Capítulo 34
Tras el desastroso exorcismo inicial, se realizaron más intentos para librar a la casa del demonio. Por allí pasaron varios expertos extranjeros en fenómenos paranormales. Sacerdotes de la Ciudad del Vaticano. El demonio resistió.
Roy dejó bolsitas de lavanda, tomillo y dientes de ajo en el vestidor de Cici. Esparció sal por el desván. Invitamos a una bruja para que nos lanzara hechizos de protección. No supuso ninguna diferencia. Nada de eso importó.
Se alimentaba de mi energía. Se deleitó con mi angustia.
Mi dolor lo mantenía ocupado. Le hacía feliz.
Quería vencerle. Quería que se fuera. Me costó mis hijas.
Pero ya no me quedaban fuerzas. Cada vez pasaba menos tiempo en la casa; solía ir a visitar a Roy a Connecticut y, al final, me mudé allí con él.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, en meses, y poco a poco me fui recuperando sin otro deseo que un instante de paz, un momento para olvidar todo el dolor y el terror del pasado.
Mi cuerpo ya no estaba en la casa, pero mi mente seguía en ella.
Jamás dejaría que me marchara. El demonio me encontraba en mis sueños.
Mis pesadillas. Me robó el color del mundo, de mi vida.
Entonces comprendí que no había escapatoria.
Cuando por fin volví a la casa, subí despacio las escaleras y me quedé de pie en el salón, completamente inmóvil, escuchando. Reinaba el silencio y, en medio de ese silencio, me permití disfrutar de ese momento de paz que tanto anhelaba.
Cuando vuelvo en mí, estoy en el suelo de la cocina, tumbada de lado, en un charco de sangre.
Oigo la voz de Daphne.
—«Pero entonces lo oí. El sonido cruel y escalofriante de su risa, y sentí un escalofrío, un frío brutal que sabía que era el de la misma muerte. El mal no se ha ido. Jamás se irá. Pero se lo podía mantener a raya».
—Daffy… —digo con un hilo de voz, apenas un susurro—. Daphne…
Está sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas pegadas al pecho. El libro oculta su rostro.
—«Mis hijas ya no viven en la casa, pero están ahí fuera, en el mundo. Un mundo implacable, rebosante de una maldad indescriptible. He dedicado el resto de mi vida a luchar contra ese mal. He visto su cara. Ha dormido bajo mi techo. Es real. Negarlo no…».
—Cállate —se queja Leda.
No puedo verla. No sé dónde está. No consigo levantar la cabeza.
—«Negarlo no te salvará. El escepticismo solo te permitirá ganar tiempo.
Espero que mi historia sirva para dar voz a todas aquellas personas que han sido perseguidas por el mal, tanto el de este mundo como el sobrenatural.
A quienes se les ha recibido con escepticismo y burlas.
A quienes se les ha tratado de locos. A quienes, a pesar de la adversidad, no han renunciado a la verdad ni a su lucha contra lo que opera en la sombra. Ojalá todo salga a la luz».
Daphne cierra el libro de golpe. Tiene un ojo morado y el labio ensangrentado.
—¿Qué está pasando? —pregunto.
La bombilla de la cocina brilla con una intensidad cegadora.
—Díselo —le ordena Daphne.
Me giro. Leda está apoyada en la nevera. Tiene un chichón en la frente.
—Las dos estáis locas.
—Leda te ha dejado inconsciente. Nos hemos peleado. Y ha confesado que había leído el libro.
—¿Qué?
Estoy mareada. Apoyo las manos en el suelo para no perder el equilibrio.
—Al parecer, soy la única que no lo había leído. Que había cumplido la promesa. Así que a la mierda. Estoy recuperando el tiempo perdido —dice Daphne.
—¿Lo habías leído? —le pregunto a Leda.
—Vosotras no lo entendéis. Soy la hermana mayor. La presión que tenía… Tenía que saberlo. Tenía que saber lo que estaba pasando ahí fuera. Tenía que…
—¿La presión que qué? —dice Daphne, poniéndose de pie—.
¿De qué presión me hablas? Toda la presión recae en mí.
¿Te haces una idea de lo agotador que es tener que lidiar con todas tus gilipolleces?
Con las gilipolleces de todo el mundo. ¿Y qué pasa con las mías?
¿Qué pasa, si por una vez, quiero ser yo la cabrona?
¿Qué pasa si me da por montar una puta rabieta?
Me apoyo en la encimera y me levanto.
—¿Qué pasa si estoy enfadada? —continúa Daffy—. ¡¿Qué pasa si por una puta vez quiero que todo gire en torno a mí?!
—Tampoco ha girado nunca sobre mí. Siempre es por Clio —afirma Leda—. Por eso estamos aquí. Por su culpa.
—Sois vosotras las que habéis venido —contraataco—. Yo no os he pedido que vinierais.
La expresión de Daphne no cambia. Tiene una inquietante mirada vacía.
—Pues entonces, vamos a sacarlo todo. Pongamos las cartas bocarriba.
—¿Qué está pasando? —dice Leda, rompiendo a llorar—. ¿Qué está pasando?
—Justo lo que él quiere —le respondo—. Estamos dando un buen espectáculo.
—Odio mirarte, Clio —dice Daphne—. Odio lo guapa que eres.
Y odio tus estúpidos modelitos. Odio que estés tan mimada.
Odio que todo te salga bien. Odio odiarlo.
Odio que Leda haya encontrado a alguien que la quiera, mientras que yo sigo estando sola, por alguna razón.
Odio lo mucho que mamá me ha jodido la vida.
Odio que la verdad sobre quién era ella y lo que nos estaba haciendo no bastara para sacarnos de esta casa.
Que una mentira fuera lo que nos salvó de ella.
Odio que nunca cambiara, que jamás mejorara.
Que bebiera hasta morir y que a nadie le sorprendiera.
Odio saber que papá engañó a mamá con Amy y que, en el fondo, siempre lo hubiera sabido.
Odio que a papá le moleste que sea lesbiana, pero que nunca lo admita.
Odio nuestra familia con todas mis fuerzas. Odio necesitaros a todos.
—Daffy… —le digo.
Baja la mirada y se le escapa un sollozo. Se derrumba y se desliza de vuelta al suelo.
—Lo siento. Lo siento. No… No debería haber dicho todas esas cosas.
—Pero las has dicho, y eran en serio —dice Leda.
Se recoge el pelo y se lo lleva bien alto sobre la cabeza, como si sostuviera una soga, a punto de ahorcarse—.
Pensabas todas y cada una de las palabras que has pronunciado.
Has sido sincera. Y, puestos a decir la verdad, vamos allá.
Tengo una relación sana y feliz. Mi vida es estable.
Mi carrera es estable. Y justo por eso no os caigo bien.
Estáis celosas. Jamás lo admitiréis porque os creéis demasiado guais como para querer lo que yo tengo.
Pero es así. Y jamás lo tendréis. Sois demasiado disfuncionales.
Las dos moriréis solas, probablemente endeudadas, y no habrá nadie que os llore.
—Madre mía, Leeds —dice Daphne antes de pasarse la lengua por el labio reventado.
Leda echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.
Se da la vuelta y sale tambaleándose al pasillo para luego bajar las escaleras.
—¿A dónde vas? —le grito mientras se va.
—¿Y a ti qué más te da? —responde, todavía entre risas—. Al fin y al cabo, solo soy la hermana menos favorita.
—¿Qué coño está pasando? —me pregunta Daphne, agarrándome del brazo. Me estremezco al sentir su tacto y ella retira la mano. La mira fijamente, como si le sorprendiera que estuviera ahí, al final de su muñeca—. Lo siento…
—A nadie le importa Leda. No es nada divertida —grita Leda desde abajo—.
Nunca hace nada divertido. Las dos tenéis problemas de abuso de sustancias y os automedicáis con drogas y alcohol, os acostáis con cualquiera, sois unos putones, pero el problema es Leda, la aguafiestas.
Siempre quiere hacer lo correcto. Colorea sin salirse de las líneas.
Pero, por alguna razón, no, eso no basta. Nunca nada es lo bastante bueno.
—¡Leeds! —grita Daphne.
—¿A quién le importa Leda? ¡Es taaan aburrida!
—Leda —digo, tambaleándome en dirección a las escaleras. Tengo la cabeza como un bloque de cemento, veo borroso y todavía noto el regusto a sangre en la boca—. Leda, ¿qué estás haciendo?
—¿Qué pasa si os digo que yo sabía lo del demonio?
¿Qué pasa si os digo que, a veces, cuando no conseguía despertarte, Clio, entraba en nuestra habitación por la noche y nos observaba mientras dormíamos?
Se quedaba en la esquina y parecía una sombra, solo que yo podía ver sus grandes ojos blancos mirándome fijamente desde la oscuridad.
Y tenía una lengua roja, larga y delgada, bífida como la de una serpiente…
Daphne me sigue hasta el rellano y baja el segundo tramo de escaleras hasta el vestíbulo. Todas las luces están apagadas. No veo a Leda. Se está escondiendo.
—¿Qué pasa si os digo que me tapaba la cabeza con las sábanas y me prometía a mí misma que, cuando me las quitara, ya no estaría allí?
Que contaba uno Mississippi, dos Mississippi mientras Daphne roncaba al otro lado de la habitación, sin darse cuenta de nada.
¿Qué pasa si os digo que, cuando apartaba las sábanas, estaba justo ahí, a los pies de mi cama?
Recordé lo que papá me había dicho sobre los matones.
Si no les haces caso, se irán. Así que lo ignoré y desde entonces dejó de entrar en nuestra habitación.
Me alegré de que se hubiera ido, pero lo echaba de menos.
Echaba de menos la atención. Echaba de menos cómo me sentía cuando me miraba.
Echaba de menos cómo me observaba. Sabía que habíamos sido su segunda opción, después de ti.
A veces te oía hablarle. Riéndote con él.
Sigilosa, camino por el pasillo, en dirección al baño. Empujo la puerta.
—Leda…
—Hubo momentos en los que me preguntaba si valdría la pena invitarlo a entrar. Reconocer su presencia. Prestarle la atención que necesitaba para poder recibir algo a cambio. Me daba igual cómo se manifestara esa atención. Miedo, tristeza, furia…
El baño está vacío.
—Leda —dice Daffy—. Leda, ¿dónde estás?
—Pero decidí ignorarlo. Dejarlo fuera. Y he mantenido esa puerta cerrada desde entonces. No ha sido fácil. Se requiere mucha fuerza, mucha disciplina.
Ni siquiera sé de dónde viene su voz.
—¿Qué pasa si os digo que mentí sobre la quemadura, no porque papá me lo pidiera ni porque mamá nos llevara al colegio con vodka en la guantera, sino porque cuando se emborrachaba me decía lo fea que era?
¿Qué pasa si os digo que mentí porque quería irme de esta casa?
Necesitaba salir de esta casa. Alejarme de ella.
—¿Leda?
—Maldita sea. Hace mucho frío aquí abajo —dice Daphne en voz baja. Se sopla en las manos—. ¿Cómo es que hace tanto frío?
Daphne abre la puerta de la habitación de mamá y encuentra el interruptor de la luz.
—No está aquí.
Eso solo nos deja mi dormitorio.
La puerta está cerrada con llave.
—Leda —digo, golpeando con el puño apretado—. Leda, abre.
«¡Te voy a desangrar! ¡Te voy a desangrar!».
—Leda, por favor —dice Daphne.
Ahora puedo oírla. Puedo oír su respiración al otro lado de la puerta. Puedo ver su sombra por debajo.
—¡Leda! —Vuelvo a intentar que el pomo gire.
—Apártate —me dice Daphne—. Leda, voy a echar abajo esta puta puerta.
Leda estalla en una carcajada maniaca.
—Y yo que pensaba que, si hubiera estado yo sola en esta casa en lugar de Clio, no habrías venido. Me habrías dejado pudrirme aquí. Vosotras…
—Te lo vuelvo a repetir —dice Daphne.
—¿Crees que serás capaz de echar la puerta abajo? —le pregunto.
Leda vuelve a soltar su risita desquiciada.
—Supongo que estamos a punto de comprobarlo.
Daphne se abalanza hacia la puerta y se golpea el hombro contra la madera. Se oye un golpe sordo… y Leda deja de reír.
—Mierda —dice Daffy—. ¿Leeds?
Una pausa, unos segundos que parecen una eternidad y se alargan como un cuchillo afilado.
—Está… está aquí. Conmigo —susurra Leda—. Dice que entréis.