6. Entre la polla y la pared
Entre la polla y la pared
—N o sé lo que habrás oído por la oficina, pero no me he acostado con Hudson Bailey.
Tal vez aquella no fuera la mejor forma de entrar en el despacho de mi jefa, pero, mira, estaba hecha polvo, cachonda, ansiosa y convencida de que una noche de fantasear con mi compañero de trabajo iba a echarlo todo a perder, así que no me juzgues.
Clara levantó la mirada de la pantalla del ordenador sin inmutarse.
—Buenos días, Scout —dijo con sorna en su acento británico pijo a lo Emma Thompson—. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Agua alcalina? ¿Kombucha? ¿Tal vez unos condones para que te los lleves a casa?
—¡Te he dicho que no me acuesto con él! —respondí remarcando el «no».
—Ya me imagino que no, pero es muy divertido verte tan alterada. Es muy poco propio de ti. No me he podido resistir.
Se le arrugaron las comisuras de los labios al sonreír mientras se quitaba las gafas chillonas y las dejaba colgando de la cadenita que llevaba al cuello.
Clara Mason era una reina de los negocios.
Tenía casi sesenta y cinco años, había fundado VibraCorp hacía solo siete y la había hecho crecer de una startup de una sola persona a una empresa líder del sector de los juguetes sexuales.
Era una reina, una #jefaza de primer orden, y tenía una figura alta y esbelta y un pelo rubio platino que parecía angélico y celestial en las portadas de las revistas, pero también bajo aquellas lámparas alógenas cegadoras.
Era alta, era poderosa, siempre estaba cerrando algún gran acuerdo de negocios o la puerta de su dormitorio tras su última conquista. Era increíble.
Y también tenía razón. Yo nunca actuaba así, por lo menos no de puertas afuera.
—Entonces ¿no te han dicho que nos acostamos este fin de semana en la feria?
—No. ¿Es eso lo que cuentan los rumores?
—Sí, y no es cierto.
—Tampoco me parecería mal. Se marchará cuando se le acabe el contrato dentro de un mes y medio, más o menos. Por lo que sería una aventura poco problemática. Y… tiene algo, ¿no?
«Algo» era quedarse cortísima. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
Llevábamos semanas trabajando en el mismo edificio, en la misma empresa, asistiendo a las mismas reuniones y bebiendo del mismo filtro de agua, pero después de aquella erección rebelde durante la charla, de pronto lo vi como por primera vez.
Con toda su dulzura y su bondad exasperante y sus labios irresistibles.
Y, a ver, ¿ qué era ese algo? ¿Algo especial? ¿Algo sexy? ¿Algo más que la suma de esas dos cosas?
La Scout de flúor quería llevar a cabo un experimento tras otro con él. La Scout de argón, la Scout pública, en cambio, quería volver a cómo eran las cosas antes, sin él.
No, Hudson Bailey y yo no podíamos ser nada. Ni siquiera amigos.
—No lo sé. He estado demasiado ocupada intentando terminar el prototipo, ¿recuerdas? Ese para el que hacíamos lluvias de ideas idealistas hasta que anunciaste que saldría en Navidad.
Hizo un gesto con la mano como quitándoles importancia a los detalles de su política de «ir a toda prisa a cualquier precio», como si esa estrategia no nos hubiera llevado de pasar una buena etapa en la oficina a trabajar a destajo para poder cumplir con un plazo de entrega absurdo.
—¿Alguna vez piensas en algo que no sea el trabajo?
—Me pagas demasiado como para que piense en otra cosa. Además, pienso en el trabajo veinticuatro horas al día y siete días a la semana y ni así es suficiente.
Chasqueó la lengua.
—Ah, sigues dándole vueltas al trato con el señor Ose.
—¿Tú no?
Los acontecimientos de las últimas treinta y seis horas, más o menos, me habían dado muchos motivos para estresarme. La decepción de Clara por la reunión con el señor Ose era el primero en esa lista de razones, pero no podía parecer menos preocupada.
—Sabía que presionarlo para que pidiera tantas unidades sin haber visto siquiera un prototipo era pedirle mucho.
—¿Y por qué me mandaste a reunirme con él? Y ni más ni menos que acompañada de un tío que no ha usado ni un mísero juguete sexual en su vida .
Clara dibujó una sonrisita. Se me hizo un nudo en el estómago.
—¡¿Lo sabías?!
—Lo mencionó en la entrevista. No me pareció relevante.
Cualquier persona a la que se le dé bien su trabajo debería poder trasladar sus habilidades a otro campo, y él ha demostrado ser muy capaz después de haber trabajado en tantos sectores como autónomo.
Además, supuse que aprendería sobre la marcha.
Por un momento, consideré no contarle nada del favorcito que Hudson me había pedido, pero ¡era Clara! Se lo contaba todo. Estábamos juntas en aquello. Me había tendido la mano en mi peor momento después de la explosión en GalacticSolutions y le debía mi lealtad inquebrantable.
—Hablando de aprender sobre la marcha…, quiere que le dé clases de juguetes sexuales. —A Clara se le iluminó la mirada y supe que había dicho lo que no debía—. Clases, Clara. No talleres prácticos.
Hizo un puchero.
—Y lo harás, ¿no?
— Le dije que sí, pero voy a echarme atrás. Es demasiado. Ahora mismo no puedo permitirme ninguna distracción.
—No sería una distracción —repuso—. Que conozca el sector es importante para el éxito de la Fantasía.
—¡Pues enséñale tú!
Un largo suspiro.
—Eso es cosa de jovencitas.
—Que no vamos a acostarnos.
Frunció los labios.
—Qué pena, pero, aun así, creo que deberías hacerlo. Sobre todo porque se avecinan cambios.
Su ademán, por lo general despreocupado, se enrareció. Se me crisparon los nervios.
—Ay, Dios —me quejé—, ¿lo que estás a punto de decirme me alegrará el día o me lo estropeará todavía más?
—Supongo que depende de cómo te lo tomes, pero me imagino que lo empeorará.
Clara era así. No tenía tiempo —ni ganas— de andarse con tonterías. En eso nos parecíamos.
—Quería que te enterases por mí o, como mínimo , no quería que lo vieras por internet.
—¿ El qué?
—Lloyd Exeter ha comprado PleaseYou.
Cuando me había dicho que el día iba a empeorar, yo no creía que fuera posible. Pensaba que me diría que nuestro proveedor de silicona había quebrado o que me pediría que añadiera una absurda característica nueva al prototipo de la Fantasía.
Nunca me habría imaginado que iba a recibir el nombre de Lloyd Exeter como un puñetazo en la mandíbula.
Se me aflojaron las rodillas. Me deje caer en la silla más cercana.
—Oh —dije, a falta de algo más inteligente que aportar. En mi cabeza, los engranajes fueron girando hasta que hicieron clic—. Debe de ser la persona de la que hablaba el señor Ose.
—Llevo unos meses oyendo rumores, pero Lloyd ha hecho público el comunicado oficial esta mañana.
PleaseYou era uno de nuestros mayores competidores en el mercado.
A diferencia de LoveHoney (que parecía una marca de básicos), de Bellessa (que era explícitamente para mujeres) y de VibraCorp (que se guiaba por el principio de que el sexo era y tenía que ser excitante y placentero para todo el mundo) , PleaseYou tenía la reputación de ser la empresa de juguetes sexuales para hombres, pero no en plan divertido, como si fuera el mes del Orgullo, sino en plan macho alfa tóxico, mujeriego, de los que dicen que «hacer el amor es de nenazas; yo lo que hago es follar».
En resumen, una compra muy adecuada para mi exnovio.
No, exnovio no.
Fue…
Lloyd Exeter y yo…
Para mí, Lloyd fue…
Un error.
PleaseYou y el mayor error que yo había cometido: la combinación de mis peores pesadillas.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro —contestó.
—¿Cómo creías que iba a alegrarme el día esa noticia?
—Míralo así: ahora él está entrando en tu mundo. Esto no es como trabajar en GalacticSolutions a sus órdenes. Es una oportunidad de ganarle, de demostrarle que tú estás por encima y que no podrá tocarte nunca más. Ni literal ni metafóricamente.
Se me erizó el vello de la nuca.
—No creerás que todo esto es por mí, ¿no? No habrá comprado una empresa de juguetes sexuales por mí, ¿verdad?
—¿Qué? No. —Hizo una pausa y lo sopesó—. Bueno, y aunque así fuera, sabes que me tienes aquí. No dejaré que Lloyd Exeter te haga daño .
—Solo lo dices porque sabes que no podrás sacar la Fantasía a la venta sin mí —gruñí medio en broma .
—Y porque mi vida sería aburridísima sin tus comentarios mordaces .
Las dos nos reímos, pero yo tuve que obligarme a hacerlo. Todavía sentía presión en el pecho.
—¿Estás bien? —me preguntó al cabo de un momento.
¿Estaba bien? A ver , siempre había sido consciente de que, cuando Lloyd Exeter desapareció de mi vida, no desapareció también de la faz de la tierra. Lo que me molestaba no era que me recordasen que existía.
Era que estuviera ahí, en mi terreno . En el lugar al que había tenido que recurrir porque él se encargó de que nadie más quisiera contratarme.
Ya ni siquiera podría decir que aquel rinconcito del universo era mío. Tendría que compartirlo con él.
Así que no, no estaba bien. Pero tenía que estarlo.
Porque no iba a dejar que Lloyd Exeter destrozase mi carrera… otra vez.
La voz se me rompió al responder:
—Sí.
Una fuerza y una resolución inquebrantables, sin duda.
Clara me puso una mano en el hombro con delicadeza. Tenía los ojos rebosantes de empatía, de comprensión, de algo que sabíamos las dos, de recuerdos de lo que Lloyd me había hecho, de la persona en la que me había convertido.
—¿Sabes lo que me gusta hacer en momentos como este? —me preguntó.
—No .
Se le curvaron los labios.
—Beber.