14. Escuela de calor #3
¿Empezaba a hacer calor en la sala o lo que me hacía sonro jarme eran las escenas que creaba mi cerebro de Hudson en cogido encima de una mesa acogiendo la envergadura de un dildo con arnés?
—Se pueden usar anal o vaginalmente, según la anatomía de nuestra pareja.
Una de las mejores cosas que tenía Hudson era que nunca de jaba largos silencios en las conversaciones.
Cuando los demás dejaban que mis palabras flotasen en el aire, siempre me entraba la inquietante sensación de que, de algún modo, la había cagado.
De que había estropeado aquella interacción.
Hudson nunca hacía eso, nunca me hacía sentir rara ni fuera de lugar por las cosas que salían de mi boca por civilizar.
Sin embargo, en aquel momento, mientras apartaba la mirada de la proyección en la que se mostraban una gran variedad de arneses, incluido el Amante, nuestra combinación de dildo y arnés de alta gama, no dijo nada.
En mi trabajo, especialmente estudiando los grupos de discusión y los informes de polvos, me había dado cuenta de que la idea de la penetración o la estimulación anal atraía a más hombres de los que me imaginaba.
Sin embargo, el estigma hacía que la mayoría decidiera no compartir aquel deseo ni siquiera con sus parejas íntimas.
Una de las partes más importantes de mi trabajo en VibraCorp era acabar con todos los estigmas en torno a la salud sexual. No solo los que afectaban a las mujeres o a las personas con vagina, como había insinuado el señor Ose en nuestra reunión, sino a todo el mundo.
—¿Te…? —empecé a preguntar esperando sonar alentadora—. ¿ Te interesa? El otro día lo mencioné y, si no me falla la memoria, me dijiste: «Bueno, si insistes…».
Se le tensó un músculo de la mandíbula.
—Nunca lo he pensado. Al menos no en serio. Fue una broma.
—Pues piénsalo —dije asintiendo ligeramente con la cabeza para animarlo—. Dicen que es muy placentero. O eso piensan nuestros probadores.
Él asintió una vez y luego siguió avanzando hasta el siguiente grupo. Pasé las diapositivas del PowerPoint hasta llegar a las correspondientes. En VibraCorp no fabricábamos muchos utensilios para practicar BDSM , pero teníamos algunas pinzas para pezones que Hudson podría curiosear .
Por un momento, pareció que la tensión sexual nos había abandonado, que podíamos volver a la distancia emocional y verbal .
Sin embargo, ese momento pasó cuando Hudson llegó al último grupo de juguetes, el que estaba más cerca de mí .
Me quedé quieta para que no fuera evidente el efecto que me provocaba y el espacio entre nosotros se redujo.
Su cuerpo se aproximó tanto al mío que, aun sin tocarme, parecía amenazador, dejándome atrapada entre la mesa y su cálida presencia.
—Estos son juguetes para parejas con control remoto. Funcionan con mandos, mientras que tú estás programando uno que se controlará mediante una app . Y todos tienen las mismas capacidades penetradoras, vibradoras y motoras que los que se operan manualmente.
Como si no le estuviera hablando, pasó un brazo por mi lado para coger nuestra ropa interior vibradora con control remoto: unas bragas con un pequeño sensor cosido para poder darle placer a tu pareja discretamente en público con la ayuda de su correspondiente control remoto de bolsillo.
Luego pasó el otro brazo por mi costado, rodeándome mientras examinaba la prenda con las dos manos como si nada.
Se me pegó a la espalda y al culo. Por más que intenté evitar que me afectase (al fin y al cabo, aquella era la parte profesional de nuestro acuerdo, no nuestro rollo personal de fuera de la oficina), mi cuerpo entero reaccionó al verse encerrado por el suyo.
—Ahora ya sabes lo básico —dije con un chillido agudo—, lo que quiero enseñarte no es solo lo que hacen los juguetes, sino lo que nos hacen sentir. Eso es lo importante. Si vas a crear una app para ayudar a la gente con el placer , tienes que entender qué sensaciones son realmente placenteras.
Dejó caer las bragas. Me llevó las manos a los muslos y las fue subiendo hasta agarrarme las caderas y tirar de mí con más fuer za todavía hacia él.
—Podrías demostrármelo.
—Acordamos que no habría demostraciones prácticas —repuse, aunque incliné la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro, dejando el cuello expuesto.
Él me apretó los labios cálidos contra el hueco del cuello.
—Los acuerdos pueden renegociarse, ¿no? Total, luego voy a llevarte a casa y a darte placer toda la noche.
Siguió subiendo las manos desde mis caderas, arrastrándolas por la cintura en dirección a los pechos.
Los agarró negándose deliberadamente a acercarse a mis pezones, tan duros que casi me dolían.
—Hablando de eso… —solté con un graznido.
—¿Sí? —me animó a seguir él, evidenciando que disfrutaba de mi deseo apenas disimulado.
—¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar antes de arrancarnos la ropa el uno al otro?
Se apartó y me volteó para quedarnos cara a cara.
—¿Qué pasa con la pizza o el tailandés?
—Ya no tengo hambre . ¿Y tú?
—Yo sí, pero no te molestes en pedir nada. —Sentí un cosquilleo por todo el cuerpo mientras él me daba un repaso con la mirada—. Creo que contigo me quedaré más que satisfecho.