20. Amigos con derecho a… algo
Amigos con derecho a… algo
—N o pretendía que lo viera, lo siento. Y no tengo por qué… Bueno , no tengo por qué seguir hablando con ella del tema …
Estábamos en mi piso con una copa de vino a medio beber cuando me di cuenta de que no podía continuar sin que Hudson supiera la verdad.
Sin que supiera que nuestro pequeño experimento había roto las barreras de contención y había infectado a parte de la oficina o, por lo menos, mi amistad con Leelah, forjada a partir del trauma compartido.
Sin embargo, desde que se lo había contado , me miraba como si acabara de soltar la mayor tontería del mundo.
—Scout, ¿crees que estoy enfadado contigo?
No parecía enfadado, pero eso no significaba que no lo estuviera. La gente miente mucho. Yo miento mucho.
—Un poco, supongo.
— Tú eres la que quería que lo nuestro fuera un secreto. Si quieres que la gente lo sepa, cuéntaselo. Si por mí fuera, estaría poniendo un anuncio en Popular Science .
Era la resolución más rápida que había vivido de un conflicto en una relación. No sabía cómo proceder.
Bueno, vale. En ese caso, podíamos seguir con el objetivo inicial de la visita. Me llevé las manos a los botones de la camisa.
—Vale, ¿estás listo?
—¿Para qué?
—Para el sexo. ¿ Para qué si no?
Hudson se volvió hacia mí en el sofá y me miró con curiosidad.
—¿No tienes agujetas de anoche?
—Un poco, pero hay estudios que muestran que, por lo general, para la rigidez muscular lo mejor es hacer más ejercicio, no descansar. Por lo menos eso es lo que me dijo Clara cuando intentó hacerme volver a pilates reformer con ella. Vamos a mi habitación…
—¿De verdad quieres hacerlo, Scout? Quiero decir, ¿ahora, en este momento?
—¿Y tú? ¿Tú quieres?
—Esa no era la pregunta.
—Ahora lo es. ¿A qué viene la anafilaxis conversacional que te entra cada vez que te pregunto qué quieres?
—Solo quiero asegurarme de que estás cómoda. Y feliz. No quiero espantarte.
—Creo que eso es imposible. Y no creo que puedas espantar a nadie.
—¿Quieres que apostemos algo? —murmuró.
Pensé en la vaga historia sobre su exnovia que me había contado. ¿Se refería a eso?
—¿Querría usted ahondar en esa cuestión?
—No, gracias.
El silencio se alargó un segundo más de lo debido. Señalé la puerta del dormitorio.
—Entonces… ¿nos acostamos? A ver, ya estás aquí y tenía entendido que la mayoría de los hombres aprovecharía cualquier oportunidad para saltarse los preliminares.
— Si yo fuera como la mayoría de los hombres, no creo que hubieras decidido acostarte conmigo.
Solté una risa burlona por su fanfarronería, pero… la verdad es que me parecía excitante. ¿Sería que aquel friki tan seguro de sí mismo sacaba mi lado más guarro?
—Creo que nunca dejaré de sorprenderme cuando sueltas uno de esos comentarios arrogantes. No te pega.
—Tú y yo somos personas sinceras. Tú eres científica y yo informático. Nuestra profesión lidia con la realidad, no con las pretensiones. No es arrogante pensar que soy, como mínimo , especial para ti. Es un hecho. No estaríamos aquí si no te gustara mi compañía, aunque solo fuera un poco.
—¿Y yo? ¿Soy especial para ti? ¿Te gusta mi compañía? —p re gunté volviendo a asombrarme por la destreza con la que esquivaba mis preguntas.
—Confío en que puedo hacerte feliz — me dijo después de un momento de vacilación—. Me gusta hacerte feliz.
Me dio la impresión de que compartir algo más en ese momento le incomodaba. Y me dije a mí misma que no pasaba nada. No teníamos que ahondar más en lo que teníamos . Éramos amigos con derechos. Nada más.
—¿Y qué más piensas de mí? —pregunté sentándome lentamente en su regazo.
Una pregunta tonta. Me preparé para las obviedades con las que todo el mundo me describía: trabajadora, inteligente, concienzuda, disciplinada.
Pero Hudson me sorprendió.
—Eres amable.
—¿Que soy qué?
— El día que llegué a VibraCorp estaba lloviendo y yo no traía paraguas.
Estaba delante de la puerta, pero el guarda de seguridad no me dejaba entrar.
Me viste desde la ventana sin saber todavía que era el tipo al que Clara había contratado y ba jaste con tu paraguas porque habías visto a un desconocido bajo la lluvia que parecía que necesitaba ayuda.
No tenías por qué hacerlo, pero lo hiciste.
Igual que lo de dejarle el bagel de semillas y ajo en polvo a Addie cada miércoles cuando Clara pide el desayuno porque sabes que es el que más le gusta, aunque a ti también te encante.
O que, cuando Terrence se deja el jersey en la oficina los viernes, lo mandas a la lavandería del edificio para que lo tenga limpio cuando vuelva el lunes.
Me quedé pasmada. No me había dado cuenta de todo eso…
—No dejas de decirme que soy demasiado servicial y cosas por el estilo, pero tú eres igual —dijo—. Lo que pasa es que yo quiero que todo el mundo sepa cómo soy y tú quieres esconderlo. No lo entiendo.
Ay, la insoportable carga de que te perciban. El sexo habría sido una alternativa más fácil. Hice una mueca.
—¿Qué? ¿Te sorprende? —me preguntó él.
—Es solo que nunca había pensado en mí misma en esos términos.
—Y ¿qué piensas de ti misma? La verdad es que no me dejas ver muchas partes de ti. Me gustaría saber más.
—Ya sabes todo lo que vale la pena saber. Mi antiguo trabajo, mi antiguo rollo, mi nuevo trabajo y mi nuevo follamigo.
Como si quisiera demostrarle lo que decía, me hundí un poco más en su regazo. La polla le palpitó. Excelente. Unos minutos más de distracción y dejaríamos de hablar de mí para centrarnos en no sotros.
—Vale, me sé por encima tu perfil de LinkedIn, pero lo que quiero es conocerte a ti.
— No quiero hablar de mí.
—Qué pena… —Sonrió y volvió a abrocharme el botón de arriba de la camisa—. Porque no habrá polla hasta que me hables de ti.
—¡No hay nada que contar! Solo soy… —Suspiré.
Era muy fuerte que me exigiera respuestas cuando él no quería contarme nada sobre sí mismo.
Sin embargo, la conversación con Leelah me había demostrado lo agradable que podía ser hablar con alguien—.
No tuve las experiencias normales que tuvieron los demás.
Cuando era niña, me obsesionaban los estudios y luego pasé a obsesionarme con el trabajo.
Mi… Cuando estuve con Lloyd Exeter fue la primera vez que me permití hacer algo por mí misma.
Y casi me destrozó la vida. Sé que me gustan la ciencia ficción y los bagels y que salir con alguien me aterra, pero, aparte de eso…
Supongo que es posible que no tenga ni idea de quién soy. Ya está. ¿Contento?
Malhumorada, volví a desabrocharme el botón de arriba.
Hudson asintió. Me apartó las manos y empezó a desabotonarme el resto de la blusa, dejando mi pecho al descubierto.
—¿Sabes lo que veo yo cuando te miro? A una persona lista y sexy y graciosa, una persona que se preocupa por los demás incluso cuando está demasiado asustada para dejar que se le acerquen.
Y sí… —Me dio un beso debajo de la oreja que me hizo cosquillas en la piel sensible del cuello—.
Te has ganado una recompensa. Y creo que es hora de que me des otra clase.
Joder, gracias. Ya en bragas y sujetador, le liberé la polla de los vaqueros y los calzoncillos.
Me quité las bragas con facilidad y grité de placer al hundirme sobre él.
Era mi primera vez encima. Supongo que tendría que haberme sentido intimidada, pero no, era demasiado perfecto.
Sin embargo, antes de que pudiera empezar a montarlo de verdad, Hudson me agarró las caderas y me inmovilizó.
—Pero tienes que saber que voy a ayudarte a descubrir quién eres.
¿ Cómo se encuentra una a sí misma a los veintiséis años? Bueno, que pensara lo que quisiera. Para mí aquel escarceo nuestro era el medio para un fin muy concreto, el cual podría lograr si él dejaba de sujetarme y me permitía empezar a cabalgarlo.
—Buena suerte. No sé quién soy ni en el sexo. Leo erótica y veo porno y tengo fantasías, pero las fantasías no son deseos que una quiera cumplir. No sé si me gustaría la mitad de las cosas con las que sueño despierta con el vibrador, ¿sabes?
—Vale, y ¿por qué no lo descubrimos juntos?
Con un movimiento amplio, me quitó de encima de él. Corrió a mi dormitorio y volvió con su portátil y una cajita que yo guardaba en la mesita de noche. Me dio la cajita y abrió el ordenador.
—¿Qué estamos haciendo? —le pregunté, disgustada por el vacío que sentía entre las piernas.
—Un experimento. Yo buscaré algunos fetiches por internet y vamos a decidir si te gustan o no.
—¿Cómo sabremos…?
—Lo notaré. Tu cuerpo no puede esconder algo así.
Otro experimento. Hudson sabía cómo ganarse el corazón de una mujer. Me sentí tentada de averiguar si él quería lo mismo, pero me temí que ya conocía la respuesta. Aquel hombre era una caja negra: era imposible ver lo que había en su interior.
—Vale.
Volvió a sentarse en el sofá y colocó el portátil encima del brazo de capitoné. Una web llamativa de color negro y rosa iluminó la pantalla, pero yo estaba demasiado ocupada buscando dentro de la caja que me había traído. Al final saqué un pequeño dispositivo manual. Otro de mis favoritos.
—¿Qué tenemos aquí, doctora Porter?
—Es un succionador. Me da la sensación de que alguien me está devorando mientras…
Arqueó una ceja.
—¿Mientras yo te follo?
Volví a instalarme sobre su regazo, a horcajadas. Él levantó la cadera y me penetró hasta llenarme. Bajé de inmediato la mano con la que sujetaba el juguete, que se adaptó a la perfección a mi clítoris turgente.
—¿ Por qué no lo enciendes?
—Pero ¿no quieres…?
—¿Tienes idea de lo increíble que es un orgasmo cuando una mujer ha estado montándote durante veinte minutos y se ha corrido con tu polla dentro?
—No, pero me fío de ti.
— Por favor, Scout, tócate. Enséñame el placer que te da.