Buenas vibras 21. Comida de trabajo
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21. Comida de trabajo

Comida de trabajo

P asaron unos días más de «sexploración» en los que (me) corrí con valentía a los lugares a los que muchos hombres, mujeres y demás (se) habían corrido antes.

Encontramos un ritmo constante en el que yo le iba mostrando mi enorme colección de juguetes mientras poníamos en práctica los primeros diez o doce capítulos del Kamasutra (me imagino yo, porque no lo he leído).

No estábamos saliendo, eso estaba claro. Que no estábamos saliendo, ¿vale? Lo que ocurría es que yo tenía un ansia insaciable de acostarme con él y que él la tenía conmigo, y a veces se quedaba dormido en mi cama, abrazado a mí, arropándome como una manta sexy y desnuda. Nada más.

A mí me había salido bastante bien lo de conciliar el trabajo con la vida personal.

Los dos estábamos centrados y muy apli cados en la oficina.

Llegábamos a tiempo a las entregas. Comple tábamos informes de progreso.

Presentábamos mejoras considerables del prototipo de la Fantasía.

De vez en cuando, algunos pensamientos intrusivos sobre montármelo con Hudson en el armario de mantenimiento me inundaban la mente, pero, como una adulta normal y funcional, los apartaba a un lado hasta después del horario laboral, cuando podía follarme en la intimidad y seguridad de mi casa.

Sin embargo, una mañana, mientras me ataba los cordones de los zapatos para irme a trabajar, Hudson se puso a ordenar y reordenar la colección de libros eróticos de mi mesita de noche. Primero alfabéticamente. Luego por colores.

—¿Va todo bien? —le pregunté divertida.

—¿Cómo? ¿A mí? Sí. Es que estaba pensando… ¿ Qué haces esta noche?

—Iba a quedarme hasta tarde en la oficina para adelantar algo de trabajo —dije sin darle muchas vueltas.

Un ejemplar de Guía de sexo duro para chicas buenas cayó al suelo. Hudson corrió a recogerlo.

—Ah, sí. Guay. —Carraspeó, no una vez, sino dos. Se reco locó las gafas y dejó el libro en la mesita—. Bueno, pues pás atelo bien. Ya me dirás qué tal va. Yo pensaba en jugar al minigolf o algo. Hacer algo divertido una noche cualquiera. Hace buen tiempo.

Sí, Leelah, con la que me escribía con frecuencia, me había despertado con mensajes efusivos sobre el fresco aire otoñal. Íbamos a comer juntas para celebrarlo.

—Ah, muy bien. Pues, si quieres, nos vemos cuando acabe de trabajar.

—Me encantaría.

Al menos eso fue lo que dijo. Su tono se me quedó en la cabeza como un molesto problema de matemáticas que no conseguía descifrar.

Seguía dándole vueltas al mediodía cuando Leelah y yo nos vimos para comer.

En el centro de las Tres Torres, donde se encontraban las oficinas de VibraCorp, había un maravilloso oasis al aire libre.

Allí accedían cada día diferentes carritos para vender sus mercancías y tentar a los fantasmas de las oficinas a sa­ lir de sus cubículos a la hora de comer.

Yo iba dando bocados al burrito coreano que llevaba en una mano mientras estudiaba el último informe de marketing de Addie.

—Oye —me dijo Leelah revolviendo la ensalada con el tenedor—, cuando te dije que deberíamos vernos más, no era esto lo que tenía en mente.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté con la boca llena de bulgogi y arroz.

—¿No puedes dejar el portátil un momento?

—¿Por qué?

—Porque esto no es lo que hacen las amigas. Las amigas no trabajan a la hora de comer, Scout. Cotillean y se ríen y critican a sus compañeros de trabajo.

Sabía que no valía la pena mencionarlo, pero desde que Jared se había ido, nuestros compañeros me caían bien. Pasé a la siguiente página del informe y fruncí el ceño. La campaña, que se lanzaría en el OhFest de Nueva York, no estaba tomando la forma que a mí me gustaría.

—A las fechas de entrega les da igual nuestra amistad. No, de hecho, son contrarias a ella.

—Scout —se quejó Leelah.

—¿Qué? Estamos comiendo y trabajando fuera de la oficina. Para mí esto es casi como una excursión del cole. A ver, ¿tienes los datos de rendimiento de los que hemos hablado antes? Quiero repasar tus cálculos después de revisar las pruebas que Terrence ha propuesto hoy…

—No, cierra el portátil.

—Pero…

—He dicho que lo cierres. Pensaba que estabas probando cosas nuevas y, según dicen, trabajar mientras comes no es algo muy nuevo para ti.

Dignándome por fin a levantar la vista para mirarla, vi a mi amiga (aún me parecía raro llamar «amiga» a alguien) mirándome con el ceño fruncido y una mezcla de frustración y preocupación.

—Estoy probando cosas nuevas con moderación —le expliqué—. No pienso dejar que esto se interponga en el lanzamiento de la Fantasía. Tengo que ser responsable, no coger una borrachera de experiencias humanas normales y estrellar mi vida y mi trabajo contra un árbol.

—Demasiadas metáforas. Tú cíñete a la ciencia, cariño. Bueno, a la ciencia y al sexo. ¿Cómo va eso, por cierto?

Vale, ya había salido la verdadera razón por la que quería que me quitase el trabajo de la cabeza y me centrase en mi cama. Así conseguiría su dosis de cotilleos sobre los besitos que se daban Hudson y Scout.

Sentí cómo se me acaloraban las mejillas y volví al trabajo.

—Bien.

—¿Y ya está? —El viento arreció e hizo ondear su pelo bien peinado para que enmarcase a la perfección su risa burlona—. A ver, ¿qué defecto tiene?

Escupí el agua que estaba bebiendo.

—¿Cómo?

Ella me quitó el portátil de las manos y usó el bajo de su jersey para secarlo. Qué lista era. No me lo devolvería nunca.

—Si solo va bien y no increíble y espectacular es porque aquí hay alguna red flag . Todos los hombres, igual que todos los policías, son unos cabrones.

—Una afirmación sorprendente viniendo de la fan número uno de las comedias románticas. ¿No se suponía que tendríamos que estar enamorados ya?

—Todavía no —dijo ella con voz de estar enseñándole a leer a una niña pequeña a la que no se le daba muy bien—. Acabáis de romper la regla de acostaros una sola noche. Esta es la fase de conoceros y de jijí jajá. No puedes esperar estar enamorada de él después de solo una semana.

—No espero estar enamorada de él ni después de una semana ni nunca —repliqué.

—¿Y por qué no?

« Porque destrozo todo lo que toco. Porque nadie me ha demos trado nunca que pueda ser querida y me siento inclinada a creerlos, diga lo que diga Hudson. Porque ya salí escaldada del amor una vez y ahora ni siquiera tengo claro qué es ni cómo es sentirlo».

—Por un millón de razones, pero… —Mi muralla emocional intentó cerrarse, pero me obligué a mí misma a hablar. Eso era lo que hacían las amigas. Leelah no pensaba devolverme el ordenador, así que, por el mismo precio, podía quitarme aquel peso de encima—. No me cuenta nada de él.

—Eso es lo más absurdo que he oído en mi vida. ¿A qué hombre no le gusta hablar de sí mismo sin parar?

— Vale, me alegro de no ser una exagerada.

Es que le pregunté por su exnovia y se cerró en banda.

Le pregunté qué le apetecía cenar y no me dijo lo que quería en ningún momento, se limitó a acceder a cualquier cosa que le ofreciera.

Hablamos de fetiches e intereses y solo me dijo que quería lo que yo quisiera.

Leelah abrió una chocolatina, le dio un bocado y estuvo masticando un buen rato con aire pensativo antes de responder.

—Puede que solo sea inseguro. Puede que tenga miedo de que, si dice algo que no debe, lo dejes tirado.

—Yo no soy ningún caramelito. No me imagino que nadie tenga miedo de perderme.

Se me quedó mirando atónita.

—Increíble. Es increíble que una mente como la tuya sea ca paz de desafiar a Dios mandando al hombre al espacio y de desafiar al hombre dándole a las mujeres los mejores orgasmos de su vida y que, al mismo tiempo, no tenga suficiente imaginación para considerar que eres una persona valiosa. Menuda mente inquisitiva tienes, Scout.

Socorro. ¿La amistad consistía en decir cosas buenas de la otra a todas horas? Abortad misión.

—En fin, supongo que me va bien así —dije ignorando aquel cumplido con segundas—. No hace falta que me guste más de lo que ya me gusta.

—¿Que te guste más no es algo bueno? —Sentí el hormigueo de una réplica en la punta de la lengua, pero ella me cortó—. Y, si dices una sola palabra acerca de la Fantasía o la fecha límite del OhFest, te juro que te restriego el nougat y el caramelo por la pantalla del ordenador.

— Se va cuando se le termine el contrato.

Que me gustase sería complicar las cosas.

Y, a largo plazo, creo que yo no sería capaz de gestionar una relación y, a la vez, todo el estrés del trabajo.

Lo nuestro solo es una forma de liberar tensiones y de conseguir algo de experiencia en un entorno seguro.

—Te tocará tragarte tus palabras —dijo burlona.

Me terminé el burrito y me froté las manos con una servilleta con fruición, como si me hubiera echado refrigerante, como si intentase deshacerme de la presencia cada vez más pegajosa de Hudson.

—Además, él también está ocupado. Esta mañana, por ejemplo, me ha preguntado qué iba a hacer hoy y, cuando le he dicho que trabajaría hasta tarde, me ha contestado que iba a aprovechar el buen tiempo para jugar al minigolf.

¿Lo ves? No me necesita. Ni seguramente quiera nada de mí más allá del sexo.

Durante un largo rato, Leelah se me quedó mirando y no dijo nada.

Era la misma mirada que yo le lanzaba a Clara cada vez que tenía que volver a explicarle por qué no podía hacer magia para que el eje C690 del Empotrador fuese silencioso cuando lo uníamos a una palanca estándar G570, una mirada de «¿Cómo puede ser que no lo pilles? ».

Ahora que sabía lo que era ser el blanco de ese gesto, le debía una disculpa a mi jefa, una disculpa enorme.

—¿Qué?

—Estaba intentando pedirte una cita —dijo Leelah.

Mi primer impulso fue pedirle que no dijera tonterías. A mí nadie me pedía nunca salir.