Buenas vibras 18. Me gusta el olor del sexo por la mañana
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18. Me gusta el olor del sexo por la mañana

Me gusta el olor del sexo por la mañana

P or qué lo que más deseamos es lo que más miedo nos da?

Yo quería decir que sí. El sexo con Hudson no solo había sido increíble, sino que había hecho que mi mundo se tambaleara.

Me había pasado años pensando que era una pieza de maquinaria defectuosa, pero, después de trastear unas horas, me había dado cuenta de que nunca había estado rota.

Solo me habían dejado olvidada en un armario, oxidándome .

No quería dejar de sentir aquello.

Y, sobre todo, no quería dejar de sentirlo a él restregándose contra mí como estaba haciendo ahora.

Pero…

—Ya te lo dije . No puedo permitirme ninguna distracción. Esto iba a ser cosa de una noche. Solo quería demostrarme a mí misma que era capaz de hacerlo.

—Y lo has demostrado. Y, ahora , ¿qué piensas hacer con esa información? ¿Volver a como estabas antes? ¿A seguir pintando sin salirte de la línea? ¿A cumplir todas esas normas absurdas que tú misma te has puesto?

No estaba siendo impertinente. Al contrario. Era como un entrenador intentando animarme, inspirarme para que siguiera adelante. Y, madre mía, qué ganas tenía yo de seguir adelante.

—No tiene por qué ser una relación, puede ser solo sexo —o freció .

—¿Eso te parecería bien?

—Me parecerá bien lo que tú quieras darme.

Sonó tan sincero que casi me derretí allí mismo.

Pero yo ya había aprendido la lección. No tenía buen ojo para las personas.

No sabía lo suficiente para discernir entre una mentira y una verdad.

El mejor ejemplo era Lloyd Exeter. Me dijo que me quería y respetaba y que no quería estar conmigo solo por el sexo.

En retrospectiva, veía los defectos en el diseño de nuestra relación : los encuentros clandestinos, la expectativa de que yo siempre diese y nunca recibiese…

Pero, en aquel momento, pensaba que funcionaría a la perfección.

Sí, Hudson sonaba sincero, pero, si echaba la vista atrás al cabo de seis meses, un año o dos, ¿qué distinguiría con claridad que ahora se me escapaba?

Decirle que no era más seguro, muchísimo más seguro.

Cierto era que Clara me había dado luz verde para correr algunos riesgos, pero yo no podía concederme el mismo permiso ilimitado.

—No confío en mí misma, Hudson . He cometido muchos errores en el pasado y no quiero repetirlos.

—Nunca aprenderás si no lo intentas.

Agaché la cabeza . Él me llevó una mano a la mejilla y la volvió a levantar.

—Mira, tal vez lo de anoche fue todo lo que necesitabas.

Está bien. Si es así, me iré ahora mismo y no volveremos a hablar del tema , pero no quiero que me descartes por miedo.

Como te he dicho, no tiene por qué ser nada serio.

Podemos divertirnos y dis frutar. —Cuando no respondí, añadió—: Deberías poder tener lo que quisieras, Scout. Solo tienes que decidir qué es .

Yo quería ser esa. Quería ser el tipo de persona que abandona toda precaución y pasa a ser amiga con derechos del tío bueno que le va detrás. Quería creer que podía gustarle a alguien como Hudson sin que hubiera segundas intenciones, sin complicaciones y con franqueza.

Y a él . Quería tenerlo a él.

—Tener lo que quiero es justo lo que me da miedo —confesé—. Siempre acabo estropeándolo.

—Yo también. Ya te hablé de mi última relación. Me dejó hecho una mierda. No se me da bien la ciencia , pero ¿cómo era ese principio de que dos negativos dan un positivo? Igual esto puede ser así. La mala suerte de cada uno cancelará la del otro.

Incluso estando yo así, con el corazón hecho un lío, el sexo anhelante y mi vida en la cuerda floja, Hudson conseguía hacerme reír.

—¿Qué quieres, Scout? Tienes que decírmelo o no te lo podré dar.

—Mira quién habla, el señorito de «Me da igual lo que pidamos para cenar».

Puso cara de fastidio como diciendo: «Vale, ahí me has pillado».

—Bueno , ahora mismo lo que quiero es estar contigo. ¿Puedo? ¿Tú quieres estar conmigo?

Problema: no quiero dejar esto con Hudson .

Propuesta de solución: seguir con él.

Prueba: decirle que sí .

Resultado: ¿quién sabe?

La incertidumbre científica inherente a ese escenario me resultaba de lo más desagradable, pero era hora de tomar una decisión. Con la voz de Clara en la cabeza alentándome a tomar riesgos y los ánimos de Hudson resonándome en las orejas, me lancé. Por más temerario y estúpido que fuera hacerlo .

—Sí que quiero.

Se encogió de hombros .

—Entonces todo lo demás es secundario.

Arremetí contra sus labios , lo cogí por la cintura y pegué su cuerpo al mío.

No había llegado a ponerme la bata, de modo que seguía totalmente desnuda.

Solo su slip se interponía entre nosotros.

Tendría a Hudson dentro en cuestión de segundos.

Desde luego, yo ya estaba lo bastante mojada.

No me había recuperado del todo del calentón de la noche anterior.

Sin embargo, él hundió los dedos en mi pelo y me lo agarró con suavidad para que no me moviera. Era como si hiciera todo lo que estaba en sus manos para no dejarme ir. Forcejeé con sus calzoncillos, pero él retrocedió lo justo para agacharse y llevarse mi pezón izquierdo a la boca.

Gemí. Las pinzas y los estimuladores para pezones estaban muy bien, pero…

¡Oh !

Me mordió el pezón endurecido con delicadeza y luego com pensó el pinchazo de dolor con un beso apasionado. Repitió el proceso con el derecho soltándome el pelo el tiempo suficiente para asegurarse de que los dos pezones recibían la misma atención, uno de su boca y el otro de sus dedos.

Había estado veintiséis años sin saber lo que era tener un pene de verdad dentro de mí, pero no había sentido el coño tan vacío en mi vida.

Como si me hubiera leído el pensamiento, me dio la vuelta para colocarme frente a la isla de la cocina .

Una mano fuerte me agarró por la nuca y me guio hasta que me quedé apoyada sobre la encimera.

Dos manos se posaron sobre el mármol de imitación, una a cada lado de mi cabeza.

Yo tenía los pies separados , las piernas abiertas para él.

Estaba expuesta y Hudson podía hacer conmigo lo que quisiera.

Mi respiración dibujaba fuegos artificiales de condensación en la encimera. Todos mis sistemas internos zumbaban expectantes.

Arqueé la espalda, ofreciéndole las vistas de mi culo , esperando que me penetrase desde atrás. Cuando no lo hizo , lo invité:

—¿No vas a…?

Él me chistó y dio un paso adelante, eliminando gran parte de la distancia que nos separaba. Me acarició el sexo empapado con el glande , provocándome con lo que más deseaba.

—Ya te lo he dicho: no puedo darte lo que quieres si no me lo pides.

Recordé la carpeta de diagramas y datos del servidor de VibraCorp, donde se encontraban los resultados de los estudios acerca de la estimulación y la excitación.

Él estaba dando en el clavo, poniendo en práctica todos los conocimientos científicos en mi cuerpo deseoso.

Posponer y negar el placer eran herramientas muy útiles en el sexo.

Ahora entendía su valor en situaciones reales.

Me rozó el clítoris con el miembro durante una fracción de segundo. Mi cuerpo entero se estremeció por el contacto. Casi pude intuir su sonrisita de satisfacción.

—Por favor… —Tragué con dificultad, apenas capaz de verbalizar un pensamiento excepto—: Te necesito dentro de mí.

Él estuvo encantado de complacerme. Solté un grito cuando me llenó con una embestida larga, perfecta. Abrí las manos sobre la encimera y sentí un chispazo helado en los pezones por la temperatura de la isla.

Una vez estuvo dentro, vaciló . No hubo acometidas ni movimiento alguno. Solo toda su firmeza ensanchándome, esperando el permiso para continuar.

Por instinto, como apremiándolo para que me follara de una vez, mi coño se apretó a su alrededor, pero él no cedió.

—¿Y? —me instó.

Tragué saliva.

—Fóllame. Y no pares.

Me penetró una vez más desde atrás y luego se puso a darme como si quisiera que el recuerdo de aquella mañana se me quedase marcado en la piel.

Como si pretendiera grabar aquel polvo en mi memoria central.

Como si quisiese que ningún otro hombre llegara a estar nunca a la altura .

Como si, para él, ningún otro coño hubiera estado nunca a la altura.

Era igual de satisfactorio que el sexo de por la noche , pero, mientras que aquello había sido obra de un hombre con el que pensaba que no volvería a estar (un hombre que quería saborear cada sensación), esto era propio de uno que quería que volviese a él una y otra y otra vez.

Yo respondí con el cuerpo a cada acometida , quería más, más deprisa, más profundo. Sin embargo, cuando me llevé la mano al clítoris, él me cogió por la muñeca y la devolvió a la encimera con firmeza. Con el rabillo del ojo, lo observé hacerse con el vibrador de dedo.

Todo sin aminorar ni un segundo el ritmo de las embestidas.

¿Cómo podía dársele todo tan increíblemente bien , incluido follarme?

—Entonces ¿qué? ¿Revisamos también el acuerdo acerca de las demostraciones prácticas? Creo que serían muy instructivas para mi formación en juguetes sexuales.

Estaba dispuesta a darle cualquier cosa por correrme en ese momento.

—Sí, sí, te lo demostraré . Te lo enseñaré…

Cada palabra salía más ahogada que la anterior.

—¿Cómo lo enciendo?

—Póntelo en el dedo y apriétalo con fuerza contra la encimera. Si lo aprietas tres veces , llegará a la potencia máxima.

Lo apretó una vez.

—Dime lo que quieres —insistió.

Era difícil hablar cuando me dejaba sin respiración con sus acometidas, pero yo ya había aprendido qué tenía que hacer para conseguir lo que quería.

—Por favor, quiero correrme.

Noté la descarga del vibrador en el clítoris. Estaba puesto a la mínima potencia, pero, aun así , el alivio de la presión fue suficiente para hacerme gimotear .

—¿Y después, cuando te hayas corrido conmigo dentro?

Intenté encadenar pensamientos, idear un plan, mientras aquel hombre me usaba como si mi coño fuera suyo. Finalmente, entre gemidos, conseguí decir :

—Quiero que sigamos follando. Hasta que… Mmm… Hasta que se te termine el contrato con VibraCorp, sigamos… Aaah… Sigamos haciéndolo . Ah, joder… Por favor.

—Trato hecho —pudo soltar él, apenas capaz de mantener ahora su tono a raya.

Nos acercábamos deprisa al clímax, ambos lo sentíamos.

—Pero no… Mmm… No podemos contárselo a nadie.

Gruñó.

—Bueno.

—Y… —susurré mientras el masaje del vibrador y sus acometidas alcanzaban un ritmo errático e implacable que mi cuerpo no podía seguir soportando.

Estaba cada vez más cerca del orgasmo, y notaba que él también estaba a punto de llegar—.

No puedes… ¡Ahhh! No puedes enamorarte de mí ni… Mmm… Ni nada de eso …

—¿Qué sientes, Scout? ¿Cómo es tener el vibrador en el clítoris? Recuerda que esto es por el bien de mi educación…

Apretó el dedo con fuerza contra mi clítoris. Me recorrió un estremecimiento cuando las vibraciones llegaron al segundo nivel .

—Siento que me tiemblan los músculos a la máxima frecuencia , que no tengo más remedio que apretarte.

Oí un gruñido detrás de mí. Volvió a presionar. Las vibraciones alcanzaron su cénit.

Y él también.

—¡Joder, Scout…!

Hudson soltó un rugido al llegar al orgasmo. Las ondas expansivas aceleraron el mío , al que me acercaba a toda velocidad.

Quería volver a nuestros acuerdos. Dejar muy claro que no pensaba repetir mis errores mezclando los peligrosos químicos del placer y el trabajo .

Pero, en ese mismo momento, su polla me rozó justo donde debía y Hudson me recorrió el clítoris con el vibrador en un furioso crescendo final.

Las palabras que me salieron no fueron más que un grito ahogado. Me precipité por el abismo, exprimiendo al máximo su orgasmo hasta que nos derrumbamos juntos sobre la encimera.

Durante un momento, nos quedamos ahí. Sin respiración. Sin fuerzas. Y yo estaba muerta de miedo. Acababa de acceder a pasar seis semanas más con ese hombre. Seis semanas más de sus bromas y su buen corazón y su preciosa polla y sus conocimientos precisos de cómo usarla.

—Doctora Porter —dijo apagando el vibrador y besándome el hombro—, menuda lección me ha dado. Y , respecto a sus exigencias, acepto el pacto.

Sí, seguramente un pacto con el diablo.

Pero, bueno, al menos de camino al infierno habría buen sexo.