3. En celo por el cielo
En celo por el cielo
M e daba pena Hudson.
No tanta como yo misma , pero, aun así, me daba pena.
Antes de la feria , me parecía el típico chico majísimo.
Siempre sonriente, siempre feliz , siempre dejando un rastro de risa por donde pasaba.
No había desconocido del que no pudiera hacerse amigo ni sala que no pudiera conquistar.
Nunca habría descrito a un chico con esa palabra, pero, incluso desde la distancia que yo había puesto entre nosotros, se lo veía radiante.
Cuando el señor Ose se marchó, Hudson y yo nos dirigimos al aeropuerto de Cleveland para coger el avión. Y , en algún punto del trayecto, me sorprendió.
Se había marchitado .
Era como si alguien hubiera desconectado el enchufe de su resplandor. Toda aquella energía intangible se desvaneció. Ni siquiera intentó hablar conmigo, lo cual era chocante, teniendo en cuenta que hasta ese momento apenas había dejado pasar un minuto sin intentar crear compañerismo.
Al principio del viaje, sus preguntas, bromas y cháchara constante me habían descolocado. Y desde que no estaban … las echaba de menos.
Problema: el tío más feliz del mundo parece derrotado.
Propuesta de solución: ¿¿¿???
Cuando estaba estresada o disgustada, me entregaba al trabajo, revisando planes o repasando cálculos o limpiando los soldadores. Hudson no parecía de esos. Parecía de los que buscan hablar de sus sentimientos… Y ese no era uno de mis puntos fuertes.
De modo que , mientras caminábamos por el aeropuerto de Cleveland hacia la puerta de embarque, busqué un término medio. No hablaría de sentimientos , pero tampoco de trabajo, sino de un tercer ingrediente secreto .
—¿Quieres… un rollito de canela?
«Genial, Scout. ¿Esas maravillosas habilidades de conversación las aprendiste en la Universidad de las Interacciones Sociales?».
—No tienes por qué hacerlo. No hace falta que me animes. Es evidente que tenías planificada la jugada para la reunión con el señor Ose y he aparecido yo y he dicho todo lo que no debía. Lo siento .
—No pasa nada.
—Sí, sí que pasa. Se lo explicaré todo a Clara. Ha sido culpa mía que no haya comprado.
Una parte de mí quería darle la razón, pero no pude.
Es cierto que, tal vez, que le hubiera dicho directamente que no había trabajado en ningún otro juguete sexual nos había dejado con el culo al aire, pero , pensándolo bien, la insistencia de Clara en mantener la Fantasía en absoluto secreto hacía que venderla fuera casi imposible.
Ni sus dos mejores empollones lo habían conseguido.
—Bueno…, tampoco es que mi intervención haya sido estelar —admití—. No se me da bien la gente.
—Conmigo lo estás haciendo bien.
Mientras serpenteábamos entre la multitud ajetreada del aeropuerto, le lancé una mirada escéptica.
Él se la tomó con humor.
—Vaya, no consigo caerte en gracia, ¿eh?
—No te lo tomes como algo personal.
—Eso es difícil. Siempre he sido el que le cae bien a la gente. Es como mi personalidad . Mi superpoder. Y aquí estás tú…, la kriptonita en persona .
Ah, por eso no me caía bien. No porque fuera demasiado sexy. O porque no supiera nada sobre crear código para jugue tes sexuales. Y tampoco porque hubiera contribuido a entorpecer el trato con el señor Ose.
Sino porque era demasiado majo. La mayoría de las personas que me conocían enseguida lo pillaban: «Ah, vale, es intensa y n o quiere hablar de nada que no sean el trabajo y lo que pide a la hora de comer», pero él era insistente .
Ni siquiera cuando me llamaba «kriptonita personificada» (un poco maleducado, pero era cierto), me parecía un insulto.
Parecía más bien que se estaba burlando de sí mismo, como si estuviera decepcionado consigo mismo por no ser capaz de encontrar un modo de conectar conmigo.
Me costaba relacionarme con él no porque quisiera apartarlo, sino porque hacía que quisiera tenerlo cerca. O, por lo menos, más de lo que suelo dejar que la gente se acerque.
—Me gusta mantener la profesionalidad —dije con tacto.
—Ya. Sobre ese tema… Sé que no habrá sido fácil llevarme pegado a ti toda la semana.
—¿Qué? No, no ha sido un problema en absoluto …
Le tocó a él mirarme con los ojos entrecerrados.
—Scout , has tenido que explicarme lo que son las bolas chinas . No me imagino lo que le hiciste a Clara para merecer un castigo tan severo.
Me mordí el interior de las mejillas para no sonreír. Si es que encima era gracioso. Puede que fuera hipócrita que lo pensara una ingeniera , pero no me lo esperaba de un friki informático.
O al menos no me lo esperaba en un día como ese. Por algún motivo, no pude evitar soltar también una broma :
—Me comí sin querer una de esas galletas de veinte dólares que Clara guarda para los días que puede saltarse la dieta. Me extraña que no me mandase al tribunal de La Haya.
Él se echó a reír y yo sentí su gesto hasta en los dedos de los pies.
¿Cuándo fue la última vez que había hecho reír a alguien que no fuese Clara?
En el trabajo , dirigía a mi equipo con un aire distante e hiperprofesional .
Mantenía una distancia prudencial con todo el mundo excepto con mi jefa, y a ella solo la dejaba acercarse porque me había conocido en mi peor momento y había decidido contratarme de todos modos.
Me gustó hacerlo reír.
Ahuyenté aquella emoción. Seguro que eran las sustancias químicas sexuales que me quedaban por el cerebro dando los últimos petardazos antes de desintegrarse.
—La verdad es que creo que te mandó para ayudarme a cerrar la compra. Has estado muy bien con el señor Ose.
—¿Tú crees?
—Sí, como te he dicho y como habrás notado, necesito un lazarillo para las interacciones humanas. Has sido muy buen perro guía.
Otro intento de bromita. Tal vez Hudson solo quisiera ser amable, pero se volvió a reír.
—Es posible, si borrásemos el momento en el que le he dicho justo lo que no quería oír.
Y no creo que Clara me haya mandado para ser tu perro guía.
Es evidente que le encanta como trabajas.
Creo que lo ha hecho para que aprenda más sobre el sector.
¿Para qué iba a mandarme para cerrar el trato con el señor Ose si no?
Ni siquiera he usado un juguete sexual en mi vida.
Casi me tropecé con las niñas del equipo de vóley que pasaban por delante de nosotros.
—Espera. ¿No solo no has trabajado antes en la fabricación de un juguete, sino que nunca has usado uno?
—Así es.
Tendrían que hacer una docuserie entera de true crime sobre lo que iba a hacerle a Clara cuando la viera al día siguiente en la oficina.
—La verdad es —dijo con una nota de optimismo volviéndose a colar en su voz— que quería hablar de ello contigo .
«Qué mala espina me da eso. Malísima».
—No estoy nada familiarizado con estas cosas. Con los juguetes —continuó—. Al menos no como tú.
Me quedé boquiabierta. Él abrió mucho los ojos.
—¡No quería decir eso! ¡Me refería a nivel profesional !
Tú eres la experta. Yo no sé nada. Ni siquiera había tenido un dildo en la mano hasta que hice la primera entrevista con Clara.
Estoy fuera de mi terreno y está claro que esto es demasiado importante como para que yo siga siendo tan ignorante, así que había pensado que… ¿y si me enseñas?
—¿Cómo si fuera una clase de educación sexual? ¿Educación del juguete sexual?
—Soy un lienzo en blanco. Lo único que sé sobre juguetes sexuales me ha llegado por osmosis cultural y, si queremos que la Fantasía sea el mejor juguete que haya existido, necesito más información.
Empezaron a pasarme imágenes guarras por la cabeza. Madre mía, las cosas que le enseñaría yo a Hudson Bailey sobre juguetes sexuales, sobre cómo hacer gemir a una mujer …
Mierda, si seguía así, terminaría gimiendo en el baño del Airbus, pero yo solita.
Tenía razón, por supuesto. Le hacía falta saber más, y seguramente yo era la que mejor podía enseñárselo.
Sería fácil. Podíamos repasar el catálogo de productos de VibraCorp y yo le explicaría para qué se usaba cada uno al mismo tiempo que le en señaba los informes de los grupos de discusión sobre por qué esos juguetes son tan importantes para los usuarios.
Pene comido… Digo, pan comido.
Pero enseñarle a Hudson cualquier cosa supondría que pasásemos más tiempo juntos . E instruirle en juguetes sexuales supondría que yo pasara más tiempo intentando no pensar en el tío sexy que tendría al lado hundiéndose entre mis piernas.
Y, dado lo importante que era la Fantasía para mi futuro y mi carrera profesional, no podía exponerme a esa distracción. No podía exponerme a él.
—¿Por qué no ves porno y ya? —le pregunté.
—Ah, sí, el porno, ese género que lleva representando relaciones sanas y justas desde el principio de los tiempos .
Tenía razón, pero yo no podía ceder terreno.
Cuando llegamos a la puerta, el embarque prioritario ya había empezado.
Nos instalamos en unos asientos algo alejados, al final de la zona delimitada por la moqueta.
Coloqué mi mochila entre nosotros deliberadamente (para evitar cual quier contacto accidental que me proporcionara más material es timulante para sesiones como la de la noche anterior) y me puse a adelantar algo de trabajo en la tablet.
Tendría que haberme imaginado que no sería tan fácil.
—¿A qué se refería? —preguntó Hudson después de un momento de silencio—. Ichiro, digo, cuando ha mencionado que explotó algo en tu antiguo trabajo. ¿De qué hablaba?
Fantástico. Justo donde más dolía.
Supongo que tendría que estar agradecida porque por lo menos no me estaba pidiendo formación en juguetes sexuales.
Me había esforzado mucho en ser capaz de hablar de mi vida antes de VibraCorp. Había tenido que hacerlo . Cualquiera que me buscase en Google lo encontraba todo y me preguntaba por ello sin importar cómo me sintiera yo.
—¿Recuerdas el desastre de GalacticSolutions? —le pregunté.
—Sí.
—Era mi proyecto.
—Oh.
Una reacción muy pequeña para una humillación tan grande. Mi primer trabajo fue desarrollando propulsores para un fabricante de cohetes y… las cosas no salieron según lo previsto.