9. Horas sextra
Horas sextra
H udson se portó muy bien con lo del vómito.
¿Se puso un poco amarillo? Sí. ¿Se excusó con educación para irse a casa a limpiarse y (me figuro yo) a hacerse un borrado de memoria a lo Men in Black para olvidar mi existencia y la desafortunada relajación de mi esfínter pilórico y la subsecuente emesis? También.
Pero lo hizo todo sin hacerme sentir mal ni una vez por el incidente ni por haberle echado a perder los zapatos.
Después de una ducha concienzuda y de una Coca-Cola con dos pastillas de sales minerales (el método de prevención de la resaca que cuenta con un mayor respaldo científico), me metí en la cama e intenté dormir, pero no dejaba de darle vueltas a las conversaciones que había mantenido en las últimas treinta y seis horas.
El señor Ose, en pocas palabras, me había llamado rara y antisocial.
Addie me había dicho que tenía que hacer amigas y salir con gente.
Y Hudson me había dicho que me estaba autosaboteando.
Que dos datos coincidieran era interesante, pero no significativo. En cambio, que coincidieran tres era el principio de una tendencia. Cuatro o más eran irrefutables.
Para tomarme en serio al señor Ose, a Addie y a Hudson, necesitaba recabar más datos.
—Me preguntaba cuándo me llamarías —dijo Clara respondiendo al teléfono después de dos tonos.
Se oía un rumor de actividad de fondo y me la imaginé con su elegancia a lo Gwyneth Paltrow dando sorbos de su margarita con jalapeño en el Josie’s.
—Perdona, ¿interrumpo algo?
—Para nada. Aquí ya estábamos terminando. Estoy yendo hacia el coche. —El ruido de fondo se fue atenuando. Entonces, con total naturalidad, me dijo—: Te alegrará saber que Jared ha dejado el trabajo.
—¿Qué?
— A nadie le ha parecido que el teatrito que ha montado fuera gracioso.
No dejaba de intentar que la gente le siguiera el juego, que lo apoyasen, vamos.
Como no ha picado nadie y, de hecho, Addie y Terrence le han dado una buena regañina, ha dicho que aquello era la gota que colmaba el vaso y que no podía seguir aguantando a unos wokes sin sentido del humor amantes de la cultura de la cancelación.
La culpa y un alivio embarazoso se mezclaron en mi interior como químicos nocivos en un tubo de ensayo.
—No era mi intención que dejara el trabajo. —Fue todo lo que conseguí decir.
—Ya me lo imagino, aunque no puedo decir que me dé pena que se marche.
Es mi mayor error de selección de personal.
Pensé que podía equilibrar un poco el equipo.
Y parece que estaba equivocada. Iba sembrando la discordia por donde pasaba.
Tendría que haberlo despedido hace mucho, pero quería darle una oportunidad.
En fin —suspiró—, supongo que estas apuestas no siempre salen bien.
Me recordó a las bonitas palabras de despedida de Hudson: «A mí me parece que de momento nos va muy bien».
Menos mal que a Clara aquellas cosas le salían bien casi siempre. Si había más Hudsons en el mundo y los contrataba a ellos en lugar de a los Jareds, la empresa iría de maravilla.
— Bueno, ¿qué puedo hacer por ti a estas altas horas, Scout?
—Quería hacerte una consulta.
—Adelante, me encanta privarme del cálido abrazo del sueño para que pongas a prueba mi cerebelo.
Si no lo hubiera dicho en broma, puede que yo hubiera señalado que habría sido más preciso decir «telencéfalo», pero, teniendo en cuenta que era tarde y que le estaba pidiendo un favor, me mordí la lengua.
—Se me ha hecho saber que algunas personas tienen la impresión de que no salgo lo suficiente —dije resumiendo la opinión del señor Ose, Addie y Hudson— y de que soy demasiado cerrada. Y creen que debería intentar relacionarme más, digamos. ¿Es cierto? ¿ Tú me ves así?
—Por supuesto.
—¿Por supuesto? —chillé.
—Te lo he dicho esta mañana, ¿recuerdas? Cuando te he animado a acostarte con Hudson.
No me había dicho exactamente que me acostase con él, solo que, si lo hiciera, no se acabaría el mundo. Aparté aquel recuerdo porque no era el momento para distraerme con mi pensamiento obsesivo de «Quiero follarme a Hudson Bailey».
—Pero… ¿No crees…? Es decir, la Fantasía es lo más importante que hemos hecho. Si me descuido, si pierdo el tiempo con la gente, podríamos terminar como en GalacticSolutions…
—¿Por eso no te has acostado con nadie todavía, por lo que pasó con Lloyd?
—Yo no diría eso exactamente.
Porque no quería admitirlo.
—Scout, no puedes castigarte para siempre.
—No me estoy castigando…
—Te da miedo luchar, Scout. Te da miedo conseguir lo que quieres. Y tal vez no merecerlo. Pero te lo mereces. Deberías tener lo que quisieras. Y me gustaría que lo intentases. No como jefa, sino como amiga. Todas estas tonterías sobre distraerte del trabajo son excusas baratas.
—Por otra parte, si se sabe que tu ingeniera jefa es virgen, podría ser un desastre absoluto, Clara. Tendrías que haber visto la cara del señor Ose cuando Hudson le dijo que era un novato. Seremos el hazmerreír del sector. No podría soportar que la empresa se hundiera por mi culpa.
El auricular del móvil me devolvió el eco de mi propia y vacilante respiración.
—Escucha, como la mujer que seguramente lo perderá todo si la Fantasía fracasa, quiero que sepas que tienes mi apoyo absoluto e incondicional.
Acuéstate con gente o no te acuestes con nadie.
Me da igual. No me importa lo que nadie piense sobre ti.
Tu trabajo habla por sí mismo y eres un miembro valiosísimo de este equipo.
Nunca me has decepcionado y no creo que vayas a empezar ahora.
Aquella noche tuve un sueño intranquilo. Nunca me había planteado que mi incapacidad para hacer amigos o salir con gente se debiese al miedo. Siempre me había parecido algo práctico, un síntoma de mi dedicación al trabajo.
Pero el diagnóstico de Clara de que yo huía de la intimidad parecía lógico, y no pude evitar preguntarme…
¿Cómo sería mi existencia si no tuviese miedo en todo momento?
Las oficinas de VibraCorp eran un lugar más amable sin la presen cia de Jared .
No tenía que preocuparme por eludir bromas sexistas ni porque nadie se metiese en mis asuntos personales, y, aunque mis compañeros no se acercaron a hablar conmigo de la noche anterior y lo que había trascendido, sentí su apoyo.
Mucha gente me saludó con la mano, me dio los buenos días o me miró con empatía como diciendo: «No te preocupes, no pasa nada».
Pero sí que pasaba. La noche anterior lo había cambiado todo. Al menos para mí.
En mi despacho, zampándome unas patatas fritas con sal y vinagre , intentaba, en apariencia, elaborar un listado de ideas de nuevas técnicas de pistón para la Fantasía, pero seguía distraída por las revelaciones de las últimas horas.
Tenía permiso para volver a empezar, para existir fuera del trabajo, pero ¿cómo? ¿Por dónde empezaba?
Bueno…
Detuve la mano que llevaba una patata a mi boca a medio camino y el teclado quedó cubierto de migas.
Podría perder la virginidad. Ese sería un buen comienzo.
No pensaba dejar que Lloyd Exeter me controlase. Puede que me destrozara la vida una vez, pero no iba a permitir que lo siguiese haciendo. No iba a seguir saboteando mi propia felicidad por él.
Esa pizca de determinación le dio la vuelta por completo al día. Mientras trasteaba con las herramientas e iba ajustando piezas del prototipo de primera generación que llevábamos meses construyendo, el cerebro me iba a cien por hora.
Lo primero que se me ocurrió fue pedírselo a Hudson. Acercarme a él y decirle: «Oye , me gustaría follar, ¿tú estarías interesado?». En el mejor de los casos tendría una anécdota muy picante sobre cómo perdí la virginidad en la oficina. Y en el peor de los casos, una denuncia por acoso sexual.
Vale, quedaba descartado . Era muy de la Scout de flúor. Demasiado complicado. Cada vez que me planteaba la posibilidad de estar con él , se me ocurrían montones de motivos por los que no debería hacerlo.
De modo que esperé a que todo el mundo se hubiera marchado de la oficina esa noche. Cuando estaba segura de que no quedaba nadie, enchufé el portátil e hice una búsqueda rápida en internet.
Cómo encontrar un rollo de una noche
Eso tenía menos posibilidades de terminar complicándose que acostarme con el chico del trabajo que me gustaba. Era sencillo, algo que sería fácil de gestionar. Un rollo de una noche para quitarme de encima el manto de la virginidad y, luego, vuelta a la normalidad.
Sin embargo, los resultados de la búsqueda requerían más esfuerzo del que yo estaba dispuesta a invertir. Es que, a ver, ¿ir a un bar? ¿Acostarme con el primer tío que conociera en una discoteca? No. Modifiqué la búsqueda.
Rollos de una noche que no den grima
No, esa no era buena. La borré y lo volví a intentar.
Cómo encontrar a un tío que no dé grima, guapo, gracioso , amable y atento con el que perder la virginidad en una noche segura, placentera, excitante, satisfactoria y sin compromiso
No te lo creerás: esa búsqueda hiperespecífica no generó ni un solo resultado útil.
Fui bajando por los resultados. Alguien tenía que tener alguna idea de cómo podía deshacerme de aquella inoportuna virginidad.
¿No había nadie en el mundo entero dispuesto a metérmela?
—Hola, jefa.
«¡Mierda!».
Me levanté de la silla de un salto, aturullada. Como si lo hubiera invocado con mis pensamientos lascivos sobre desvirgarme con él allí mismo, Hudson había aparecido en la puerta tan sexy como en mis fantasías más logradas.
—¡Hudson! ¿Qué…? ¿Qué haces aquí todavía?
Los demás se habían ido a casa hacía mucho rato y me habían dejado a mí allí con mis horas extra nocturnas.
Qué injusto me parecía que estuviera tan guapo tras pasar catorce horas en la oficina y que aquellas pequeñas arrugas de incertidumbre en la frente solo consiguieran acentuar su atractivo natural.
—¿Es un mal momento? Disculpa, puedo volver…
Se le apagó la voz cuando recorrió con la mirada lo que había a mis espaldas, en la pantalla: la página principal de una web de encuentros discretos llena de imágenes de torsos masculinos desnudos.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—No es lo que parece.
—Y lo que parece no es cosa mía —dijo Hudson con una expresión tranquilizadora y cómplice que enseguida me alivió.
—Ya — respondí deprisa, pero entonces sentí una punzada rara. Era verdad, mi vida sexual no era de su incumbencia. Otro recordatorio de que nunca pasaría nada entre nosotros. Vaya mierda—. Sí. ¿ Cómo están tus zapatos después de lo de anoche? Lo siento mucho, de verdad.
—Se pueden meter en la lavadora. ¡ Demos gracias a las innovaciones técnicas de las deportivas!
Solté una risa, pero estoy segura de que no fue convincente.
Que Hudson hubiera irrumpido en mi safari sexual por la red (cuando en realidad al que quería cazar era a él) era demasiado para mí.
Me recordó a la feria de Cleveland, cuando había estado fantaseado con él hasta la madrugada y, al día siguiente, él había acudido a mi rescate con lo del vibrador.
—Puedo irme si quieres —se ofreció—. Me estaba preparando para marcharme, pero he visto que tenías la luz encendida y he pensado… que quería ver cómo estabas, si estás bien después de lo de anoche.
— Sí, estoy bien —mentí como una bellaca. «¡Haz como si nada!»—. ¿Por qué?
—Porque anoche pasaron muchas cosas. Y es un poco preocupante que, después de todo eso, estés mirando una web de encuentros sexuales anónimos mientras imprimes un dildo nuevo en la impresora 3-D.