13. Entrevista de bien-venida
Entrevista de bien-venida
A la mañana siguiente, me asaltó una pregunta con tanta fuerza que me desperté y me incorporé de un salto.
«Es miércoles . ¿La gente folla los miércoles?».
Qué pregunta tan estúpida. Claro que la gente follaba los miércoles. El miércoles no era un día especialmente poco sexy. Y, aunque lo fuera, seguramente habría pervertidos que follarían de igual forma. Estadísticamente hablando, el sexo un miércoles era una certeza matemática.
Pero así era mi día a día. Si iba a construir algo, tanto si era un cohete como si se trataba de un vibrador anal , nunca em pezaba una tarea importante sin investigar, hacer preguntas penetrantes (jaja) y contar con todos los datos. Las preguntas se me acumulaban.
«¿Debería ponerme lencería o eso es muy repipi ?
¿Tengo siquiera lencería a la altura de una pérdida de virginidad?
¿Debería buscar la mercería más cercana?
¿Y si no le gusta la lencería? ¿Y si le gusta la lencería pero quiere ser él quien la lleve?
No lo juzgo , solo necesito saber qué debería hacer en ese caso.
Quiero decir, ¿traería él su propia lencería o esperaría de mí que se la diera ?
¿Cuál es su talla? ¿Y dónde voy a conseguir yo lencería para hombres un miércoles a esta hora? ».
Era… demasiado. Demasiado para una transacción que debería ser simple: conocer a un chico, que te guste el chico, follarte al chico, no volver a pensar más en ese chico.
Esa última parte era imperativa. Puede que Hudson estuviera cómodo con acostarnos sin compromiso durante las cinco semanas y tres días laborables que le quedaban de contrato y, aunque yo estaba de acuerdo con…
, en fin, con todo el mundo en que podía irme bien soltarme un poco, eso no significaba dejarme ir por completo.
Una noche de libertad estaría bien. Sería gestionable.
Luego volvería al trabajo . Sería una forma de liberar tensiones y de demostrarme que no era infollable ni incapaz de tener contacto humano.
En cambio, cinco semanas y tres días laborables… Las mismas cinco semanas y tres días en los que yo tenía que terminar el prototipo de la nueva generación de juguetes sexuales …
Imposible.
Por más que me apeteciera el plan. Nuestro trabajo era demasiado importante y la propensión de la Scout de flúor a dejar que los asuntos personales interfiriesen con mi vida profesional era demasiado fuerte.
Y allí estaba, preocupada por la inminente pérdida de mi virginidad, cuando Clara se asomó a la cocina, donde yo buscaba refuerzos con cafeína sin prestar atención a mi alrededor.
—Scout.
—¿Mmm?
—Hay una joven en tu despacho. La he contratado para sustituir a Jared.
Joder, Clara , ¿otra vez?
—Qué rápida —le dije, cuando en realidad quería decirle: «¿Y no me has consultado a la hora de contratar a alguien para mi puñetero equipo?».
Qué típico. Yo quería a Clara como si fuera mi familia (y lo cierto es que había hecho más por mí que mis propios parientes), pero, por más discursitos que hiciese acerca de querer estar en segundo plano en la toma de decisiones , no podía resistirse a reclamar ese primer plano.
Clara asintió y chasqueó la lengua.
—Se lo han hecho pasar muy mal. Su startup de tecnología médica quebró cuando su exnovio malversó todos los fondos de la empresa, pero ella es brillante, siempre que no tengamos en cuenta lo de dejar que ese imbécil le llevase la contabilidad, claro.
—¿Ahora VibraCorp es un centro de rehabilitación para científicas e ingenieras descarriadas ?
—Alguien tiene que cuidaros, no veo por qué no ser ese alguien.
Al cabo de cinco minutos, tenía en mi escritorio un dosier de contratación, un vaso enorme de refresco light y, frente a mí, a la señorita Leelah St . James.
Leelah era alta, fibrada como una jugadora de tenis, y era evidente que estaba cagada de miedo.
—Buenas —le ofrecí como saludo.
—Hola —respondió ella con voz temblorosa—. Encantada .
—Encantada. A ver. Estoy segura de que Clara te habrá advertido de que esto sería una entrevista de admisión muy rigurosa.
—Me ha hecho afilar los lápices por si acaso .
Eché un vistazo más al currículum de Leelah y a las notas de Clara.
Tenía todo lo que había que tener: había recibido una beca Rhodes para estudiar el posgrado en Oxford y se había graduado por la Universidad de Texas en Austin, había fundado una empresa antes de cumplir los veintiuno, solo tenía unos años más que yo, había aparecido en Forbes …
Su empresa de tecnología médica se había hecho un nombre creando dispositivos portátiles que podían usarse incluso en zonas de combate y áreas afectadas por desastres naturales . Su invento estrella había sido un electroencefalógrafo que pesaba menos que cualquier novela de Stephen King.
«Joder», pensé. «¿Qué coño hace esta tía en VibraCorp?».
Una vocecita en mi cabeza, la que sonaba como Hudson, contestó: «Y ¿qué coño haces tú en VibraCorp?».
Dejé ir aquel pensamiento. Me gustaba trabajar ahí, y no solo porque en cualquier otro sitio estaría en la lista negra. No porque fuera mi única opción después del desastre de GalacticSolutions. Y no solo por la longitud y el grosor generosos de los dildos que me llevaba a casa de prueba.
Volvió la vocecita: «Pero tal vez el trabajo y los dildos no deberían ser las únicas satisfacciones que te diera la vida.
Tal vez que Jared se haya marchado es algo bueno.
Tal vez podrías abrirte un poco más. Al fin y al cabo , estás a punto de acostarte con alguien por primera vez . Lo próximo podría ser hacer amigos».
Examiné el resto de los documentos. Impartía clases de baile los sábados en un parque y se había gastado una parte considerable de su antigua fortuna comprando piezas de vestuario de las giras de Britney Spears. Y llevaba pintados pequeños lirios al estilo de Monet en las uñas.
Parecía divertida. Y aquella oficina necesitaba diversión.
Y yo también.
Pero…
Problema: no tengo amigos.
Propuesta de solución: hacer algunos.
Comprobación: intentar hacerme amiga de la chica nueva. Parece divertida.
¿Podía hacerlo? Una amiga tampoco me distraería tantísimo. Además, sería una amiga del trabajo. Y las amigas del trabajo sacan los proyectos adelante.
Pero, bueno, ¿y todo ese crecimiento personal? Supongo que eso es lo que tienen las crisis, consiguen que una haga locuras como hacer una amiga o acostarse con alguien.
—Normalmente te haría pasar algunas pruebas, pero… te seré sincera, Leelah. Estás más que cualificada y el ambiente de trabajo no es muy bueno por aquí ahora mismo. Solo necesito saber que cuento con alguien que me apoye. ¿Puedes ser tú?
—¿Qué quieres decir ?
Le conté la verdad sobre la situación con Jared Blotcher y Lloyd Exeter.
¿Qué tenía que perder? Se enteraría igualmente a los pocos días de entrar a trabajar allí.
Además , ella sabía lo que era que un exnovio le jodiera la vida.
De modo que, ¿por qué no iniciar aquella amistad con nuestros traumas compartidos?
—Es horrible —musitó cuando terminé mi historia—. Menudo gilipollas.
—Eso es insultante para las pollas. Al menos las pollas sirven para algo.
—A veces . Lo que está claro es que son fáciles de sustituir . —Señaló el dildo que había imprimido la noche anterior. Joder , tenía que guardarlo ya—. Pero supongo que tienes razón, a veces no hay nada como el original.
—Como soy virgen , no lo sé, pero confiaré en tu palabra.
Y, tras esa conversación, Leelah pasó a ser otra. Se le iluminó el rostro y la tensión abandonó su cuerpo. Si Clara era una mujer serena, yo era una neurótica y Addie era echada para delante, Leelah era una persona entusiasta y alegre.
—Ay, menos mal. Me aterrorizaba entrar aquí. ¿Sabes que das mucho miedo? Todo el mundo lo dice.
—¿En serio ?
—Sí. Clara me ha avisado de que no me sorprendiese si ni siquiera me mirabas.
Qué raro… Yo sabía que no era precisamente efusiva, pero nunca había pensado que la gente me tuviera miedo.
—Digamos que estoy empezando una nueva etapa. O, por lo menos, intentándolo. Igual no se acaba el mundo si salgo un poco de mi cascarón.
—¿Por qué? Quiero decir: ¿por qué salir del cascarón ahora?
«Porque el buenorro de la oficina se empalmó mirándome y, a partir de ahí, todo se fue a la mierda».
—Por muchas razones, pero… cuando empecé a trabajar aquí, debía de tener el mismo aspecto que tú hace unos minutos. Clara me acogió. Me hizo sentir que era más que las cosas que me habían pasado. Fue, y es, mi amiga . Me parece que estaría bien tener más amigas en la oficina.
Leelah asintió, casi dando saltitos en la silla.
—No recuerdo la última vez que tuve una amiga. La gente dice que soy demasiado intensa, que debería intentar ser más discreta, pero esa no es forma de vivir. ¿Para qué ?
Si pudiera diseñar una amiga en el laboratorio, sería imposible crear a alguien más distinto a mí. Era entusiasta, radiante y estaba más interesada en socializar que en hacer cálculos e inventos.
En pocas palabras, era perfecta. Si iba a intentar hacer amigas, ¿por qué no apostar fuerte? Podría enseñarme algunas cosas sobre relacionarme con humanos.
—Qué emoción, Scout. Qué ganas tengo. ¿Quedamos hoy para comer?
Para comer. Una amiga quería quedar conmigo para comer.
—Tenemos una reunión sobre prototipos hoy a la hora de comer, pero igual podemos quedar mañana.
—Genial. Me has contado muchas cosas sobre ti, pero ¡yo todavía tengo que ponerte al día de mis antecedentes !
—Claro. Por favor, echa un vistazo a esta información, te ayudará a prepararte para la reunión de mediodía.
Le tendí unos documentos. Ella los cogió y se deshinchó. Supongo que por fin había asimilado dónde iba a trabajar, que no era solo un lugar agradable con una nueva jefa simpática , sino una empresa que fabricaba juguetes sexuales en lugar de la tecnología médica que llevaba años desarrollando.
Yo conocía bien esa expresión. Todavía la veía a veces cuando me miraba en el espejo.
—Los marcapasos que creaba con mi empresa iban a cambiar por completo cómo tratamos a los pacientes . Mis electroencefalógrafos portátiles iban a salvar vidas —musitó.
Yo me encogí de hombros.
—Pues vas a pasar de darles esperanza de vida a los que están jodidos de salud a joder a los desesperados de la vida.
Volvió una sombra de su sonrisa.
—Creo que me gustará trabajar aquí. Gracias por todo.
—Encantada de conocerte, Leelah. Me alegra tenerte en el equipo.
Y me alegraba de verdad.
No solo porque parecía divertida —un poco intensa, sí, pero muy divertida—, sino también porque durante los últimos veinte minutos apenas había pensado en entregarle mi virginidad a Hudson.
Pero, cómo no, él tuvo que hacerme perder la buena racha pasando por delante de la pared acristalada del despacho. No me miró, pero , cuando lo vi, me recosté en la silla y lo seguí con los ojos con sutileza mientras andaba.
El resto del mundo (los prototipos de dildos y las nuevas amistades y las preguntas sobre el sexo) desapareció. Solo podía pensar en el culo que le hacían esos vaqueros.
Qué buen culo tenía.
Me moría de ganas de verlo por la noche.