Buenas vibras 17. Desayuno con amantes
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17. Desayuno con amantes

Desayuno con amantes

Yo nunca me creí esas chorradas. Estaba decidida a ser absolutamente clínica en lo que a perder la virginidad respectaba. Dejar de ser virgen no era más que un hecho. Me habían follado. Ya está. Podía pasar página.

Eso fue hasta que me desperté a la mañana siguiente con la pronunciada erección matutina de Hudson entre mis nalgas, tentándome con lo que ya no podía tener.

Podría haber sido un momento agradable si…

No sé, si no fuéramos compañeros de trabajo que habían acordado tener un rollo de una noche sin compromiso.

Me estaba haciendo la cucharita con una mano firme colocada sobre mi cadera desnuda.

Su corazón latía contra la piel de mi omóplato.

Podría haberme distraído su respiración en mi cuello, pero estaba más centrada en la erección que notaba en el coxis.

No había visto muchos penes en persona, pero, por lo que sabía gracias a mis indagaciones (por motivos cien por cien laborales), aquel era uno de los buenos, y todavía no estaba lista todavía para verlo desaparecer dentro de los vaqueros que tan bien le sentaban.

Mierda. Al final sí que había cambiado aquella noche , pero no como me había imaginado.

Todos mis procesos mentales , tan cuidados, metódicos y clínicos, estaban contaminados con la más reactiva de las peculiaridades humanas:

Las emociones.

Hudson se revolvió y me acarició el costado.

Yo deseé con todas mis fuerzas que bajase los dedos, que los metiese entre mis labios para poder refregarme contra ellos y montarlos hasta llegar de nuevo al orgasmo.

Quería que me apretase contra él y que me tomase desde atrás con suavidad para poder disfrutar de nuevo de su grosor, de esa sensación embriagadora de plenitud que se había apoderado de mí toda la noche.

Expectativa: guay, pues ya he probado el sexo.

Realidad : joder, ¿cómo voy a no volver a acostarme con este hombre nunca más?

Una pregunta desconcertante que solo resultó en una desesperación mayor cuando él fue subiendo más y más las puntas de los dedos por mi costado. Tuve que usar toda mi fuerza de volun tad para no arquear la espalda, para no restregarle el culo por la polla, expectante .

—Buenos días —suspiró.

Y muy buenos. Era el mejor despertar que había tenido en mucho tiempo.

Qué pesadilla.

—Buenos días —chillé con voz aguda—. ¿Has dormido bien?

Una risita por lo bajo.

Supuse que no era lo que la mayoría de las chicas preguntaban cuando un chico se quedaba a dormir en su casa por primera vez.

—No tienes ni idea de lo que me hiciste, ¿no?

—Una idea sí que tengo.

El recorrido de sus dedos por mi cuerpo era lento (y de una longitud despiadada) y su destino era evidente. Los pezones se me erizaron con expectación.

—No, qué va. —Trazó una medialuna en la base de mi pecho , provocándome—. No me harías esa pregunta si lo supieras. Me dejaste agotado. Nunca me he ido a dormir tan satisfecho . Y nunca me he despertado tan…

Un estremecimiento de placer me recorrió el cuerpo cuando me rozó el pezón izquierdo . Los ojos se me cerraron con un parpadeo.

Entonces bajé de la cama de un salto, como si quemase.

Problema : no puedo volver a acostarme con Hudson Bailey. Es una distracción.

Propuesta de solución: salir pitando de aquí. Hacer que él salga de aquí antes de invitarlo a que se quede.

—Madre mía, debes de querer irte ya, ¿no? Para no llegar tarde al trabajo. —Fui rebuscando mi ropa por la habitación. ¿Dónde terminó anoche?—. Creo que tú deberías ir primero y mandarme un mensaje cuando hayas llegado para que pueda entrar yo. No quiero que nadie sospeche.

Fui incapaz de encontrar ni una puta prenda de ropa en el suelo, así que levanté la vista hacia él.

Se había sentado con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas abiertas perezosamente, de modo que la erección anunciaba su presencia bajo la sábana, que le cubría hasta la cadera.

Hudson me dedicó una mirada que es taba entre la diversión y la confusión.

Fue una mirada dulce, una que me hizo sentir un cosquilleo en el corazón y no en el sexo.

Me… Me había gustado despertarme con él. Me gustaba verlo en mi cama. Me gustaba ser el motivo de que sonriese a primera hora de la mañana.

A la mierda. No me hacía falta la ropa en ese preciso momento, solo necesitaba un poco de espacio.

—Voy a preparar café —dije en un tono demasiado alegre—. ¿Tú quieres?

—No bebo café —me recordó.

Pero yo ya había huido a la cocina. La noche anterior la habíamos dejado hecha un desastre cuando habíamos parado a picar algo entre asaltos.

Cuando el frufrú de las sábanas me indicó que él también buscaba su ropa, me llegó su voz.

—¿Va todo bien ?

¿Cómo se atrevía a ser tan atento y considerado? Me centré en los armarios, donde seguro que tenía algo de café, ¿no?

—Mejor que nunca —mentí—. Es que no quiero hacerte perder el tiempo.

—¿Y si yo quiero pasar ese tiempo contigo?

—Tenemos que ir a trabajar.

—¿Y después?

Sentí presión en el pecho.

—Bueno, es que ese no era el trato.

—Ah.

«Ah». Eso fue todo lo que dijo . «Ah». Mi cabeza corrió a rellenar los espacios en blanco que dejaba esa sílaba, a darle vueltas como si fuera un problema mecánico complejo que tenía que entender para poder solucionarlo.

¿Era un «Ah, tienes ra zón, qué tonto»? ¿Era un «Ah, qué decepción, daría lo que fue ra por volver a follar contigo, magnífica diosa»?

¿O tal vez un «Ah, aquí estaba el calcetín»?

Cerré de golpe la puerta del armario que tenía delante y el aire que me rozó la piel me hizo volver a ser consciente de que estaba desnuda.

Emocional y físicamente.

—¿Te importaría traerme algo de ropa ? Debería haber una bata en el primer cajón de la cómoda.

—Claro, con mucho… Oh.

¿Qué le pasaba a este tío con los monosílabos? ¿Mi coño era tan maravilloso que le había robado el habla o es que por las mañanas no estaba muy espabilado?

Entonces lo comprendí. «Oh» no era lo mismo que «ah». Ese «oh» me decía justo cómo la había cagado.

Mierda. Mierda, mierda, mierda. Era inútil hasta para evitar el sexo.

No había especificado que era el primer cajón de la izquierda. Un error fatídico, porque el primero de la derecha estaba destinado a guardar mi colección de juguetes sexuales.

En ese mismo momento, Hudson estaría mirando mi vasto arsenal de «asistencia a la salud sexual » como si fuese aquella dichosa maleta de Pulp Fiction .

Quería que me tragase la tierra de la vergüenza.

Parece una tontería, teniendo en cuenta que él sabía que los usaba y ambos trabajábamos con ellos, pero hay una diferencia entre ponerse un biquini en la playa y que un pervertido se asome a tu ventana para verte en ropa interior : todo es cuestión de contexto.

Un silbido largo y grave llegó de la otra habitación. Por lo menos había tenido la decencia de hacerse el impresionado.

—Estás… muy comprometida con tu trabajo.

—Ya te lo dije: soy una experta.

Su risa cruzó el piso. Yo también sonreí, intentando volver al modo compañera de trabajo bromista. Eso podría llevarlo bien, ¿no ?

No. No cuando, vestido con solo un slip manchado de líquido preseminal, Hudson salió del dormitorio con una bata en una mano y un vibrador de dedo de color azul claro en la otra.

Contuve un quejido. Tenía que ser una broma. ¿De todos los que podía haber sacado del cajón, había cogido uno de mis favoritos? No podía ser .

—¿Este es bueno para principiantes? Igual me podrías enseñar a usarlo.

Volvió a señalar el vibrador con la cabeza. Era un aparato pequeño que tenía un cabezal masajeador para acariciar el clítoris unido a un anillo que se ponía en el dedo. Otorgaba más control que un vibrador tradicional y permitía más movimientos circulares.

No era ni de lejos el más grande ni el más llamativo del cajón y me pregunté qué le habría hecho elegir ese.

La expresión curiosa de Hudson enseguida se convirtió en fantasías…

Fantasías que no podía dejar que hiciera realidad con ese vibrador.

Si lo hacía, nunca conseguiría bajarme de su polla.

Los orgasmos de esa noche ya habían sido bastante malos (entiéndase «increíbles »). Tenía que poner límites.

—Aunque sé que a tus futuras novias les encantaría, tenemos un acuerdo. No habrá demostraciones prácticas .

Le quité la bata de la mano de un tirón . Era hora de vestirse, hora de volver a la realidad .

—Quiero reiterar que los acuerdos pueden renegociarse. —C on destreza, tiró de mí alejándome de la encimera y acercándome a él . Su erección me presionó la barriga a través de los calzoncillos—. Podríamos renegociar el nuestro. Si tú quisieras.

Pues ya estaba. Lo había dicho en voz alta. Todavía me deseaba . Lo único que tenía que hacer yo era decir que sí.

Consentimiento entusiasta, menudo concepto. Ojalá a mi corazón le hubiera llegado la información.