Buenas vibras 14. Escuela de calor #2
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14. Escuela de calor #2

—No me has decepcionado tú, sino la educación sobre este tema…

—Tenía la costumbre de andar de arriba abajo cuando estaba frustrada.

Me levanté de la silla y me puse a recorrer la elegante moqueta—.

Es triste que un hombre sexualmente activo como tú no entienda la importancia de esta tecnología.

El señor Ose tenía razón en que VibraCorp está dirigida por mujeres, a mucha honra, pero ¿es eso culpa nuestra o es culpa de la sociedad por enseñar a los hombres que el placer femenino no les incumbe?

A favor de Hudson hay que decir que dejó que siguiera con mi diatriba.

— Los orgasmos nos aportan muchas cosas.

Mejoran la salud mental y física, igual que hacer ejercicio.

Y, además, con los juguetes te lo pasas bien.

Las personas deberían usar todas las herramientas disponibles para llegar más al orgasmo.

Y, en VibraCorp, eso es lo que buscamos.

Creamos objetos que, sin importar el género, la identidad, los órganos sexuales o el tipo de relación que tengan, le dan a todo el mundo capacidad de decisión y autonomía sobre su propio cuerpo y su vida sexual.

Hacer sentir bien a nuestra pareja y a nosotros mismos deberían ser derechos fundamentales.

Los juguetes como los nuestros logran que las personas mantengan ese derecho y lo disfruten sin ningún tipo de vergüenza o duda.

—Estás orgullosa del trabajo que haces aquí. —Fue su respuesta, llena de sorpresa.

—Sí —contesté—. Ya no estoy fabricando cohetes, pero, cuando oigo lo que cuenta la gente…

Nuestros grupos de discusión son muy directos.

He oído historias de mujeres que han llegado al orgasmo por primera vez a los cuarenta años con nuestros juguetes.

De parejas que han conseguido recuperarse de lo que parecía que iba a ser una vida sin sexo.

De personas que han descubierto su sexualidad, que se han permitido explorar su autonomía tras dejar sectas religiosas…

Todo eso significa que, cuando entro a trabajar por la mañana, le estoy cambiando la vida a alguien.

Madre mía, aquello era demasiado sentimentaloide, demasiado pasional. Tenía que dejar el tema antes de asustarlo con mi intensidad.

— Y creo que esta noche —dije volviendo a centrarme en él y fabricando fantasías con lo que teníamos delante— puedo cambiar la tuya.

—¿Ah, sí?

—Ajá. Ya verás como tus futuras novias lo agradecen.

Una sombra fugaz le pasó por el rostro. No fui capaz de leerle la expresión porque se recuperó muy deprisa.

—A ver, pues hazme un tour de la exposición.

Ah, sí, sí, las clases.

—La verdad es que he preparado un PowerPoint.

—No esperaba menos, empolloncita mía.

Intentando esconder el rubor, cogí el lápiz óptico y encendí el proyector. En la pantalla gigante que había a la izquierda de la sala apareció una imagen. Pronto se mostró la página del título. En unas letras grandes, ponía:

BIENVENIDO AL RESTO

DE TU VIDA SEXUAL,

HUDSON BAILEY

— Básicamente, los juguetes sexuales se dividen en unas seis categorías.

Los vibradores, los dildos, los juguetes para penes, los juguetes anales y el material de BDSM .

—Con cada elemento de la lista, pasaba a una nueva diapositiva y señalaba los juguetes correspondientes de la mesa—.

Seguro que en el tiempo que llevas aquí ya te habrás hecho una idea de estos grupos, pero, dado que alegas ignorarlos todos en la práctica, ¿cómo de familiarizado estás con ellos en abstracto? ¿De dónde partimos?

Él examinó los juguetes y me miró con los párpados caídos.

Madre mía, iba a darle un rollo sexy a todo aquello, ¿no? A la mierda el entorno estéril de enseñanza que había intentado cultivar. Estábamos en plenos preliminares.

—Los vibradores los usas en el clítoris.

«“Los usas”, no “se usan” ni “la gente los usa”. “Los usas”… tú».

Me pasó una imagen por la mente a toda velocidad. La polla de Hudson enterrada en mí mientras me llevaba un vibrador al clítoris y me obligaba a correrme.

Carraspeé.

—Sí, y también pueden usarse internamente en el punto G.

Se levantó de la silla y cogió con firmeza un dildo de tamaño moderado. ¿Cómo sabía que ese era mi favorito? Cuando lo levantó me vino otro pensamiento: Hudson metiéndomelo mientras me comía el coño.

Joder, ya estaba empezando a mojar las bragas.

Mentira, ya había empapado tres bragas ese día solo de la anticipación de pasar la noche con él. Y a ese paso iba camino de tener que volver a casa sin ropa interior, porque ya se me habían acabado las que tenía de emergencia.

—Y esto te llena.

—No estamos hablando de mí —susurré intentando guardar la compostura.

Ladeó la cabeza en un gesto de comprensión, continuó con su paseíto alrededor de la mesa en dirección a mí e hizo un gesto señalando los juguetes que había estado mirando antes.

—Estos no me suenan.

—Son para penes —le dije con la mano temblorosa cuando hice clic para pasar de diapositiva.

En un último esfuerzo por no derretirme allí mismo, le di la espalda y fijé la vista en la pantalla—.

Este es un masturbador. Este es un simulador de sexo oral.

Este es un anillo para el pene. Y  estos son vaginas en lata, bombas de vacío y vibradores. ¿ Y estos?

Pasamos a otro grupo de diapositivas. Clic, clic, clic…

—Juguetes anales, supongo.

Clic. La diapositiva apareció en pantalla y Hudson la observó con intensidad, con las cejas arqueadas tras las gafas.

—¿Eso es…?

—Un arnés, sí —respondí.