Buenas vibras 4. Un día duro en la fábrica de orgasmos
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4. Un día duro en la fábrica de orgasmos

Un día duro en la fábrica de orgasmos

E l lunes es el día de los informes de polvos. Ya sé lo que estás pensando: «Scout, he trabajado en una oficina. Sé que la gente vuelve el lunes con ganas de dar demasiados detalles de su vida personal. Pero ¿“informes de polvos”? ¿En serio? No hace falta ser tan vulgar».

Y te daría la razón. Si mi oficina fuera una oficina normal y yo me estuviera refiriendo a una charla amistosa entre mi pequeño equipo acerca de a quién se habían llevado a la cama el fin de semana, te daría toda la razón: llamarla «informe de polvos» estaría totalmente fuera de lugar .

Sin embargo…

—¡Buenos días, Scout! ¿Has podido leer los informes de polvos?

—Todavía no. Hoy han entrado muchos, ¿no?

—Esta semana ha habido una gran tormenta en el noroeste del Pacífico. Supongo que la gente ha pensado que la lluvia era la forma de Dios de decirles: «¡Que os follen !».

Lo que pasa es que una empresa de juguetes sexuales no es una oficina normal y lo que es o no es apropiado es muy relativo cuando te pasas el día mirando vaginas en lata.

Para que quede claro: yo no inventé la terminología de los informes de polvos. Y  en nuestro contexto no hacía referencia a mis compañeros y su vida sexual, sino que designaba las toneladas y toneladas de datos que inundaban la pantalla de mi ordenador.

En VibraCorp, estábamos orgullosos de ser una empresa que priorizaba a los usuarios.

Los juguetes nuevos se probaban en todas las fases del desarrollo.

Nuestro talentoso equipo de control de calidad recibía el producto, lo usaba durante un número de días y escribía resúmenes detallados acerca del funcionamiento del juguete en solitario y, si procedía, con otra persona o con varias.

Yo , como ingeniera jefa, podría delegar la tarea de leer detenidamente los informes de polvos, pero nunca lo hacía.

En lo que al trabajo se refería, era una obsesa del control.

Y en lo que a los polvos se refería, me alegraba que alguien los estuviera echando, aunque no fuera yo.

Nuestros probadores de productos iban desde un trabajador de supermercado en el centro de una relación poliamorosa hasta un ama de casa que intentaba revitalizar su vida sexual, pasando por una madre soltera cuyos encuentros sexuales tenían que encajar entre el trabajo y los entrenos de fútbol de su hija.

Ricos o pobres, gordos o flacos, atrevidos o tímidos en el sexo, guapos o feos, jóvenes o viejos, con o sin discapacidad, hombres, mujeres o personas de otros géneros… Nada de eso importaba.

La gente estaba disfrutando del sexo, disfrutando mucho, con la ayuda de los juguetes que yo diseñaba.

Mi carga de trabajo de los lunes consistía en leer sobre ellos. Un día más en la oficina.

Las oficinas de VibraCorp ocupaban una planta de un edificio corporativo «reimaginado» en el centro de Dallas.

Lo que antes habían sido los fríos y compartimentados cubículos de un banco multinacional había pasado a ser un oasis de concepto abierto, paredes de cristal y plantas en macetas diseñado para la colaboración (y, seguramente, para lucir espectacular en ostentosos reportajes de revista ).

La mayoría del tiempo, yo trabajaba dentro del entorno seguro de mi laboratorio, una cabina de cristal para mí sola que me hacía parecer presa en una cárcel para supervillanos de película.

Era la habitación menos inspiradora y acogedora del mundo, pero a mí me encantaba.

El aislamiento me daba espacio para pensar y evitaba que me viera demasiado involucrada en la vida de mis compañeros.

Sin embargo los lunes tocaba leer informes de polvos y me veía obligada a exponerlos en el espacio común que había en el centro de la oficina, que contaba con una cocina, unas cabinas para hacer llamadas, un jardín comunitario y espacios de trabajo en grupo.

Vamos, lo típico en una oficina que se pasaba de moderna en la era del capitalismo tardío.

Ni siquiera los informes de polvos consiguieron quitarme a Hudson de la cabeza.

Me había pasado toda la mañana mirando la puerta , esperando a que asomase esa cabeza absurdamente atractiva.

Tenía que desdecirme de mi ofrecimiento.

Mientras repasaba los documentos, tenía su sudadera (que se me había olvidado que llevaba puesta hasta que me dejé caer en el sofá la noche anterior ) en una bolsita cerca de los pies.

Cada vez que la rozaba, me imaginaba la conversación.

«Hudson, lamento informarte de que no podré darte las clases de educación sexual debido a un compromiso anterior. Tengo hora para hacerme las ingles . Hace un tiempo ya que no me depilo ahí abajo , de modo que, cuando la esteticién termine, seguramente ya se te habrá acabado el contrato».

O…

«Hudson, aquí tienes mi contraseña para esta página porno creada por mujeres que visito a menudo. Seguro que ahí te enseñan mucho más de lo que podrías aprender conmigo».

O…

«Hudson, me encantaría darte un máster en juguetes sexuales, pero si lo hago es posible que sucumba a mis deseos de montarte como si fueras un toro mecánico. ¿Lo entiendes, verdad? Lo mejor es que guarde las distancias».

—¿Scout? ¿Estás en uno de tus estados de fuga disociativa científica?

Levanté la vista para mirar a mi pequeño equipo de ingenieros.

Ahí estaba Jared Blotcher , el ingeniero electrónico que había hecho la pregunta.

Y Addie Cao, una joven recién graduada cuyos padres pensaban que trabajaba desarrollando microchips en una empresa de coches eléctricos.

Y  Terrence Ramírez, nuestro experto en procesos de fabricación, a quien podría describir con más detalle si alguna vez hablase de sí mismo.

—No, estoy bien —le respondí a Jared—, solo tengo un poco de jet lag. Addie, ¿cómo va con el Departamento de Marketing?

Addie, que era la que menos tiempo llevaba en la empresa, era nuestro enlace técnico con los de Marketing y estaba ayudando a preparar el packaging , la marca y los materiales publicitarios para la Fantasía. Arrugó la nariz respingona.

—La idea que tienen no me convence , pero estamos valorando alternativas.

Pero Jared no pensaba dejarlo correr .

—¿Jet lag? Pero si solo hay una hora de diferencia .

Addie ladeó la cabeza y lo confrontó.

—Oye, ¿no fuiste tú el que apareció por aquí a última hora el lunes después de que cambiasen la hora ?

Esa chica era una bendición. Tenía que proponerla para que la santificaran.

—No estamos hablando sobre mí, sino sobre lo agotadísima que parece nuestra jefa.

Uf, me había precipitado .

—Has estado muy callada esta mañana, jefa —continuó—. ¿Vas a contarnos historias de Cleveland y de todas las aventuras que … corriste? —Alzó y bajó las cejas varias veces seguidas.

Puaj.

—Te pondrá una queja en Recursos Humanos —musitó Terrence sin levantar la vista del trabajo.

—Perdón por intentar preguntarle a mi amiga cómo fue su viaje. ¡No sabía que ser amable era un delito con pena de despido!

—Cleveland estuvo bien —dije. No había muchas cosas que me disgustaran de trabajar en VibraCorp, pero, sin duda, Jared ocupaba el primer puesto de esa corta lista.

Si Hudson tenía la habilidad de hacer que por lo menos quisiera asomarme a echar un vistazo sobre las barreras que había levantado para trabajar, Jared me recordaba por qué tenía la verja cerrada a cal y canto—.

Y, ahora, si miráis el informe de polvos de Mary Brighton…

—¿Estuviste bien con Hudson?

Tomé nota mental para cancelar la propuesta de santificar a Addie. Se quedó mirándome con sus grandes ojos. Acababa de hacer la peor pregunta posible.

—Ajá —musité—. Bien.

—Pues no parece que estuvieras tan bien. Esas ojeras dejan claro que terminaste agotada. Supongo que no pudiste pegar ojo con Hudson Bailey cerca, ¿eh ?

Terrence miró a Jared con los ojos entrecerrados.

—Tío, ¿por qué le dices algo así a tu jefa?

—Me preocupo por ella —dijo Jared adoptando un aire de inocencia—. Scout se fue sola a una gran ciudad con un rarito que Clara sacó de la calle o de no sé dónde.

Addie puso los ojos en blanco.

—Venga ya, solo estás intentando sonsacarle información.

—Tiene algo oscuro. Nadie puede ser tan bueno.

—Sí que puede —dije, incapaz de contenerme.

En un experimento científico sobre la bondad de las personas, Hudson habría dado al traste con toda la distribución de datos .

Jared se inclinó hacia delante.

—¡Por fin ha hablado! Detalles , por favor.

—No hay nada que contar. Fuimos a la feria. Se la enseñé…

Jared me interrumpió.

—Seguro que se la enseñaste.

Me hirvió la sangre. Jared siempre había tenido un rollo machirulo, como si hubiera entrado a trabajar en una empresa de juguetes sexuales para ligar.

Y, aunque seguramente debería informar a Recursos Humanos de su comportamiento, como había sugerido Terrence, sabía que, así, no haría más que remover las aguas.

Y eso era lo último que me hacía falta en aquel momento, con todas las miradas puestas en la Fantasía, que requería toda mi atención… y la de todo mi equipo.

—Y no pudimos cerrar la compra del señor Ose —continué—. Bueno, y ahora, si ya hemos terminado de analizar mis asuntos personales con lupa, ¿volvemos al trabajo e intentamos salvar este proyecto antes de que tengamos que pedir todos el paro, por favor?

Tanto Addie como Terrence se encogieron. Jared solo parpadeó. No me extrañaba su sorpresa . Saltar así y hablar con dureza no era mi estilo de liderazgo. Yo prefería un enfoque más frío. Era menos complicado. Había menos posibilidades de intimar con la gente y apartarme de mis objetivos.

¿Y los objetivos de ese día ?

Recuperarme del daño psicológico de la reunión con el señor Ose.

Retirar el acuerdo de dar clases extraescolares sobre juguetes sexuales.

Y dejar de pensar en Hudson Bailey.

Y, sobre todo, dejar de follarme a Hudson Bailey en sueños.

—Genial —dije una vez que me convenció su silencio—. Y, ahora , basta de distracciones.

Yo no sabía ni para qué abría la boca. Justo en ese momento, detrás de mí se oyó la campanita del ascensor y una voz familiar —demasiado familiar— gritó bien fuerte:

—¡Buenos días a todos! Oye, Scout, ¿tú sabes dónde está mi sudadera?