Buenas vibras 14. Escuela de calor
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14. Escuela de calor

Escuela de calor

D urante la jornada laboral evité hablar con Hudson. Sobre todo porque no estaba segura de poder aguantar el tipo delante de él. Lo último que necesitaba era que alguien del trabajo reparase en las ondas de deseo que yo emanaba.

Pero, en cuanto se vació la oficina , fue imposible seguir evitándolo. Como dos piezas imantadas, colisionamos a los diez segundos de que la última persona hubiese pasado la tarjeta para fichar y se hubiese marchado.

—Eh… hola —dijo él recorriendo el camino entre su escritorio y mi despacho.

—Hola —dije algo incómoda—. Lo siento, no sé cómo hacer esto.

—¿El qué ?

—Hablar contigo con normalidad cuando lo que tengo en la cabeza es que luego vamos a acostarnos. ¿Así es quedar con alguien? ¿Tienes que mantener una conversación normal mientras estás pensando en cómo llevarte a la otra persona a la cama?

Obligándome a no quedarme embobada mirándolo (y a no pensar en cómo quedarían sus vaqueros y su suéter de manga larga con puños en el suelo de mi habitación ), lo llevé a la sala de reuniones.

—Pues más o menos. O, si tienes mala suerte y te toca una compañera de trabajo sexy, tienes que hacer todo eso mientras le explicas modalidades de computación compleja. —Cuando me sorprendí, soltó una risa escéptica—. ¿Me vas a decir que tú nunca has pensado así en mí?

«Pues claro que sí. Y  no quieres saber lo gráficas que son mis fantasías».

Pero fantasear con el sexo y casi poder tocarlo con la punta de los dedos eran dos cosas muy distintas. Las otras veces, Hudson había sido algo imposible. Ahora era casi mío.

—Si te ayuda —dijo—, céntrate en la parte didáctica de las actividades de esta noche. Ya abordaremos el tema del sexo cuando sea el momento.

—Hudson, vamos a pasarnos una hora hablando de juguetes. Creo que será muy difícil evitar el tema de las relaciones sexuales.

—Y a mí me va a costar mucho no ponerme cachondo si vas soltando palabras tan sexys como «relaciones sexuales», así que los dos sufriremos por igual.

«Sí, claro, como si a alguien fuera a ponerle la terminología».

Abrió la puerta de la sala de reuniones y me hizo un gesto para que pasara.

—Inténtelo, señorita Porter. Le prometo que seré un buen alumno.

El trato era una clase de juguetes sexuales seguida de una rápida pérdida de la virginidad y, para mantener la profesionalidad, habíamos decidido que la primera parte tuviera lugar en la oficina.

Cuando mis compañeros salieron del trabajo uno a uno aquella tarde, yo cerré las cortinas de la sala de reuniones y prepa ré todo un bufet con los mejores juguetes sexuales de VibraCorp para que Hudson pudiera examinarlos con detenimiento.

Sobre nuestras cabezas zumbaba un proyector que inundaba la sala con la anticipación de una luz azul.

—Bueno … —dije abriendo los brazos y mostrándole la mesa cubierta de silicona y plástico—, bienvenido a la Escuela de Formación Continua en Juguetes Sexuales de la doctora —proseguí, remarcando esa palabra — Porter.

—Vaya —se maravilló él sin apartar la vista de los juguetes.

Tragó saliva con dificultad. Yo puse cara de exasperación. Era lo único que me ayudaba a no ponerme de puntillas y besarle la nuez. ¿Cómo podía ser tan sexy en él el simple hecho de tragar?

—No te hagas el sorprendido, sabes muy bien dónde trabajas.

—Sí, pero esta es la primera vez que me he permitido imaginarme usando todo esto contigo.

Me pasó una mano por la cintura, casi como si fuera a darme la vuelta para besarme. Yo me escabullí intentando seguir su consejo. «No pienses en el sexo. Céntrate en la clase. Sé su maestra, no su follamiga».

—Se está portando muy mal, señor Bailey.

—Perdón —dijo intentando aguantarse la risa. Se sentó en una de las sillas de la mesa de reuniones—. Me comportaré, doctora Porter .

«Espero que no».

Qué giro tan desafortunado de los acontecimientos . Él me había pedido que fuera su maestra y yo no me había dado cuenta del morbo de la situación . Vuelta a la casilla de salida: estaba cachondísima e intentando no pensar en el sexo.

Poniendo la distancia necesaria entre nosotros, me senté al otro lado de la mesa .

—Antes de empezar, tengo algunas preguntas que hacerte.

Puede que otra persona no hubiera notado su mueca. Fue una microexpresión , apenas perceptible, pero yo reparé en ella. También me di cuenta del modo en que intentó disimularla, reclinándose en la silla y fingiendo estar de lo más relajado.

—Dispara.

Tendría que haberlo dejado pasar. Sin embargo, nunca sabía cuándo cerrar la boca. Y que Hudson disfrutara con que yo no supiera contenerme todavía lo empeoraba más. No hacía más que animarme a seguir así. Por lo menos delante de él.

—¿Por qué te incomoda que te haga preguntas ?

—Me gusta centrarme en los demás. Yo no soy muy interesante.

Dijo aquellas dos frases como si fueran temas complementarios , cuando, en realidad, no tenían nada que ver el uno con el otro. La primera frase era una rareza. La segunda era un intento de evitar recibir más preguntas.

¿Por qué no quería que supiera cosas sobre él?

No hay nadie en este mundo que no sea interesante. Para mí , eso era un hecho científico. Y, si existía la posibilidad de que alguien no lo fuera, esa persona no era él.

Si el gran colisionador de hadrones fuera una persona , sería Hudson Bailey. Infinitamente complejo, de una belleza abrumadora, e incomprensible.

Yo quería desmontarlo pieza a pieza y entender cómo funcionaba. ¿Cuáles eran los mecanismos que conformaban su atento cerebro ? ¿Qué tipo de motor impulsaba su corazón considerado? ¿Cuál era la función exacta de la curvatura de sus labios?

—A mí me pareces muy interesante —respondí.

—Eres científica. A ti todo te interesa. Es parte de tu trabajo.

—No todo. Puede que sea polímata, pero mis intereses se limitan prácticamente a la química, la física, la mecánica y los bagels . Y a ti. Eres interesante, Hudson.

—No tanto como tú —dijo, y dirigió la atención a la mesa que había entre nosotros—. Y no tanto como estos juguetes. ¿Se puede saber qué hace esto?

Cogió un tubo y lo blandió hacia mí. En una punta tenía un mango de plástico duro y negro; en la otra había un succionador que se habría asemejado a una mezcla entre tulipán y pez si yo no hubiese rediseñado el juguete para que no tuviera un aspecto tan absurdo.

Un simulador de sexo oral para penes.

Ah, es verdad, que había unos veinte juguetes sexuales entre nosotros, encima de la mesa.

Aun así, quería hacerle unas preguntas.

—No vas a librarte tan fácilmente. Empezaremos por algo simple. ¿Qué quieres para cenar?

Se encogió de hombros.

—Me va bien cualquier cosa.

—Yo quiero tailandés.

—Genial.

Fruncí el ceño y llevé a cabo otra prueba.

—En realidad, prefiero pizza.

Él no perdió su sonrisa radiante en ningún momento.

—Fantástico.

—Pero ¿qué quieres tú?

—Lo que tú quieras.

—Hudson, no voy a acostarme con alguien que no es capaz de decirme lo que quiere. No es justo para ti.

—Quiero hacerte feliz, nada más. Bueno, ¿ vas a darme la clase o qué? Ese es el trato.

Sentía que algo afilado cortaba el ambiente. Era desesperación. No quería que descubriera nada en absoluto sobre él.

Lo dejé correr. Si lo presionaba, podía perderlo, y no quería perderlo aquella noche, cuando casi lo tenía.

—Vale, volvamos a la clase. Pero, para saber de qué punto partimos… Me dijiste que no tienes experiencia con estas cosas. Háblame de ello.

No fue una pregunta, sino una instrucción didáctica, formulada a conciencia para que no le quedara más remedio que responder.

—Tuve una relación larga. Conocí a una chica el primer día de universidad, me enamoré perdidamente y nos convertimos en una pareja muy convencional.

Yo nunca he sido muy atrevido. Tengo fantasías, como cualquiera, pero ella no estaba muy abierta a probar.

Yo quería complacer a mi pareja, hacer lo que ella quisiera, y lo que quería ella era tocarse cuando nos acostábamos.

El sexo oral no le iba mucho. Y no le gustaba que la tocase yo.

Y, como ella nunca sacó el tema de los juguetes, no vi por qué probarlos.

—¿No viste por qué? —pregunté, y la voz me salió aguda por la sorpresa.

—La verdad es que no. El sexo era bueno. Los dos llegába mos al orgasmo a menudo. Cuando terminó la relación, tuve algunos rollos, pero, aunque no te lo creas, ninguna de esas chicas llevaba vibradores en el bolso, así que nunca he tenido ocasión de probarlo con otra persona.

¿Mi primera reacción? « Yo sí llevo juguetes sexuales en el bolso, no soy una salvaje».

¿Mi segunda reacción? «Ah, es verdad, que eso no es lo normal. La rara eres tú».

¿La tercera reacción?

—¿Por qué lo dejasteis?

—Tuvimos una gran discusión sobre la empresa que habíamos fundado. Por diferencias de opinión fundamentales acerca de la dirección que debíamos tomar. Un día ella… decidió que ya no le gustaba lo suficiente para estar conmigo. Ni en la oficina ni a su lado.

Me pasaron un millón de preguntas más por la cabeza, pero el primer pensamiento que salió a la superficie fue:

—Ella se lo pierde.

—Volviendo al tema —dijo él evitando con cuidado cualquier otra pregunta—, siempre me ha parecido que los juguetes eran algo para que las mujeres usaran a solas. No me gusta demasiado el porno, pero, cuando lo he mirado, nunca he visto que los usen en pareja. No me parecía que fueran para mí.

Sentí un pinchazo de rabia en el centro del pecho. Me recordó al instituto, a ese dolor y esa inquietud que te entra después de haberte comido tu peso en tacos en la cafetería justo antes de las pruebas de aptitud física.

—Ay, Hudson, tenemos mucho trabajo que hacer.

—Siento decepcionarte.