Buena chica Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—¿Cli? —me llama Leda. Está junto a Daphne y un agente de policía de aspecto serio, y parece muy tensa.

—Tengo que irme. No quiero hacer esperar a las fuerzas del orden. Sé que la poli es famosa por su paciencia, pero yo me enorgullezco de mis modales.

—Vale, bien. Bueno…

—Austin. ¿Me creerías si te dijera que el demonio es real? —le pregunto porque ya no tengo nada que perder.

Se lo piensa un segundo y se pasa las manos por el pelo.

—Uf, sí. Me lo creería. Nunca he querido decir nada, pero esa casa siempre me ha dado muy mal rollo.

Guau. Lo quiero. Me he enamorado.

—Quizá podríamos quedar para ir a la cafetería. Podemos pedir unas patatas fritas con queso y te lo contaré todo.

—Ya sabes lo que opino de las patatas fritas con queso.

Le dedico una sonrisa y un guiño, aunque me duela.

Tras horas de declaraciones y atención médica, mis hermanas y yo nos sentamos en profundo silencio en una mesa esquinera de un McDonald’s bastante mugriento.

Mojo una patata frita en mi McFlurry. Lo único que noto es el sabor persistente de la sangre.

Daphne abre un sobre de miel para sus McNuggets.

—Eso es miel. No es mostaza a la miel —dice Leda mientras pincha un trozo de ensalada.

—Lo sé —confiesa Daphne—. Me gusta la miel.

—¿Mojas el pollo en miel? —pregunta Leda, horrorizada.

Es como si nunca hubiera pasado nada. Es como si nada hubiera cambiado, aunque sí lo haya hecho. Todo lo que se dijo y se hizo en aquella casa no se puede desdecir ni deshacer.

Las palabras, la violencia, la fealdad, el miedo, la tristeza, el dolor…

, todo eso seguirá habitando en nuestro interior, aunque lo releguemos al desván, donde vive apiñado entre las telarañas, aflorando a veces en nuestros sueños o sembrando el caos en nuestra vida cotidiana, como una mano invisible que mueve los hilos, una sombra en el rabillo de nuestros ojos.

Miro la cicatriz que tengo en el antebrazo. Y ella me devuelve la mirada.

Recuerdo que coqueteé con Ethan en la fiesta de presentación de Veronica. «Lo importante es sobrevivir, aunque sea con cicatrices», dije.

Y él me respondió: «Habría sido mejor sin ellas».

No estoy segura del todo. ¿Quién sería yo sin mis cicatrices? ¿Quiénes serían mis hermanas?

Aquí estamos, sentadas con la cara hinchada, llenas de rasguños y moretones, heridas que sanarán, pero que no desaparecerán. Y, aun así, creo que es justo ahora cuando más guapas estamos, con las huellas de nuestro dolor a la vista. Nadie podrá negar que existe.

Mis cicatrices son mi reivindicación. No debería ser necesario demostrar nada, pero así es el mundo en el que vivimos. Ese mundo para el que nuestra madre intentó prepararnos.

—¿Qué crees que diría mamá si nos viera ahora? —pregunto.

—¿Sobre que hayamos venido a un McDonald’s? —dice Daphne.

—No. Sobre… nosotras. Sobre cómo estamos.

—No lo sé —responde Daffy—. No lo sé.

—Yo tampoco —confiesa Leda.

—Creo —dudo—, creo que es justo eso. Todo lo que jamás sabremos porque se ha ido. Se ha ido.

Se hace el silencio mientras lo desconocido se adentra en los océanos que nos separan.

—Ese chico con el que estabas hablando en la calle —dice Leda tras unos minutos— ¿es el vecino?

—Sí. Austin.

—¡Es muy mono! Deberías salir con él.

—Es demasiado bueno. Demasiado puro de corazón. ¿Y si lo destruyo?

—¿Y si fueras amable por una vez? ¿Por qué no lo intentas para variar?

—Podría intentarlo. Pasar página.

—Quizá esto pueda ser un nuevo comienzo. Para todas —dice Daphne, repiqueteando en su vaso de refresco con un cuchillo de plástico.

Leda mete la cuchara en mi McFlurry y se lleva un poco a la boca.

—Borrón y cuenta nueva.

—Os quiero mil, chicas.

—Te quiero, Cli —dice Daphne, y sé que lo dice en serio, igual que iba en serio cuando me dijo que me odiaba.

Me llevo la mano al cuello para jugar con mi colgante y entonces recuerdo que ya no está ahí. Que hay una parte de mí que se ha quedado en la casa y que siempre estará allí.

Recordar no siempre es una luz que ilumina la oscuridad. A veces es como si una garra te apretara el cuello y te devolviera dentro.

Esto es lo que yo llamaría un bonito amanecer. El sol anuncia su gran entrada con un resplandor rosado. Las vistas desde el balcón de Daphne son impresionantes y, aunque debería estar durmiendo, quiero verlo. El amanecer. La luz que se filtra entre los árboles hace que el Hudson brille.

—Toma —dice la tía Helen al salir, y me entrega una taza de cerámica enorme de la que sale vapor de café caliente, con un intenso aroma a frutos secos.

—Gracias. ¿Daffy sigue dormida?

Asiente con la cabeza y, a continuación, se saca un cigarrillo de detrás de la oreja y se lo enciende.

Tiene el pelo voluminoso y encrespado y viste una camiseta blanca de manga larga de canalé, pantalones de pijama de seda, zapatillas, y lleva puestas unas gafas gruesas de montura oscura.

Aunque vaya desaliñada, hay algo en ella que me fascina.

—Me alegro mucho de que estés aquí —le digo, porque ahora sé que soy blanda de corazón. ¿Qué sentido tiene fingir que no es así?

Suelta el humo por la comisura de los labios.

—Preferiría que la próxima vez que nos viéramos no fuera en unas circunstancias tan tristes.

—No podría estar más de acuerdo.

Tira la ceniza del cigarrillo por encima de la barandilla.

—Pero podemos hablar de lo que tú quieras. Edgewood. Alex.

—Es curioso que, en ocasiones, no sabes lo que sientes por alguien hasta que ya no está. E incluso entonces… —digo mientras le doy un sorbo a mi café. Me quemo la lengua, una tragedia nimia. Temporal—. Me habría gustado que alguien me lo hubiera dicho antes.

—Algunas lecciones solo se aprenden por las malas.

No digo nada, porque no hay nada que se pueda decir ante eso. Me quedo en silencio mientras la verdad se abre paso a codazos.

—Supongo que el demonio sí existe —dice Helen.

—¿Sí? ¿Qué te ha convencido? ¿Lo que le ha pasado a Roy?

Da una calada.

—Tú. Tus hermanas. No sé qué pensaría Lex. Espero que todo esto la exonere, aunque solo sea en parte.

Entiendo que el demonio se aprovechó de las debilidades de mi madre y las utilizó en su contra. Su tristeza, su adicción. De la misma forma que explota mi tendencia al caos. No es el único que se comporta así. No es tan especial. Solo es uno de muchos. Eso es algo que me ha enseñado mi padre.

No voy a luchar contra él ni a intentar apaciguarlo. No merece la pena el esfuerzo. Eso es algo que me ha enseñado mi madre.

Acepto que existe. Que hay un ser ahí fuera que quiere mi atención, mi energía, lo mejor y lo peor de mí.

Mi alegría. Mi dolor. Que me lo quitaría todo si se lo permitiera, si siguiera entrando en su juego, y, además, si quisiera hablar con alguien del tema, nadie me escucharía.

Nadie me creería. No de verdad. No sin dudar.

Sin cuestionar mi honestidad, mi integridad, mi cordura. Quizá me lo he merecido.

Hay alguien ahí fuera que se dedica a joderme solo porque puede, sin que le suponga ninguna consecuencia. Porque está aburrido. Solo porque sí.

Lo siento por él, pero ya me conozco ese juego, y lo juego mejor.

Y sé que la única forma de ganar es no jugar.

Hasta aquí hemos llegado, demonio. Ya no quiero saber nada más de Edgewood Drive. Se acabó la partida.

Miro a la tía Helen, contemplo las preciosas vistas que se extienden a su espalda y disfruto del aroma del café, el tabaco y un nuevo día. Ese aroma mágico de la mañana.

Esperanza, eso es lo que es. Esperanza por todo lo que me pueda deparar el futuro.