Buenas vibras 20. Amigos con derecho a… algo #2
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20. Amigos con derecho a… algo #2

El «por favor» fue lo que me convenció. No quería estar con alguien que asumiera un rol dominante duro, aunque eso salía a veces en el porno que miraba.

Lo que quería era un compañero. Alguien que en un momento pudiera empotrarme en la encimera de la cocina y al siguiente pudiera tumbarme en la cama como una reina y, además, hacer que me tocase y me corriese con una orden bien dada, con firmeza pero también con cariño.

Hudson era todo eso en un cuerpo de infarto. No podía evitar derretirme por él.

Apreté el primer botón. El mecanismo interno del juguete vibró en silencio y se puso a trabajar succionándome el clítoris muy lentamente.

Hudson exploró las curvas de mi sujetador con las palmas de las manos. Mis pezones hicieron presión contra la tela, pero él se negó deliberadamente a exponerlos.

Con los muslos tensos, intenté subir y bajar por la longitud de su miembro, pero él me sostuvo con fuerza y desvió la mirada de mi cara a la pantalla del ordenador con picardía.

—Veamos —dijo con una indiferencia académica—. ¿Qué te parece… que te agarren del pelo?

Debí de hundirme más sobre él o tensarme sin querer a su alrededor, porque sonrió.

Para mi sorpresa, su polla también palpitó dentro de mí.

«Oh». Era cierto, nuestros cuerpos no podían esconderse nada. Entendía la teoría acerca de las expresiones sexuales involuntarias, pero experimentarlas en persona era toda una revelación para mis investigaciones.

—Vamos a aprender mucho el uno del otro, ¿a que sí, Scout?

Tortura. Intentar evitar estimularme el clítoris con ganas en los sitios exactos en los que lo necesitaba era una tortura, pero me esforcé por acatar las órdenes de Hudson.

Mi premio no se ría solo la deliciosa sensación de estar al borde del precipicio, sino también el elogio de sus gemidos cada vez que reaccionaba a sus palabras.

—¿Y si interpretamos un papel? Un médico y su paciente necesitada o una profesora y su adjunto, desesperado por que le escriba una carta de recomendación.

Nada. El sexo siguió pareciéndome increíble, pero el «hum» que hizo Hudson me indicó que no me hacía mucha gracia. Él tampoco mostró demasiado interés.

Afortunadamente, aprovechó la oportunidad para liberarme del sujetador.

—¿Y esto? La web dice que a muchas mujeres les gusta oír…

Se inclinó, atrapó uno de mis pezones con la boca y susurró contra mi piel sensible:

—Buena chica.

Seguí deseando que me diera más, pero, aunque él me apretó más la cintura con las manos, yo no sentí ningún cambio notable en mi estado al oír esas palabras. Ser una buena chica no era una de mis obsesiones en ese instante. En cambio, hacer travesuras con él, sí.

—Interesante —musitó él sobre mi pezón endurecido.

Siguió rindiéndole culto a mis pechos y yo cabalgué sobre él a su ritmo, explorando mi clítoris con cada movimiento. No sabía que fuera posible sentirse tan bien, tan plena. Al seguir excitándome con el succionador, deseé más.

—El otro día parecías muy feliz con la idea de que te follase en el despacho. ¿Llevas una exhibicionista dentro, Scout?

«Sí». Me recorrió un escalofrío y me tensé casi dolorosamente en torno a su polla. Él siguió mirando la pantalla, en busca de nuevos fetiches que explorar.

—¿Y si te ato?

Otro acierto. Solté un grito cuando el placer y la temperatura aumentaron de golpe.

—O tal vez podríamos atarte entre varios.

No pude evitarlo. Subí la potencia del juguete un nivel más.

El patrón de estimulación era aleatorio para proporcionar el máximo placer y el succionador alternaba entre rápido y fuerte y lento y suave.

Con cada envite sobre la polla de Hudson experimentaba una nueva aventura mientras las lenguas mecánicas hacían su magia.

Entonces, un ligero cachetazo en el culo me hizo abrir los ojos de golpe de la impresión… y el placer. Bajé la vista hacia Hudson y vi que él ya me estaba mirando con los ojos muy abiertos.

—Lo siento… Es que decía… ¿No te ha…?

Me temblaron los hombros mientras me esforzaba por contener el orgasmo. En lugar de apartarme, doblé la espalda para ponerle el culo en la mano. Él me apretó la nalga, juguetón.

—Entonces sí que te gustan las dinámicas de poder —musitó, justo como habría hecho yo si hubiera estado leyendo los resultados de una prueba en el laboratorio. Tal vez lo de interpretar papeles no era lo mío, pero ser su pequeño experimento me ponía a mil.

Siguió repasando la lista. O eso creo. No sé si me preguntó por vendarme los ojos o por que me follase otro mientras él miraba o por la humillación o por dominarlo a él.

Se me nubló la mente, que estaba centrada solamente en el placer, en cómo mi clítoris mojado y henchido se moría por el alivio de un orgasmo y en cómo cada empujón de mis caderas me llenaba otra vez de él y me daba tanto gusto como la primera vez que lo había enterrado en mi interior.

Cuando el orgasmo amenazó con apoderarse de mí, de repente me di cuenta de algo.

Él había sido el único que había hablado.

—¿Y tú qué? — jadeé—. ¿Te…? ¿Te gustaría que yo te dominara? ¿Eh? ¿Quieres que te folle con ese arnés que vimos anoche?

Aquellas palabras le arrancaron un gruñido entre los dientes apretados. No fue una respuesta real, pero bastó para que mi imaginación echase a volar.

Tenerlo a cuatro patas en la cama y estar detrás de él. Llevarle el dildo entre las nalgas, oír sus gemidos durante la penetración…

Fue demasiado. Arqueé la espalda y me pegué a mi propia mano buscando esa última pizca de fricción que me haría llegar a la cima.

—Hudson, voy a…

Echó otro vistazo a la pantalla.

—¿Y esta? —Me cogió la muñeca con firmeza y me alejó el juguete del clítoris. Lo sexy que era su sonrisa me pareció injusto—. Posponer el orgasmo.

—¿Qué? No, no, no… —La voz me salía entrecortada y patética.

El orgasmo se me escurrió entre los dedos y me dejó en un horrible equilibrio entre la frustración y el placer.

Estaba sudorosa y exhausta, con un solo objetivo en la cabeza: explotar. Sin embargo, Hudson me apartó un mechón rebelde de pelo empapado de la cara y me miró desde abajo como si estuviera al otro lado de la mesa en un restaurante de postín durante una cita.

—Eres preciosa.

Entonces, me la metió muy adentro. La combinación de su miembro contra mi punto G y el roce de su cuerpo contra el clítoris dio justo en el clavo y, de pronto, subía a toda velocidad hacia el clímax y me sacudía envolviéndole la polla y gritaba hasta estar convencida de que las paredes temblaban.

No dejé de montarlo en ningún momento, sintiendo en lo más profundo todas las réplicas de aquel terremoto, disfrutando de la sensación de plenitud.

Cuando por fin quedé agotada, recosté la frente en la suya. El muy capullo sonreía con suficiencia, radiante.

—Los elogios. — Me tocó la punta de la nariz con un dedo. El gesto más adorable, pero también más engreído y sexy de la historia de la humanidad—. El número treinta y dos de la lista. Me imaginaba que ese te gustaría.

Sin querer separarme ni un segundo de él, permití que me tumbase sobre el sofá para quedarse él arriba, aunque paramos un momento para recuperar el aliento.

—Te has portado muy mal, Hudson —dije. Él se tensó—. Sigo sin saber lo que te gusta a ti.

—Quiero probar cualquier cosa que te interese a ti, Scout.

Otra evasiva. Mi mente curiosa era incapaz de dejarlo correr.

Salir con él o ser íntimos no formaba parte de mis planes, al contrario.

Sin embargo, como me había dado cuenta de que evitaba mis preguntas, quería saber por qué.

Al fin y al cabo, era científica. Cuestionar lo desconocido era parte de mi naturaleza.

—Pero…

Intentó callarme con un beso, pero lo esquivé. Cuando vio que no pensaba rendirme, contestó:

—Mira, lo único que necesitas saber es que vamos a pasárnoslo muy bien juntos.

—Puede que no necesite saber más, pero… quiero saberlo — le dije—.

Sé lo que es que la gente no te escuche, que no les importes.

O, por lo menos, sentir que no les importas.

Mientras estemos haciendo esto juntos, los dos nos merecemos sentir nos lo bastante seguros para explorar lo que queremos.

Tú me has cuidado y yo también quiero cuidarte a ti, aunque esto solo sea un rollo.

Le subió y le bajó la nuez al tragar. Los párpados le rozaron la piel de debajo de los ojos. Soltó un breve suspiro. Y algo, aunque no sabría decir qué, cambió entre nosotros.

—Tú piénsatelo. La oferta está sobre la mesa si quieres cogerla.

Apenas había terminado la frase cuando me besó como nunca me habían besado.