Buenas vibras 19. Amigas sin derechos
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19. Amigas sin derechos

Amigas sin derechos

L a noche anterior le había preguntado a Hudson cómo podía alguien sentarse a la mesa con un desconocido sabiendo que estaba a punto de acostarse con él. En aquel momento no se me ocurría nada más disonante que esa unión de deseo y cortesía.

Resulta que estaba equivocada. Había una sensación más rara todavía.

—¿Qué? —dijo Leelah—. ¿Qué hiciste anoche?

La peor sensación del mundo era haber disfrutado de un sexo increíble y no poder hablar de ello.

Ese día había tenido que plantarme delante de Clara y fingir que no había cambiado nada.

No le había dicho que había acordado con Hudson que nos acostaríamos porque no era importante.

Iba a ser un rollo de una noche que podría mencionar de pasada en algún momento de un futuro muy pero que muy lejano, cuando él se hubiera marchado de VibraCorp.

Y, ahora que iba a ser una parte más permanente de mi día a día, no quería contárselo porque…

Bueno…

¿Y si fracasaba?

¿Y si mi gran intento de mantener el equilibrio entre las cuestiones personales y el trabajo era un fiasco y la Fantasía terminaba en desastre y la decepcionaba?

No, no podría soportarlo.

De modo que mantuve la boca cerrada y a mediodía hice lo mismo con Leelah.

Como le prometí, fuimos juntas a comer a un lugar de moda en el que hacían sándwiches para poder conocerla mejor.

Por suerte, se pasó la mayor parte de la comida hablando de sí misma: dónde se había criado (en París, Texas, hogar del Jesús con botas de cowboy , búscalo), sus hobbies (clases de baile y voluntariados), sus vicios (agotar el crédito de su tarjeta comprando maquillaje) y sus obsesiones (las comedias románticas, los conductores buenorros de Fórmula 1 y ofrecer intervenciones médicas gratuitas a poblaciones desatendidas).

También se tomó el tiempo de criticar mi liderazgo y me dijo que mi implicación resultaba «excesiva».

Hablaba deprisa, emocionada, como si tuviera miedo de perder la oportunidad de ser mi amiga si paraba a coger aire. Yo la escuché lo mejor que supe mientras intentaba no pensar en Hud son y en las ganas que tenía de contarle a alguien cuánto me gus taba y lo bien que me lo había hecho.

No me reconocía. Yo nunca había hablado con una amiga de algo así.

Después de comer, en lugar de volver a la oficina, Leelah me llevó a rastras al Pacific Plaza y nos pidió unas bebidas en un puesto que había cerca de la entrada del parque. Para ella café y , para mí, chocolate caliente con nata montada. En ese momento , dirigió la conversación hacia mí:

—¿Scout? Te he preguntado qué hiciste.

—¿Yo? Ah, nada. Cené algo, me acosté demasiado tarde .

—¿Y qué hacías?

Sofoqué la respuesta sincera con un largo sorbo de chocolate.

—Estuve experimentando con algunos aparatos nuevos.

Aquello era mortal. ¿Cómo no iba a gritar a los cuatro vientos que Hudson tenía una boca y unas manos increíbles y que dejaría que me lo hiciera allí mismo en un banco del parque si estuviera presente?

Ah, sí, porque después de nuestro encuentro matutino, establecimos varias normas para seguir adelante.

Eran cosas bastante simples. Tendríamos una relación sexual que nos beneficiaría a ambos, sin compromiso.

Seríamos amigos que follaban de noche y trabajaban juntos de día.

En ningún momento dejaríamos que nuestras correrías interfiriesen con el trabajo ni con el lanzamiento de la Fantasía y, si en algún momento lo hacían, terminaríamos de inmediato la relación.

Yo seguiría enseñándole sobre juguetes, incluso durante nuestras sesiones de sexo.

Nuestra palabra de seguridad sería «cosmos».

Practicaríamos siempre el consentimiento entusiasta.

Y , cuando terminase el contrato de Hudson al cabo de seis semanas, también acabaría nuestra aventura.

Las reglas estaban pensadas para protegernos a ambos.

Sobre todo la última. Si éramos conscientes de que él iba a marcharse, no tendríamos ocasión de desarrollar sentimientos complicados.

Por lo breve de nuestra relación, disfrutaríamos de lo que teníamos mientras durara y no lo lloraríamos al perderlo.

Pero la regla más importante era que nunca , bajo ninguna circunstancia, le contaríamos a nadie lo que había entre nosotros. Esa era por mi bien.

Después de lo de Lloyd Exeter y mi numerito en el bar, lo que más deseaba en el mundo era poner una puerta blindada entre mi trabajo y el sexo.

En Parque Jurásico (el libro, no la pe lícula, en la que la ciencia tiene demasiado poca relevancia) había unas grandes barreras pensadas para que los pobres humanos inconscientes no terminasen aplastados por monstruos hambrientos.

En esa analogía, mi carrera profesional era el valioso turista y mi vagina —al parecer, insaciable— era la amenaza de la extinción total.

Leelah chasqueó la lengua.

—Vale, o sea, que ¿anoche no te liaste con Hudson?

La metáfora de Parque Jurásico era un puto desastre desde el principio . Aquellos muros de Isla Nublar nunca funcionaron. ¿Por qué creía que iban a funcionarme a mí con mi monstruo peludo ?

Me trastabillé.

—¿Qué? No. ¿A qué viene eso?

—Cuando ha entrado esta mañana, tenía una cara de felicidad total, como si fuera el tío más afortunado del mundo… o como si fuera a serlo si tú lo mirases, pero, por más que lo intentaba, tú no te dignabas a reconocer su existencia. La tensión sexual era insoportable.

—¡No lo era !

Lo era, pero yo creía ser la única que se había dado cuenta.

—Quiero decir —me corregí—, no había ninguna tensión sexual. Te lo has imaginado.

—¿De verdad quieres convencerme de que no hay nada entre vosotros?

Joder, qué buena era. Y perspicaz. Tenía que despistarla.

—Soy la friki infollable que ha sido incapaz de estar con un hombre en veintiséis años, ¿recuerdas? ¿Crees que pasaría de eso a loca del sexo con un tío de la oficina de la noche a la mañana?

No era la primera vez que me describía a mí misma como una friki infollable (ni en voz alta ni para mis adentros), pero era la primera vez que esas palabras me dolían de verdad.

Antes eran una simple constatación de los hechos.

Me pasaba la vida enterrada en cálculos y mecanismos, así que lo de friki era acertado.

Y nadie había desmentido lo de infollable , así que… el razonamiento se sostenía.

Pero, después de lo de la noche anterior… ¿Friki? Sí. ¿Infollable? En absoluto. Y  me había pasado años sin el sexo que me merecía por esa traicionera falacia.

Por eso no se debe aceptar ningún principio científico sin una investigación que lo respalde.

—Scout , soy una de las personas más inteligentes que conozco. No vas a hacerme luz de gas para que pase por alto unas pruebas más que patentes.

—¿Y qué pruebas son esas? ¿Un par de miradas fortuitas?

—Te informo de que soy muy perspicaz, Scout. Entro en una habitación, echo un vistazo y al momento sé lo que le pasa a la gente. Puede que solo lleve un día en VibraCorp , pero lo que hay entre vosotros es evidente. No solo te estaba mirando, era más que eso. Era… alivio.

De pronto, vislumbré la verja del parque que se cernía sobre nosotras, amenazadora. Eso significaba que la oficina estaba solo a unas manzanas.

—¿Alivio? —pregunté, incómoda por cómo esa idea hacía que me latiera el corazón.

—Sí. Se centraba un rato en el trabajo y luego te buscaba por la oficina con la mirada y, cuando volvía a verte, se le relajaba la expresión. Como si estuviera preocupado de que fueras a desaparecer y se quedara tranquilo al ver que seguías allí.

Me hice a un lado para dejar que una patinadora pasase entre Leelah y yo. Agradecí el breve momento de distancia. Estaba demasiado cerca, y no solo físicamente, también en lo emocional .

—¿Qué hombre mira así a una mujer si no se muere por volver a meterse en su cama? Bueno , supongo que podría estar enamorado de ti, pero apenas habláis , así que entiendo que lo del sexo es más realista .

«Podría estar enamorado de ti». Improbable. Yo no lo permitiría .

—O tal vez lo más realista sea que hayas visto demasiadas comedias románticas desde la ruptura y ahora quieras ver el mundo de color de rosa.

Leelah puso cara de exasperación.

—Entonces supongo que el mensaje que te ha mandado cuando te has levantado a por la comida me lo estoy inventando también.

—¿Qué mensaje?

Saqué el iPhone del bolsillo . Leelah me recordó que se lo había dejado para que viera el vídeo de unas drag queens hablando sobre nuestros productos en su pódcast, pero apagué su voz en mi cabeza.

Cuando tecleé el código, me encontré enseguida con el mensaje culpable de condenarme con sus miles de píxeles :

Scout, no puedo dejar de pensar en ti… ni en lo de anoche. Espero que hoy estés más centrada en el trabajo que yo. Me resulta imposible picar código cuando lo único que quiero es sentir cómo te corres conmigo dentro otra vez.

Cenamos esta noche?

Y cinco minuto después había llegado otro mensaje:

Mierda. Me he pasado? Lo siento, lo de los amigos con derechos es nuevo para mí. Prepárate para recibir muchos mensajes ridículos durante la curva de aprendizaje

Me pasaron un millón de pensamientos por la cabeza. Shock, frustración y… un gran alivio.

—¡No lo has pillado mirándome! ¡Te lo has inventado todo para tapar que has visto el mensaje!

—Sí, pero ¡tenía un buen motivo para mentir! Si te hubiera dicho que había leído los mensajes, te habrías enfadado conmigo, habrías vuelto al trabajo enfadada y ya no habrías querido ser mi amiga. ¡Intentaba conservar este rollito nuevo de amigas que tenemos!

Me quedé sin aliento.

—No estoy enfadada, pero ¡me has asustado un montón! ¡Me has hecho pensar que en la oficina todo el mundo lo sabía! ¡Pensaba que iba a tener que dejar lo de Hudson porque estábamos siendo demasiado descarados!

Se quedó horrorizada.

—¡No lo hagas! ¡Dios, no puedes hacer eso ! Estáis hechos el uno para el otro. Llevo aquí un día y ya lo veo.

Otra vez no, por favor . Incluso después de admitir su mentira, seguía intentando convencerme de que había más que sexo entre nosotros.

—Leelah…

—¡Es verdad ! Tú eres una ingeniera increíble, fría como el hielo y solitaria y él es tu alegre compañero sexual. Él tumbará tus muros y tú harás que se enamore de verdad por primera vez.

Me encontraba en una encrucijada. Decirle la verdad o dejar que se fuera pensando que estábamos envueltos en una gran historia de amor.

Elegí lo primero. ¿Quería hacerlo? La verdad es que no.

Todos mis miedos acerca de mezclar el trabajo con el sexo se dispararon, pero tampoco tenía muchas más opciones.

Le resumí el plan de sexo sin ataduras y secretismo (casi) absoluto.

Aunque abrirme no era una de mis fortalezas, por lo que fui contándolo a trancas y barrancas.

Al terminar, me inundó una extraña sensación de paz. Ya no estaba sola. No guardaba un secreto. No era como hacía tiempo con Lloyd , cuando las mentiras se fueron acumulando a mi alrededor, cuando me tomé su petición de privacidad como si fuera la (excitante) palabra de Dios.

Me estaba acostando con un tío genial. Y podía… contárselo a una amiga. Confiar en alguien , algo que apenas unos minutos antes me había parecido inconcebible , ahora no solo me parecía factible, sino vital.

Cuando acabé , ella se echó el pelo hacia atrás con una expresión de suficiencia.

—Nunca has visto una comedia romántica, ¿verdad que no, Scout?

—No veo muchas pelis, pero, cuando me pongo una, si no tiene sables láser o robots, no suele interesarme.

—Vale. Pues que sepas que esta peli yo ya la he visto —dijo con una sonrisa radiante y me rodeó los hombros con el brazo—. No te estropearé el final, pero prepárate para unos cuantos giros de guion.