Buenas vibras 8. Irse por los montes de Venus
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8. Irse por los montes de Venus

Irse por los montes de Venus

F ue como en una película: todas las conversaciones y el ruido de los hielos dentro de las copas y de los cubiertos cesaron al instante. Todo el mundo se me quedó mirando. Solo faltó el efecto de sonido de un tocadiscos rayado.

Cuando salíamos, Lloyd no sabía que yo era virgen. Y menos mal, porque así, por lo menos, no se lo había contado a Joe Rogan. Por un momento , conservé un ápice de dignidad.

Pero tuve que cagarla soltándolo delante de todo el mundo.

De modo que allí estaba , rodeada de jefes y compañeros, por no mencionar al pobre personal del bar, después de confesar que yo, la ingeniera de juguetes sexuales cuya jefa aseguraba que era el futuro del sector, nunca me había acostado con nadie.

—Tengo que irme.

—Scout… —Clara se acercó a mí, pero yo no podía contestarle. Sabía que sería amable y empática y tenía claro que, si la miraba, me echaría a llorar.

No podía ser virgen y, encima, una llorona a ojos de mis compañeros. Ser una de esas dos cosas ya era bastante malo, pero ser las dos era humillante.

Mientras recogía mis cosas, intenté sacar mis pensamientos de aquel estado de fuga disociativa etílica y ponerlos en orden.

«Vale, todo el mundo sabe que eres virgen, Lloyd Exeter va difundiendo mentiras sobre ti por internet y seguramente nunca volverás a ser la misma después de esto, pero puede que haya un lado bueno: al menos Hudson no ha oído nada de esto».

Pero… lo había oído.

Cuando me volví para marcharme, descubrí que llevaba en la barra, detrás de mí , al menos unos minutos. Todavía tenía la mochila colgada al hombro, como si acabase de entrar y se hubiese quedado helado al empezar el numerito.

Qué puto desastre.

Bajé la mirada y salí del bar como una exhalación, demasiado borracha y nerviosa para que me importara el follón que dejaba allí montado.

Salí a las vías cada vez más oscuras de Dallas con paso tambaleante. Me costaba leer los nombres de las calles a través de la neblina que me causaban las lágrimas al filo de los ojos ( el tequila que tenía en el cuerpo tampoco me ayudaba mucho), pero dejé que la memoria muscular me llevase a casa.

Solo había avanzado un par de manzanas cuando una voz sonó detrás de mí, como había ocurrido el día anterior cuando Hudson me asedió y me dio aquel beso por accidente.

—¡Scout! ¡Scout ! ¡Scout!

Hudson apareció a mi lado y su colonia me llegó a la nariz como si fuesen las trazas de carbonato de magnesio que quedan en el aire después de haber borrado la tiza de la pizarra de una clase .

Qué rabia me daba sentir cómo se me relajaban los músculos de la espalda al percibir su olor, cuánto me recordaba al suave y reconfortante abrazo de la sudadera que me había dejado.

—No necesito que intentes consolarme —dije, desesperada por disipar aquella sensación.

—Bueno, es que ir de bares tampoco es mi rollo. He pensado que me iría bien dar un paseo.

Me encogí de hombros.

—Haz lo que quieras.

Caminamos sin decir nada y fue sorprendentemente agradable tenerlo allí. Sin juzgarme. Sin curiosear. Tan solo acompañándome .

—Bueno —dijo al final, rompiendo el silencio—, míralo así: por lo menos ya nadie pensará que nos estamos acostando. Y , si alguien lo piensa, ya no va a hablar de ello.

No pude evitarlo, me eché a reír. Fue un gran error, porque se me saltaron algunas lágrimas.

—¿Quieres hablar ? —preguntó él con suavidad.

—Entonces sí que has venido a intentar consolarme.

—Me he dado cuenta de que mantienes a todo el mundo a cierta distancia, excepto a Clara, pero no vas a ponerte a hablar de tu virginidad con tu jefa.

—Y has pensado que, en lugar de eso, querría hablarlo con un completo desconocido.

—No somos completos desconocidos. Recuerda que ayer me besaste. —Abrí la boca para protestar, pero él me cortó—. Total, que he pensado : «Si yo estuviera en su piel, me gustaría tener a alguien con quien hablar. Disculpa si no es así, pero no quería que estuvieras sola, y menos borracha y de noche.

—No estoy borracha —dije justo antes de trastabillarme.

— Tienes razón, estás de lo más sobria. Ven. —Me ofreció el brazo. Yo me quedé mirándolo un segundo—. Venga, no pode mos permitir que nuestra mejor ingeniera se haga un esguince de tobillo. ¿Me dejas acompañarte a casa?

—Vale, pero no hablaremos de sentimientos. Y no pienso agarrarte del brazo.

Levanté la cabeza con actitud desafiante, como diciendo «Soy una tía chulísima que no necesita a un hombre», volví a echar a andar… y volví a tropezarme yo solita.

A ver, ¿ quién me estaba haciendo la zancadilla? ¿Por qué la acera no se estaba quieta?

Volvió a ofrecerme el brazo con un destello de humor en los ojos. Esa vez lo acepté y le coloqué la mano en la parte interna del codo.

Tenía una fosa cubital sorprendentemente musculada.

—Y también puedes hablar de lo que sientes —dijo una vez que nos pusimos en marcha—.

Si quieres. ¿Qué puede pasar? Mi contrato con VibraCorp termina dentro de un mes y medio.

Y después no volverás a verme. Soy como…

una cinta que se autodestruirá en seis semanas.

Puedes volcar todas tus emociones y pensamientos en mí, y luego… ¡paf! Desaparezco.

Puede que estuviera borracha, pero aquello me pareció de una lógica aplastante. No lo había pensado así. Mis dos grandes preocupaciones respecto a las personas eran que me distrajesen del trabajo y que me dejasen tirada en cuanto se dieran cuenta de que era una pringada antisocial.

Problema: estoy muy pero que muy aislada de los demás. Soy una rarita, una friki que no es capaz de tener una conversación normal sin humillarse.

Propuesta de solución: hacer un amigo que no me juzgue. Y cuya opinión, al fin y al cabo, no importe, porque se irá en seis semanas.

—No sé ni por dónde empezar —musité, dando los primeros pasos vacilantes por el borde del precipicio de la amistad.

—¿Te…? ¿Te interesa el sexo? —preguntó Hudson.

Viniendo de cualquier otra persona, aquello podría haber sonado como un intento asqueroso de llevarme a la cama, pero, viniendo de él, era una pregunta sincera.

La asexualidad es validísima, pero, por desgracia, yo sufría la maldición de sentir deseo sexual.

La colonia de Hudson me lo recordaba cada vez que me llegaba a la nariz.

Y, con el cuerpo pegado al suyo y el torbellino de alcohol que tenía en la cabeza, sentía ese deseo con más fuerza de lo que lo había sentido en muchísimo tiempo.

—Sí, me interesa. Lo que pasa es que nunca he encontrado el momento.

Fui una niña prodigio. Terminé el instituto a los trece años y, cuando cumplí los diecisiete, ya había acabado la carrera.

A los veinte ya tenía el máster. Y después vino un doble doctorado.

Mis padres trabajaron mucho para poder pagarme las mejores universidades, para ayudarme a rendir al máximo, de modo que no tuve tiempo para nada más.

Y, aunque hubiera tenido tiem po, ¿ con quién me habría acostado?

Hay estudios que apuntan a que la mayoría de las primeras relaciones sexuales ocurre durante los años de la universidad.

¿Cómo pierde una la virginidad cuando tiene quince años y está en una clase llena de frikis veinteañeros?

Estaba desvariando, pero no pareció importarle. Continué:

— Y, después de aquello, llegó Lloyd. No nos acostamos, pero tuvimos algo y terminó mal.

—Y es el motivo de que te culpes por la explosión.

No lo formuló como una pregunta, por lo que no respondí. Era cierto que no culpaba a Lloyd, sino a mí misma, pero esa era una ecuación que tendría que resolver otro día, así que me limité a contestar:

—No quiero que vuelva a pasar lo que ocurrió en GalacticSolutions. No quiero perder la concentración por nada. Y por eso lo del sexo… todavía no ha pasado. Supongo que estoy esperando.

—¿A qué?

Con un tironcito en el brazo, le indiqué que teníamos que pararnos.

Se quedó conmigo delante de mi pequeño bloque de apartamentos, y parecía que estaba en su casa.

Si aquello hubiera sido una película, me habría guiado por las escaleras, habríamos entrado en mi piso y habríamos vivido una escena íntima no apta para menores de trece años y con música romántica de fondo.

¿A qué estaba esperando?

Le di vueltas a la pregunta.

¿Cuándo sería el momento adecuado?

¿Quién sería el chico adecuado?

¿Por qué no Hudson?

Soltándole el brazo, me encogí de hombros ligeramente.

«No lo sé. No sé a qué estoy esperando».

Esa era la única respuesta que podría darle. Y que podría darme a mí misma.

—Y eso. Eso es lo que pasa, más o menos. ¿Cuál es el diagnóstico? —le pregunté—. ¿Soy muy patética, doctor?

—No hay nada de patético en ti. Acuéstate con gente, no te acuestes con nadie, ¿qué más da?

Lo que pasa es que… — Jugueteó absorto con un trozo de vidrio roto que había en el suelo y luego, con la zapatilla, lo llevó hasta una alcantarilla, donde no podía hacerle daño a nadie—.

Me pregunto si estás dejando que todo esto de Lloyd y GalacticSolutions se interponga entre tú y la felicidad.

No hablo solo del sexo, sino de todo. Sé que te gusta tu trabajo, pero ¿estás tan centrada en él porque quieres o porque lo usas para esconderte?

Me lo quedé mirando. Hudson se puso blanco y luego trasteó con las gafas, nervioso.

—Lo siento, me he pasado, no quería…

—No, no —respondí yo con suavidad, pero con firmeza.

Las palabras salieron casi en un susurro.

Era sorprendente lo difícil que resultaba expresarse bien con el cerebro nadando en tequila y habiendo sido radiografiada con exactitud por el hombre más atractivo del mundo.

La verdad era que tenía razón, pero nunca me había permitido verlo así—. Qué perspicaz eres, Hudson Bailey.

Soltó una risita.

—Menudo par, la ingeniera de juguetes sexuales que nunca se ha acostado con nadie y el diseñador de apps para juguetes sexuales que nunca ha usado uno.

— Clara siempre dice que su negocio no son los juguetes, sino las personas. Que se dedica a juntar a las personas adecuadas y deja que hagan su magia. Supongo que a veces también fracasa estrepitosamente.

Se le formó un hoyuelo y se le ensanchó la sonrisa.

—¿Fracasar? No lo sé, Scout. A mí me parece que de momento nos va muy bien.

Aquello era muy romántico. Podría ser el principio de algo bueno si me permitiese a mí misma intentarlo.

O si no hubiese estropeado el momento vomitándole todo el tequila sobre los zapatos.