15. Apaguen los teléfonos móviles, empieza la función
Apaguen los teléfonos móviles,
empieza la función
C onseguimos llegar a mi casa sin hacerlo en la oficina, el coche o el ascensor, aunque no sé muy bien cómo.
—Es muy raro que estés en mi casa.
No fue mi mejor bienvenida. No la bordaría en el felpudo de la entrada, pero, cuando cerré la puerta, me volví y vi a Hudson acercándose a la encimera de la cocina, estudiando mi casa con aire ausente, como si esta fuera una guía para entenderme, fue lo único que me vino a la cabeza.
Cuando me despidieron de GalacticSolutions, les di a mis padres el grueso de la indemnización, pero me había guardado algo para comprarme aquel piso.
Yo decía que era una casa comprada con mi silencio.
Puede que no fuera la mejor forma de pensar en mi propio hogar, pero al menos era sincera.
El piso era sencillo y elegante y estaba unos veinte años por detrás de las modas de decoración, pero también tenía techos altos, venta nas grandes y un aire acondicionado increíble que mantenía a raya los veranos de Texas.
Sin embargo, yo no pasaba mucho tiempo allí, porque prefería comer fuera de casa y dedicar la mayoría de las horas que pasaba despierta a estar sentada en mi escritorio, de modo que, en aquel momento, viéndolo a través de la mirada de Hudson, me di cuenta de que las estanterías llenas de textos académicos apilados y los menús de comida a domicilio imantados a la nevera hacían que el piso tuviese un aspecto algo triste, falto de personalidad.
—¿Por qué iba a ser raro? —preguntó él—. Es solo sexo, ¿no?
— Sí, claro. Solo sexo —respondí yo intentando, sobre todo, convencerme a mí misma—. No es para tanto.
Su mirada me quemaba por donde pasaba. Las mejillas, el cuello, el volumen de mis pechos que sobresalía del cárdigan.
Con una ligera presión en la muñeca (el único lugar en el que nuestros cuerpos se tocaban por ahora) me hizo retroceder hasta que topé con la isla de la cocina. No tenía a dónde huir. Estaba allí sola con un hombre atractivo y el fantasma del sexo inminente.
—Sí. Eso. Sin más. Solo somos dos personas… que resulta que se atraen… y vamos a acostarnos y… Y…
Me soltó la muñeca y dejó que sus dedos se desplazaran perezosamente hasta mi cintura, donde encontró una zona de piel expuesta entre la falda y el bajo del cárdigan.
—¿Quieres seguir hablando o prefieres que le busque a tu boca algo mejor que hacer? —me preguntó.
—Puedes intentarlo, pero seguiré pensando incluso si no lo digo en voz alta.
—Entonces también tendré que distraer a esa cabecita brillante que tienes.
—Buena suerte.
Cada centímetro de mi cuerpo era casi dolorosamente consciente del suyo . Seguía tocando solo esa pequeña parte de mí, la piel de la cintura, y la distancia me estaba volviendo loca.
¿Por qué no me empotraba ya contra la encimera?
— Me encantan los retos, ¿recuerdas? —dijo—. Por eso me gustas tanto tú.
—Espero que haya otros motivos por los que te guste —le dije, y llevé la cadera hacia delante por instinto, para entrar en contacto con él.
—Los hay. Muchos. Y estoy seguro de que descubriré más esta noche.
Sin apartar la mirada de la mía, fue bajando la mano por mi espalda. Dio un paso adelante. Me agarró el culo con fuerza y me apretó contra él, examinando mi cuerpo bajo sus manos.
Debí de aprobar el examen, porque la polla le palpitó.
Y eso, cómo no, desató una oleada de excitación entre mis piernas.
—Pero será mejor que no te guste demasiado —le recordé—. Tenemos un trato. Esta noche nos acostamos y luego las cosas vuelven a ser como antes.
—Hay algo que debes saber sobre el sexo, Scout.
—¿Sí?
No sé cómo, consiguió atraerme todavía más hacia él. Tenía los pechos pegados al suyo. En aquel momento, la ropa era lo único que mantenía mi virginidad intacta.
—Las cosas nunca podrán volver a ser como antes. En cuanto te vea así, nunca podré borrarlo de mi cabeza. Nunca me olvidaré de tu tacto, de cómo te hago gemir…, y a ti te pasará lo mismo.
Solté una risa escéptica, proyectando más valor del que sentía en realidad.
—Soy una adulta racional, responsable y lúcida. Estoy segura de que podré superar una noche de pasión.
—Pues no pareces tan segura.
Lo besé en lugar de contestar.
¿ Por qué iba a perder el tiempo hablando de mis sentimientos cuando notaba su maravillosa erección entre los muslos?
Al fin y al cabo, ese era el motivo por el que estaba él allí. Para follar. Y punto. Ni para hablar ni para que nos sincerásemos ni para conocernos mejor. Para follar.
No debió de importarle demasiado la distracción. Cuando lo besé con avidez, él respondió entregándose a cada contacto y a cada gesto sin aliento.
Me cogió en brazos y me subió a la isla de la cocina, abriéndome las piernas y colocándose entre ellas.
Mientras nos besábamos volví a empujar la cadera hacia la suya, buscando la fricción desesperadamente.
Me espoleaba la tensión que había ido en aumento desde la feria, esas ganas de Hudson que no había conseguido quitarme ni con mis mejores dildos.
Estaba ansiosa por tenerlo. Estaba lista.
Y sabía que iba demasiado deprisa, pero no podía evitarlo. Llevé las manos desde sus mejillas a sus hombros y luego bajé por la extensión de su pecho recorriendo toda la superficie y memorizándola, pero entonces fui a por su cinturón y, de pronto, déjà vu .
Se apartó de mí deteniendo nuestro aparente descenso imparable hacia el sexo.
—¡Espera! ¡Cosmos!
—Vale —conseguí decir entre jadeos respondiendo de inmediato a la palabra de seguridad que habíamos acordado en el coche.
—Casi se me olvida.
Desenredándose de mí, dio unos pasos inestables hacia atrás y se metió las manos en los bolsillos. Joder, incluso así, tambaleante e inseguro, era muy sexy. Sentí cómo me palpitaba el coño. Nunca había estado tan cerca de hacerlo con alguien. La espera era insoportable.
Al cabo de un segundo, encontró lo que buscaba. Me lo ofreció.
Era un frasco de cristal del tamaño de mi mano.
Dentro había pétalos de rosa, un poco de purpurina, una velita y unas bombitas de esas que estallan y sueltan chispas cuando las lanzas al suelo.
Del cuello del frasco colgaba una pequeña etiqueta que rezaba en la letra cuadrada de matemático de Hudson:
«Romper en caso de emergencia por pérdida de la virginidad».
—Dijiste que no eras una de esas chicas que pierden la virginidad con rosas y velas y todo eso —dijo encogiéndose de hombros—. Y yo no estoy de acuerdo.
De pronto, sentía mucha presión en el pecho. Me pareció demasiado amable, demasiado íntimo. No necesitaba que me mintiera, no necesitaba que fingiera que era un partidazo. Aquello era solo sexo, una transacción. Ni necesitaba ni quería sentirme especial.
No podía quererlo. No podía engancharme a sentirme así.
Dejé el tarro y luego le pasé los dedos por el cinturón y volví a atraerlo entre mis piernas.
—Soy una apuesta segura, Hudson —le recordé—. No hace falta que me hagas la pelota para que me acueste contigo.
—Y no hacía falta que tú hicieras nada para que yo me acostase contigo, Scout.
Solo tenías que ser tú. Solo tenías que pedírmelo.
—Me agarró la cara entre las manos. Me acarició los labios con el pulgar.
Yo me estremecí—. ¿Cómo puede ser que una mujer tan preciosa, inteligente, graciosa y sexy como tú no haya estado nunca con nadie?
Porque nada me había hecho pensar que fuera posible.
—Hace mucho tiempo formulé la hipótesis de que no podía confiar en mí misma para tomar grandes decisiones. Como decidir si debía acostarme con alguien o con quién debía acostarme. Y, una y otra vez, mis experimentos han avalado esa teoría.
—Entonces ¿por qué has terminado eligiéndome a mí?
—Porque el cosmos es increíblemente vasto.
Somos motas de polvo cuando nos comparamos con él.
Y, no sé cómo, un hombre comprensivo y atractivo con manos fuertes y una risa que suena a la mañana del día de Navidad me ha encontrado.
Y, contra todo pronóstico, me desea. Eres el hombre adecuado en el momento adecuado y yo intento convertirme en una Scout capaz de recibir un regalo así, sin miedo a aceptarlo, aunque solo sea por una noche.
—¿Y qué es lo que te ha frenado hasta ahora?
—Mil cosas, la verdad. Como, por ejemplo, mi segunda hipótesis.
—Que es…
—Que no soy atractiva.
Al fin y al cabo, era una virgen de veintiséis años que se pasaba la vida sentada a su escritorio.
No es que fuera esquivando ofertas de solteros cotizados cuando hacía cola para comprarme un bagel , y mi última relación tampoco me había servido precisamente para reforzar la autoestima.
En mis adentros, me preocupaba que aquel experimento mío con Hudson fuera a fracasar por mi culpa, solo por ser quien era.
Hudson volvía a tener esa expresión en la cara, esa mirada de «voy a follarte». El vacío entre mis piernas me pareció insoportable.
—Un buen científico siempre debería estar abierto a la posibilidad de que se demuestre que se equivoca —me recordó.
Y me recorrió el muslo con la mano. Por debajo de la falda.
Directo a donde se separaban mis piernas, donde jugueteó con los dedos con la tela del tanga mojado que llevaba puesto—. ¿Tú estás abierta, Scout?