5. Una mujer en el armario
Una mujer en el armario
E ntendía lo que dice la ciencia. Nunca se ha demostrado que exista la posibilidad de viajar en el tiempo, ni siquiera en la teoría, porque el tiempo no puede detenerse, rebobinarse ni cambiarse a voluntad.
Pero tal vez los físicos teóricos se equivocaban.
Tal vez el tiempo sí que podía cambiar, aunque contra nuestra voluntad.
Porque, en cuanto la voz de Hudson llegó a mis oídos, el mundo pasó a moverse como si estuviera sumergido en melaza y pude ver el horror de Terrence, la confusión de Addie y la estúpida sonrisa de suficiencia de Jared.
Todos creían que nos habíamos acostado aquel fin de semana.
Estaba ocurriendo. Mi peor pesadilla se había hecho realidad.
No solo había ido todo mal fuera de la oficina, sino que allí sería el centro de todos los cuchicheos, perdería mi reputación, nuestra productividad se iría al traste y ni siquiera me quedaría el consuelo de que todo aquello había sido a cambio de una noche de sexo apasionado, increíble y trascendental.
Era como volver a estar en GalacticSolutions.
La musculatura humana está conformada por unos seiscien tos componentes individuales y cada uno de los seiscientos múscu los de mi cuerpo se me encogió de vergüenza.
Al volverme de golpe en la silla, vi a Hudson de pie delante de los ascensores, con su cara bonita arrugada por la inquietud y la confusión.
—¿Va todo bien? —preguntó.
—Mejor que bien, según parece —canturreó Jared.
VibraCorp era pequeña y Jared era rápido. Si no cortaba aquello de raíz, todo el mundo, desde Mario de Contabilidad hasta Aimee de Conserjería, estaría hablando de mis aventuras sexuales antes de la hora de comer.
—No, Hudson. No tengo tu sudadera. Creo que te la dejaste en el avión.
Guiño, guiño. Sí, tenía la puñetera sudadera, pero quería devolvérsela en privado.
—No creo. ¿ No la tenías tú?
—Nop.
Todos los ojos de la sala estaban fijos en mí y yo quería desintegrarme. La incomodidad era absoluta. «Por favor, deja ya el temita de la puta sudadera… Tan suave… Que huele tan bien…».
—Ah, es que pensaba que…
—Tal vez deberías llamar a la aerolínea. Puede que la tengan en objetos perdidos. Ah, ¿vas a usar la sala de reuniones esta mañana? Tu equipo estará al caer.
Ni haciéndole mímica podía darle más pistas, pero Hudson insistió.
—Habría jurado que te la quedaste tú. No quiero ser pesado, pero…
—¿Y por qué tendría que tener ella tu sudadera, a ver?
Hudson dirigió la atención a Jared, que dio un sorbo sonoro y pausado del café con hielo que casi se había terminado.
—Porque yo se la di.
Otro sorbo laaaaaargo.
—Qué íntimo.
Addie se tapó la boca con la mano para esconder la risa. Terrence, claramente mucho más inteligente que todos nosotros juntos, cerró el portátil y se alejó de aquella lamentable escena.
Yo también me puse en pie.
—Bueno, pues muy buena reunión, equipo. Quiero hacer números con los datos de los informes antes de que nos planteemos los siguientes pasos. Hablemos después de comer.
Recogí mis cosas y me dirigí al despacho, pero Jared me paró para tener la última palabra.
—¿Necesitas más tiempo para hacer números? Pero si eres la mujer más preparada que conozco. ¿Qué pasa? ¿Alguien te ha tenido distraída el fin de semana?
No se merecía ni media respuesta.
Sobre todo porque no pude sacar fuerzas para mentir.
Al cabo de un momento, estaba en mi despacho y era plenamente consciente de que el público todavía podía verme a través de las paredes de cristal. Enterré muy adentro las emociones que querían salir a la superficie y me dispuse a volver al trabajo, a lo que se me daba bien.
Al fin y al cabo, lo único que quería era eso, volver a mi yo simple e impasible. Volver a ir por el buen camino, sin complicaciones ni desvíos.
Pero entonces, seguramente porque no había ningún dios en el cielo y, si lo había, le gustaba verme sufrir, llamaron a la puerta.
—Scout, ¿puedo pasar?
Hudson había estado en mi despacho una sola vez, cuando Clara nos presentó, pero ahí lo tenía, delante de la puerta transparente, vigilado de cerca por Jared y Addie.
Dejé la tablet en el escritorio, pero no la mochila. No pensaba tener aquella conversación con él en aquella pecera. Necesitábamos privacidad.
—¿Puedes caminar mientras hablamos?
—Eh… Sí, claro.
Me siguió sin decir palabra y yo salí de la zona común de VibraCorp con rumbo a territorios menos hostiles. Allí solo había cuatro lugares con intimidad: el despacho de Clara, el baño, la sala de productos de cortesía y la llorería.
La llorería era el remoto cuartito de mantenimiento al que Clara me mandaba cuando yo necesitaba llorar.
Nunca había reparado en lo estrecho que era aquel pequeño armario lleno de artículos de limpieza carísimos que no habían sido probados en animales y mopas y escobas de comercio justo —para mi jefa, solo los mejores productos—. Me di cuenta de ello cuando empujé a Hudson dentro y cerré con pestillo.
Intentando ignorar su imponente altura, metí la mano en la mochila y saqué al culpable de arruinar mi lunes.
—Toma, aquí tienes la estúpida sudadera. Cógela y vete.
«Me gustaría poder llorar en paz, gracias».
Hudson solo siguió la primera parte de las instrucciones. Tendría que haberlo amonestado por insubordinación en el trabajo.
—¿Me has traído aquí para darme esto?
—No podía devolvértela delante de todo el mundo.
—¿Por qué no?
—¡Porque creerían que nos acostamos! ¡Jared ya lo piensa!
Tras esas dos frases, pareció que nos quedábamos sin aire dentro del armario. En la quietud que siguió, yo fui extremadamente consciente de la proximidad de Hudson, en especial de su cara, que se ensombreció y en cuyos rasgos perfectos se dibujaron algunas arrugas que no le había visto.
Cerró los largos dedos en torno a la sudadera y se la llevó al pecho a modo de escudo protector.
— Me da la sensación de que antes la he cagado.
— Es una forma de decirlo —solté. Y luego corregí el rumbo para que no pensase que era una capulla integral. Aquello no era culpa suya. Era culpa mía, no tenía por qué pagarlo con él—. Muchas gracias por dejármela. Ayer me ayudaste mucho. De verdad.
—No sé por qué me da a mí que ahora viene un «pero».
—Pero, después de consultarlo con la almohada, creo que no puedo ayudarte con las clases de juguetes sexuales. Si se comenta por la oficina que pasamos mucho tiempo juntos, los rumores no harán más que empeorar y no podemos permitirnos ninguna…
—Distracción, sí, lo entiendo, pero podemos arreglarlo.
Podemos hacer que te dejen tranquila y nos den espacio para nues tras clases particulares.
Ayer estuve casi toda la noche investigando por mi cuenta…
— Se le sonrojaron las puntas de las orejas—.
Y tengo que decir… que fue abrumador. Te necesito. ¿Y si voy y les aclaro lo que pasó?
—¿Qué vas a hacer? ¿ Salir ahí y anunciarle a toda la empresa que no nos hemos acostado? Seguro que eso no les parece nada sospechoso…
Las gafas le resbalaron por la nariz. Las empujó hacia arriba.
—¿Por qué te molesta tanto? ¿Tan malo sería si nos hubiéramos acostado?
Podría haber contestado a esa pregunta de mil formas distintas, todas demasiado reveladoras.
Podría haberle dicho que no, porque acostarme con él seguramente habría sido increíble, demasiado bueno para mí.
Podría haberle dicho que sí, porque, si nos hubiéramos acostado y yo le hubiera contado a toda la empresa que habíamos tenido un rollo de una noche, ser solo el lío pasajero de Hudson sería una humillación.
Y, si nos hubiéramos acostado y siguiéramos haciéndolo, eso querría decir que me habría precipitado lanzándome de cabeza a una relación, un error que no pensaba permitirme repetir nunca más, y menos durante la recta final de un proyecto.
O podría haberle dicho: «Hudson, mi última relación me destrozó la vida, así que me encierro en una cajita emocional para evitar hacerle daño a otra persona y a mí misma.
Si nos acostáramos, significaría que todo está yendo muy pero que muy mal.
Seguro que lo entiendes. Follar y salir con gente son dos cosas que no hago. No puedo permitirme ese caos».
—Es solo que necesito mantener unos límites claros en mis relaciones profesionales.
Su expresión se apagó un poco.
—De acuerdo. Nadie se merece que lo hagan sentir mal en el trabajo. Si te están molestando, deberías informar a Recursos Humanos. O hacer que Clara les recuerde la formación sobre los ambientes de trabajo hostiles.
Sí, esa parecía la solución más obvia.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué no?
«No soporto el conflicto. No soporto la atención. La única forma de garantizar que saldrás ilesa de una situación es esconderte de cualquiera que pueda hacerte daño».
Me quedé mirándome las manos.
—Es más fácil ser invisible. Nadie puede hacerte nada cuando eres invisible.
—Por eso no quieres ayudarme , porque así dejarías de ser invisible.
— Sí.
La posición de su cuerpo cambió y de pronto estábamos tan cerca que las fibras de nuestros jerséis se rozaban. Levanté la mirada y ahí estaba, observándome como si yo no fuera el problema que yo misma sabía qué era. Volvió a sonreír. Esa vez fue una sonrisa de verdad.
—Pues en eso ya has fracasado. Para mí nunca has sido invisible.
Se me entreabrieron los labios y el aire que había entre nosotros crepitó.
Pensé en el beso del día anterior, aunque hubiera sido fugaz y accidental, y no deseé otra cosa que volver a eliminar el espacio que nos separaba .
Comprobar si sus labios seguían tan cálidos y suaves y acogedores como la primera vez.
Segurísimo que le habría contestado algo tan trascendental y profundo como lo que me había dicho él a mí, pero, antes de que pudiera hacerlo…
¡Toc, toc, toc!
—¿Scout?
Prácticamente me lancé contra la pared del fondo del armario mirando la puerta con los ojos muy abiertos. «Joder».
Era Clara. No sabía cómo, Clara me había encontrado allí. ¿Es que no podía una rechazar a su amor platónico del trabajo en paz?
—Piénsalo — soltó Hudson intentando susurrar—: ya no puedes volver a ser invisible y voy a estar en la oficina hasta que se me acabe el contrato. Por el mismo precio, ayúdame a hacer mejor nuestro trabajo.
Clara volvió a llamar.
—Eh… ¿ Sí? —respondí a través de la puerta todavía cerrada.
—¿Puedo verte en mi despacho?
—Claro, voy enseguida.
Oí el repique de los tacones en el suelo unos cuantos pasos.
Clic, clic, clic, clic…
Uf. Crisis evitada. No tenía ni idea de que estaba allí dentro con Hudson. Estábamos fuera de peligro.
Clic.
Los tacones se detuvieron. Se me acabó la suerte.
—Ah —añadió alegremente—, y, por favor, dile a Hudson que él también tiene que volver al trabajo.