12. Placer aplazado
Placer aplazado
¿ A hora quién es el que está seguro de sí mismo?».
Mientras él continuaba con su camino de suaves besos, pensé en todo lo que sabía sobre Hudson.
No era mucho, pero tenía algo agradable, algo que hacía muy fácil estar con él.
Nunca pensé que aquellos atributos que lo hacían ganarse el cariño de todo el mundo, desde ingenieros estirados hasta el personal de una aerolínea, también aflorarían en el sexo.
Pero los resultados no admitían discusión. Era MUY sexy.
—Qué fuerte, eres todo un seductor.
Me dio un beso en la mandíbula.
—Intentaré no tomarme tu sorpresa como algo personal.
—Es solo que en el trabajo eres tan…
¿Amable? ¿Claro? ¿Poco complicado? No encontraba la palabra que le fuera bien.
Otro beso. Este en la zona sensible de la parte baja del cuello.
—Cuesta mucho esfuerzo actuar con normalidad cuando lo único que quieres es meterte debajo de la mesa de tu compañera de trabajo, abrirle las piernas y venerarla hasta que grite tan fuerte que las paredes tiemblen.
«Que alguien me pellizque, porque debo de estar soñando».
«No. Que alguien me folle, porque debo de estar soñando».
—Entonces, ¿te parece bien? —pregunté vacilante . Aquel momento me parecía tan delicado como una pompa de jabón. No quería que estallase—. ¿Lo hacemos?
—Una noche. Sin prisa. Sin presión. Sin compromiso. Orgasmos ardientes. Venimos a trabajar al día siguiente como si nada y me das clases extraescolares de juguetes sexuales en nuestro tiempo libre —confirmó Hudson . Me pasó un mechón de pelo detrás de la oreja . Me estremecí—. ¿Algo más?
—No, creo que eso cubre todo lo que quería.
—Entonces, sí, me parece bien.
Y ninguno de los dos perdió ni un segundo antes de cerrar aquel acuerdo con un beso.
No, no fue solo un beso.
Cerramos el trato con preliminares.
Nuestros labios se encontraron en una colisión furiosa y, mien tras exploraban nuevos territorios, las manos hicieron lo mismo.
Yo recorrí la gran llanura de su pecho tocando cada centímetro de su piel como había querido hacer desde el día que lo conocí.
Él se aferró a mis caderas y tiró de mí para acercarme a él más de lo que yo creía posible.
Lo único que lo separaba de mi virginidad eran unas insignificantes capas de ropa.
Moví las caderas por instinto para restregarme contra él, ansiosa por sentir la fricción en mi centro . Con un gemido sobre mis labios, él me dio justo lo que quería y apretó todavía más.
Insatisfecha, tiré al suelo todo lo que tenía encima del escritorio y me tumbé de espaldas. Era una tortura alejarme de la atenta boca de Hudson, aunque fuera solo un segundo, pero valió la pena cuando le agarré el cuello de la camisa y tiré de él para que se abalanzara sobre mí.
Oh.
Ahí lo tenía, con su cuerpo espectacular, apretándome contra la mesa.
Con aquella neblina de deseo que me enturbiaba el cerebro, no tenía mucha capacidad para el pensamiento crítico.
Por lo menos no para juzgar mi cuerpo ni para preocuparme por si íbamos a romper el escritorio ni para preguntarme si debía bajar el ritmo y disfrutar del sexo…
Solo la justa para deleitarme con la respiración de Hudson sobre mi pecho mientras me desabrochaba la blusa y para pensar:
«Ya está. Voy a perder la virginidad. Voy a perder la virginidad con Hudson…».
Un chillido mecánico de lo más estridente cortó la euforia. Hudson se apartó y miró lo que yo supuse que era la impresora 3 - D acabando el prototipo de falo que llevaba toda la tarde construyendo.
No, no pensaba lidiar con eso ahora. El sexo me inundaba la mente y, por una vez, no pensaba dejar que el trabajo se interpusiese en mi vida .
Me lancé a por la hebilla del cinturón de Hudson .
—Scout.
La máquina volvió a pitar. Yo le recorrí el torso desnudo con los labios de camino a la erección que me estaba costando liberar de sus ajustadas ataduras de cuero claro.
—Deja la impresora —dije—, puede esperar.
—No es eso. —Bajó las manos para sostener las mías. Estaba a medio segundo de llevarme su erección a la boca, pero fue la simplicidad de ese gesto la que me hizo mojar las bragas más que en toda la tarde—. No voy a follarte en la oficina.
—¿Por qué no? — pregunté.
—¿Además de los problemas que tendríamos con Recursos Humanos? Porque tu primera vez no tendría que ser un revolcón encima de una mesa.
Puse los ojos en blanco.
—¿Qué más da dónde sea? Siempre he sabido que no sería una de esas chicas que pierden la virginidad rodeadas de pétalos de rosa a la luz de las velas.
Él hizo una mueca como si fuera lo más absurdo que había oído.
—¿Y por qué crees eso?
Sería mejor preguntar por qué no iba a creerlo.
Era una ingeniera de talla extragrande con el pelo negro apagado y cero habilidades sociales.
Nunca había sido una romántica y entendía que nadie iba a cogerme en brazos y llevarme por ahí a vivir grandes aventuras románticas y sexuales, que nadie iba a hacer que la primera vez fuera especial, que nadie iba a hacerme sentir especial a mí.
Aunque ya que lo pensaba, ¿sería todo aquello una consecuencia de mi relación con Lloyd?
—No lo sé, siempre lo he sentido así.
—¿Quieres hablar de ello?
—La verdad es que no. Esto es solo sexo, Hudson. No es una relación.
—Tampoco deja de serlo. Digamos que es un vín…
—Como digas «vínculo afectivo- sexual», me busco a otro con quien follar.
En todo el tiempo que habíamos pasado en la misma oficina, nunca había reparado en su risa. Me había dado cuenta de que se reía a menudo, pero no me había fijado en cómo sonaba. Era una risa luminosa y segura, como si quisiera hacerme saber cuánto le gustaba.
—Mira, yo no me acuesto con personas que me importan una mierda. Quiero conocerte en el sentido bíblico, pero también quiero conocerte a ti.
Me estremecí. ¿Podría sobrellevarlo o el sexo y la cercanía serían demasiado para mí? Él captó mi incomodidad.
—Vale, vale —cedió—. Dejaré que tú lleves el ritmo en lo de la amistad.
Me dio un beso en la sien, suave y tierno, y tiró de mí para que me pusiera de pie.
—Y, en cuanto al sexo…, ¿qué te parece mañana? —propuso—. Podemos dar la primera clase de juguetes y luego me llevas a tu casa. Así seguro que estás cómoda.
Lo sentí. La chispa de la que él había hablado.
«Le importas». Joder, eso sí que era sexy.
Mareada, me apoyé en la mesa… y admiré mi obra. Con el pelo todo alborotado, la camisa a medio desabrochar, las gafas algo torcidas sobre su atractiva nariz y una manchita que coronaba el bulto que se adivinaba tras los vaqueros oscuros, era la frustración sexual personificada.
Y había sido yo la que lo había dejado así. Había sido yo la que se la había puesto dura y mojada y la que lo había dejado a medio segundo de convertir mi oficina en un plató de porno.
Me entraron ganas de chillar y dar saltitos de lo emocionante que era.
— Sí, me parece genial. Bueno, mejor que perder la virginidad sobre una mesa.
—Eso es. Además… —dijo señalando la impresora 3D, donde se alzaba ahora el dildo de una longitud y un grosor monstruosos que llevaba toda la tarde imprimiendo—. Es difícil que uno rinda cuando compite contra eso.
El sonido de mi risa rebotó alegre en las paredes del despacho.
Pensé que se me habían olvidado algunos criterios que mi hombre perfecto tenía que cumplir.
«Tiene que dársele genial hacerme reír».
Y a continuación me vino otro:
«Ah, y hacer que me corra, pero supongo que eso lo comprobaremos mañana».