3. En celo por el cielo #3
Y yo la lie volviéndome justo en el peor momento.
No hubo tiempo de esquivarlo. Para cuando conseguí entender lo que pasaba, los labios de Hudson ya rozaban los míos.
Fue el más ligero de los contactos. Como una pluma. Nada más que un roce. Pero me fallaron las rodillas de todas formas.
Me había besado. Hudson me había besado. Por accidente, pero…
Me acababa de besar.
Y lo peor era que yo quería más.
Si reparó en mi inquietud, no lo demostró.
—Lo siento —dijo Hudson poniéndose especialmente encantador mientras yo me tambaleaba, con los labios todavía hormigueando por su sabor—.
Me estaba guardando la mochila. Aquí tienes la sudadera que te habías dejado en el lounge , cielo .
Así es mi chica, siempre se va dejando cosas. ¿Todo bien por aquí?
Yo me puse la sudadera intentando cumplir con el papel de novia diligente, aunque no sabía muy bien por qué. Seguía dema siado confundida por el contacto boca a boca.
El Guardián de la Puerta levantó una ceja .
—Señor, ¿esa mochila es suya?
—Sí, y he pedido espacio extra para las piernas. Me parece que tengo un compartimento superior para mí, ¿no?
—Por supuesto, señor.
—Genial, pues arreglado . ¿Vamos, cariño?
Tardé un segundo de más en darme cuenta de que me estaba hablando a mí. Yo era su cariño. Por lo menos en aquella si tua ción. Y él había intervenido haciéndose pasar por mi novio para sal var la mochila del infierno de la bodega del avión.
Con dos rápidos escaneos resignados del lector de billetes, el Guardián de la Puerta nos dio la bienvenida a bordo. Hudson fue a coger mi equipaje…
Justo en el momento en el que yo daba un paso para hacer lo mismo.
Nos chocamos y, en medio de aquel enredo de pies, empujamos la mochila.
Un traqueteo familiar sonó dentro de la tela desgastada . Se me paró el corazón.
El gesto del empleado se tensó mientras la examinaba.
—Disculpe, ¿su equipaje… vibra?
Pues sí , así era.
El mismo vibrador que había usado la noche anterior, enterrado en las profundidades de la mochila, se movía con tanta fuerza que esta se arrastraba por la moqueta . Se me hizo un nudo en la garganta.
—No, no , no es…
Pero Hudson levantó la mochila con total tranquilidad . Como si no nos estuviera mirando la terminal entera, sospechando que llevábamos una bomba o un vibrador. Al Guardián de la Puerta le centellearon los ojos ante la posibilidad de habernos pillado mintiendo sobre el equipaje.
—Se lo volveré a preguntar: señor, ¿esa mochila es suya? Recuerde que mentirle a un empleado de aeropuerto es un delito y ambos podrían meterse en un buen lío…
Inexpresivo, Hudson rebuscó en la mochila, sacó el vibrador y lo levantó para inspeccionarlo sin rastro de vergüenza en el rostro.
—Entre nosotros, los productos de VibraCorp son mejores, pero este trasto hace su papel cuando estoy de viaje.
El Guardián de la Puerta se quedó blanco. ¿Qué se puede decir cuando un hombre saca un vibrador y lo esgrime para que todo el mundo lo vea?
—De acuerdo, pues quítele la batería antes de embarcar.
Debí de disociarme, porque lo siguiente que recuerdo es que Hudson y yo avanzábamos por la pasarela de embarque , uno al lado del otro. Tuve que hacer un esfuerzo titánico para no pensar en lo suave que era su sudadera cuando me rozaba la piel o en lo bien que olía.
En cambio, él no podía parecer menos afectado . Se puso a silbar.
Como si no hubiera pasado nada .
—Me has besado —conseguí decir al final.
El silbido se apagó.
—Lo siento mucho, no iba a ser en…
—Y has evitado que me metieran en la cárcel para terroristas por un vibrador.
—Diría que la cárcel para terroristas es , simplemente, la cárcel.
—Y… —Quería indignarme, poner algo de distancia entre nosotros. Si me enfadaba con él, no tendría que afrontar la realidad: empezaba a caerme bien—. Joder, has sido muy amable.
—Intenta no parecer tan decepcionada —bromeó.
No estaba decepcionada. Estaba confundida. Acababa de rechazar su oferta tácita de amistad, su petición de ayuda, y había sido fría como el hielo con él toda la semana. Y él me lo había com pensado evitando que me viera humillada ante todo el aeropuerto de Cleveland.
La cabeza me decía que aceptase que las cosas me habían salido bien y siguiese con mi vida, pero, al acercarnos a la puerta abierta del avión, el hombro de Hudson rozó el mío y tomé una decisión impulsiva.
«A la mierda, que sea lo que Dios quiera». Jugueteé con las mangas de la sudadera que me había dejado.
—Bueno, pues supongo que te debo una .
El brillo de su sonrisa podría haber eclipsado el de cualquier supernova.
—¿Quieres decir…?
—Que te ayudaré. Te enseñaré todo lo que necesitas saber sobre el sector, pero esto es cien por cien profesional. Lo hago solo porque quiero que la Fantasía sea un éxito.
—Hecho. —Me tendió la mano para que le diera un apretón. Se lo di intentando no comparar mentalmente cómo me había imaginado sus manos la noche anterior con cómo la sentía en ese momento, rozándome la palma—. Y seré yo el que te deba una . Te daré lo que quieras.
«Cuidado con lo que deseas , que igual te quiero a ti».