11. Propuesta indecente
Propuesta indecente
N o estoy muy segura de cómo conseguí concentrarme con sus dedos bailando sobre mi rodilla.
Pero de repente se me ocurrió un plan.
Problema: necesito perder la virginidad.
Propuesta de solución: encontrar a alguien con quien tener relaciones sexuales seguras y sin compromiso.
Prueba: acostarme con Hudson.
Resultado: una experiencia de pérdida de la virginidad posiblemente increíble (¿?).
—Tengo una idea —dije sin aliento.
—¿Sí?
—¿Te gustaría…? ¿Qué te parecería si hiciéramos un trato?
Detuvo los dedos en mi rodilla.
—Te escucho.
— Si todavía quieres que te dé esas clases sobre juguetes sexuales, te las puedo dar. Y, a cambio, nos acostamos.
El aire entre nosotros se tensó como una cuerda de puenting a punto de romperse y partirnos el cuello o rebotar y llevarnos al cielo.
Hudson soltó una larga exhalación. Su expresión se volvió lobuna.
—Me parece un trato justo.
— Y racional —dije intentando cubrir mi emoción crecien te con el práctico pensamiento científico de toda la vida—. Yo sabré cómo son las relaciones sexuales, cosa que hará que aumente la calidad de la Fantasía. Y tú sabrás más sobre juguetes, lo cual llevará al mismo resultado.
—No te hacen falta excusas para hacer lo que te apetece, Scout —dijo acercándose—. Puedes tener lo que quieras. Puedes tenerme a mí, si es lo que quieres.
—Lo es.
—Bien —dijo. Retomó el baile de sus dedos por la piel de mis muslos, despertando en mí un deseo profundo y primitivo—. Porque yo te tengo muchas ganas. Tú también eres mi tipo.
—Me cuesta creerlo —musité.
Hudson se quedó mirándome como si no me entendiera, como si el hecho de no pensar que era sumamente follable fuese la cumbre de la estupidez.
—¿No lo he dejado bastante claro?
¿Claro? Me puse a repasar las últimas semanas desde que nos conocimos para examinarlas con otros ojos. Sí, me había abierto alguna puerta. Me había traído galletas en la feria. Me había escuchado. Había acudido al rescate en el aeropuerto. Me había besado sin querer.
Y, sí, vale, había tenido una erección durante mi conferencia, pero eso no era…
Yo no le…
Negó con la cabeza ante mi sorpresa.
—Es evidente que no te has visto inclinada sobre una mesa de dibujo.
¿Me había estado mirando en la oficina? ¿Me había estado deseando desde la distancia como el señor Darcy, el mayor guarrillo de la literatura?
—Y puede que aquel beso del aeropuerto no fuese a propósito —añadió—, pero, desde entonces, me ha costado mucho, muchísimo, pensar en nada más.
Qué fuerte. Igual toda la historia con Lloyd me había trastocado más de lo que pensaba. ¿Tan mal se me daba darme cuenta de que le gustaba a alguien?
¿O es que había estado evitándolo?
Bueno, pues se acabó.
—Demuéstralo —lo desafié.
—Será un placer.
De una vez, me sujetó las mejillas con sus grandes manos e inhaló el suspiro de sorpresa que se me escapó cuando nuestros labios se tocaron.
«Guau, no era broma, sí que me desea».
Hacía muchísimo tiempo que nadie me tocaba así, ni parecido. Menos mal que mi cuerpo respondió por instinto.
De nuevo, nuestra programación evolutiva haciendo su trabajo.
Con el corazón acelerado, me aferré a su torso con una mano y llevé la otra al delicado punto en el que se encontraban su cuello y su hombro, atrayéndolo hacia mí, profundizando aquel beso casi desde el principio.
Sabía que era mala idea y que dejarme llevar después de estar conteniéndome tanto tiempo era ir a buscar problemas y que lo mejor sería apartarlo de un empujón y terminar con aquello y no volver a pensar más en ello, pero…
Clara tenía razón. Había estado negándome lo que quería. Y ya estaba cansada.
Sabía a hierbabuena y a sexo. Yo quería más. Aquello era lo que tanto me había faltado aquellos últimos años. Tal vez lo que me había faltado siempre. Besar a Lloyd Exeter nunca había sido así.
Cuando me recorrió el labio inferior con la lengua, entreabrí la boca para él. Deseaba todo lo que aquel hombre quisiera darme.
Entonces se me abrieron las piernas de forma involuntaria, invitándolo a que se acercara. Se apretó contra mí. Yo moví las caderas y entré en contacto con las pruebas fehacientes de su excitación.
—Tenemos que parar —suspiré.
Sin un segundo de vacilación, se retiró. En un abrir y cerrar de ojos, se había alejado de una zancada y tenía las manos a los lados del cuerpo.
—Claro, perdona, no quería…
—Primero me gustaría establecer algunas normas.
No eran normas. Eran los parámetros del experimento.
Si iba a acostarme con Hudson, el único modo de no correr riesgos era poner normas. La última vez me precipité con lo que fuera que tuve con Lloyd Exeter. Esa vez sería distinto. Me a seguraría de que un rollo con alguien del trabajo no me afectase tanto.
Buscaría la felicidad, pero con guardarraíles.
El hoyuelo volvió a la mejilla de Hudson.
—Vale. Sí. Claro. Como tú quieras.
Lo que yo quisiera, qué concepto tan extraño. No recordaba la última vez que me había permitido tener lo que quería.
El poder resultaba embriagador. Tenía delante todo lo que había deseado. Una solución al problema de mi virginidad y una oferta para acostarme con uno de los tíos más buenorros que había visto en mi vida. Podía tenerlo todo.
¿Cómo lo quería?
—Quiero un rollo de una noche —dije formulándolo sobre la marcha—. Sin compromiso. Te llevas la virginidad, muchas gracias y que tengas un buen día. Y luego nos centramos en las clases de juguetes sexuales. Sin ningún tipo de demostración práctica. ¿Te parece bien?
—¿Por qué? ¿Es que no te gusto?
Lo dijo en un tono juguetón, pero yo estaba demasiado concentrada para contestarle con una broma.
—Aunque esté intentando expandir mis horizontes o lo que sea, no puedo permitir que esto interfiera con el trabajo. Además, te vas dentro de seis semanas.
— Los dos somos muy profesionales. Podría seguir siendo algo sin compromiso aunque nos acostásemos esas seis semanas.
—La última relación que tuve con un compañero de trabajo no terminó muy bien para mí. No me interesa repetir la historia.
Él asintió.
—Lo entiendo.
—¿Te has hecho pruebas últimamente?
De pronto , él era el que no podía mirarme a los ojos . Eso me preocupó hasta que se explicó:
—He pasado por una época de sequía. ¿Por una era? ¿Un eón? Más o menos un año y medio, pero sí, me hago pruebas habitualmente de todos modos. Todas negativas.
—Y yo llevo el DIU , si quieres hacerlo a pelo. O podemos usar condones.
Sus manos aterrizaron en mis caderas y me atrajeron hacia él. De nuevo, no pude ignorar el contacto de su erección. Era tan evidente como la sonrisita que llevaba en la cara.
—«Condones», en plural. Anda, qué segura estás de cómo irán las cosas.
—Solo podré tenerte una noche, más me vale aprovecharla.
—Haré todo lo posible por estar a la altura. ¿Y tú qué dices? ¿Con o sin condón?
Mi respuesta fue irracional pero instintiva.
—Sin, porfa .
Bajó la mirada a mi boca. Yo le puse una mano en el hombro manteniéndolo a una distancia prudencial.
«Ve a por lo que quieres. Te lo mereces».
—Y quiero llegar al orgasmo. No me malinterpretes, me encanta usar juguetes , pero quiero saber cómo es que me hagas llegar tú .
Las palabras salieron con una prisa cohibida. Hudson me dio un beso en el pómulo.
—No te preocupes, eso no será ningún problema. Puede que no tenga mucha experiencia con los juguetes, pero me gusta mucho, muchísimo, complacer. Y aprender .