Buena chica Capítulo 35
96%

Capítulo 35

Leda abre la puerta solo un poco, lo justo para que podamos verle la cara. Tiene otro chichón en la frente. Por encima de sus enrojecidos ojos todo está hinchado y amoratado. Es bastante probable que estuviera pegada a la puerta cuando Daphne arremetió contra ella.

Da unos cuantos pasos hacia atrás, con la cabeza ladeada. Daphne y yo entramos en la habitación. Hace un frío polar dentro. Puedo ver mi propia respiración.

La lámpara con forma de tulipán está encendida y emite un tenue resplandor rosado. Unas sombras suben por las paredes. Me aseguro de que no tengan ojos.

—Lo siento —dice Leda mientras se sienta en la cama. Se rasca el cuello, plagado de manchas. Se clava las uñas con demasiada fuerza—. Lo siento… Yo… no sé qué me ha pasado.

—Leda —dice Daphne, arrodillándose frente a ella.

Leda levanta una mano temblorosa y señala el vestidor.

—Ahí arriba.

Se oye un ruido. Una voz apagada. Una voz masculina.

—¿Ese es… Roy? —pregunto.

De alguna manera, me había vuelto a olvidar por completo de Roy. Guau.

A juzgar por la expresión de Daphne, ella también lo había olvidado.

Se levanta y se acerca al vestidor.

—Daffy… —digo—. Espera.

Echa un vistazo dentro. Toca la escalera, pasando los dedos por los peldaños. Me da la espalda, así que no puedo verle la cara cuando mira hacia el techo.

—Espera —digo, con la palabra atascada en la garganta. Mis ojos, frenéticos, recorren la habitación, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho—. No subas. Está ahí. Es donde vive.

—Solo es Roy —dice Daphne mientras sube por la escalera.

—¡Déjalo! —exclamo—. No subas. Daffy. ¡Para! Te lo suplico.

Se detiene un segundo y se gira para mirarme.

—Venga ya. Después de todo lo que ha pasado, ¿sigues sin creerme?

—Daphne —dice Leda—. No lo hagas.

—¿Entonces qué? —pregunta Daphne, bajándose de la escalera y sentándose junto a Leda en la cama—. ¿Lo dejamos ahí arriba sin más?

Antes de que podamos responder, oímos arañazos. Madera contra madera. El panel se abre.

Meto la cabeza en el vestidor y levanto la vista.

—¿Roy?

El panel se desplaza, dejando al descubierto la cabeza colgante de quien una vez fue Roy. Sin ojos. Arañados y arrancados, cubiertos de sangre coagulada.

No tengo oportunidad de gritar. Se cae y aterriza con un golpe seco a mis pies.

Leda y Daphne estallan en agudos alaridos de terror. Leda se sube a la cama, pero Daphne corre hacia mí, hacia Roy. Le da la vuelta.

El demonólogo lanza un grito espantoso y, acto seguido, parece desmayarse.

Pero está vivo. Sigue vivo.

—¡Ayúdame a sacarlo de aquí! —me pide Daphne.

Estoy encajonada en un rincón del vestidor, con la boca abierta, los ojos como platos y el cuerpo paralizado. Había sido un hombre tan guapo.

—Joder. ¿Leda? —dice Daphne, acercándose y deslizando los brazos por debajo de las axilas de Roy—. ¡Ayúdame!

—¡Esto no está pasando! ¡Esto no está pasando! Nada de esto está pasando —dice Leda, saltando de la cama y corriendo hacia nosotras. Agarra a Roy de las piernas y, entre las dos, lo sacan al pasillo.

Con mis hermanas fuera de la habitación, me quedo sola en el vestidor, contemplando la oscuridad.

Subo por la escalera.

Cuando llego al desván, es tal y como me lo había imaginado, tal y como lo había descrito mamá. Hay un aislante blanco como la nieve. Telarañas que cuelgan de las vigas, bailando al compás de una brisa inexistente. Está oscuro y hace un frío que pela. No me siento la cara.

La muerte está por todas partes. Moscas inmóviles. Partes de ratones. Cráneos diminutos. Montones de pelo seco. Colas reptando entre el aislante.

Pero no todo es una masacre. También hay fotos.

Fotos de mi madre, de mis hermanas y de mí.

Botellas vacías de licor. Un joyero que era de mamá.

Recuerdo que de pequeña lo admiraba cuando lo veía en su tocador.

Las tazas, nuestras tazas. La taza con forma de piña, la de fresa, la de manzana.

Y hay copias del libro. Veo dos. Una está demasiado lejos como para que pueda cogerla, pero la otra la tengo justo a mis pies.

La cojo. La abro.

Para mi Daffy…

Tu espíritu amable y bondadoso me inspira. Puede que seas mi hija, pero siempre te he admirado.

Espero que este libro llegue a tus manos y que encuentres en tu hermoso corazón la forma de perdonarme.

Con todo mi cariño,

Mamá

Un crujido repentino me sobresalta. Suelto el libro y sigo el sonido. Algo se mueve. Un bulto, una protuberancia donde no debería haberla. Donde los ángulos de la casa deberían unirse con pulcritud.

Se perfila una forma. Observo cómo surge de las vigas, se desprende de la madera y se despoja de su piel de casa. Se encorva en el frontón.

Se acerca poco a poco, con movimientos elegantes.

«No mires».

Tengo que mirar.

Durante gran parte de mi vida me he obsesionado con la belleza, pero el rostro que tengo delante lo borra todo.

Grandes ojos lechosos. Dos tajos rojos a modo de pupilas. Una boca abierta de par en par, babeante y repleta de dientes afilados. Una lengua larga y delgada, de color carmesí, bífida como la de una serpiente.

Me pregunto si me quiere más justo porque soy capaz de verlo en toda su fealdad, en toda su gloriosa depravación, y aun así no apartar la mirada.

—Hola —saludo.

«Hola» es justo lo que dije la primera noche que me mostró su forma, la primera vez que bajó del desván y entró en mi dormitorio. La primera vez que lo vi en mi vestidor. No grité ni llamé a mi madre. Solo le dije «hola».

El recuerdo se me revela en los ojos del demonio, como dos pantallas en las que se reproducen películas caseras. Todo lo que había perdido, todo lo que había olvidado. Mis recuerdos. Los ha guardado para mí. O quizá me los había quitado. Para que volviera a buscarlos.

Sus garras me arañan el cuello. Su lengua bífida, extrañamente seca, me roza la mejilla. Mientras lame una lágrima solitaria que rueda por ella. Mientras se traga mi miedo.

Empieza a reírse.

Entiendo por qué a algunos les duelen los oídos al oír esa risa.

No es malvada. No es alegre. Es un sonido aislado.

Lo que tengo delante es lo que es y no puede cambiar.

Vive en este lugar, rodeado del daño y el caos que provoca con su mera presencia, y me parte el corazón porque me resulta tan familiar.

Me encanta y lo detesto; lo admiro, es todo lo que aspiro a ser, y me molesta todo lo que reconozco de él en mí.

Me agarra por el pelo. Me arrastra al interior del desván.

Al principio, con suavidad. Hasta que me resisto.

Quiere que me quede con él. Y quizá no me opondría si no fuera por el sonido de mis hermanas, llamándome.

Me echo hacia atrás y él gruñe.

Sus pálidos ojos me observan. Se estrechan mientras lucho.

—Deja que me vaya —le pido.

Pero mi determinación flaquea y él lo sabe. Se ríe, sin parar, una y otra vez, una y otra vez, sin dejar de apretar.

Miro a mi alrededor y veo todos esos ratones desmembrados, todas esas cosas. Las fotografías, el joyero, las botellas. Los libros. Las tazas. ¿Por qué está todo eso en el desván?

¿Lo dejaría allí mi madre?

«Intentó calmarlo… Hizo todo lo que pudo para que estuviera contento. Si estaba contento, se iría a dormir. Se aletargaría». Eso había dicho Roy.

«Mi dolor lo mantenía ocupado. Le hacía feliz».

Ahora lo entiendo, mientras el demonio me arrastra hacia la oscuridad. Mamá no encontró la forma de derrotarlo, de exorcizarlo, así que intentó vivir con él. Le dio todo lo que quiso. Todo lo que podía desear. Entró en su juego. Siguió las normas.

—Para —le digo—. Espera.

Me subo la mano al cuello, me desabrocho el collar, mi colgante de serpiente.

—Para ti —digo, dejando caer el colgante en su garra—. Una ofrenda. Un regalo.

Aprieta el puño alrededor del collar y luego se vuelve a acercar, rozándome la mejilla con la lengua.

Ha llegado el momento de recurrir a las lágrimas.

Da un paso atrás. Escupe. Gruñe.

Sabe que estoy fingiendo. Lo nota.

Mi lado rebelde se resiste a ceder, pero ¿qué pasará si no lo hago? ¿Tendré que quedarme allí para siempre, con sus garras apretando mi cuello?

Así que cuando empiezo a llorar, a llorar de verdad, con el corazón, no lo hago por él.

Lloro por mi madre. Lloro por mis hermanas.

Lloro por mí misma.

Lloro por todo lo que me ha quitado y que ahora vive aquí. Con él. En él.

Bebe hasta saciarse y vuelve a reír mientras se adentra en la oscuridad del desván.

Me permite bajar por la escalera, volver a colocar el panel.

Me permite marcharme, pero no estoy segura de que alguna vez me deje ir.

—¿Clio? ¡Clio! ¿Dónde estás? Venga ya.

Daphne.

Me la encuentro en el rellano. Me abraza y prácticamente me empuja hacia la puerta principal. Bajamos las escaleras de madera hasta el camino, hasta el jardín, donde Roy está tumbado en la maleza, con los brazos abiertos y las piernas juntas, como si fuera Jesús en la cruz.

Leda está en el camino de entrada, yendo de un lado para otro. Cuando llegamos hasta ella, las tres nos abrazamos con fuerza sin decir una sola palabra mientras oímos cómo se acercan las sirenas.

Hay dos coches de la policía y una ambulancia.

Los vecinos han salido a la calle, con el cuello estirado.

—¿Clio?

Es Austin. Está de pie, en mitad de la carretera, vestido con pantalones de chándal, camiseta sin mangas y su cadena de oro.

—¡Mierda! Tu cara —dice mientras voy hacia él.

—Tienes que mejorar tus dotes de seducción —le digo.

Corre hacia mí y me echa un buen vistazo.

—Fracturada. ¿Qué ha pasado? He oído las sirenas.

—Justo para eso han venido. Para todo esto.

Baja la mirada hacia sus zapatos. Sus Vans.

Extiendo la mano y aliso uno de sus rizos. Su pelo no es tan rizado como el mío, pero, aun así, me da cierta satisfacción. Lo estoy tocando otra vez.

—Lo siento. Siento mucho lo que dije la otra noche. No te lo merecías. Nada.

—No, no me lo merecía.

—Si te sirve de consuelo, creo que el karma está de tu lado —digo, señalando mi cara destrozada.

—Sí, un poco —me responde entre risas. Una buena carcajada. Una risa que borra el recuerdo de todas las demás risas. Durante un instante—. Escucha…