16. ¿Virgen yo?
¿Virgen yo?
S i me lo hubiera pedido o si hubiera movido los dedos con algo más de osadía, yo no habría dudado en dejar que me los metiese
—Sí —suspiré—. Estoy abierta.
Sin embargo, apartó la mano.
—Ven. No voy a follarte en la encimera de la cocina.
—Eso solo apunta a una gran falta de imaginación por tu parte —refunfuñé.
—No te preocupes. La espera valdrá la pena. Me aseguraré de ello .
—Más te vale.
Un poco mandona, ¿no?
Pues sí, sonaba mandona, pero tienes que entender que estaba a pocos segundos de romper una sequía de veintiséis años. La impaciencia se iba acumulando en mi cuerpo, rogándome que la aliviase de una vez.
Hudson me ayudó a bajar de la encimera y casi convulsioné cuando nuestros cuerpos se rozaron de nuevo . ¿Cómo iba a sobrevivir al trayecto hasta mi habitación? Igual me corría solo con el roce de mis muslos.
La mano de Hudson en mi cadera no ayudaba. Solo consiguió hacerme pensar en lugares mejores y más productivos en los que podía ponerla.
—¿Cómo estás?
—Con ganas de tumbarte en el suelo y hacértelo aquí mismo —protesté—. Harta de esperar .
—No es que me disguste el plan, pero tengo otro . Quiero que lo disfrutes.
—Estoy bastante segura de que disfrutaría montada encima de ti.
Me dio un beso en la coronilla y su risa me removió el pelo.
—Entonces, eso lo dejamos para la segunda ronda, ¿te parece?
En mi habitación, se detuvo a los pies de la cama, que me esperaba tras él como una promesa. Cuando estuve al alcance de su mano, me levantó el mentón para que nos mirásemos a los ojos.
—Scout, ¿confías en mí?
—Sí .
«Y tal vez no debería. Apenas te conozco. Pero eres majo y estás aquí y, a pesar de lo que me dicta la razón, ahora mismo te necesito más que respirar.
»Y he hecho los experimentos teóricos».
Problema: aún soy virgen.
Propuesta de solución: perder la virginidad.
Comprobación: acostarme con Hudson y no desarrollar ningún tipo de apego hacia él .
Resultado: dejaré de ser virgen y volveré a la normalidad y a ignorar a Hudson.
Se inclinó y nuestros labios quedaron tan cerca que casi se rozaron cuando volvió a hablar.
—¿Quieres que tome la iniciativa?
—Por favor.
Me acerqué para acabar con la distancia que nos separaba. Él me esquivó y, en lugar de besarme, me rozó la oreja con los labios.
—Una pregunta más.
—¿Sí?
—¿Alguna vez te han comido el coño?
Me estremecí. Apreté los muslos.
—No .
—¿Te gustaría?
Dibujé una sonrisa de suficiencia. Ni con el cerebro a mil pude resistirme a replicar:
—Eso son dos preguntas.
Él gruñó, pero, a la vez, puso cara de paciencia.
Como si estuviera atrapado entre «Déjame comerte el coño » y «Eres incorregible».
Se inclinó para darme otro beso, esta vez más lento, casi reverencial.
Por ahora nuestros besos habían sido fogosos, más una necesidad que un lujo, una consecuencia de desearnos tanto.
Enredó las manos en mi pelo , acariciándome la cabeza con los dedos mientras exploraba mi boca con la lengua. Jadeé y profundicé en el beso.
Entonces desplazó su foco de atención .
Bajó por mi cuello.
Pasó por la clavícula.
Hasta llegar al primer botón de mi cárdigan .
Plop.
Cedió con facilidad y dejó más piel al descubierto . El segundo y el tercero pronto corrieron la misma suerte . El aire acondicionado no estaba muy fuerte ese día, pero verme expuesta mandó una onda sísmica por todo mi cuerpo que me endureció los pezones al instante.
Con un tironcito más, Hudson lanzó el cárdigan al suelo. Y ahí estaba yo, delante de él con solo un sujetador de encaje y la falda.
Se me quedó mirando un momento.
Estaba sin palabras.
Yo había dejado a alguien sin palabras.
Durante el orgasmo, se liberan oxitocina y dopamina en cantidades sorprendentes . Y yo había tenido algunos orgasmos que desafiaban toda lógica y estudio científico conocido.
Pero ¿haber dejado a Hudson sin palabras? En aquel momento podrían haberme salido las hormonas de la felicidad por las orejas. Me saturaron los sentidos.
Al final, consiguió decir:
—Una lencería muy bonita para ser virgen .
—Ponerse lencería para masturbarse puede ser muy excitante —le informé , conteniendo las ganas de cubrirme el pecho. No pensaba esconderme . Quería que me viera—. Este es uno de mis conjuntos favoritos.
Me agarró por las costillas, acariciándome con el pulgar por debajo de los pechos, cubiertos de un suave encaje azul cielo.
—Lo entiendo perfectamente, pero preveo que será todavía más excitante cuando te la quites.
Con mucha suavidad, me empujó para que me quedase sentada en el borde de la cama con las piernas abiertas y entonces se arrodilló en el suelo.
Le sentaba bien estar ahí abajo, a punto de devorarme. No sé si es posible evocar una imagen más sexy que la de sus gafas asomándose por encima de mi monte de Venus.
Poco a poco, me puso las palmas de las manos en los muslos y fue subiéndolas por mi cuerpo hasta que llegó a los tirantes del sujetador. Me los quitó de los hombros, primero uno y luego el otro. La tela se movió y la parte superior de mis pezones duros salió de debajo del encaje.
—Por favor —suspiré—. Por favor, tócame de verdad . Necesito más. Creo que me voy a volver loca.
Hudson , imperturbable, llevó las manos al cierre del sujetador entre mis pechos asegurándose de no rozarme los pezones. Controlándolo todo. Indiferente a mis lloriqueos.
—¿Qué sientes al saber que alguien te desea tanto?
—Creo que la que más desea ahora mismo soy yo —jadeé.
Me sentí tentada a meterme una mano entre las piernas y llegar al orgasmo —que le diesen a él y a sus jueguecitos—, pero me resistí. Si esperaba, Hudson me daría mucho placer.
Soltó una risita y manipuló el cierre dorado hasta que cedió. Con cada palabra , me iba bajando los tirantes por los brazos:
—Oh, no . Esto es lo que se siente cuando sabes que te desean, Scout. Cuando tienes a alguien tan obsesionado contigo, con tu cuerpo, que pone su placer en segundo plano para poder disfrutar de cada centímetro de ti.
El sujetador cayó . Él observó las vistas.
—Disfruto solo de verte, preciosa.
Se me secó la boca. No dije nada, me limité a disfrutar de tener a un hombre en la palma de mi mano, deseándome con tantas ganas. Esa mirada con los párpados caídos y esas palpitaciones desesperadas dentro de los vaqueros eran tan satisfactorias que tal vez podría haberme corrido solo con mirarlo.
¿Para qué digo nada? Me apretó los pechos y yo gemí.
Joder. Qué gusto que me tocase otra persona. No, que me tocase Hudson.
Mi gemido debió de despertar al monstruo que llevaba dentro, porque perdió el control . Bajó la boca hasta mi pezón izquierdo mientras me apretaba el derecho y lo masajeaba. Cuando que dó satisfecho con mis suaves jadeos, pasó al otro, erizándomelos más de lo que había creído posible.
—Quiero más —gimoteé.
—Me preguntaba cuándo empezarían las exigencias.
Capullo engreído. Joder, lo habría odiado si no me hubiera hecho sentir tan bien.
Solté un quejido cuando se apartó y lo observé bajar hacia mi centro palpitante. Seguía llevando la falda, pero él la desabotonó y me ayudó a bajármela.
Y entonces me vi sentada a los pies de mi cama, con un hombre remoloneando sobre mis labios y su respiración acariciándome el sexo, del que solo lo separaba un tanga de encaje fino y empapado.
Si todavía me quedaba alguna duda sobre el sexo o algún reparo sobre mi aspecto, olor o inexperiencia, o sobre que Hudson fuera mi compañero de trabajo y, más o menos, un desconocido, estos se disiparon en la oleada de deseo que se apoderó de mí súbitamente.
Jugueteó con las bragas. Yo abrí la boca para suplicarle de nuevo, pero antes de que tuviera tiempo, tiró de la tela y me las arrancó.
Ahogué un grito y me dispuse a protestar, pero lo único que me salió fue un gemido de los que hacen temblar las paredes.
Porque, justo en ese momento , Hudson me abrió los labios y me dio un profundo beso. Puse los ojos en blanco. Mis caderas se elevaron hacia su cuerpo. Y él me sujetó contra la cama para poder adorarme entera.
Yo nunca… Aquello… Quiero decir: tenía un Satisfyer que, en teoría, imitaba el sexo oral, pero no había nada, ningún ju guete en el mundo, que pudiese hacerme sentir como la boca de Hudson centrándose en mi clítoris , succionándolo y activando todas mis terminaciones nerviosas.
Trabajamos en equipo : yo me restregaba contra él, suplicándole más contacto y fricción , y él me los concedía con gusto. Me llevé las manos a los pechos y me masajeé los pezones duros , jugando con mi cuerpo para aumentar el placer.
Pero quería más, necesitaba…
—Hudson, por favor, ¿puedes…? —Apenas si conseguía sacar las palabras entre respiraciones entrecortadas y gemidos de placer.
Él se separó de mí. La falta de contacto me dejó débil.
—¿Que si puedo qué?
—Por favor, ¿puedes meterme un dedo? O mejor dos.
—¿Preferirías que usara un dildo? Puede que el sexo me nuble un poco la mente, pero recuerdo muy bien que me has dicho que debería introducir más juguetes en mi vida sexual. Y recuerdo concretamente que me has dicho que mi futura novia agradecerá tus lecciones .
El rubor me subió por las mejillas. Me encantaban los dildos que tenía, pero…
—Quiero sentirte a ti.
—Imaginaba que me dirías eso, pero quería oírlo. Será un placer , Scout. Aunque tengo una condición: tienes que mirarme.
Hasta ese momento, yo había tenido los ojos cerrados.
Me parecía muy íntimo observar cómo me penetraba, pero lo deseaba tanto que me incorporé para quedarme apoyada en los codos y lo miré a los ojos mientras él recorría con los dedos mis pliegues húmedos.
Rodeó unas cuantas veces la estrecha abertura, provocándome.
Pero luego enterró los dedos hasta el fondo y, después de observarme gimoteando y gritando por el delicioso placer que me hacía sentir, enterró la cara de nuevo en mi coño.
El placer me inundó. Volví a caer sobre la cama, me apreté los pezones con manos impacientes y fui subiendo y subiendo y subiendo hacia el clímax …
—Hudson. Hudson, me voy a…
No hacía falta que lo dijera. Sentí cómo dibujaba una sonrisa triunfal incluso mientras me comía el clítoris.
Y entonces la situación me superó. El cuerpo se me tensó más y más hasta que caí por el precipicio y me rompí en mil pedazos, restregándome contra la cara de Hudson y montándole los dedos hasta quedar hecha una pila sudorosa, agotada, exhausta de placer.
El orgasmo tuvo algunas réplicas, pero, por fin, me pude relajar lo suficiente para que él sacase los dedos con facilidad . Subió a la cama, donde se tumbó a mi lado , todavía con la ropa puesta.
De repente, la oleada inicial de deseo se disipó y me sentí tonta. Había hecho el ridículo, suplicándole y gimiendo.
—Lo siento, si te ha parecido…
—No me pidas disculpas en tu vida. Eres exquisita . Y ahora, ¿quieres que te traiga un vaso de agua o…?
Entrecerré los ojos confundida. ¿Cómo podía pensar en traerme agua en un momento así?
—No, quiero que me quites la virginidad.
—¿No quieres descansar?
Me puse de lado para quedarme mirándolo y levanté la rodilla para rozarle con cuidado la durísima erección.
—Hudson, he esperado veintiséis años. No me hagas esperar ni un segundo más.
Y no lo hizo . Me cogió la cara con las manos para darme otro beso y se colocó encima de mí sujetándome contra la cama. Mojada, abierta y lista para él, le arranqué la ropa y le besé cada centímetro de piel que hallaba a mi paso .
Cuando se desnudó, me encontré de pronto, por primera vez, ante el grosor de su miembro. Era perfecto . Tampoco era demasiado largo, lo justo para confirmar mis sospechas: me sentiría llena en cuanto me penetrase.
Me pregunté cómo sabría, cómo sería que me llegara hasta la garganta.
Me recordé a mí misma que habría tiempo de sobra para eso. Al fin y al cabo, teníamos toda la noche.
Me mecí para rozarle la polla húmeda con la hendidura también mojada de mi sexo.
Esa vez no quise suplicar en voz alta, pero mi cuerpo hizo todas las demandas que él necesitaba. Colocándose en posición, me miró desde arriba.
—Scout, yo…
Oh, no . Estaba poniendo esa cara, esa expresión sentimental de «Vamos a abrir nuestros corazones».
—¿Quieres hacerlo? —pregunté.
—Sí, claro. Más que nada en…
La última frase salió ahogada porque tomé la iniciativa y levanté las caderas acogiéndolo dentro de mí por primera vez en un impulso largo, fuerte, dolorosamente placentero.
Aquella vez le tocó a él maldecir.
—Oh, joder. Estás tan … Tan…
Se quedó ahí y me dio tiempo a adaptarme . Era raro tener por fin a un hombre dentro . Ya no era virgen, pero esa realidad pronto se vio sobrepasada por otra oleada de deseo.
No quería solo dejar de ser virgen. Quería que me empotrara.
—Fóllame, Hudson —le ordené.
Y lo hizo. Al principio con delicadeza, fue entrando y saliendo, con toda su longitud, con embestidas lentas . Yo me moví para reflejar todos y cada uno de sus gestos, disfrutando de sentirme completa.
Los dildos eran geniales y nunca dejaría de usarlos, era fan incondicional, pero ¿una polla? No sabía cómo volvería a una dieta solo a base de silicona cuando podía tener aquello.
—Más —exigí.
A Hudson se le daba de maravilla cumplir órdenes.
La pasión fue creciendo y aumentamos la velocidad y la intensidad.
Yo me aferré a sus hombros y me mecí con él y, al cabo de poco, sentí cómo se acercaba al precipicio.
Sabía que se correría pronto, sabía que yo había sido la que lo sumiría en el placer.
—Scout. ¡Scout …!
—Sí, sí. Por favor. Por favor, córrete dentro de mí .
Nuestros cuerpos se encontraron una última vez y Hudson se agarró a mí mientras mi coño lo apretaba para sacarle hasta la última gota de aquel orgasmo. Lo empujé contra mí, tal vez con demasiada fuerza, pero quería sentir el placer abandonándolo. Quería compartir ese instante con él .
Después, cuando salió de mí, yo me escapé al baño (lo último que quería era una infección de orina) y luego volví al calor de la cama.
Él me arropó con las sábanas y nos miramos en la oscuridad silenciosa durante mucho rato.
Tal vez el momento era demasiado valioso para estropearlo con palabras.
Tal vez ninguno de los dos sabía qué decir.
Nos quedamos asimilando nuestra primera vez (mi primera vez, su primera vez conmigo, nuestra primera vez juntos) , pero, al final, él rompió el silencio.
—Rechazo tu hipótesis , Scout. Mis estudios han concluido que eres la mujer más sexy que he conocido. Es una verdad científica irrefutable.