unas cuantas veces.

—Hola, amante.

Hudson bajó la cabeza a modo de saludo, pero se le enrojecieron las puntas de las orejas. Me lancé a rescatarlo y le tiré a Leelah el envoltorio de la chocolatina.

—¿Puedes irte a otro sitio, por favor? —le pedí.

Ella se tomó que la despachara con mucha filosofía y seguridad.

—Claro. —Pero antes de irse le lanzó a Hudson un chicle de menta—. Toma, lo necesitarás. Y de nada.

Él la miró atónito.

—¿Para qué?

—Para lo que sea que esté a punto de pasar y para el sexo increíble en el que derivará luego. Ciao .

Y, así, haciendo ondear su sudadera extragrande de Fleetwood Mac, desapareció y nos dejó solos.

—Siento lo que acaba de pasar —le dije.

— No te preocupes. He sido yo el que os ha interrumpido.

—No, ya estábamos terminando.

—Ah, qué bien.

A nuestro alrededor, todo el mundo siguió con su conversación. Los carritos de comida despachaban los últimos pedidos. Un hilo de agua salía de una fuente. Todo parecía resaltar nuestro silencio incómodo.

Pero, luego, justo al mismo tiempo, él dijo:

—Bueno, quería pedirte disculpas por lo de esta mañana…

Y yo:

—¿Me estabas pidiendo una cita?

Abrió mucho los ojos.

Pillado.

—No quería asustarte. Sé que hablamos de conocernos mejor, pero no quiero que pienses que intento meterte prisa o presionarte.

Aunque no lo parezca, una cosa es estar seguro de mí mismo en la cama y otra muy diferente pedirle una cita a una chica, sobre todo cuando ha dicho que no está interesada en esas cosas…

—Sí, quiero ir.

Forcé las palabras, pero, en cuanto las hube soltado, me di cuenta de cuánto me había gustado decirlas.

Me aterrorizaba saber que, poco a poco, iba liberando todos los aspectos de mi vida que tenía atados tan en corto, pero, a ver, ¡que solo era una cita!

Una noche con Hudson que no estuviera cien por cien centrada en el sexo.

Problema: nunca he tenido una cita de verdad. Y Leelah tiene razón, me falta ese conjunto de datos.

Propuesta de solución: salir una noche con Hudson, así de simple.

Hudson me observó, sorprendido por mi repentino cambio de parecer.

—Pero ¿ y el trabajo?

—Estoy investigando cómo tener una mejor conciliación laboral. Entre otras cosas. He averiguado, mediante una exploración superficial del campo, que es beneficioso para mi rendimiento en la oficina.

Su risita me recorrió todo el cuerpo y me hizo brillar desde dentro. Le gustaba cuando me ponía en plan friki.

—Lo que tú digas, jefa.

«Jefa». Su forma de decirlo —o tal vez mi forma de escucharlo— me hizo pensar que quería decir «guapa» o «bonita» o «me muero por volver a besarte».

Volví a levantar los muros. No se repetiría una situación como la de Lloyd Exeter.

No podía permitirme enamorarme de alguien del trabajo.

No le daría a otra persona el poder de destruirme.

Aunque Hudson no fuera a destrozarme la carrera laboral como hizo Lloyd, se marcharía cuando se le terminase el contrato.

No valía la pena encariñarse. El sexo estaba bien.

Divertirnos un poco, de forma superficial, era más que aceptable. Los sentimientos, no.

— Pero permíteme recalcar… que es solo una cita. No estamos saliendo. El resto de las normas y directrices siguen en pie. Solo quiero que quede claro.

El músculo de la mandíbula se le tensó, lo cual hizo que su sonrisa flaquease durante un brevísimo instante. Con todo lo que lo había estudiado, todavía no sabía qué significaba ese gesto fugaz.

— Clarísimo.