10. Ingenieras calientes en tu zona
Ingenieras calientes en tu zona
M e sofoqué al echarle un vistazo a la máquina que había en una esquina del despacho. Se me había olvidado por com pleto que estaba encendida e imprimiendo un prototipo de la úl tima incorporación a nuestra colección de dildos gigantes llama da «Monstruos masturbadores».
—¡No es para mí! —aclaré .
—¿El dildo o la app de citas?
—¡El dildo!
—Oye , no te juzgo.
—El dildo no es para mí —reiteré —, pero, si no vas con cuidado, será para ti.
Soltó una risita.
—Bueno, si insistes…
—Pensaba que no sabías nada de juguetes sexuales.
—Y no sé nada —repuso él—, pero creo que he dejado bastante claro que estoy más que dispuesto a aprender.
No pude evitarlo, me reí, pero la risa pronto se convirtió en una resolución nerviosa. No tenía por qué contárselo. Segu ramente lo mejor era no hacerlo. Sin embargo, Hudson conse guía hacerme sentir cómoda, segura. Contra todo pronóstico y toda lógica, confiaba en él.
—Tras la debida consideración , he decidido que tu consejo de anoche me parece sensato . Debería cambiar un poco de perspectiva.
Para mi sorpresa, él frunció los labios, pensativo.
—No deberías intentar perder la virginidad solo porque te lo haya dicho yo. O porque Lloyd Exeter fuese un capullo en un pódcast.
—«Un capullo en un pódcast» es una expresión redundante —musité—, pero no es por eso por lo que quiero hacerlo. Es que… estoy cansada de vivir en los márgenes.
Se inclinó por encima de mí para inspeccionar la pantalla.
—¿Y cómo va la búsqueda? ¿Algún candidato prometedor?
«Sí, tú».
Pero, por desgracia, no podría ser con él, y por eso estaba buscando en las apps para ligar. De modo que, aunque hubiese habido candidatos prometedores, daba igual, porque el chico al que deseaba (pero que no podía permitirme tener) estaba tan cerca que sentía su respiración en el cuello.
—Mira, solo te diré que sería genial si pudieras convocar una reunión con todos los hombres del mundo y enseñarles a tomarse una foto sin tener en la mano un pescado o un vaso de plástico rojo.
—Enseguida me pongo a ello. ¿Qué te parece esto? Yo soy un consultor externo, ¿te ayudaría… poder consultarme acerca de este tema? La primera vez siempre es gratis.
¿Qué me estaba pasando? Cuando oí «primera vez», pensé directamente en sexo, pero seguro que no lo decía en ese sentido.
—¿O es demasiado raro? —preguntó Hudson tras un breve momento de silencio mientras se apartaba de mi silla—. Lo de ayudarte a encontrar un tío con el que liarte, digo. Creo que mis servicios podrían serte de utilidad, pero lo último que quiero es convertirme en un Jared.
Él nunca sería un Jared y sus servicios podían serme de utilidad en muchos otros sentidos… Volví a centrarme en la pantalla bajando por la página para que pudiera verla.
— Tú tienes más experiencia eligiendo parejas sexuales —razoné—. Y más suerte, supongo. Te agradecería la ayuda.
Sentí otra de esas punzadas de melancolía. En otro universo, tal vez Hudson me ayudaría de verdad. Tal vez acabaría con aquella tontería de las citas por internet, me subiría al escritorio y me tomaría allí mismo. Cumpliría mis fantasías salvajes. Me daría una primera vez que no podría olvidar.
Pero era un sueño estúpido. Si le interesase acostarse conmigo, lo habría dicho, no me habría ofrecido ayuda para encontrar a otro que hiciera el trabajo sucio.
—Intentar abrirme da más miedo del que pensaba —añadí.
—Las primeras veces suelen dar miedo. La primera vez que sales con alguien, la primera vez que te acuestas con alguien, la primera vez que haces un amigo. No seas tan dura contigo misma.
No había habido un momento en toda mi vida en el que no hubiera sido dura conmigo misma.
—Y con los hombres deberías ser exigente.
—Lo tendré en mente cuando le escriba a… —Señalé un perfil cualquiera de la pantalla—. Brendan.
Hudson hizo una mueca.
—Tiene una cita del influencer ese de la masculinidad tóxica en la bio.
Al que detuvieron por tráfico de personas el año pasado.
—Yo abrí la boca para replicar, pero él no me dejó—.
Aunque tu política sea no ser demasiado exigente, creo que pedir que un ligue no sea un posible traficante de personas no es tener el listón muy alto. ¿Qué te parece este?
«Jonathan». Dientes rectos. Músculos enormes. Podría estar bien. No era Hudson, con sus arruguitas de reír casi imperceptibles en las sienes y sus manos hechas para aferrarse a las sábanas, pero bueno.
—Sí, vale, le escribiré.
—Venga, Scout. No hace falta que la primera persona con la que te acuestes sea tu alma gemela, pero no te vayas con cualquier maromo solo porque vaya a responderte a los mensajes. ¿Te atrae?
Volví a sopesar los incontables píxeles que conformaban la foto de perfil de Jonathan.
—Tiene pinta de querer que me levante un sábado a las seis de la mañana para salir a correr.
—No te gustan los gym bros , bueno saberlo. ¿Y ese de ahí?
—Ese corte de pelo le hace parecer siniestro.
Señaló otro.
—Venga ya, ¿botas de cowboy?
Otro.
—Ni siquiera ha hecho la cama antes de hacerse el selfi en el espejo.
Otro.
—No es mi tipo.
Hudson soltó una carcajada sonora.
—¿Y cuál es tu tipo, Scout?
Oh, no. No tendría que haber sacado el tema. Jugueteé distraídamente con un hilo de la manga de mi cárdigan. Lo que fuera por evitar decirle la verdad: que no quería a ninguno de esos tíos porque no eran él.
—La verdad es que no lo he pensado mucho.
—No le des muchas vueltas. Es la chispa. ¿Qué te transmite esa chispa?
«No sé cómo responder a eso sin delatarme por completo. Y no puedo hacerlo».
Volvió a intentarlo:
—Puede que esto te sirva: cuando piensas en cómo será el sexo, el de verdad, el bueno, el que quieres tener, ¿cómo es el chico?
«Di algo, lo que sea mientras no digas: “es exactamente como tú”».
—Eh… Alto.
—Una gran pérdida para los hombres bajitos del mundo, pero es un comienzo.
Volví a llevar la mano al ratón y fui bajando por las páginas —que parecían no acabar nunca— de perfiles de hombres, sobre todo por tener algo que hacer, pero, cuanto más miraba, más entraba en un trance provocado por aquellas imágenes incompletas: torsos sin camiseta, miradas de ojos arrugados, cabezas rapadas…
Sin darme cuenta, me puse a hablar por los nervios, como de costumbre; una costumbre por la que solía acabar diciendo lo que no debía.
La verdad.
—Y amable. Y atento. Y tal vez que no parezca que vaya a ganarme si nos pegamos…
Un poco más blandito o larguirucho o algo así.
No uno de esos tíos mazadísimos. Con el pelo rizado.
Los dedos largos, las manos bonitas. Y que huela bien, muy bien.
Y que pueda hablar conmigo de algo que no sea solo sexo.
De ciencia, matemáticas, filosofía o del último museo que haya visitado.
Pero no puede ser demasiado serio. También tiene que saber divertirse.
Con una risa bonita. Una buena sonrisa. Que le queden bien los vaqueros.
Que le guste leer. Un poco friki. Con mirada de bueno; me da igual el color de los ojos. Me gustan las gafas. Y…
Se me fue apagando la voz cuando el peso de una mirada de bueno en concreto, a través de ciertas gafas, me devolvió a la realidad. Cerré la pestaña del ordenador, me levanté de la silla y me apoyé en la mesa para situarme frente a él.
—Y quiero que se preocupe por mí. Cuando me acueste con alguien por primera vez, no quiero que sea con cualquiera.
Aunque seguramente eso sería mejor. Más inocuo.
Menos arriesgado. Es más fácil el aquí te pillo, aquí te mato, pero quiero estar con alguien a quien le guste de verdad.
No necesito un príncipe azul, solo un rollo de una noche, pero, aun así, quiero sentirme segura, saber que saldrá bien.
Por un momento, lo único que oímos fue el zumbido de la impresora 3- D haciendo su trabajo.
—Vaya, parece el hombre perfecto —dijo Hudson pensativo.
—No te burles, soy plenamente consciente de que es absurdo.
—No iba a burlarme, iba a decir…
Cuando se le apagó la voz, pasó algo extraño, algo de lo más desconcertante. Levantó una de sus perfectas manos, apoyó la yema de los dedos en mi rodilla con un roce casi imperceptible y recorrió, casi como por descuido, el dobladillo de mi falda.
Se me erizó todo el cuerpo. Me lamí los labios inconscientemente.
¿Me estaba…? ¿Me estaba tocando a propósito?
—¿Qué ibas a decir?
Hudson me miró, con los párpados caídos. Si no hubiera sabido que era imposible, habría jurado que parecía… voraz.
—Que tu hombre ideal se parece mucho a mí.